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Un 'punch' contra la violencia de género

Alejandra ‘Locomotora’ Oliveras, la pentacampeona mundial de boxeo que defiende la causa feminista

César G. Calero Buenos Aires , 12/03/2018

<p>La pentacampeona mundial de boxeo, Alejandra <em>La Locomotora</em> Oliveras.</p>

La pentacampeona mundial de boxeo, Alejandra La Locomotora Oliveras.

Cedida por la deportista

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Cuando se puso los guantes de boxeo por primera vez a Alejandra Oliveras le dijeron que se parecía a un tren porque se llevaba todo por delante. Y ella replicó. En todo caso, seré una locomotora. Nacida en el seno de una familia pobre del noroeste argentino, de pequeña soñaba con ser como su ídolo, Mike Tyson, el superhéroe de su infancia. Fue madre a los 15 años y mujer maltratada a los 16. Su vida era una carrera hacia el abismo. Hasta que tuvo una suerte de revelación. No hay sexo débil que valga. Entrenó a solas en su casa, sacó músculo y un buen día le plantó cara al macho alfa y le dejó tirado en el suelo. Poco más tarde la joven madre descubrió que el boxeo podía ser una forma de liberación. Desde entonces, Alejandra Oliveras, más conocida como La Locomotora, ha ganado cinco campeonatos mundiales en diferentes categorías, casi siempre por K.O. Sin embargo, su mejor punch es el que lanza a la sociedad en este 8M de lucha internacional de las mujeres por la igualdad de género: “Hay que pelear por nuestros derechos”.

Fornida y sin un gramo de grasa, esta mujer de 39 años parece salida de una viñeta de  Marvel. Vive a caballo entre las ciudades de Córdoba y Santa Fe, y se deja caer por Buenos Aires cada dos por tres por asuntos laborales. En la capital argentina se hospeda en el mítico hotel Bauen, uno de los últimos emblemas de las empresas recuperadas por sus trabajadores tras la crisis de 2001. Allí, en pleno centro porteño, recibe a CTXT en traje de faena: camiseta sin mangas, mallas y zapatillas de deporte. Tiene voz de locutora de radio, oficio que ejerció ocasionalmente durante su juventud en el pueblo cordobés donde se crió. Cada vez que mueve sus brazos de roble al hablar, la cafetería del Bauen parece temblar. La Locomotora toma agua y arranca así:

-Yo soy la única boxeadora que pelea por los derechos de las mujeres, de las boxeadoras, y la única que pide igualdad, la única que plantó la bandera de la igualdad y la libertad, la que rompió las cadenas. Y nunca, nunca me pudieron callar. Las mujeres podemos hacer lo mismo que los hombres y hacerlo bien.    

Menospreciada por la Federación Argentina de Boxeo, que nunca permitió que representase al país, La Locomotora ha sufrido en sus propias carnes el machismo de unas instituciones que siguen  recelando del talento femenino: “Tratan de tapar el sol con un dedo pero ya no lo pueden hacer porque el pueblo me quiere”. Se le ha visto apoyando la causas feministas, como la que desde hace casi tres años lleva adelante el colectivo “NiUnaMenos” para acabar con la violencia de género en un país donde se perpetra un feminicidio cada 30 horas, según los organismos de Derechos Humanos. “Es terrible la situación que estamos viviendo las mujeres –se lamenta–, cada 20 minutos matan a una mujer en el mundo o violan a niñas. Esta cultura machista según la cual la mujer tiene que estar a merced del hombre es lo que hace que pasen estas cosas. La manera de frenar esto es que la mujer empiece a hacerse fuerte y a defenderse, y que no permita que le lastimen psicológica, verbal o físicamente. Hay que pelear por nuestros derechos. Todas tenemos la fuerza para cambiar las cosas”. 

Hiperactiva y casi sin huecos en su agenda, La Locomotora no se relaja nunca. Pese a sus cinco títulos mundiales, el boxeo no le ha dado de comer. Siempre tuvo que compaginar los combates con diferentes trabajos. Hoy imparte clases de aerobox y de entrenamiento personal y da charlas motivacionales por todo el país relacionadas con el deporte y la salud. Tiene más de 40.000 seguidores en Facebook y muchos fans de carne y hueso que le paran en la calle para hacerse una foto con ella o pedirle un autógrafo, como el hombre que la aborda durante nuestra breve sesión fotográfica a la puerta del hotel Bauen.   

Alejandra Oliveras nació en 1978 en un pueblito de Jujuy con nombre de mujer (El Carmen) y se crió desde que tenía un año y medio lejos de allí, en un pueblito de la provincia de Córdoba con nombre de varón (Alejandro). Allí vivió una infancia feliz gracias a unos padres que no discriminaban a sus cuatro hijos y tres hijas por el sexo. (“mi padre nos enseñó a nadar a todos tirándonos al agua y a cazar víboras venenosas con un palo”). La fuerza innata de Alejandra le llevó a ajustar cuentas en el colegio con un niño que había pegado a uno de sus hermanos mayores. Para  quemar toda esa adrenalina que generaba su cuerpo, se pasaba el día trepando a los árboles o corriendo de un lado a otro. Como el dinero no sobraba en casa, los niños ayudaban en las tareas del hogar y en los trabajos de los padres. A Alejandra le pusieron de mote la bolsera porque ayudaba a coser las grandes bolsas de maní de 30 kilos que su padre vendía (“lo hacíamos con el miedo a que nos mordieran las ratas, y a veces lo hacían y teníamos que ir al médico para ver si estábamos infectadas”). Aprendió a trabajar en la cosecha, a conducir tractores y camiones, a cambiar la rueda de un vehículo, a engrasar motores… 

