1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Análisis

No hay economía sin colaboración y no todas son solidarias

Para evitar la explotación hay que democratizar las plataformas digitales en las que una sola compañía controla todo

Santiago Álvarez Cantalapiedra 9/05/2018

J.R. Mora

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

CTXT necesita un arreglo de chapa y pintura. Mejorar el diseño, la usabilidad… convertir nuestra revista en un medio más accesible. Con tu donación lo haremos posible este año. A cambio, tendrás acceso gratuito a El Saloncito durante un mes. Aporta aquí

¿Quién, a estas alturas, no ha oído hablar de las grandes plataformas de la economía colaborativa? ¿Quién no está al corriente de las cuantiosas inversiones y de las agresivas estrategias que llevan a cabo corporaciones dedicadas al transporte como Uber, Cabify, Blablacar o Amovens? ¿Cuántas Apps de hospedaje y alojamiento conoce para su móvil (Airbnb, HomeAway, Flipkey, Homestay, Windu, Housetrip o, tal vez, Kindandcoe, dado que aún viaja con niños pequeños)? ¿Quién no ha utilizado o conoce a un usuario de alguno de los servicios de carsharing que tanto han proliferado en las grandes ciudades gracias a compañías como Car2go (Mercedes-Benz), Emov (Eysa y PSA), Zity (Renault y Ferrovial) o Wible (una joint venture recientemente constituida por Kia y Repsol que ofrecerá sus servicios próximamente en Madrid)? ¿Quién no ha visto a los repartidores (riders) de Deliveroo o Glovo? ¿A quién no le suena las polémicas judiciales de Uber y Deliveroo?

La economía colaborativa gozó en sus inicios de una aceptación casi unánime. No le resultó difícil. Contaba con la ventaja de la novedad y la apariencia innovadora asociada al empleo de unas tecnologías de la información que prometían ampliar de manera inusitada las capacidades de interacción entre las personas. Pero, sobre todo, ha contado con la ayuda inestimable de un potente discurso empeñado en convencernos de que nos encontramos ante una economía cargada de valores: la cooperación y la disposición a compartir recursos, tiempos y habilidades constituyen las piezas clave en un funcionamiento alternativo que nos va a permitir compatibilizar la igualdad con el fortalecimiento de la comunidad y el logro de la sostenibilidad. 

Al amparo de un discurso mistificador

En lo que respecta a la igualdad, la misma lectura idealizada que acompañó al nacimiento de internet se manifiesta ahora con la economía colaborativa. Si entonces se hablaba de una arquitectura descentralizada y abierta que llevaría inevitablemente a una descentralización del poder y a una mayor horizontalidad en las relaciones, hoy la economía colaborativa se presenta como la avanzadilla de una nueva etapa en que la importancia de lo digital en la estructuración de las relaciones –propiciada a través de redes de iguales (P2P)– contribuye a alimentar la idea de un nuevo modelo de gobierno de la economía más desconcentrado y paritario. Al tiempo que representa esa promesa de paridad, ofrece también la oportunidad de humanizar nuestros intercambios en comparación con la frialdad y el anonimato acostumbrados en las transacciones convencionales. La comunidad ya no tiene por qué perecer ahogada en las gélidas aguas del cálculo mercantil. Por el contrario, se ofrece como valor añadido. Se acabaron nuestras transacciones con corporaciones impersonales: nosotros mismos podemos propiciarlas a través de una conexión a internet y una aplicación en el móvil. ¿Quién primará la frialdad de una habitación de hotel cuando puede entrar en relación directa con personas que, además de alojamiento, ofrecen hogar y la calidez de una acogida?

Ni que decir tiene que las promesas se agradan ante el desafío de la sostenibilidad ecológica-ambiental. Por un lado, porque la economía colaborativa permite la utilización más eficiente de los recursos; por otro, porque estaría atenuando las pulsiones consumistas en la sociedad. Un criterio ineludible para incorporar una actividad en el campo de la economía colaborativa es que ofrezca recursos temporalmente ociosos o infrautilizados. Por ejemplo: aportar un coche que permanece el 99% de su vida útil parado en un garaje o las plazas sobrantes del vehículo en un viaje que en caso contrario realizaríamos igualmente pero en solitario. Las plataformas digitales permiten introducir y poner en circulación estos bienes que no se usan. La utilización más eficiente de los recursos disponibles agranda la oferta y permite la disminución de los precios, por lo que la economía colaborativa consigue supuestamente la cuadratura del círculo al propiciar unos servicios a un buen precio al tiempo que contribuye a preservar la naturaleza. Pero su contribución al medioambiente va un poco más allá, pues incorpora también una tendencia anticonsumista derivada de la promesa del acceso a un bien. ¿Por qué porfiar, como un burgués, por la propiedad de un bien cuando basta y sobra con el acceso que nos permite disfrutarlo aunque no lo poseamos? La utilización frente a la posesión supone una remisión directa hacia la primacía del valor de uso frente al de cambio. Aparentemente se estaría logrando combatir al mismo tiempo el derroche asociado a la infrautilización de los bienes y la tendencia capitalista a convertirlos en mercancías. 

