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Cine

‘I hate NY’: la esencia del 'underground' en cuatro artistas transexuales

El documental de Gustavo Sánchez, que se estrena en el Festival de Málaga, es un relato construido con personajes que lideraban una vanguardia revolucionaria en el subsuelo del Nueva York post 11-S

Germán Aranda 16/04/2018

<p>Fotograma de la película <em>I hate New York</em> (Gustavo Sánchez, 2018).</p>

Fotograma de la película I hate New York (Gustavo Sánchez, 2018).

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Luchar contra el mundo y el sistema que lo encorseta o buscar la evasión. Son dos actitudes vitales y políticas que determinan también las formas de creación artística y tu relación con la cultura. Sophia Lamar y Amanda Lepore, aunque bailaban juntas en la noche ‘underground’ neoyorquina, encarnan estas dos visiones contrapuestas. Las retrata el documental I hate New York, dirigido por Gustavo Sánchez (Úbeda, 1978) y producido por los hermanos Bayona, que se estrena este lunes 16 en el festival de Málaga y después se exhibirá en el festival de cine de autor de Barcelona D'A.

Es una hora y diez minutos de las más de 40 grabadas en los 10 años de visitas a Nueva York de Gustavo Sánchez, que se estrena como director con esta obra cruda y de atmósfera casi onírica que te sumerge en un mundo subterráneo y trascendental, iluminado en su oscuridad por una constante alternancia de luces rojas y verdes.  Sin medios técnicos, sin rumbo claro ni guión, se puso a grabar horas y horas de conversación con filósofos, músicos, bailarines, cineastas y pensadores de Nueva York para acabar construyendo un relato coherente y siempre estimulante. “Mi idea era captar la esencia del underground en Nueva York después del 11-S, sus corrientes al margen del mainstream”, resume Gustavo con la humildad de quien pone su cámara, una pequeña y ya obsoleta Sony Handycam 1080 semiprofesional, al servicio de los otros, a quienes intentó “escuchar con máximo respeto”.

 Aunque hay un sello de autor en la elección de canciones de una banda sonora oscura y densa firmada por el venezolano ARCA, en el mero uso de esta pequeña cámara (“no tiene ni entrada de audio”, recuerda Gustavo) y en la forma en que vaga por la noche de Nueva York, tan perdida como un ser humano buscando sentido a su existencia, la fuerza de esta película irradia de la capacidad del autor de no interponer su ego entre la obra y el espectador, de decir: “El mensaje no lo construyo yo, lo construyen ellas”.

Y ellas son Amanda Lepore, Sophia Lamar, la increíble y revolucionaria Chloe Dzubilo y T de Long, cuatro personajes que no te pueden dejar indiferente, torbellinos de emoción, amor, creatividad y guerra constante contra el sistema, cuatro empoderamientos gigantes que agitaron el underground neoyorquino no por elección burguesa, sino por necesidad vital.

Sólo en el underground estas cuatro artistas transexuales podían encontrar un hueco para sus voces. Y aún allí podían seguir sintiéndose raras, son “el underground del underground” en palabras de Gustavo, que dice que nunca fue su idea retratar al colectivo trans, que la elección de los personajes fue porque “por sus dificultades y su personalidad, transmitían mejor que nadie esa esencia del underground que buscaba”

Diez años antes de que las redes sociales empezaran a contagiar como un virus la visibilidad y reivindicaciones de las minorías, en un tiempo en que las transexuales aún eran vistas como un cómico vodevil, cuando no bichos raros o enfermas incluso por miradas sensibles, ellas ya lideraban una vanguardia revolucionaria en el subsuelo de Nueva York, “un lugar adonde aún van los que se sienten maltratados en su ciudad”, dice Sánchez.

Hay un alma muy política en su frase de “vivir tu vida al máximo y no negarte nada"

De los personajes, sólo Amanda Lepore es conocida por el gran público. Modelo y musa del fotógrafo David Lachapelle, es desde hace años un icono trans e imagen de varias multinacionales, y por tanto responsable de algo tan político como dar visibilidad a las transexuales en un mundo que cuando no las maltrata las invisibiliza.  Desde esta perspectiva, cobran fuerza las palabras de Gustavo Sánchez en la entrevista  frente a un té en el enorme espacio gastronómico El Nacional, reconstruido con dudoso gusto y autenticidad dentro de un bello y antiguo garaje modernista que en 1870 se inauguró como Teatro El Español: “Amanda tiene una imagen frívola de persona que no le importa la política, pero hay un alma muy política en su frase de “vivir tu vida al máximo y no negarte nada”, de alguien que sigue adelante después de pasar por procesos dolorosos como puede ser la operación del cuerpo o el bullying y otros maltratos y seguir adelante con su identidad a pesar de eso”.

En efecto, Amanda reconoce en el documental que no lee ni se interesa por la actualidad, que ve en el arte y la noche una forma de evasión y entretenimiento y que uno de los mayores placeres de su vida es convertirse “en una rubia imponente” como las que ha visto en las películas. Pero tomando hormonas a escondidas de sus padres, apareciendo con las tetas enormes frente a su madre, las mismas tetas por las que la expulsaron del colegio, como cuenta a la cámara de Gustavo desde el hotel en el que vive desde hace años, Amanda está siendo extremadamente política.

Como contraste, aparece Sophia, pareja de espectáculo de Amanda antes de una ruptura que seguramente tenga que ver con esa forma opuesta de entender el arte. Y dice: “Yo nunca he ido a ningún lugar con la perspectiva de entretenerme, porque yo creo mi realidad y cuando no me gusta, la cambio. Me gusta que me golpeen, que desafíen la mente, que me dejen en el aire”. Cubana exiliada en Nueva York, Sophia es “una intelectual que lo ha leído todo, las vanguardias, todo el siglo XX español y latinoamericano” y que entiende sus performance en vídeo, musicales o incluso con su orina como un constante desafío al sistema.

