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La cabeza arriba, las manos no

Extracto de 'Revoluciones. Cincuenta años de rebeldía (1968-2018)', el nuevo libro de Joaquín Estefanía

Joaquín Estefanía 14/03/2018

<p>Jóvenes nacionalistas checos durante la invasión soviética. Praga, 1968 </p>

Jóvenes nacionalistas checos durante la invasión soviética. Praga, 1968 

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Mayo del 68 es París. Pero fue mucho más que París. Y que Francia. Hubo otros muchos mayos del 68, en la mayor parte de los casos protagonizados por los jóvenes y por los estudiantes: la oposición contra la guerra de Vietnam, el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, Berkeley, Checoslovaquia, México, Italia, la Revolución Cultural china..., incluso la pacata y gris España se movió en la clandestinidad. Festivales de música como el de Woodstock, en 1969, que representó como pocas convocatorias el espíritu de la época y la explosión cultural de aquellos años (congregó a unas cuatrocientas mil personas, con actuaciones de, entre otros, Canned Heat, Jimi Hendrix, ArethaFranklin, Santana, Pete Seeger, The Mamas & the Papas, Jefferson Airplane, Grateful Dead, America, Blood, Sweat & Tears, John Mayall, Fleetwood Mac, etcétera). En ocasiones, la cultura suele anticipar a todo lo demás. Aunque la cultura acabe asentándose sobre bases económicas, ayuda previamente a configurarlas y a engendrarlas. Casi todos esos lugares, y los hechos que acontecieron en ellos, tan heterogéneos, compartieron de manera muy imprecisa y genérica la misma dimensión cultural o política, antiautoritaria, asambleísta, antiimperialista, pacifista, con una exaltación de los valores revolucionarios (el asambleísmo, consejismo, el Vietcong, Durruti…). Movilizaciones políticas, manifestaciones culturales, irían produciendo agregaciones de gentes, no tanto o no exclusivamente por la clase social a la que pertenecían o por el lugar de trabajo del que llegaban, sino por tipologías de valores compartidos, de afinidades electivas.

Dos mitos de la lucha revolucionaria de esa década habían caído: los representantes de la Revolución africana y latinoamericana

Sirva para definirlos la declaración de principios de los estudiantes parisinos en la entrada principal de la Sorbona: «Queremos que la revolución que comienza liquide no sólo la sociedad capitalista sino también la sociedad industrial. La sociedad de consumo morirá de muerte violenta. La sociedad de la alienación desaparecerá de la historia. Estamos inventando un mundo nuevo. La imaginación al poder». Dos mitos de la lucha revolucionaria de esa década habían caído: los representantes de la Revolución africana (Patrice Lumumba, en 1961) y latinoamericana (el Che Guevara, poco antes de que estallasen las algaradas, en 1967).

En ambos casos tuvo un papel determinante la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos –‍como se ha comprobado posteriormente, al desclasificarse muchos papeles inicialmente clandestinos–. La muerte de Lumumba, líder anticolonialista y nacionalista de la República Democrática del Congo, impactó en la juventud, pero fue sobre todo la muerte del «guerrillero heroico» la que tensó los ánimos de los jóvenes de casi todo el mundo. Che Guevara había dejado la Revolución cubana, de la que había sido uno de sus principales comandantes e ideólogo, para extender los cambios radicales por otros países y crear «dos, tres, muchos Vietnam». Fue capturado y ejecutado por el Ejército boliviano, en colaboración con la CIA, el 9 de octubre de 1967. El teórico de la instalación de focos guerrilleros en América Latina para extender la revolución dejó en la orfandad a millones de jóvenes contestatarios.

Es seguro que tanto en 1848 como en 1968 hubo un exceso de espontaneísmo que impidió mayores avances y profundización de los cambios