La cruda realidad

El refranero castellano es rico en piezas que expresan escepticismo: «del dicho al hecho hay mucho trecho», «no es oro todo lo que reluce, ni harina todo lo que blanquea», y así un largo etcétera de jarros de agua fría para espíritus ingenuos, aunque bienintencionados, que se dejan embaucar ante el primer canto de sirena que encuentran a su paso.

Para contrastar un discurso con la realidad resulta útil empezar por analizar el contexto. El cuándo y el dónde resultan inevitables. ¿Cuándo despunta eso que identificamos como economía colaborativa? ¿En qué marco se desarrolla?

La colaboración está bien vista, connota ideales y principios. Tal vez radique en ello parte del éxito que el discurso hegemónico en torno a la economía colaborativa ha cosechado entre los sectores progres de la sociedad

Antes de contestar a estas preguntas, es obligado un apunte previo. La colaboración está bien vista, connota ideales y principios (cooperación, compromiso, altruismo, reciprocidad, etc.). Tal vez radique en ello parte del éxito que el discurso hegemónico en torno a la economía colaborativa ha cosechado entre los sectores progres de la sociedad. Sin embargo, conviene aclarar algo al respecto. Sin duda la colaboración ha sido –según nos dicen historiadores y antropólogos– un recurso estratégico en el avance y la evolución humana como especie. Sin embargo, eso no nos debe hacer olvidar lo siguiente:

Cooperación suena muy altruista, si bien no siempre es voluntaria y rara vez es igualitaria. La mayoría de las redes de cooperación humana se han organizado para la opresión y la explotación. Los campesinos pagaban las redes de cooperación iniciales con sus preciosos excedentes de alimentos, y se desesperaban cuando el recaudador de impuestos eliminaba todo un año de arduo trabajo con un simple movimiento de su pluma imperial. Los famosos anfiteatros romanos solían ser construidos por esclavos, para que los romanos ricos y ociosos pudieran contemplar a otros esclavos enzarzarse en terribles combates de gladiadores. Incluso las prisiones y los campos de concentración son redes de cooperación, y pueden funcionar únicamente porque miles de extraños consiguen coordinar de alguna manera sus acciones.[1]

La colaboración, por tanto, puede ser formal o informal, voluntaria u obligada, y sus efectos pueden ser destructivos tanto para los que la practican como para otros. Cuando más compleja es una sociedad, mayores son los grados de colaboración exigidos. En el capitalismo –y así entramos ya en el análisis del contexto– la cooperación se convierte en un asunto crucial, pues la producción se socializa dejando de ser el resultado de un acto individual, adquiriendo un carácter eminentemente social. Este proceso de socialización de la producción se encuentra asentado en una división del trabajo que pone en juego un conjunto de relaciones entre personas, grupos y clases sociales, y se ha visto favorecido históricamente por sucesivas olas de innovaciones en diferentes ámbitos (en el jurídico, en el organizativo, en el financiero y en el tecnológico).

Las prácticas y actividades englobadas en la economía colaborativa son el resultado de las oleadas de innovación de los últimos años. La lectura idealizada que se ha hecho de ella habla de una legión de emprendedores que transforman la economía a golpe de start ups y plataformas que surgen de los avances en las tecnologías digitales. En el modelo de organización del trabajo la supuesta innovación consiste en que no haya empleados, pues al trabajador se le hace aparecer como contratista independiente e, incluso, como microempresario que pone su tiempo y sus medios de trabajo (el coche, la bici, una habitación, etc.) en una economía que no consiste más que en arrendar y prestar servicios bajo demanda. No es otra cosa lo que aporta la ascendente y pujante economía colaborativa. Lo señala con claridad en este mismo número Tom Slee:

La economía colaborativa no es una historia de alternativas basadas en la comunidad; es la historia de fondos de capital riesgo de influyentes y poderosos intereses financieros que extienden el mercado libre desregulado a áreas de nuestras vidas que antes estaban protegidas.[2]

Hija del neoliberalismo y de la Gran Recesión

Dos rasgos clarifican la naturaleza de la economía colaborativa. El primero, la continuidad con las prácticas neoliberales y, el segundo, su ascenso coincidiendo con la Gran Recesión.[3]

Continuidad en la medida en que se convierte en una nueva vía para externalizar trabajo, costes y riesgos en máxima coherencia con un proceso que ha estado presente en toda la larga noche neoliberal. Pero ahora se da una vuelta de tuerca más: la externalización que sigue la modalidad de subcontratar ciertas tareas a otras empresas (outsourcing) se ensancha ahora con una forma de externalización más masiva (crowdsourcing), donde prácticamente la totalidad de la prestación del servicio se deja a cargo de una multitud de agentes vinculados a una plataforma digital.[4]

Además, si se observa bien, la economía colaborativa ha brindado a las empresas propietarias de las plataformas una doble oportunidad: por un lado, abrir nuevas perspectivas de negocio en ocupaciones difícilmente deslocalizables (como el alojamiento turístico o el transporte dentro de una ciudad), y por otro, incorporar a un mercado apenas regulado áreas de la vida de las personas que antes se resolvían con favores y apoyos de familiares y conocidos (pasear la mascota, llevar la comida al domicilio, limpiar los cristales o arreglar una pequeña avería doméstica o informática con un ‘chapuzas’).

Las plataformas digitales despuntan con la Gran Recesión al ofrecer un servicio barato a un consumidor castigado por la crisis y brindar oportunidades de ingresos en un contexto en el que el desempleo se dispara y los salarios se devalúan como consecuencia de las políticas de ajuste. En esto radica parte de su éxito. Sin embargo, su desarrollo está teniendo fuertes implicaciones sociales, principalmente sobre la desigualdad y la precarización.

El capitalismo de plataforma también está contribuyendo a agudizar la precarización laboral, generando empleo sin derechos y sin capacidad de negociación colectiva en perfecta continuidad con los esfuerzos neoliberales de las últimas décadas

La desigualdad más evidente es la que se manifiesta entre los propietarios de la plataforma y los usuarios. Es una desigualdad de riqueza y de poder. A través de las aplicaciones se comparte todo excepto la propiedad de las estructuras que hacen posible el intercambio entre los usuarios. La herramienta lo descentraliza todo excepto el control de la propia red compartida. Los dueños de las plataformas digitales concentran poder al tiempo que amasan fortunas. Por otro lado, la suerte de las personas que proporcionan sus servicios en las plataformas de software es enormemente dispar. Aquí es perceptible una segunda tipología de desigualdad en función de si se participa como propietario de un activo o como trabajador prestador de un servicio. Los que ofrecen un activo (la casa propia cuando no se está o una vivienda adquirida para alquilar) salen mejor parados que aquellos que ofrecen básicamente su fuerza de trabajo (un repartidor de Deliveroo, por ejemplo). En otras palabras, las plataformas tratan mejor a sus proveedores cuando son propietarios que cuando sólo pueden ofrecerse como trabajadores para prestar un servicio bajo demanda. Finalmente, se genera un tercer tipo de desigualdad que surge del hecho de que no sólo se distribuyen desigualmente los ingresos sino también los costes (incluidos los sociales y ambientales). Ahí los principales afectados son las personas que sin participar en la transacción soportan, sin embargo, los efectos que de ella se desprenden (los vecinos, por ejemplo, de las zonas colonizadas por los alojamientos turísticos de Airbnb que se ven afectados por las subidas de los precios, los ruidos o los cambios en la estructura del comercio de su barrio).