                                                  Imagen de archivo presente en el documental I hate New York (Gustavo Sánchez, 2018).

De pequeña, dice que era “un chico llamado Sophia, porque me encantaba el nombre, esas cosas que son punl-rock antes de ser punk-rock”. Y suelta otras joyas como: “Intento no ser nunca nostálgica porque la nostalgia es privada, uno se sumerge en ella a solas, como la masturbación, no me parece bien la gente que saca la nostalgia y se las come vivas, porque es como un cáncer (...) A las personas que dicen que antes era mejor yo les respondo: ‘Para usted, porque para mí es maravilloso ahora”. O su reflexión sobre los límites del underground: “Si el New York Times escribe algo, la cosa se jodió porque allí va la masa, la masa sin cantera, la masa incontrolable”.

 Cuando uno está inmerso en la película gracias a la potencia de Sophia y Amanda, el documental ahonda en las figuras de Chloe Dzubilo y T de Long, la primera una mujer trans con un espíritu artista y revolucionario que la llevó a cantar canciones sobre el SIDA o los abusos sexuales con su banda punk The Transisters; la segunda una chica lesbiana cuyo género se va planteando a lo largo de su vida y recibe un estímulo brutal en su transición al conocer a Chloe, con la que consigue casarse por la Iglesia porque, en el documento de identidad, Chloe es un hombre y T una mujer. “Cuando estábamos juntos, es como si no existiera el género”, explica T en el documental, en unas entrevistas realizadas ya en 2017, después de diez años de rodaje, “quería que diera la sensación de que son entrevistas hechas desde el futuro”, cuenta Gustavo, que lo consigue.

Chloe fue una activista total y transversal que habló del SIDA cuando casi nadie lo hacía 

Los dibujos, las letras y las frases a mano sobre papel y la vida de Chloe merecerían de por sí un amplio estudio y reconocimiento que, por ahora, está reservado a la escena ‘underground’ neoyorquina. “¿Me enterrarán como un hombre o como a una mujer?”, se pregunta en uno de sus escritos. Hastiada por el trato de los médicos con su transexualidad, Chloe fue una activista total y transversal que habló del SIDA cuando casi nadie lo hacía. “Iba a la policía a enseñarles cómo tratar a los trans”, cuenta T en el documental.

En 2011, T, también artista y activista, llegó a Barcelona para dar un espectáculo en la sala de conciertos La Paloma y así conoció a Gustavo, que enseguida se interesó por ella y su mensaje. Más tarde, le dijo: “Tienes que conocer a Chloe, mi pareja”. Y se cerró la selección de los cuatro personajes que dejaron en material bruto a las decenas de músicos, pensadores y filósofos que entrevistó Gustavo. Una vez tuvo el material grabado, Gustavo Sánchez, jefe de prensa del Sónar en su vida laboral, se dedicó a transcribirlo todo cuando salía de trabajar. “Y un día, por su capacidad para contar historias, se lo llevé a mi amiga Lucía Etxebarría”, cuenta.

Ella apuntó en post-its todo lo que le veía e inundó el suelo con sus colorines para empezar a trabajar en la selección de entrevistas. Lo que funcionaba sobre el papel no lo hacía tanto audiovisualmente, así que le dieron varias vueltas a aquello, que tampoco acabó de ser la edición final, porque después de que los hermanos Bayona (Carlos y Juan Antonio, director del Orfanato) se enamoraran del material y decidieran producirlo, el editor que trabaja con ellos habitualmente Jaume Martí le dio sus “toques mágicos” en la postproducción, en palabras del propio Sánchez, ya con la taza de té vacía.

                                                                                                           Imagen de I hate New York (Gustavo Sánchez, 2018).

Después de diez años de bucear en el ‘underground’ neoyorquino y en sus propias horas de grabación, la película encuentra el premio de encontrarse en un momento en que la transexualidad empieza a tener visibilidad e interés para los medios y parte de audiencia. No obstante, Gustavo espera “que la película no se quede en el circuito LGTBI, porque entonces no sirve para mucho”.

Otro que quedó prendado por la grabación fue el músico Arca. “Seleccioné unas canciones de su penúltimo disco y las encajé en la película, porque me parecía muy importante que se escucharan todos los ruidos y silencios del underground neoyorquino y aquello encajaba muy bien. Se lo mandé para ver qué le parecía y me respondió una hora y cuarenta y dos minutos más tarde diciéndome que le encantaba y además añadió dos canciones inéditas, una de ellas tocada con el piano de Bjork”.

La relación entre Gustavo y Arca también tiene un curioso ‘making off’: “Estaba entrevistando a alguien para el documental en su casa, allá por 2010 o 2011, y apareció este chico de 18 años que estaba estudiando ingeniería de sonido. Me encontré a un chaval muy joven con una creatividad brutal y nos hicimos colegas”.

Siete u ocho años después, Arca es uno de los fenómenos mundiales del momento en la música de vanguardia y, además de en la película, Gustavo se reencontró con él cuando vino al Sónar del año pasado, en el que fue la gran sensación del festival para la prensa especializada. “Tiene un mundo propio y una energía llena de rabia y dolor que cuando se transforma en sonido es algo muy liberador, reparador. Es muy libre en su manera de expresarlo, nadie hace algo así en el mundo”, describe Gustavo. La historia no podía acabar de otra forma: Arca es el protagonista de Caracas, el segundo documental de Sánchez que seguramente verá la luz antes de fin de año.

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