Diversos historiadores han establecido comparaciones entre los años 1848 y 1968, y más adelante las extenderán a 2011, el de los indignados. Por diferentes causas, en 1848 estallaron en diversos lugares de Europa una serie de revueltas, sin relación aparente entre sí (aunque con concomitancias genéricas similares: contra el predominio del absolutismo). Marx intentó demostrar que se ajustaban a un esquema común y que se trataba de una especie de «primavera de los pueblos». Fueron protestas de carácter liberal, nacionalista, en las que emergieron las primeras muestras de un movimiento obrero que comenzaba a organizarse. Fueron determinantes las posibilidades que proporcionaron las comunicaciones (ferrocarriles, telégrafo…) en el contexto de la Revolución Industrial, y se iniciaron en Francia (¡también en esta ocasión!), extendiéndose sobre todo a otros países de Europa central y meridional (Hungría, Austria, Alemania, Italia…). Su estallido fue muy potente pero su extensión duró poco, ya que la reacción conservadora fue fuerte y rápida. El Antiguo Régimen no murió. Es seguro que tanto en 1848 como en 1968 hubo un exceso de espontaneísmo que impidió mayores avances y profundización de los cambios. De todas las insurrecciones hubo dos, en entornos muy diferentes al francés, que sobresalieron por su contundencia: la de Praga y la de México. En agosto de 1968 tropas y tanques del Pacto de Varsovia (Unión Soviética, Polonia, República Democrática de Alemania, Hungría y Bulgaria) aplastaron la denominada «Primavera de Praga», un periodo de liberalización política en el seno del comunismo en Checoslovaquia durante la Guerra Fría.

En este contexto, en el año 1968 un pequeño grupo de políticos checoslovacos pretendió desarrollar una «tercera vía» a la que denominaron «socialismo de rostro humano». Se trataba de modificar desde dentro los aspectos más totalitarios y burocráticos del socialismo real y avanzar hacia otra cosa (sin contemplar la destrucción completa del viejo régimen heredero del estalinismo), con la legalización de los partidos políticos (fin del sistema de partido único y absolutamente hegemónico, el comunista) y de los sindicatos, promoviendo derechos civiles tan importantes como la libertad de expresión, de huelga, de manifestación, etcétera.

La «Primavera de Praga» duró desde el 5 de enero de 1968, con los primeros escarceos de aggiornamento del régimen, hasta el 20 de agosto, cuando Checoslovaquia fue invadida por los soldados de los «países hermanos» del Telón de Acero (centenares de miles de soldados y 2.300 tanques) aplicando la «doctrina Brézhnev»: reforzar a los gobiernos leales dentro de los estados satélites de la URSS, utilizando, de ser necesario, la fuerza militar. Son numerosas (y sumamente impresionantes) las imágenes de los jóvenes enfrentándose con las manos vacías o tan sólo con adoquines a los tanquistas cuando desfilaban por las calles de Praga hasta llegar a la plaza de San Wenceslao (en la que, pocos meses después, se prendió fuego a lo bonzo el estudiante Jan Palach en demanda de libertad de expresión, en una instantánea que dio la vuelta al mundo). Aquellas imágenes se parecen a las que en 1989 protagonizarían ciudadanos chinos en la plaza de Tiananmén intentando detener los tanques (al revés que en Praga, en Tiananmén se produjo una escabechina de los disidentes. Todavía hoy no se sabe cuántos murieron y cuántos fueron represaliados con la cárcel o con ejecuciones sumarísimas; las últimas estimaciones hablan de diez mil personas).

La consecuencia principal de la invasión en Checoslovaquia fue una oleada de inmigración

La consecuencia principal de la invasión en Checoslovaquia fue una oleada de inmigración, inmediatamente posterior al triunfo de la invasión y el restablecimiento de un régimen comunista ortodoxo, de decenas de miles de personas, entre ellas numerosísimos intelectuales y profesionales que no querían colaborar con los aliados de la URSS que se instalaron en el poder. Los dos principales políticos de la «Primavera de Praga», Alexander Dubcek (secretario general del Partido Comunista de Checoslovaquia) y el economista Ota Sik (arquitecto de las reformas económicas y acuñador del concepto de «tercera vía», que luego se utilizaría para muchas cosas diferentes), fueron depurados. Antes, Dubcek y otros cinco miembros del Presidium del partido fueron secuestrados, y enviados a Moscú, donde «se les hizo entrar en razón», en frase de la literatura oficial de los ocupantes. Luego se le dejó trabajando de jardinero, mientras era sustituido por el colaboracionista Gustáv Husák, que revertió las reformas, purgó a los aperturistas y destituyó de la función pública a las élites profesionales e intelectuales partidarias del cambio. Ota Sik se exilió en Suiza, donde dio clases hasta su muerte.

Aquella invasión y el fin de la «Primavera de Praga» dividieron a los partidos comunistas occidentales y acentuaron la desilusión de muchos intelectuales y progresistas de todo el mundo acerca de lo que significaba la Unión Soviética, que se beneficiaba de la duda, la complicidad o el silencio desde octubre de 1917. El periódico Rudé právo, del 25 de agosto de 1968, publicó la siguiente pieza, titulada «¡Lenin despierta!»: Ésta es la pintada más frecuente en los muros de las casas de Praga [acompañada en muchos casos de una caricatura de Lenin llorando, mientras circula un tanque ruso]. Pero aún tiene una continuación: «¡Brézhnev se ha vuelto loco!». Nada expresa de modo más sencillo y lapidario la situación en la que nos encontramos. Su inverosimilitud, absurdidad, completa locura o algo parecido, según la opinión de todos los checos y eslovacos normales y de la gente corriente del mundo, sólo podría realizarla un demente. Praga está empapelada de carteles. Nada impide que los soviéticos ocupantes (crean que me cuesta darles este título, pero por desgracia es así) quiten las pintadas de las ventanas de los autobuses […] Las relaciones que se han destruido, todo lo que ha acabado entre nosotros y la URSS, ¡qué desgracias, desgracias de verdad sin fin, causan al movimiento obrero internacional! El célebre humor checo que nos ha servido de ayuda prevalece. «¡Iván, corre a casa, que Natacha se ha escapado con Kolia! », escrito en checo y en ruso. ¿Cómo podrían no verlo y leerlo los soldados soviéticos? «¿Qué dirás en casa a tu madre si entre nosotros hay muertos?», se pregunta otra pintada con la cruel gravedad de este hecho. «Hemos perdido a cinco hermanos [los ejércitos de los cinco países que invadieron]. No importa, ¡ahora todo el mundo está con nosotros!». Y otra: «Salud, hermano de la gran Rusia, ¡cómo te sienta la ametralladora! Y si tienes que obedecer una orden, pues ¡pam!». Los helicópteros de ocupación sobrevuelan la ciudad y lanzan proclamas. Dicen que nuestro Gobierno y los representantes del Partido Comunista Checoslovaco pidieron ayuda contra la contrarrevolución. ¿Quién? No nombran a nadie. Tal vez sean aquéllos para los que rige la ley de la traición, escrita en los escaparates […] Y así las octavillas van rápidamente a las cloacas, la gente las recoge y las quema en algún sitio. En muchas partes el papel chorrea color rojo, la cal de la pared se derrite. «Nuestros muertos no necesitan vuestro trigo». Por el camino, Praga ha perdido de la noche a la mañana las calles y, en muchos sitios, hasta los números de las casas. En la noche de ayer, cuando se esperaban arrestos, la ciudad entró en estado de alarma. Con aguaceros incesantes, los jóvenes (en algunos sitios eran niños) desmontaban las placas de las calles y los números de las casas, pintaban o rompían los indicadores de los cruces para que en la ciudad se orientaran sólo los que tenían que orientarse. A fin de cuentas, Praga está en pie. Hoy, en el día de Santa Ana, cuando hace cincuenta y cuatro años estalló la Primera Guerra Mundial […].

Los que estaban en las calles, en el castillo y en San Wenceslao resistiendo a los invasores eran también mayoritariamente jóvenes. Su rehabilitación se produjo en los años ochenta, cuando Mijaíl Gorbachov inició su Perestroika intentando revertir el imparable curso decadente de la URSS. Fue el propio Gorbachov quien dijo que sus reformas y su política de liberalización del socialismo real tenían una gran deuda moral con el «socialismo de rostro humano» de Dubcek. Preguntado éste cuál era la principal diferencia entre la «Primavera de Praga» y la Perestroika, respondió rápido: «¡Diecinueve años!». Si hubiera que escoger una pieza cultural que dibuje el ambiente que se extendió en la Praga de 1968 posterior a la invasión ésta sería la obra maestra de Milan Kundera La insoportable levedad del ser. Es una novela muy reflexiva, existencial, en la que su protagonista, Tomás, expresa las dudas cotidianas que tiene en torno a la vida con el trasfondo de la grisura plomiza marcada por el régimen de socialismo real en la capital checa durante la Guerra Fría. Kundera se exilió en París y La insoportable levedad del ser no fue publicada en su país hasta el año 2006.