El capitalismo de plataforma también está contribuyendo a agudizar la precarización laboral, generando empleo sin derechos y sin capacidad de negociación colectiva en perfecta continuidad con los esfuerzos neoliberales de las últimas décadas. Según Guy Standing, la irrupción en los últimos años de las economías de plataforma marcará la realidad laboral de la próxima década:

La informalización se está hoy generalizando por medio de relaciones laborales indirectas en la ‘economía del conserje’ (todo por encargo y de inmediato), el crowd labour (trabajo mediante transacciones digitales sin relación laboral) y ‘contratos de disponibilidad’ (on-call contracts). En la próxima década, la mayoría de las transacciones laborales pueden ser de este género, y serán ubicuos los mediadores laborales y las aplicaciones.[5]

La alternativa está en la economía solidaria

Los mercados de trueque, los bancos de tiempo, las iniciativas que comparten herramientas de trabajo o parcelas de tierra para plantar huertos comunitarios, los bosques y pastos de aprovechamiento común, los trabajos y las tareas comunitarias, las cesiones temporales de bienes, los consumos compartidos, los favores, etc., han estado siempre presentes en la comunidad como expresión de la amistad y de los vínculos familiares y vecinales existentes entre sus miembros. La economía solidaria no sólo los ha visibilizado, también los ha situado en el corazón de las prácticas que impulsa en su búsqueda de una economía diferente a la actual.

Con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información, el crowdfunding ha permitido financiar proyectos que se encontraban excluidos de los canales convencionales de crédito, las plataformas de alojamiento gratuito han ofrecido a sus usuarios intercambios de hospitalidad y los espacios de coworking han facilitado el desarrollo de diferentes proyectos sobre la base de unos recursos compartidos. El software libre y el movimiento por un código abierto (open source), el sistema operativo Linux, las licencias Creative Commons, las wiki o páginas web cuyos contenidos pueden ser editados por múltiples usuarios, junto a muchas otras iniciativas colaborativas, apuntan hacia formas nuevas de producción preocupadas por la economía de lo común.

Hablar de economía solidaria es hablar de la cooperación en la búsqueda del bien común. Este impulso ha estado siempre presente en la historia del capitalismo de forma dialéctica: frente al individualismo competitivo que sólo busca el interés propio, la economía solidaria defiende la cooperación en pro de lo común como alternativa. Implica otras motivaciones, propósitos y reglas de funcionamiento. No le basta con nuevos aportes tecnológicos si no van acompañados de transformaciones profundas en las estructuras de poder empresarial y en las relaciones sociales, es decir, en la propiedad y en los modelos de gobernanza de la economía. Aquí se encuentra la clave de todo. La producción capitalista es una actividad en común que no se decide en común, que genera un producto social que es apropiado privadamente. Las experiencias de la economía solidaria representan procesos de reapropiación de la actividad que se genera socialmente. Afirma que todas las personas trabajamos (con independencia de si tenemos o no un empleo remunerado), pero que son sólo unas pocas las que controlan y jerarquizan esa actividad que reproduce la existencia social (los inversores, directivos y propietarios, en el ámbito del mercado capitalista; y todos los varones en general en el ámbito reproductivo dominado por el patriarcado). Si deseamos que los dispositivos y redes que facilitan la colaboración no se conviertan en herramientas de opresión y explotación hay que democratizar las plataformas digitales en las que una sola compañía posee y controla todo. La tecnología por sí sola no es más que la herramienta.


[1] Y. N. Harari, Sapiens, Debate, Barcelona, 2016, pp. 123-124.

[2] T. Slee, «Auge y caída de la economía colaborativa», PAPELES  de relaciones ecosociales y cambio global Nº 141, 2018, p. 80

[3] No olvidemos que las empresas más emblemáticas de este modelo de economía nacen una vez desatada la última gran crisis: Airbnb fue creada en agosto del 2008 y Uber en marzo del 2009, ambas en la ciudad de San Francisco.

[4] El aporte tecnológico no convierte a este modelo en una economía disruptiva, como tantas veces se ha dicho, sino que acentúa algunos rasgos de la existente. Las plataformas y aplicaciones informáticas muestran –a través de su capacidad para incrementar la tasa de explotación de la fuerza de trabajo– algo que en medio del glamour innovador se suele obviar con demasiada facilidad: 1) que las fuerzas productivas son de y para el capital, y que, por consiguiente, su desarrollo se orienta según la expectativa de ganancia; 2) que el destino de cualquier máquina bajo el capitalismo es el de extraer la mayor cantidad de plustrabajo para poder responder a la expectativa anterior.

----------------------------------------

Santiago Álvarez Cantalapiedra. Doctor en Ciencias Económicas, director de FUHEM y de la revista PAPELES, cuyo último número analiza la economía colaborativa.

CTXT necesita un arreglo de chapa y pintura. Mejorar el diseño, la usabilidad… convertir nuestra revista en un medio más accesible. Con tu donación lo haremos posible este año. A cambio, tendrás acceso gratuito a El...

El artículo solo se encuentra publicado para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Santiago Álvarez Cantalapiedra

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí