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Algunos muchachos nerviosos

La autora de ‘Contra los hijos’ replica los argumentos de Alberto Olmos contra su polémico libro

Lina Meruane 2/03/2018

<p>Mujer joven debajo de la rama de un árbol, de Hablot Knight Browne (1815-1882)</p>

Mujer joven debajo de la rama de un árbol, de Hablot Knight Browne (1815-1882)

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Hace algunos días me vengo preguntando qué tiene tan nerviosos a algunos muchachos. A no dudarlo, algunos debieran estar asustados: aquellos que llevan años manoseando indebidamente a niñas y niños, aquellos que acosan a toda mujer que se les cruza por delante, incluso aquellos que les tiran piropos de escándalo a las colegas o empleadas en su lugar de trabajo. Y para qué decir los que violan, los que agreden, los que asesinan a sus mujeres. Y debieran estar preocupados: se acabó el silencio. Las muchachas se han atrevido a levantar la voz y los medios por fin las han escuchado a ellas, las que dijeron no y no fueron respetadas, las que están siendo atacadas. Deben temer, por más que sepamos que los cambios van a ser lentos y habrá retrocesos. Los hombres no cederán tan fácilmente sus prerrogativas de género, sus históricos privilegios. 

Pero no me refiero a esos muchachos sino a los que parecen incomodados por el hecho de que otras muchachas hayamos decidido interrogar por el lugar de los hijos en la sociedad contemporánea. Que estemos elevando señales de alerta a las mujeres que están siendo llamadas de vuelta a casa con la vieja bandera del amor materno. Por supuesto, no se trata de una alarma sin precedentes: sin mirar muy lejos, encontramos a las revolucionarias francesas y americanas ya enredadas en esta cuestión, y el siglo pasado fue el escenario de mucho debate en torno a los hijos.  Y si cada tanto el tema vuelve al tapete es porque las condiciones sociales van cambiando y con ellas la cuestión materna. 

Pienso, por ejemplo, cómo empeoró la situación de las mujeres-madre en los casi cincuenta años de mi propia vida. Yo crecí en los convulsos tiempos de una dictadura que se impuso extinguir los fuegos igualitarios de clase y de género. No fueron años fáciles para los que menos tenían, y menos aún para las mujeres, enfrentadas al dogma de la familia conservadora, con sus roles prescritos, con su libreto inflexible. Pero cuando observo la dualidad en la que ellas estaban, entre el trabajo y la casa, entre los oficios o la profesión y sus roles de esposa, de madre sacrificada, de trabajadora doméstica, sus vidas cotidianas me parecen menos difíciles que las de las madres del Chile neoliberal. A estas mujeres-madres, mis contemporáneas, les está tocando mucho más pesado que a nuestras madres. Eso fue lo que observé: que las madres de mi presente estaban más atrapadas que las madres de mi pasado. Y buscando una respuesta a esto que me parecía una triste paradoja, consulté los libros de las maestras del feminismo y los de sus acérrimas enemigas, escarbé en la historia de las mujeres y de los hijos, revisé artículos de prensa, hablé con mis conocidas y, finalmente, escribí un brevísimo ensayo o diatriba muy a tono con la colección donde primero apareció, en una versión aún más breve que la que acaba de reeditarse con el título Contra los hijos.

Renunciando a la solemnidad, huyendo de la quejumbre, insistiendo en la complejidad y en la contradicción, lancé a la página esos argumentos, declaraciones, denuncias, reflexiones adversas, siniestras anécdotas maternalistas (porque existen excesos en esta materia), como las convicciones de tantas mujeres enfrentadas a una maternidad que yo nunca quise para mí. Y hubiera sido ingenuo derramar esas letras sin suponer que alguien respondería: todo texto escrito en contra va a encontrar quien lo contradiga. Y pensé, no sin razón, que las contrariadas serían las muchas madres entusiastas de su rol. Alguna respondió de frente y otras respondieron a mis espaldas. Las madres-totales se quejaron, alguna súper-madre hizo un mohín. Menos esperable era que salieran a la carga los felices padres de familia. Esos muchachos que hasta ahora tan poco se han preocupado de escribir sobre la paternidad. Y no es raro que no lo hayan hecho: se escribe sobre lo que importa, lo que toca a cada uno, y por generaciones los hijos le importaron muy poco a sus padres. Una vez fecundados, esos hijos eran cosa de sus madres –se miraba con sospecha a los que decidían cuidar a sus hijos mientras su mujer (o su hombre) salía a trabajar. No juzgo a esos padres ausentes, tampoco los celebro, eran hombres de su tiempo. Simplemente anoto que mientras ellos iban y venían, despreocupados, u ocupados de otros asuntos, había una mujer haciéndose cargo de la prole. Juzgo sí a esos que hoy quieren seguir actuando como sus predecesores. A los que se resisten a cambiar cuando los tiempos lo exigen. 

