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Leocadia Zorrilla, una mujer intrépida

Una exposición de la Biblioteca Nacional reivindica las figuras de Rosario Weiss y de su madre, Leocadia Zorrilla, cuyo papel en la vida de Goya redibuja la personalidad del pintor

Carlos Alberdi 10/02/2018

<p>La lechera de Burdeos (Museo del Prado).</p>

La lechera de Burdeos (Museo del Prado).

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La exposición recién inaugurada en la Biblioteca Nacional sobre Rosario Weiss es una buena oportunidad para reivindicar la memoria de su madre, Leocadia Zorrilla, la mujer que acompañó al Goya romántico. Impresiona ver las cartas que se cruzaron Leocadia y Moratín después de la muerte de Goya. Son historias no canónicas que se han mantenido ocultas y que pugnan por salir a la luz para entender mejor de dónde venimos. Merece la pena tratar de completar el relato de la exposición y darle el protagonismo que merece a Leocadia Zorrilla. 

Cuando a principios del siglo XX se decidió convertir a Goya en una gloria nacional y organizarle una exposición antológica, en el recién creado Ministerio de Instrucción Pública, se procedió también a extirparle alguno de sus aspectos controvertidos o, por decirlo de otra manera, políticamente incorrectos. Incorrectos para la época, claro está. Esos aspectos eran fundamentalmente su relación con Leocadia Zorrilla, cuarenta y dos años más joven, su muerte en el exilio y su estilo oscuro y atormentado de los últimos años. La operación se sirvió de dos maniobras fundamentales. La primera fue convertir a Leocadia en un ama de llaves, o mujer al servicio de Goya, y la segunda consagrar como maestra una obra desconocida hasta la fecha, La lechera de Burdeos, que proyectaba sobre los últimos días de Goya un efecto de candor e ingenuidad que venía a compensar el profundo peso crítico de sus últimos trabajos. 

Las dos maniobras operaban juntas porque La lechera y Leocadia están íntimamente unidas; ella fue la primera dueña del cuadro. El objetivo era hacer digerible, para los poderes establecidos del cambio de siglo, la bronca e irreductible personalidad de Francisco Goya. El 12 de mayo de 1900, en el que hoy es Ministerio de Agricultura, la entonces Regente, una representación del Gobierno y las fuerzas vivas asistieron a la inauguración de la muestra. El rey Alfonso XIII, ya no tan niño, declinó a última hora acudir. El día antes, los restos de Goya, repatriados para la ocasión,  junto a los de Meléndez Valdés, Moratín y Donoso Cortés, habían desfilado por Madrid hacia el cementerio de San Isidro. 

A principios del siglo XX todavía era una tarea sencilla minimizar la importancia histórica de una mujer. Hoy ya no tanto. Leocadia Zorrilla Galarza nació en 1788. Era hija de comerciantes ricos, de origen navarro, que regentaban una compañía llamada “Galarza y Goicoechea”, con sucursales en diversas capitales de España. Su primer encuentro con Goya se produce en la boda de su prima, Gumersinda Goicoechea, con Javier, el hijo del pintor. Es 1805 y todavía no ha cumplido los diecisiete. Dos años después se casa con Isidoro Weiss, también de familia de comerciantes. A los cuatro años de celebrada la boda tenemos noticia de que algo no va bien. Existe un poder de Isidoro de 1 de septiembre de 1811 en el que se dice que Leocadia tiene “conducta y trato ilícito”. Todo parece indicar que desde la muerte de Josefa Bayeu, en 1812, Leocadia se instala en la casa de Goya. En 1814 nace Rosario Weiss. En su partida de bautismo se dice que es hija de Weiss. Una práctica habitual en los matrimonios rotos de aquellos tiempos. El caso de Eugenio Ochoa, nacido en 1815, hijo de una mujer casada y de Sebastián Miñano, es idéntico. Investigar la vida de Leocadia es difícil. Está probado que pasó con Goya el resto de su vida. En aquellos tiempos no había divorcio e Isidoro Weiss no morirá hasta 1850, seis años antes que Leocadia. Por algunas cartas sabemos que ella tuvo ideas radicales y se involucró en la vida política del trienio liberal. Sin Leocadia no se entiende el exilio de Goya en Burdeos. Él puede entrar y salir, él es un exiliado voluntario, la exiliada forzosa es ella y él la sigue porque, como escribe Moratín con cierto disgusto de amigo celoso, “Goya hace lo que quiere Leocadia”. Cosas de un enamorado maduro. Los separan cuarenta y dos años.  La relación se mantiene a pesar de que Leocadia no pueda figurar como mujer legítima de Goya (excepto en algún paso de frontera) y de que Leocadia no tenga derecho a ninguna herencia, como se suele encargar de recordar Javier Goya, hijo único (legal) del artista.

Fuera o no hija por sangre, Rosario Weiss lo fue de hecho. Vivió toda su vida con Goya y Leocadia. Goya la trató como tal y en Burdeos empezó a estudiar Bellas Artes. Hay un libro sobre Rosario Weiss y la escuela de Bellas Artes de Burdeos escrito por Guadalupe Echevarría, hasta la fecha solo editado en francés. De la época de aquellos estudios es La lechera. La única obra que, a la muerte de su padre, no se lleva Javier Goya, probablemente porque se trata de una obra de aprendizaje de Rosario en cuya realización Goya participó. Cuando Leocadia la vende unos años después, agobiada por las deudas, dice que Goya le dejó el cuadro y le aconsejó que “no lo diera por menos de una onza”. Que lo vendiera caro, cosa que no hubiera tenido que aconsejar si la autoría fuera clara.

Este es el momento para introducir a otro personaje, Juan Bautista de Muguiro, el comprador de La lechera. También está presente en la exposición de la Biblioteca. Su retrato lo pinta Goya en 1827. Es un hombre joven vestido de oscuro que lee una carta. En la parte baja del cuadro está escrita una larga dedicatoria. Dice que Muguiro es su amigo y que el cuadro está pintado en Burdeos a sus ochenta y un años. Una especie de testamento pictórico de Goya en el que el retrato y el cuadro de historia se funden, a la vez que generan un icono nuevo, el del exiliado contemporáneo por razones políticas. Muguiro pertenecía a una familia dedicada a la banca y, como Leocadia, se significó en el trienio liberal. En sus mandas testamentarias pidió ser enterrado con el uniforme de las milicias urbanas. Se sentía especialmente orgulloso de su defensa de la Plaza de la Constitución, hoy Plaza Mayor, el 7 de julio de 1822, frente a la sublevación de la Guardia real. Un hermano suyo estaba casado con Manuela Goicoechea, hermana de Gumersinda y prima de Leocadia, por lo que su trato con la pareja rozaba lo familiar.

La vida posterior de Muguiro fue muy interesante. Estuvo cercano al grupo de Mendizábal y jugó un papel destacado en las Cortes de 1837. Un sobrino suyo acumuló las herencias de la familia y, en la restauración de Alfonso XII, fue uno de los hombres más ricos de Madrid. Fueron los Muguiro los que prestaron al Ministerio, para la exposición de 1900, el retrato de su antepasado y La lechera de Burdeos. En los libros y catálogos sobre la obra de Goya, realizados en la segunda mitad del siglo XIX, figura el retrato de Juan Bautista de Muguiro. No así La lechera, que no afloró hasta la exposición de 1900, la gran exposición que vino a sancionar la figura de Goya como una gloria nacional apta para todas las sensibilidades. Con posterioridad los Muguiro donarían ambos cuadros al Museo del Prado. En ese proceso La lechera se popularizó como una obra final del máximo nivel.

Pero volvamos a Leocadia. En 1924 Domínguez Bordona publica, en la Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo del Ayuntamiento de Madrid, dos cartas suyas a Moratín. Goya acaba de morir. Además de contarle al amigo los últimos momentos del difunto, comparte con él su abatimiento y su preocupación por su futuro. En la carta del 28 de abril, presente en la exposición, le dice a Moratín, que “quiso hacer testamento en nuestro favor, y respondió su nuera que ya lo tenía hecho [...] bástele decir a Usted que soporto mi existencia por mi pobre hija que me encuentro en el estado de mayor abatimiento a pesar de todos mis esfuerzos [...] Molina se fue el 19 a Madrid y es el que se interesa en nuestra suerte y se encarga de saber si hay algo en el testamento y que hablaría al hijo”. Finalmente no hubo nada. Madre e hija tendrán que esperar, para volver a Madrid, a la amnistía del año 33. En un reciente artículo Anna Reuter titula: “Goya no se olvidó de Leocadia: una carta inédita de Moratín”. La carta en cuestión, también expuesta, es la contestación a la de Leocadia del 28 de abril y está fechada en París el 7 de mayo. Moratín reprocha a Leocadia  haber roto, en un ataque de ira, un “papel escrito y firmado de su mano (que un escribano hubiera autorizado después) y Usted en un momento de cólera le hizo pedazos”. Carácter no le faltaba a Leocadia Zorrilla. 

Tomar en serio a Leocadia, a la que Moratín calificó de “intrépida”, es tratar de entender a las mujeres de la primera mitad del siglo XIX. Las enormes dificultades que tuvieron para desarrollar sus vidas. Insistir en su papel como ama de llaves, porque no hay pruebas de que fueran pareja, es discriminarla de nuevo, pues tampoco hay prueba alguna de esa relación de servicio. Cómo entendamos a Leocadia, influye también en la lectura de los últimos años de Goya. Un final muy poco convencional para quien lo había sido todo. Mientras tanto, en las aulas, se sigue suavizando el perfil político y personal del Goya romántico.

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