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TRIBUNA

El feminismo después del mayo francés

Se cumplen 50 años de las movilizaciones del 68, ¿cómo se relacionaron con el movimiento de mujeres? ¿Qué estela desencadenó en el feminismo?

Montserrat Galcerán 29/05/2018

<p>Los siete 'padres' de la Constitución. </p>

Los siete 'padres' de la Constitución. 

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En el 68 el feminismo no estaba de moda.

Por supuesto que muchas mujeres estuvieron presentes en los acontecimientos, pero las abundantes fotos y documentos gráficos nos hablan de liderazgos masculinos, no femeninos. Conocemos de memoria los nombres de los grandes protagonistas masculinos: Daniel Cohn-Bendit, Jacques Sauvageot, Alain Greismar, Rudi Dutschke en Alemania, Renato Curcio en Italia o el americano Bobby Seale, de los Panteras negras. En esta lista no hay mujeres.

Las mujeres no ocupaban el proscenio, estaban en la logística y en la cocina: atendían el teléfono, preparaban comidas y bebidas, llevaban actas, se ocupaban de las multicopistas y participaban en las manifestaciones, a veces en pequeños grupos que prefiguran lo que será el reinicio del movimiento feminista casi inmediatamente después. En muchas universidades ocupadas se organizaban pequeños actos sobre “La mujer y la revolución”, como el que tuvo lugar en la Sorbona en plena ocupación, con muy poca asistencia de público. En el mejor de los casos eran actos con una asistencia mínima, en otros incluso se suspendían por falta de interés.

Los primeros grupos feministas resurgen en Europa poco después del 68, ya en los 70´. Aparece en Francia el llamado Mouvement de Liberation des Femmes (Movimiento de Liberación de las mujeres). En Alemania las pioneras son estudiantes feministas del Sozialistische deutsche Studentenbund (Liga de estudiantes socialistas alemanes) que participaban en las comunas surgidas a raíz de las ocupaciones. En Italia se abrió en Milán la primera librería feminista que dio lugar al movimiento denominado DEMAU (Demistificazione autoritarismo).

En todos estos casos, el nuevo movimiento feminista era muy distinto del de décadas anteriores, pues no se centraba en la conquista del voto, derecho ya reconocido en muchos países, sino que se proponía ahondar en la subjetividad femenina para desarrollar vías posibles para una vida digna para las mujeres. El desafío era cuestionar el modelo de mujer obligado por la tradición; cuestionarnos qué tipo de mujer se quería y se podía ser, no auparnos al modelo masculino. No es un feminismo de la igualdad el que se defiende sino de la liberación o emancipación de la mujer que, para liberarse, necesita ahondar en las claves de su sujeción.

En esta búsqueda el psicoanálisis aportó una considerable ayuda. La liberación sexual, gran leit-motiv del 68, no fue vivida del mismo modo por los varones y por las mujeres. Para nosotras suponía afrontar una sexualidad compulsiva que nos obligaba a conocer bien nuestras características físicas y ahondar en los mecanismos psíquicos de la identidad femenina. Rápidamente chocamos con el peso de la fecundidad en nuestra sexualidad. La capacidad de gestar nos obligaba a tener en cuenta los efectos de las prácticas sexuales cuando disponíamos ya de anticonceptivos desarrollados pero nos encontrábamos con limitaciones en su acceso legal y con la prohibición del aborto. Las campañas para conseguir una “aborto libre y gratuito” aumentaron exponencialmente; fueron el grito de guerra del feminismo de los 70, en un momento en el que abortar era considerado un delito que comportaba penas de cárcel de varios años. 

Era difícil obtener datos fiables sobre el número de abortos. En Italia, un país cercano en historia y costumbres, se barajaban cifras alarmantes de abortos ilegales por año: entre 850.000 y 1,2 millones. En algunos círculos esta cifra subía hasta los tres millones de los que hablaban los grupos feministas. En España, la Fiscalía del Tribunal Supremo reconocía en 1974 que se habían producido 300.000 abortos ilegales y 3.000 mujeres habían muerto a consecuencia de ellos. En 1979 el juicio contra las once de Bilbao (10 mujeres y 1 hombre) desencadenó una polémica pública que puso el tema en el centro del debate. Su regulación en el marco de una ley muy tímida no llegó hasta 1985; la ley posterior de 2010 cambió el enfoque, pero de nuevo puso restricciones al disfrute de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres jóvenes.

¿Por qué esta extraordinaria vigilancia sobre el cuerpo de las mujeres? El movimiento feminista nunca se cansará de denunciar una tradición patriarcal que hace del cuerpo de nuestros cuerpos una especie de bien público que debe estar a disposición de los poderes sociales; todas las instituciones, estatales, religiosas, familiares, parecen tener derecho a legislar y opinar sobre el uso adecuado del cuerpo de las mujeres, en vez de nosotras mismas, pasando por alto que es el marco en el que construimos nuestra personalidad. Cualquier atentado contra él nos produce daños físicos y psíquicos que lastrarán el desarrollo de la persona que habita ese cuerpo. De ahí la necesidad de cambiar la mirada: dado que somos sujetos de pleno derecho, nuestro cuerpo debe ser inviolable y en ningún caso objeto o mercancía para ser tomado con mayor o menor violencia. 

Los feminismos de los años setenta tuvieron que enfrentarse con valentía a esta cuestión, pero no fue la única. Otros temas salían a la palestra; en Italia un grupo numeroso de feministas aliadas a sus compañeras norteamericanas empezaron a poner en la picota el llamado “trabajo doméstico”, lo que ahora llamamos “trabajo de cuidados”. Se reclamaba un salario para remunerarlo. Por primera vez se planteó una huelga de mujeres, algo premonitorio visto el reciente 8 de marzo pero que en aquel momento parecía totalmente utópico.

No quiero olvidarme tampoco de las feministas españolas de la Transición. El feminismo llegó a España a principios de los setenta y tuvo un primer momento de aparición pública exitosa en 1975, recién muerto Franco. Incidió pues de lleno en la transición, pero lo hizo a contracorriente. Como en el 68 las preocupaciones y los tiempos del feminismo no se acompasaban a los tiempos generales de los conflictos en el país. Ni el protagonismo de las mujeres ha sido nunca reconocido: entre los padres de la Constitución no hay ninguna mujer, no se introdujeron ni el divorcio ni el aborto, cuyas leyes no se promulgaron hasta 1981 y 1985; desde el principio se denunció el artículo 57.1 que privilegia al varón por encima de la mujer en la sucesión al trono. Por todo ello, varias diputadas se ausentaron en el momento de la votación. El movimiento feminista llamó a la abstención o al voto en contra en el referéndum constitucional.

Casi todos los textos sobre la transición olvidan estos aspectos e ignoran la participación de las mujeres en las luchas contra el franquismo. Sin embargo y gracias a todo ello, las mujeres feministas nos hemos convertido en sujeto político. Estamos logrando mostrar la profunda injusticia de un sistema que subordina el mantenimiento de la vida al lucro económico. No deja de ser una profunda ironía de la historia que las mujeres vayamos a ser las enterradoras de un capitalismo que siempre fue patriarcal y depredador. Si el capitalismo empezó con la quema de brujas, justo será que termine a manos de las mujeres, pues la lucha feminista no se limita a igualarnos con los varones y a permitirnos compartir sus privilegios sino que redimensiona la política en un sentido mucho más profundo que, a día de hoy, nutre nuestras esperanzas.

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Montserrat Galcerán es catedrática de Filosofía en la UCM. Es concejala en el Ayuntamiento de Madrid y miembro de la Fundación de los Comunes.

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Montserrat Galcerán

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