Hasta hoy, el más indignado de mis contrariantes no es algún Javier Marías o algún Pérez Reverte de mi propio país, alguno de esos señores de las letras que se declaran feministas para luego emitir opiniones misóginas o simplemente retrógradas, sobre cuestiones de género. No es tampoco algún anónimo muchacho navegando las redes en busca de pelea. Es, más bien –y lo cito puesto que su ataque ha sido público–, el furibundo Alberto Olmos, un escritor algo más joven que yo, un muchacho que se dice, como yo, de izquierdas. Uno que resiente la desigualdad de clase y la opresión del ciudadano de a pie, olvidado de que el género está atravesado por el problema de clases y que las mujeres forman parte de esa ciudadanía. ¿Por qué podría enojarle a un joven letrado que haya mujeres pensando críticamente la maternidad? ¿Por qué podría sentirse importunado por la constatación de que ha habido una (re)vuelta conservadora, no sólo en la política sino en el espacio de lo doméstico? 

Olmos acaba de publicar una sorprendente columna a propósito de mi ensayo. Asombrosa digo, porque para alguien que se dice leído y perspicaz, escribe su columna como un polemista con pocos recursos: reduce los argumentos del libro a dos ideas, las descontextualiza y las distorsiona para luego criticar esa distorsión que ahora me toca a mí corregir, por aquello de no dejar que impugne el libro que yo no he escrito. 

La primera tesis de Olmos es que no existe presión social en torno a la decisión reproductiva. Ni él ni su novia la sintieron nunca, asegura como única razón para negarla. Ese si-a-mí-no-me-duele-a-ti-tampoco es un argumento que se desbarranca por su propio peso. Es un argumento al que puede oponerse el relato de tantas mujeres a las que sí les afectó esa presión –como pregunta impertinente o insistente, como imputación (de desvío, de fracaso, de problema psicológico, de fallo genético), que les dolió porque venía como prescripción familiar, como crítica impune, como violencia. Que Olmos niegue la existencia de dicha presión maternalista cae demasiado cerca del por-qué-no-te-callas. Del no-me-interesa-lo-que-te-haya-pasado. Del raro privilegio de clase y de género que todavía tienen algunos. O tal vez no sea eso, no sólo eso, sino también el efecto de un acomodo en la norma social: quien hace lo que se espera de él (o de ella), quien responde voluntariamente a lo que la sociedad exige o espolea no siente la norma como mandato sino como sentido común. El discreto encanto de la ideología. 

Pero dejemos los testimonios (a-mí-me-pasó, a-mí-no), tan frágiles como evidencia, tan manipulables, y examinemos las políticas de género. Ahí podemos constatar que, además de los llamamientos políticos y religiosos a procrear, hay múltiples presiones indirectas que imponen la maternidad: la falta de educación sexual no moralizante, la obstaculización de las campañas contra el embarazo adolescente (y las suspensiones a las alumnas embarazadas), la privación del acceso a los métodos anticonceptivos, al aborto. Si estas no son políticas promaternidad que Olmos explique qué son.

La segunda tesis, por llamarla de algún modo: a Olmos le sorprende el sentimiento de alienación que experimentan tantas mujeres al volverse madres. Le resulta inexplicable que recién al embarazarse empiecen a comprender los costos de la maternidad. El tiempo que requieren los hijos, aun en los casos en que hay ayuda. El cansancio. El encierro. La depresión. La dificultad para conseguir trabajo experimentada por muchas mujeres en edad fértil. El maltrato laboral al que se ven sometidas cuando lo anuncian. La cantidad de mujeres que pierden sus trabajos por el hecho de ser madres, porque siempre hay maneras de sortear la única ley que las protege. Y lo que le cuesta a las madres que las contraten tras dedicarle unos años a sus hijos. Y por si esto, que está dicho más largo en mi ensayo, le parece poco, están los crecientes requerimientos que se le imponen a la buena-madre, así como, en muchos lugares, a la pareja-comprometida. Por lo visto Olmos, que es padre, no ha percibido que después de todo lo que consiguieron nuestras abuelas y nuestras madres –desde derechos cívicos y laborales hasta mamaderas y pañales desechables–, retornan los llamados a una maternidad natural: partos sin anestesia, prolongación de la lactancia, rechazo a las leches maternizadas. La lista es aún más larga pero de fondo es el retorno a la noción de la madre como puro cuerpo, la madre vuelta naturaleza. 

Y las encuestas, a la vez que encubren los rostros, permiten que se manifieste el descontento que Olmos no ha sabido o no ha querido atender. En Estados Unidos, país en el que yo trabajo, la infelicidad paterna no ha dejado de aumentar, y qué decir de la materna. Y tal vez sea por eso que en los medios, donde trabajan tantas mujeres por menos sueldo que sus pares, haya una profusión de artículos sobre este descontento. En España, por poner los puntos sobre íes peninsulares,  ha aumentado el índice de personas que sienten que criar se ha vuelto más exigente, más difícil. Olmos no sabe de qué se quejan. Olmos ha sabido desde siempre lo que implicaba ser padre (y madre), y le parece increíble que otros no lo supieran y ahora se quejen. Es este tipo de descargo, afín al pensamiento más retrógrado (por-qué-no-te-callas), precisamente el que clausuran una discusión que podría iluminar tanto la paternidad responsable como la libertad de decidir tener hijos o no de manera informada. 

Más de alguien se preguntó, en las redes, al leer su columna, si sería que Olmos vivía “en otro planeta”, “en una dimensión paralela”, y yo pensé que vivía en la galaxia de los padres felices a los que les enoja que otros no lo sean. Porque las verdaderas víctimas, los verdaderos silenciados son los padres y las madres felices de serlo, sugiere Olmos. Pero, ¿desde cuándo el silencio feliz es una forma de sufrimiento? ¿Cuándo fueron acallados las madres entusiastas o los dichosos padres a los que Olmos llama la “secta silenciosa” (como si se tratara de una minoría amordazada en vez de una multitud con micrófono)? Y si están tan contentos esos padres, ¿por qué no dejan que los infelices expresen sus reservas y tribulaciones, privada y públicamente? Olmos se declara cansado de esa manifestación que sólo ahora empieza a ser pública. Porque quienes sí han experimentado la censura sin duda es la minoría de los sin-hijos, las discretas madres arrepentidas que temen ser acusadas de no querer a sus hijos. 

¿No tendría más sentido que, antes de lanzar esta piedra, este escritor de izquierda investigara un poco, se solidarizara un poco, se comprometiera, un poco, con la necesidad de mejoras políticas sociales y económicas para aquellos padres y madres que tan abandonados están en materia reproductiva? Porque este es, en verdad, el punto central del argumento que planteo después de hacer un recorrido por la historia de este problema y la literatura que lo tematiza: que la ideología capitalista ha transformado el escenario de la crianza de múltiples maneras. Ha recortado el apoyo social a las familias y, con su mano invisible, ha puesto más trabajo sobre los hombros de las mujeres que cuidan a los niños, viejos y enfermos que el Estado ha abandonado. Esta ideología cuenta con ese trabajo doméstico gratuito, así como con la discriminación salarial. Y al mismo tiempo, como en otros campos, ha hecho de la crianza un asunto privado, y ha responsabilizado a los padres del éxito (palabra favorecida) de unos hijos se han vuelto clientes de sus padres.

Tal vez Olmos no leyó el libro, o no lo leyó entero, o lo leyó disgustado y por momentos más nervioso, mirando a su hija y sintiendo que el título chirriaba porque sin duda es provocador pero no lo dice todo: cómo podrían tres palabras condensar un centenar y medio de páginas. Tal vez Olmos lo leyó muy apurado o distraído, mientras le cambiaba pañales, y eso, por supuesto, lo explicaría todo.

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Lina Meruane (Chile) ha escrito cuatro novelas, tres libros de ensayo y recibido numerosas becas y premios por su obra. Actualmente enseña en la Universidad de Nueva York.

El libro Contra los hijos (PRH) se presenta el lunes 5 de marzo en Barcelona.

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2 comentario(s)

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  1. m

    Está claro que la maternidad-paternidad debe ser una opcion libremente adquirida etc pero... ...lo que veo es mucha critica contra la maternidad y NADA de reivindicacion d ayudas a la natalidad y de conciliacion laboral para quien quiera ser madre y esta falta de reivindicacion, consciente y deliberada o no, es hacer el juego a ls poderes facticos neoliberales que qieren la baja natalidad para privatizarlo todo para ademas luego robotizarlo todo

    Hace 3 años 6 meses

  2. Carlos

    Si el argumento que sostiene el libro, la tesis y el artículo es "hablé con deterninadas mujeres afectadas por este asunto y escribí el libro", pues me alegro por la autora. Además, hoy día, sin polémica, no vendes ni tres ejemplares. Que te lo cuente Olmos, que mira que la ha buscado, pero ni con esas. Estas generalizaciones presuntamente sociológicas en plan "las madres dicen", "todas las madres", "las chicas dicen"...son de una puerilidad religiosa. Recuerdo a Dulce Chacón, escribió una novela preguntando a muchas mujeres: qué es lo que más te fastidia de un hombre. Para la siguiente, esperamos otra tesis río, tipo: la verdad de los perros mascota sobre sus amos.

    Hace 3 años 6 meses

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