La pobreza, cuenta Alejandra, fue la causa de que le discriminaran en la escuela (“yo era una alumna brillante en Primaria, era la mejor, pero no me lo reconocían por mi forma de vestir, por mi clase social”). Por esa razón, no guarda buen recuerdo de su pueblo (“nunca lo nombro”). La paz familiar se vio truncada en la adolescencia, cuando el cuervo negro de la violencia de género llamó a su puerta. A los 15 años se enamora, tiene un hijo (Alejandro) y abandona el hogar paterno. Pero a ese primer amor de su vida le gusta golpear a las mujeres. Harta del maltrato, Oliveras descubre la gimnasia, responde a las agresiones y se refugia en casa de sus padres. Obligada a realizar cualquier trabajo que le ofrecieran para sacar adelante a su bebé (desde cortar el césped de la calle a vender alfajores), pronto vuelve a enamorarse y tiene un segundo hijo (Alexis) con tan solo 19 años. Pero la vida en pareja vuelve a ser un desastre. Se casa y se separa en un abrir y cerrar de ojos (“me convertí en papá y en mamá a la vez y para siempre”). A los 20 años parece haber vivido ya 50. Y eso que su aventura profesional todavía no ha comenzado.

Por esas cosas del azar, recala en la radio de su pueblo y allí, al aire, dice un día que a ella le gustaría ser como Tyson. Alguien le desafía y le propone que demuestre sus dotes en una feria de boxeo. Las apuestas que se van generando en el pueblo desconciertan a la aprendiz de boxeadora. Consigue unos guantes deshilachados. Se entrena con una bolsa de box amarrada a un árbol en mitad del campo. Y un gaucho a caballo que observa su locura, decide ayudarla y hace las veces de sparring. Suena a realismo mágico pero no lo es. Es el pan de cada día en la Argentina profunda, una más de esas historias mínimas que tanto abundan en “el interior”, ese espacio geográfico y simbólico al que los argentinos se refieren para nombrar todo lo que queda fuera de la capital, y que tan bien retratara Martín Caparrós en su libro titulado así: El Interior.  

Temerosa de hacer el ridículo, Alejandra duda de subirse al ring, pero su padre le anima a seguir adelante: “Me dijo: ‘Te vas a arrepentir de no haberlo hecho, pero nunca de haberlo intentado’. Y lo hice, y cuando escuché esa primera campana, supe que era lo mío”. Alejandra ganó esa pelea y muchas más, como amateur primero y como profesional más tarde. Una tras otra, sus rivales iban besando la lona; algunas de ellas, inconscientes. La Locomotora no tenía freno. Al principio se entrenaba con hombres porque casi no había mujeres boxeadoras. Tenía que desplazarse 90 kilómetros hasta el pueblo de Adelia María para “guantear” en un ring con puros machos. Se agenció una moto y recorrió 180 kilómetros cada día. Siempre a toda velocidad: “Había días que al guantearme con los hombres me dejaban los ojos como dos huevos de avestruz”. Y así, con hematomas en los ojos y llorando a lágrima viva, regresaba en la moto a su casa. Golpe a golpe, su suerte cambió definitivamente cuando en 2006 noqueó a Jackie Nava, la campeona mundial mexicana de peso supergallo. Desde entonces ha ido coleccionando cinturones de campeona mundial en diferentes categorías (pluma, ligero y superpluma), un récord Guinness que sin embargo no le ha traído la deseada tranquilidad económica: “Hubo un tiempo en que trabajaba en cinco gimnasios para poder pagar el alquiler y la comida de mis hijos. Trabajaba hasta las once de la noche, daba clases de aerobox y hacía más de 3.000 abdominales por día”. En 2011, cuando se alza con el campeonato mundial de peso pluma ante Liliana Palmera, le pagaron 1.000 dólares de bolsa. Y de ahí tuvo que descontar un 30% para pagar al entrenador, al sparring... Una ruina para una deportista de élite. “En mis comienzos, apenas me llegaba el dinero que me pagaban en un combate para comprarme unas zapatillas. Después, en los campeonatos mundiales, me mandaban a un hotel de cuarta, con cucarachas, mientras a los hombres les alojaban en hoteles de cinco estrellas. Cualquier boxeador de mi nivel no gana menos de 500.000 dólares por una pelea. Yo soy la Mayweather argentina. Pero él es millonario. Siempre protesté por esa discriminación de la mujer en el boxeo y eso hizo que los que manejan el negocio no me quieran dar el lugar que me corresponde”. 

Su último cinturón mundial lo conquistó en abril del año pasado. Fue ante la mexicana Leslie  Explosiva Morales. Esta vez fue por puntos: “La tumbé en el segundo round pero se levantó, las mexicanas son guerreras, siempre van al frente”. Ahora prepara ya su próxima defensa del campeonato mundial y una pelea de exhibición contra un boxeador. Quiere competir bajo las mismas condiciones de los hombres, doce rounds y tres minutos por asalto en lugar de los diez rounds y dos minutos establecidos para las mujeres. Quiere que las mujeres boxeadoras no se vean obligadas a posar desnudas en revistas para hombres, como hizo Mariana la Barbie Juárez en Playboy. Quiere la igualdad en el boxeo. Y en la vida. La Locomotora no se detiene. No puede permitírselo.    

Autor >

César G. Calero

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