Hubo un Mayo del 68 en el Primer Mundo (Francia et altri); otro, en el Segundo Mundo (Checoslovaquia, un país del «socialismo real»); el último, en el Tercer Mundo, fue el de México. Los tres confluyeron en el sujeto político principal, los jóvenes estudiantes, que aspiraban a un papel más relevante en el mundo que se estaba construyendo a su alrededor y que era cualitativamente distinto al de los años cuarenta y cincuenta. Una corriente libertaria y antiautoritaria los acogió a todos, dominó su imaginario, y circuló mucho más por las universidades y los centros de estudio que por las fábricas. Esta corriente sopló después del periodo de «normalidad» transcurrido después de las dos guerras mundiales. El Mayo del 68 mexicano se distanció de los otros dos mayos por la magnitud de la represión directa que generó (la matanza del 2 de octubre de 1968 en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco). Tanto en México como en Praga los protagonistas trataban de aprender al mismo tiempo lo que era la democracia que ya tenían los soixante-huitards franceses y que anhelaban ejercer. El gran historiador francés Fernand Braudel dijo que el 68 supuso sobre todo una revolución cultural que trastornó para siempre los tres pilares principales de la recreación de la cultura: la familia, los medios de comunicación y la escuela. El periodo que abarca el movimiento de los estudiantes mexicanos se extiende desde finales del mes de julio hasta el final del año 1968.  Como en el caso francés, la secuencia de lo sucedido explica en buena parte el fulgor y muerte de esta experiencia:

–22 y 23 de julio de 1968: Enfrentamientos entre distintas organizaciones de estudiantes que se disuelven con la intervención de la Policía, que entra en el recinto estudiantil violando la autonomía universitaria.

–26 de julio de 1968: «Marcha juvenil por el 26 de julio», aniversario del asalto al Cuartel de la Moncada en Cuba, en el que participó Fidel Castro (es el origen de su leyenda) y en solidaridad con la Revolución cubana, todavía en todo su esplendor. La Policía la reprime duramente. Hay más de quinientos heridos y decenas de detenidos.

–30 de julio de 1968: Un local universitario es atacado y su puerta es destruida con un disparo de bazuca.

–1 de agosto de 1968: El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la más grande de América Latina y centro de las revueltas, pronuncia un discurso a favor de la autonomía universitaria y la libertad de los presos políticos (refiriéndose a los estudiantes detenidos los días anteriores). A continuación encabeza una manifestación en la que surge uno de los lemas más coreados por los universitarios: «¡Únete, pueblo!».

 –2 de agosto de 1968: Las exigencias estudiantiles desbordan al rector. Nace el Consejo Nacional de Huelga.

 –del 3 de agosto al 27 de agosto de 1968: Manifestaciones permanentes, comunicados, asambleas que se hacen multitudinarias. El movimiento crece y se extiende a otros ámbitos educativos.

–27 de agosto de 1968: Gran marcha hacia el Zócalo, centro histórico de la Ciudad de México. Se calcula que participan unas treinta mil personas. Por primera vez se insulta al todopoderoso presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, resaltando su fealdad física («¡Sal al balcón, hocicón!»). Al finalizar, varios miles de estudiantes quedan acampados en la plaza.

 –28 de agosto de 1968: Los acampados son desalojados por la fuerza. Participa el Ejército, con soldados con la bayoneta calada y carros blindados.

–7 de septiembre de 1968: «Manifestación de las Antorchas» en Tlatelolco.

 –13 de septiembre de 1968: «Marcha del Silencio», en la que los manifestantes avanzan con pañuelos en la boca. La revuelta va in crescendo, en número de participantes y polarización política. Las autoridades políticas se muestran incapaces de pararla.

 –18 de septiembre de 1968: El Ejército invade la Ciudad Universitaria de la UNAM.

 –24 de septiembre de 1968: Dimite el rector de la UNAM. Hay choques muy violentos entre estudiantes y policías, algunos de paisano. Tiene que intervenir el Ejército.

–1 de octubre de 1968: El Ejército se retira de la Universidad.

