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FREDY MASSAD / CRÍTICO DE ARQUITECTURA

“Vivimos narcotizados por ideas blandas y zombis que siguen retornando con la etiqueta de ‘nuevas’”

Andrés Carretero 23/03/2018

<p>Autorretrato de Fredy Massad.</p>

Autorretrato de Fredy Massad.

Cedida por el entrevistado

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Entre los libros recientes dedicados a reflexionar sobre el estado de la arquitectura a nivel global, Crítica de choque (Bisman Ediciones, 2017) supone un libelo de urgencia que dedica una atención especial a la actualidad Iberoamericana. Conversamos con su autor, el profesor, crítico y polemista Fredy Massad (Buenos Aires, 1966), un rara avis que persiste ensayando una crítica frontal contra la constante positividad del espectáculo –en continuidad con su labor como articulista en ABC, compilada en La viga en el ojo. Escritos a tiempo (Ediciones Asimétricas, 2015)–: la salud de la crítica, la autoconstrucción de la identidad mediática, la arquitectura en tiempos de “austeridad”, la extensión de categorías políticas en el discurso arquitectónico o los modos de acción y reacción ante la realidad presente. 

Si la escritura y la industria editorial son el espacio por excelencia de la crítica, usted señala la década de los años setenta del siglo pasado como el inicio del proceso de mercantilización de la cultura arquitectónica. ¿Cuál es el legado de la revista moderna, ideológicamente posicionada? 

No descubro nada si afirmo que estamos sufriendo un periodo de pobreza cultural que, según mi punto de vista, ha sido causada por una democratización que ha nivelado hacia abajo. La arquitectura, como expresión cultural, no ha escapado a esto.

En estas últimas décadas se ha producido un retroceso que costará mucho desandar. No creo que el factor fundamental de este proceso de degradación haya sido el paso de lo analógico a lo digital sino más bien un vaciado cultural consecuencia de una globalización mal gestionada. Un problema generado desde las bases de la educación y que ha producido una sociedad más perezosa, menos activa e intelectualmente ambiciosa. La formación universitaria se encuentra cada vez más empobrecida y esto no sólo ha de achacarse a los nuevos alumnos sino a la precariedad en que se encuentran los docentes y la mercantilización de la educación. 

Dicho esto, y centrándome en su pregunta, tampoco soy partidario de pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Los críticos de antaño exhibían una posición en muchos casos elitista y presuntuosa, hablaban exclusivamente para un determinado sector público y, como hoy, tenían marcadas filias y fobias. Sin embargo, si uno echa la vista atrás, comprueba que existía un pensamiento crítico basado en una sustancia intelectual más sólida y autoexigente, y también unos receptores, minoritarios pero con una formación cultural más consistente. Las publicaciones que van del periodo de posguerra hasta finales de los años setenta contaban con editores con compromiso y voluntad de transmitir ideología y pensamiento, de participar activamente en la construcción de un proyecto cultural y social. 

Hoy en día, la posición del editor es sumamente delicada y, con frecuencia, cuestionable. Seguramente, en gran medida, porque actualmente todo ha de ser lúdico, divertido, inmediato. La cultura del esfuerzo, al igual que la del ocio, han decaído a causa de la hegemonía de la figura del emprendedor: un modelo de personaje nefasto, que solamente busca resultados materiales a corto plazo y ha de contribuir a la producción veloz e incesante de información para consumo. En este contexto, los medios “de papel” especializados en arquitectura son un elemento en vías de extinción, porque no han encontrado formas para competir eficazmente, y sin perder rigor, con la velocidad de los medios digitales. Y las publicaciones digitales carecen de trascendencia porque, en su mayor parte, están guiadas por una idea de negocio y carecen de cualquier aspiración intelectual. Tengo constancia de proyectos de publicaciones digitales que aspiraban a ofrecer contenidos con rigor y calidad, pero que fracasaron por falta de público potencial. En Internet, se buscan resultados inmediatos, de ahí el triunfo de publicaciones como Dezeen o Plataforma Arquitectura, que desde la absoluta superficialidad e inanidad de sus contenidos satisfacen esa ansia contemporánea por obtener información con rapidez y experimentar un deleite estético inmediato.

si uno echa la vista atrás, comprueba que existía un pensamiento crítico basado en una sustancia intelectual más sólida y autoexigente, y también unos receptores, minoritarios pero con una formación cultural más consistente

El legado de la revista moderna habría de ser esencialmente aquella idea de compromiso con la construcción de la sociedad para que la propia publicación actuara como herramienta de análisis e incluso de resistencia. Una consciencia que incitara a tomar un auto-compromiso estricto con la práctica de la crítica y reflexión sobre la arquitectura a aquellos que la ejercieran. De todas maneras, soy bastante pesimista y dudo que estos factores vuelvan a ser los motores de las publicaciones dedicadas a la arquitectura.  

Mantiene una actitud de resistencia frente a la “dictadura de la positividad” del entorno social contemporáneo −en particular aquella que se auto-reproduce en el medio digital−, a la vez que reivindica abiertamente la negatividad ante lo que considera una desactivación generalizada del pensamiento crítico. ¿Cómo valora el uso indiscriminado de la palabra “crítica”, que vuelve una y otra vez como fetiche en prácticas diversas, como la comunicación o los programas de postgrado?

Parto de la premisa de que el pensamiento crítico en general, y la crítica de arquitectura en particular, están atravesando un momento paupérrimo. Y, como usted señala, es  paradójico ver cómo, a pesar de esta debacle de la crítica entendida como una práctica inquisitiva, independiente y en constante auto-cuestionamiento del pensamiento, el término pulula actualmente, convirtiendo esta saturación en trivialización. 

Proliferan congresos y posgrados en los que se confunde “crítica” con “comunicación mediática” o “producción de entretenimiento”, algo que no hace más que corroborar este momento de ruina y de huida hacia adelante eludiendo una reflexión severa sobre el estado de las cosas. 

Otro síntoma de la desaparición de la crítica como tal  es la proliferación en los medios de opinólogos hooliganizados que, a sueldo o a cambio de prebendas, defienden el pensamiento único del grupo o ideología a la que sirven, y desde las indicaciones de los formatos de espectáculo desde los que estos mensajes son emitidos. De esta manera es imposible mantener cualquier diálogo porque ya se parte de posiciones tomadas a priori y totalmente blindadas, no hay ninguna posibilidad de intercambio fecundo. 

En esta pauperización cultural, la enseñanza se ha dirigido a construir un ser sumiso, proclive a ponerse bajo el paraguas de ideologías fútiles y tendientes también a la credulidad, que termina transformándose en fanatismo y en el ninguneo o ridiculización del discrepante. De esta manera, se facilita la construcción de personajes cada vez más vacíos que, a mi parecer, son fácilmente desmontables pero que la mayoría se obstina y congratula en celebrar. Y creo que en esto juega un papel fundamental la idea de positividad. La positividad es perversa porque abre la posibilidad al narcisismo y vitupera el antagonismo, en lugar de considerarlo indispensable. La positividad hace que el Otro desaparezca, y así el personaje narciso sólo mira de una manera positiva a su propio reflejo. 

En Crítica de choque le dedico un capítulo a lo que gira alrededor de un personaje como Alejandro Aravena, porque entiendo que es una constatación clara de esta paradoja sobre el estado de la crítica. Si uno analiza a fondo la obra arquitectónica de Aravena en ELEMENTAL se puede comprobar que es un proyecto que parte de un interés totalmente personal y narcisista, pero que se vale astutamente de un discurso dirigido al gusto del esnobismo solidario primermundista. En ese discurso hay un componente de supuesta solidaridad, preocupación por el desfavorecido, voluntad de equidad social… Esto reconforta a determinado público que decide creer a pies juntillas la autenticidad de ese discurso y adoptarlo como un dogma de fe, que además suena como una forma decente de hacer negocio. No obstante, si uno rasca ese mensaje cargado de optimismo y lo confronta con la realidad de la obra construida, se encontrará con que no es más que un espejismo de retórica melodramática, de falsedades que el establishment, por motivos que es preciso deducir, ha convenido en no desmontar. 

Creo que la negatividad es hoy una herramienta necesaria para el pensamiento crítico pero, a la vez, es importante ser consciente de ella porque se puede caer en la trampa de que se la acabe utilizando como otra forma de esnobismo.

Siguiendo a Lipovetsky y Serroy, identifica la figura del arquitecto como “operario artístico” del capitalismo, estableciendo una continuidad entre el genio modernista y el arquitecto estrella contemporáneo, autoconsciente y narcisista, que en todo momento está performando su identidad. ¿Son estas estrategias de seducción dispositivos exitosos en la producción de deseo de los futuros trabajadores?

Hace unos meses, ArchDaily informaba con entusiasmo de que Norman Foster había abierto una cuenta de Instagram y que, pese a ser un octogenario, su Instagram gozaba de más éxito que el de Bjarke Ingels.  No es una anécdota trivial sino un hecho a través del que se ilustra el estado en que nos encontramos. En primer lugar, la mayor parte de los medios especializados en arquitectura –sean digitales o analógicos– están banalizando cada vez más descaradamente sus contenidos, poniéndose a la par de la prensa rosa y amarilla, centrándose en este tipo de detalles absolutamente frívolos (promovidos por sus propios protagonistas) y alejando radicalmente la arquitectura de su dimensión intelectual y de toda posibilidad de lectura pragmática del sistema. Esta posición cómoda e insustancial, que se ofrece para la fascinación y la diversión, es completamente improductiva.

Ahí está Foster: un arquitecto con una trayectoria reconocida pensando que para no desaparecer, tal vez guiado también en gran medida por su propio ego, decide tomar presencia en Instagram, cual influencer

Ahí está Foster: un arquitecto con una trayectoria reconocida pensando que para no desaparecer, tal vez guiado también en gran medida por su propio ego, decide tomar presencia en Instagram, cual influencer. No se puede permitir quedarse fuera de las leyes que imponen hoy las redes sociales. Este exhibicionismo tiene una finalidad tanto narcisista como mercantilista. Foster está atrapado en un juego que le permitirá seguir en el escaparate cosechando adulación, y que, según mi punto de vista, es totalmente contraproducente para la credibilidad de alguien que en algún momento fue un arquitecto de interés. 

 

La transición entre generaciones está siendo cada vez más veloz. Existe pánico a envejecer, a quedarse obsoleto, algo que me parece estúpido. Creo que uno debe estar en el lugar de su vida que le corresponde. Pero a través de estas estrategias de marketing se intenta empatizar descaradamente con la generación millennial, y sí, seguramente, tratar de seguir apuntalando los pedestales basados en el carisma (o ficciones de carisma) desde los que figuras del star-system como Foster han ejercido su poder.

En su argumentación destaca el rol del storyteller, el narrador o cuentacuentos teorizado por Nicole Aschoff, que a través de su autoconstrucción como personaje mediático y la inflación del discurso, consolida las inercias de acumulación de riqueza del sistema capitalista.      

El planteamiento del storyteller que ofrece Aschoff en su libro The New Prophets of Capital describe a un tipo de personaje clave en el mundo actual. Son esos influyentísimos gurús, supuestamente revolucionarios y que se presentan como progresistas, que poseen claras e inmediatas soluciones para las problemáticas sociales más acuciantes. Aschoff disecciona a figuras como Bill Gates, Oprah Winfrey o Sheryl Sandberg y cómo a través de sus relatos de superación personal tratan de inspirar a los individuos comunes a ‘hacer un mundo mejor’. Como recalca Aschoff, recordando que estos personajes son siempre individuos que pertenecen a la élite, sus relatos, siempre anclados en lo positivo, marcan los términos del debate, se tornan  hegemónicos y devoran a las historias que desafían al statu quo

La mayor parte de quienes hoy se denominan críticos han terminado ejerciendo el papel de cronistas de los relatos que esos gurús o sus asesores de imagen manufacturan. Lejos de ser analistas e intérpretes de la realidad, se han decidido a construirla y seguir alentando ficciones que desemboquen en la positividad acrítica. Las ideas son reemplazadas por historias cotidianas, maximizadas, que pretenden transformar lo vulgar, lo común, en algo extraordinario. Los personajes huecos se visten con historias para satisfacer el deseo de identificarse con esos ‘héroes’, sentir la posibilidad de ser también algún día un triunfador a esa altura. 

Identifico específicamente a Alejandro Aravena con ese modelo de gurú construido en base al story-telling que define Aschoff: un individuo aparentemente revolucionario pero tras cuyo proyecto únicamente se halla una forma de filantrocapitalismo con la que consolidar los procesos de funcionamiento del neocapitalismo. 

Como comentábamos en la pregunta anterior, el personaje ha sobrepasado a las ideas (ya de por sí muy primarias).  Esto no es una circunstancia exclusiva de la arquitectura.  El mundo de la política, de la cultura… están hoy repletos de personajes vacíos erigidos a partir de narrativas y épicas. 

Suelo usar como ejemplos de la necesidad de una narrativa individual en el escenario de la arquitectura contemporánea a dos personajes que, a priori, pudieran parecer esencialmente antagónicos pero que son, a mi parecer, el anverso y reverso de una misma moneda: individuos que se han constituido en arquetipos de esta farándula generada para y desde los medios. Dos individuos que narran su vida para erigirse en modelos referenciales para todo un sistema. Aravena como el prototipo del sudamericano sensible a las problemáticas y que logra triunfar pese a las supuestas carencias de su entorno; e Ingels, un neocapitalista sin complejos, que disfruta presentándose como una especie de híbrido entre Peter Pan y Leonardo di Caprio en The Wolf of Wall Street, y que en el documental Big Time se regodea en narrarse como una suerte de genio de tintes pseudorrománticos, que quizá pueda morir joven, en la cúspide de su carrera.

Otro ejemplo lo brinda Rem Koolhaas, cuyo pensamiento está cada vez más cerca de los libros de autoayuda y que, como Foster, aun siendo un arquitecto consagrado, tiene la obsesión de perpetuarse, ser un referente de la cultura universal. En el documental REM, dirigido por su propio hijo, vemos a un hombre ya carente de ideas y desconectado de la realidad a ras de suelo, obsesionado hasta la ridiculez por autoconfirmar su grandeza.

El mundo de la política, de la cultura… están hoy repletos de personajes vacíos erigidos a partir de narrativas y épicas

No obstante, la construcción de narrativas que suplan a la reflexión crítica hoy no es sólo patrimonio de la arquitectura denominada espectáculo. También el autoproclamado anti-espectáculo está construido a través de otorgar un valor de contraparte a otros personajes que han decidido posicionarse en la vereda opuesta, pero persiguiendo los mismos fines de prestigio y poder. 

Traza una genealogía precisa de “la arquitectura de la austeridad” bajo el paradigma de lo social, donde la explotación conceptual de la periferia, la mezcla de paternalismo y neocolonialismo todavía lastra la mirada occidental, su intervencionismo sobre las áreas más desfavorecidas del planeta. Me interesa en particular su visión de la situación en Iberoamérica, siendo un crítico de origen argentino asentado en Barcelona desde hace décadas.

La mirada paternalista y la intencionalidad neocolonista han sido muy fructíferas para el primer mundo y para las elites dominantes iberoamericanas, pero se ha basado en una realidad reductiva, que no se condice con la heterogeneidad de la zona. Esto con toda seguridad no sólo sucede con Iberoamérica sino que está también sucediendo con la lectura que se hace de África, otro terreno que también ha sido abonado por esta posición neocolonial. Michel Houellebecq escribe que África es para Europa un lugar para el sexo y el negocio, algo que el cineasta austríaco Ulrich Seidl ilustra a la perfección en el episodio Amor de su trilogía Paraíso o, más recientemente, en Safari. 

La búsqueda de experiencias ‘exóticas’ y de nuevas vías de negocio no es una novedad en la arquitectura ni está directamente relacionada con la recesión europea. A principios de este siglo, Koolhaas escenificó su fascinación por la precariedad, el caos y la pobreza en Laos. La generación de neomisioneros actual (que encarnan la nueva tendencia arquitectónica hegemónica que el sistema erigió a partir de 2008 como reacción contraria a la arquitectura del espectáculo y la opulencia) buscan trascender a través de esa supuesta cooperación en países llamados ‘en vías de desarrollo’. La han transformado en una fuente de reconocimiento, autocomplacencia y negocio, convirtiendo en caridad y limosnas la posibilidad de contribuir genuinamente al desarrollo, como una supuesta expiación del exceso primermundista. 

Pero volviendo a Iberoamérica, probablemente el caso más flagrante como confirmación de ese paternalismo torticero primermundista fuera  la concesión del León de Oro de la Bienal de Arquitectura de Venecia al proyecto de investigación de la ocupación del Centro Financiero Confinanzas (o Torre David) en 2012. El proyecto no era sino una glamourización obscena de la pobreza, y el galardón delató a las claras la ignorancia y miopía de los esnobs europeos respecto a las realidades políticas y sociales.  

Más lamentable me parece aún que gran parte de esta sublimación buenista de la ‘pobreza’ y ‘lo austero’ provenga de la izquierda, que termina arrogándose ese papel de paternalismo inmovilista

Más lamentable me parece aún que gran parte de esta sublimación buenista de la ‘pobreza’ y ‘lo austero’ provenga de la izquierda, que termina arrogándose ese papel de paternalismo inmovilista.

Es absolutamente necesario hacer un verdadero análisis sobre la arquitectura hecha en la región, que es mucho más compleja y seguramente contradictoria a fin de combatir esta venenosa homogeneización trivial, que considero fundamentalmente un producto de exportación elaborado para complacer a la pedantería académica del norte del mundo, absurdamente hambriento de novedad y ‘exotismo’. 

En este sentido, centra sus críticas en cierta élite latinoamericana formada en la academia estadounidense que, según usted, instrumentaliza la desigualdad social de la región mediante la estetización de la pobreza.

El mundo desarrollado, o mal llamado primer mundo, construyó una imagen de Iberoamérica ligada a la precariedad, el voluntarismo, el caos… Esto no es sólo responsabilidad de las clases bienpensantes del primer mundo sino también de algunos miembros de las elites iberoamericanas, quienes pensaron que potenciando esos conceptos, sumados al victimismo, les permitiría introducirse en el vacío producido por la recesión del 2008. 

La estetización de la pobreza se ha convertido en un modus vivendi, en un reclamo, en un negocio. Sí es cierto que se ha simulado un cambio de paradigma, una simulación necesaria ante el descalabro provocado por la crisis de 2008. Cuando el punto de observación viró y se fascinó con esa precariedad, los arquitectos iberoamericanos miembros de esta elite pasada por las universidades estadounidenses se pusieron en primera fila, dejando atrás o desenfocados a arquitectos que estaban trabajando a pie de obra y construyendo una arquitectura de genuino compromiso social. 

De nuevo, el espectáculo se posicionó desde una forma más perversa usando la preocupación por el desfavorecido en mercancía y de esa forma evitando que la balanza se equiparase, y estos arquitectos pasaron a ser parte activa de ello. 

en Europa no hay gran interés por ver la cara desarrollada de un país iberoamericano sino que se prefiere perpetuar la imagen de pobreza y esa visión sesgada y homogénea del arquetipo de lo latinoamericano que se encuentra en el inconsciente colectivo

Hace unos meses estuve en Ambato (Ecuador), donde asistí al estreno del documental Hacer mucho con poco producido por el colectivo Al Borde y dirigido por Kliwadenko Novas. En él se ofrecía una intencionada lectura de la arquitectura que se construye hoy en Ecuador, haciendo hincapié en esa visión empobrecida y voluntariosa de la arquitectura del país. Se omitía deliberadamente toda la buena arquitectura contemporánea que se está construyendo también allí. Obviamente, la intención era producir un documental destinado a agradar y sorprender en Europa y Estados Unidos. En el debate posterior a la proyección dije a los miembros presentes de Al Borde que el documental, indudablemente muy bien hecho,  iba a ser muy bien acogido en Europa porque aquí no hay gran interés por ver la cara desarrollada de un país iberoamericano sino que se prefiere perpetuar la imagen de pobreza y esa visión sesgada y homogénea del arquetipo de lo latinoamericano que se encuentra en el inconsciente colectivo. 

En su libro se sirve de categorías políticas para articular el discurso, lo que puede dar lugar a metáforas o malinterpretaciones intelectualmente enriquecedoras: establishment oligárquico, neoliberalismo, o populismo, entre otras. Ésta última, profundamente discutida y empleada, la usa únicamente con un significado peyorativo; me pregunto qué respondería a algunos de sus detractores que, tal vez, gustarían de identificarle bajo la etiqueta de crítico populista

Crítica de choque parte de la intención de escribir un libro de crítica donde ésta no se transforme en una simple cuestión retórica sino abordarla desde el punto de vista de su propia puesta en práctica. Siempre trato de efectuar una lectura de la arquitectura situándola dentro de la cultura y la sociedad actuales. Es imposible e incorrecto, en mi opinión, separar el acaecer y el pensamiento arquitectónico de la realidad social y política. El libro transmite una lectura totalmente personal de nuestro presente desde esa premisa. 

Entiendo las reticencias que pueden suscitar determinadas palabras ya que hoy en día muchos vocablos están siendo bastardeados, sin duda con la intención de manipularlos, de llevarlos a un lugar en el que no signifiquen nada, ni tengan valor pero sirvan como eslogan. Fíjese en lo que está haciéndose hoy con conceptos como ‘censura’, ‘represión’, ‘dictadura’, ‘exilio’…

La idea de política relacionada con la arquitectura, y seguramente en todos los ámbitos, se ha transformado en una constante performance, tan estéril como autocomplaciente. Desde posicionamientos supuestamente radicales, lo único que se ha hecho es acariciar al sistema, terminar siendo el bufón de lo establecido. 

En el libro, uso el término populismo de manera totalmente peyorativa porque pienso que, a pesar de que los populismos hayan resurgido con fuerza, lo entiendo como una concepción totalmente anacrónica. En el libro cito al periodista argentino Miguel Wiñazki, una de las personas que creo que mejor ha entendido qué es el populismo hoy, y concretamente el populismo iberoamericano, del que beben los neopopulismos surgidos en la Europa de la crisis. Wiñazki plantea, y coincido, que “el populismo y el neopopulismo son una religión en la que los feligreses deben arrodillarse frente a un líder”.

A los que quisieran tildarme de ‘crítico populista’, les diría que justamente me siento en la vereda contraria. El populismo, según mi punto de vista, se sustenta en una cuestión totalmente sentimental y la visión que intento defender es pragmática y apela a la independencia de criterios, no a la adherencia pasional a un pensamiento monolítico. Usando un simple juego de palabras, podría hasta sugerirles que lo que hago es impopular, en modo alguno aspira a la popularidad

Su posicionamiento, que reclama lo improductivo, lo radical, incluso lo reaccionario −citando a autores como Christopher Lasch−, tiene voluntad de emergencia. Aún siendo conscientes del carácter constructivo implícito en toda negación, ¿hasta cuando postergar la no menos urgente visibilidad de las prácticas, colectivos o situaciones con la potencia suficiente como para constituir otros paradigmas? 

El título del libro es completamente intencionado. Desde el libro no intento de ninguna manera promulgar dogmas de fe, sino reivindicar que el crítico hoy debe tomar una posición beligerante. Mi intención es expresar una posición firme, vehemente, y enfrentar los problemas de cara. Desestabilizar. Reivindico la intolerancia hacia las posturas ambivalentes, las posiciones buenistas y victimistas. Ataco el hecho de que algunos críticos (o, mejor dicho, especialistas en marketing) hayan tomado las riendas del discurso arquitectónico.  

Admito que mi posición puede ser reaccionaria, pero se trata de una respuesta contra un entorno cada vez más narcotizado por las ideas blandas y las ideas zombis, que aunque muertas u obsoletas siguen retornando periódicamente con la etiqueta de ‘nuevas’. 

Evidentemente es necesario reconfigurar la profesión, tomar una verdadera posición de compromiso y una crítica que escanee la realidad en lugar de aplaudirla indiscriminadamente. Estos cambios son imprescindibles, aunque creo que en este momento son difíciles de concretar. El cambio debería nacer de la universidad, tantas veces acomplejada dentro de la propia academia, que termina aceptando cualquier tipo de circo como innovación en lugar de asumir una posición de resistencia. 

Ha de activarse un cambio. La figura del arquitecto todopoderoso se ha autorridiculizado durante la hegemonía del star-system, aunque haya algunas excepciones, pero no estoy seguro de que la solución esté en manos de las prácticas colectivas. Creo que el ser humano es individualista por naturaleza y esa idea romántica de lo colectivo o participativo está casi siempre condenada al fracaso. Es seguramente más importante buscar modelos individuales basados en el respeto y la colaboración que permitan hallar fórmulas con las que se redefinan unas bases intelectuales y éticas para la arquitectura. 

Autor >

Andrés Carretero

Andrés Carretero (1986) es arquitecto y crítico. Su práctica abarca una concepción expandida de la arquitectura atravesada por el arte, la teoría y lo político. Co-fundador de MONTAJE – infraestructura cooperativa de producción arquitectónica y co-editor de Materiales concretos.

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3 comentario(s)

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  1. c

    la realidad y las soluciones basadas en analisis sintesis reflexion etc no es populismo es pensamiento critivo el populismo son arengas sensacionalistas y viscerales , miedo, odio, que se lanzan para que no se vea la realidad Populismo es AR y La griso, Cs , etc es el pensamiento unico que intentan imponernos con fakes

    Hace 3 años 4 meses

  2. Iñaki

    Leí hasta lo de la cultura del esfuerzo... Cuando esta se reivindica sin más, sin hacer constar que refiere a ese sobreesfuerzo que han de hacer aquellos que desde las clases más bajas para obtener alguna clase de reconocimiento por las clases más altas... reivindicarla sin más significa justificar esas diferencias. Y no. Ni son justas ni son justificables. Son explicables. Y eso es lo que no hacen la mayoría de críticos. Y la razón, no es otra que el haberse convertido en cómplices de esas clases más poderosas. Bufones al fin y al cabo...

    Hace 3 años 4 meses

  3. Gus

    Interesantísimo. Por favor pongan un botón para compartir los artículos en twitter!

    Hace 3 años 4 meses

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