–2 de octubre de 1968: Matanza en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Todavía hoy sigue la gran discusión sobre el número de estudiantes muertos, heridos, desaparecidos o encarcelados. Carlos Fuentes, en su libro Los 68. París, Praga, México, refleja el ambiente de la plaza: […] miren, dijo el muchacho de barba cerrada y mirada intensa, atrévanse a mirarnos, somos millones, treinta millones de mexicanos menores de veinticinco años. ¿Creen que nos van a seguir engañando?, soltó el intenso chico alto y de ojos pequeños, ¿dónde está la democracia, en elecciones de farsa organizadas por el PRI [Partido Revolucionario Institucional], con urnas rellenadas de antemano? ¿Dónde está la justicia –‍continuó Santiago‍– en un país donde sesenta personas tienen más dinero que sesenta millones de ciudadanos? ¿Dónde está la libertad?, preguntó el muchacho de melena hasta la cintura. ¿En los sindicatos maniatados por líderes corruptos, en los periódicos vendidos al Gobierno?, añadió Lourdes, ¿en la televisión que oculta la verdad? Al principio, la manifestación del 2 de octubre parecía un acto más. Existen numerosos textos que describen lo sucedido, después de una ardua labor de investigación. Dos de los mejores son La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, y El 68. La tradición de la resistencia, de Carlos Monsiváis. Asisten entre ocho mil y diez mil ciudadanos. Hay personas «no identificadas» o sospechosas que, al iniciarse los tiros, se pondrán un pañuelo o un guante blanco en la mano izquierda para diferenciarse de los estudiantes. A las 18.10 se lanzan tres bengalas de color verde desde un helicóptero. Casi de inmediato, sin avisar, entran en la plaza centenares y centenares de soldados, «con el fin de detener a los dirigentes y extinguir un “foco subversivo”», dirán luego. Intervienen francotiradores, ametralladoras. Entra el Batallón Olimpia, un grupo de choque creado por el Gobierno para garantizar la seguridad de los Juegos Olímpicos (cuyo comienzo va a ser en unos días, de ahí la represión) y que fue utilizado para infiltrarse, provocar y detener manifestantes. Monsiváis escribe: Jamás se sabrá el número de muertos. Tal vez 250, quizá 350, las hipótesis carecen de sentido, pero las fotos de cadáveres acumulados en una sola delegación sí multiplican las conjeturas […] Mueren niños, jóvenes, mujeres, ancianos, todo en medio de demandas de auxilio y del grito coral, «¡Batallón Olimpia, no disparen!» Los policías y soldados destruyen puestos y muebles de los departamentos y a los detenidos […] se les desnuda, ata y golpea; se traslada a dos mil personas de la Plaza de las Tres Culturas a las cárceles. La provocación no es ajena al plan de aplastamiento, está en su centro. Después de media hora interminable –‍no dura más‍– al fin cesa el fuego. Los soldados registran a los detenidos, los cadáveres colman algunos espacios de la plaza. El secretario de Defensa, general Marcelino García Barragán, uno de los nombres de la infamia, declara: «El Ejército intervino en Tlatelolco a petición de la Policía para sofocar un tiroteo entre dos grupos de estudiantes […] Hay militares y estudiantes muertos y heridos». Y advierte: «Si aparecen más brotes de agitación actuaremos de la misma forma». A continuación se extiende una fortísima censura en la prensa nacional e internacional sobre la masacre acontecida en Tlatelolco.

 –9 de octubre de 1968: El Consejo Nacional de Huelga inicia una tregua y se compromete a no obstaculizar los Juegos Olímpicos.

–12 de octubre de 1968: El presidente Díaz Ordaz inaugura llos XIX Juegos Olímpicos de la historia. Lo hace, según Carlos Fuentes, con un vuelo de pichones de la paz «y una sonrisa de satisfacción tan amplia como su hocico sangriento».

–27 de octubre de 1968: se clausuran, sin ninguna irregularidad, los Juegos Olímpicos. El acontecimiento más mediático de los mismos –‍las fotos darán la vuelta al mundo‍– ocurre en el pódium de la carrera de los 200 metros, cuando dos atletas negros estadounidenses, Tommie Smith (medalla de oro) y John Carlos (medalla de bronce) levantan el puño y hacen el saludo del poder negro en protesta por la segregación racial en Estados Unidos. Menos conocido es que fueron suspendidos del equipo olímpico y que se les solicitó que se retirasen de la villa olímpica.

–14 de noviembre de 1968: El Consejo Nacional de Huelga somete «a la consideración del estudiantado y del pueblo de México» lo siguiente: «1) que no es posible pensar en el retorno a las clases en tanto no se cumplan plenamente las condiciones que hemos fijado para ir al diálogo político; 2) que respecto al diálogo público mantenemos la misma posición, aun cuando éste se lleve a cabo habiendo iniciado la labor académica». El cansancio del movimiento y la división en sus filas ya es patente.

–21 de noviembre de 1968: El Consejo Nacional de Huelga vota unánimemente la vuelta a las clases. La decisión la tienen que respaldar las asambleas.

–22 de noviembre de 1968: Gran división en la universidad sobre qué hay que hacer.

–6 de diciembre de 1968: La mayoría de los miembros del Comité Nacional de Huelga decide disolver este organismo.

Se convoca una gran manifestación. Es la traca final del movimiento estudiantil en lucha.

–13 de diciembre de 1968: La manifestación estudiantil, que no ha sido autorizada por la Policía, sale de la Ciudad Universitaria de la UNAM. Se encuentra con tanques, camiones militares y patrullas. Ante la hipótesis de que se reproduzca la matanza de Tlatelolco, los estudiantes retroceden y regresan a la Ciudad Universitaria. La revuelta, que ha acercado el Distrito Federal de México a París, Milán, Berkeley, San Francisco o Praga, ha terminado. Una explicación sobre la brutal e indiscriminada represión en México se halla en los Juegos Olímpicos. Eran los primeros organizados por un país del Tercer Mundo, y los primeros en América Latina. Se prohibió la participación a Sudáfrica por sus políticas racistas. Hubo dos pulsiones tirando en distinta dirección: la de los estudiantes, queriendo hacerse visibles en sus demandas de mayor libertad y justicia, aprovechando la presencia de medios de comunicación de todo el mundo, e impregnados más que en cualquier otro lugar del ejemplo de la Revolución cubana y el heroísmo del Che Guevara (la conspiración de los barbudos contra Fulgencio Batista y la marcha del Granma hacia las costas de Cuba tuvieron su origen en México, donde estaban exilados los primeros). Las consignas más repetidas por los manifestantes en aquel verano y otoño de 1968 en la Ciudad de México fueron «¡No queremos Olimpiada, queremos revolución!», «¡No queremos Siglo de Oro, queremos Ilustración!». Las lecturas de los estudiantes mexicanos eran muy similares a las de sus compañeros europeos o estadounidenses, a las que se incorporaron las de los novelistas e intelectuales de la zona: La democracia en México, de Pablo González Casanova; La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes; la narrativa de Mario Vargas Llosa (en aquellos momentos muy cercano al castrismo) o de Julio Cortázar; o el Escucha yanqui, de C. Wright Mills, y Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon. La otra pulsión era la del presidente mexicano, Díaz Ordaz, y su sucesor en el Departamento de Gobernación y, más tarde, en la presidencia de la República, Luis Echeverría. Otros dos nombres para la infamia, que se ampararon en una inventada conjura comunista que quería acabar con los Juegos Olímpicos y con el prestigio organizativo de México. El resultado de la represión fue la masacre del 2 de octubre. Hay dos intervenciones de ambos que definen su actitud y la carga de responsabilidades que cada uno quiere asumir, y que son representativas de cómo va creciendo la teoría de la conjura. El 28 de agosto de 1968, en plenas revueltas, Díaz Ordaz lee el tradicional informe anual sobre su presidencia: Cuando hace años se solicitó y obtuvo la sede [se refiere a los Juegos Olímpicos] no hubo manifestaciones de repudio ni tampoco durante los años siguientes, y no fue sino hace unos meses cuando obtuvimos información de que se pretendía estorbar los Juegos. Durante los recientes conflictos que ha habido en la Ciudad de México se advirtieron, en medio de la confusión, varias tendencias principales: la de quienes deseaban presionar al Gobierno para que se atendieran determinadas peticiones, la de quienes intentaron aprovecharlo por motivos ideológicos y políticos, y la de quienes se propusieron sembrar el desorden, la confusión y el encono, para impedir la atención y la solución a los problemas, con el fin de desprestigiar a México, aprovechando la enorme difusión que habrán de tener los encuentros atléticos y deportivos, e impedir acaso la celebración de los Juegos Olímpicos. De algún tiempo a la fecha, en nuestros centros de estudio se empezó a reiterar insistentemente la calca de los lemas usados en otros países, las mismas pancartas, idénticas leyendas, unas veces en simple traducción literal, otras en burda parodia. El ansia de imitación se apoderaba de centenares de jóvenes de manera servil y arrastraba a algunos adultos.

El 68 de México fue uno de los acontecimientos más significativos de la segunda parte del siglo xx

Luis Echeverría, que en 1968 ya era aspirante a sustituir a Díaz Ordaz en la presidencia, hizo unas declaraciones al periódico El Universal, treinta años después, en las que trató de absolverse de la matanza de Tlatelolco: «Nada, no tuve nada que ver en la forma en que se encaró en 1968 el problema estudiantil, pues Díaz Ordaz me marginó totalmente del asunto. Cuando se haga la biografía de don Gustavo tendrá que llegarse a la conclusión de que uno de sus rasgos sicológicos era la firme convicción del uso de la fuerza para hacer valer la ley». El 68 de México fue uno de los acontecimientos más significativos de la segunda parte del siglo xx. Su huella está todavía presente. Se cuestionó la autoridad del inmenso poder presidencial, removió los cimientos ideológicos del mundo de la izquierda y comenzó una lucha por los derechos humanos que llega hasta ahora, cuando la sociedad mexicana está azotada por el mal del narcotráfico con todas sus secuelas.

El EZLN se inspiraba en el zapatismo y en el marxismo, y adquirió forma de guerrilla

Del 68 mexicano se impregnó el movimiento zapatista de Zacatecas: el 1 de enero de 1994 un grupo de indígenas del estado de Chiapas intentó ocupar unas tierras, apelando a la reforma agraria, en el mismo momento en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México. Salía a la luz pública el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), a cuyo frente estaba un enigmático «subcomandante Marcos» que devendría en otro de los iconos de la rebeldía mundial, con un estupendo manejo de la comunicación política y de su imagen con un pasamontañas que ocultaba su auténtica identidad. El EZLN se inspiraba en el zapatismo (de Emiliano Zapata, héroe de la Revolución mexicana de principios del siglo xx) y en el marxismo, y adquirió forma de guerrilla. En su Primera Declaración de la Selva Lacandona, donde tenía su base, establecía los siguientes fines: la «lucha por trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz […] lograr el cumplimiento de esas demandas básicas de nuestro pueblo formando un gobierno de nuestro país libre y democrático». Ello lo resumió el subcomandante Marcos con estas palabras: «¿La toma del poder? No, apenas algo más difícil: un mundo nuevo». Ambas frases se podían trasladar con la máquina del tiempo a Mayo del 68 o a Madrid de 2011. A principios del siglo xxi, Carlos Monsiváis, entonces ya un viejo soixante-huitard, resumía en cuatro los motivos por los que todavía seguía siendo importante 1968 en México: sus razones servían medio siglo después de la matanza de Tlatelolco:

 –a) Fue la experiencia fundamental de una generación juvenil en la Ciudad de México, que se vive de distintas maneras pero que es recordada con orgullo, en un país en el que, como aseveraba Carlos Fuentes, no te puedes dejar arrastrar por el entusiasmo puesto que la desilusión castiga muy pronto al que tiene fe en los cambios y los lleva a la calle.

–b) Fue el primer movimiento estudiantil moderno, donde coincidió el alineamiento de una vanguardia con los sucesos de París, las universidades de Estados Unidos, Praga…

–c) Sólo ocurre en la capital, por la estructura represiva del Estado, y durante meses incorpora a la ciudad entera con marchas y manifestaciones, y surge la novedosa protesta de las clases medias, que siguen a los universitarios.

–d) El 68 infunde a sus participantes la sensación de un cambio súbito de la mentalidad y la psicología. No se sienten héroes, pero sí partícipes de la resistencia al autoritarismo.

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Autor >

Joaquín Estefanía

Fue director de El País entre 1988 y 1993. Su último libro es Estos años bárbaros (Galaxia Gutenberg)

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