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#Cervantes2018. Los clásicos en la plaza de Twitter

Lectura y discusión colectiva de la novela en la red social de los 280 caracteres

Miguel Martínez 2/06/2018

<p>Retrato de Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1615) </p>

Retrato de Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1615) 

Juan de Jáuregui (Real Academia de la Historia)

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El viernes, 1 de junio, Cervantes fue trending topic en Twitter. No se debió a ningún nuevo aniversario. Después del de la muerte del novelista (1616-2016) y el del Persiles (1617-2017), los que leen estas líneas ya no tendrán que padecer efemérides cervantinas hasta mediados de siglo. Se trata, simplemente, de una lectura y discusión colectiva de la novela en la red social de los 280 caracteres. Bajo el hashtag #Cervantes2018, y durante más de cuatro meses, miles de personas leerán un capítulo del Quijote por día, compartiendo impresiones, comentarios y creaciones de todo tipo en la plaza virtual de Twitter.

El padre de la idea es Pablo Maurette (@maurette79), escritor argentino, autor del brillante El sentido olvidado. Ensayos sobre el tacto (Mardulce, 2015) y profesor de literatura inglesa y comparada en el North Central College de Chicago. Hace poco más de un mes que concluyó su deslumbrante experimento #Dante2018: lo que comenzó como propósito de año nuevo para Maurette –releer la Divina comedia a razón de un canto por día durante algo más de tres meses– se convirtió, al lanzar la idea en Twitter, en un fenómeno cultural que desbordó todas las expectativas y se tornó viral. Además de las miles de personas que participaron en la lectura y el comentario colectivos, la cadena de Twitter generó también una viralidad creativa que implicó a músicos, poetas, ensayistas e ilustradores. En #Dante2018 convivieron expertos y aficionados, raros y curiosos, dantistas que leen la Divina comedia en bucle y gente que se acercaba a ella con la zozobra de la primera vez. Surgieron expertos repentinos en las ediciones del Dante y espontáneos coleccionistas de traducciones. En las ubérrimas librerías de Buenos Aires se quedaron sin copias de la Comedia y hubo que reimprimir no solo traducciones, sino también los ensayos de Borges sobre el florentino. La prensa argentina, latinoamericana, el New York Times o El País acudieron a narrar el asombro de que en la más rápida y vulgar de las redes sociales hubiera espacio para la pausa de los clásicos. Como culminación de #Dante2018, el Ayuntamiento de Ravenna invitó a Maurette, también experto italianista, a leer el último canto del Paraíso frente a la tumba donde descansan los restos del poeta. La lectura migrante de la Argentina italiana, de la Italia global, le hizo mucho bien a los huesos y los versos del padre de todos los poetas vulgares.

La prensa argentina, latinoamericana, el New York Times o El País acudieron a narrar el asombro de que en la más rápida y vulgar de las redes sociales hubiera espacio para la pausa de los clásicos

Decía el otro día Frederick de Armas, colega y cervantista insigne, que el Quijote ya nació viral. No es solo que la novela gozara de un considerable éxito de ventas, sino que sus personajes se popularizaron y se convirtieron inmediatamente en memes andantes, protagonistas de todo tipo de sátiras y celebraciones callejeras. Ya en el verano de 1605, recién salido de las prensas, nos encontramos a don Quijote y Sancho como personajes carnavalescos en el Valladolid capitalino del Duque de Lerma. En 1607, en el pueblito andino de Pausa, Perú, caballero y escudero desfilan en las procesiones por la elección del nuevo virrey de Montesclaros. En los años siguientes, Córdoba, Sevilla, Salamanca, Zaragoza, Baeza, Utrera o Barcelona, pero también Bruselas o Manila, contarían con la estelar participación de la pareja en mascaradas populares. La patria del Quijote son las plazas públicas.

#Cervantes2018 será un book club virtual y populoso que nos traerá de vuelta a una de las formas en las que sin duda se leyó el Quijote en su tiempo. En la edad moderna, la mayoría de la gente tuvo acceso a la literatura mediante la lectura colectiva; el consumo individual fue proporcionalmente minoritario hasta hace relativamente poco. La lectura en voz alta para un grupo de personas ha tenido un papel fundamental en la historia de la alfabetización y la distribución de la cultura. En los siglos XVI y XVII sirvió, además, para habilitar espacios de socialización popular. Según el humanista Arce de Otálora, por ejemplo, “en Sevilla dicen que hay oficiales [artesanos] que las fiestas, a las tardes, llevan un libro desos [de caballerías] a las gradas y le leen, y muchos mozos y oficiales y trabajadores, que habían de jugar o reñir o estar en la taberna, se van allí a oír, y si fuese menester, pagarían a maravedí porque los dejasen”. La gente común de la España moderna, contra lo que normalmente pensamos, encontró formas diversas y creativas de acceder a la literatura a pesar de las exclusiones que, como en todas las sociedades, generaba la desigual distribución del capital cultural.

El libro que mejor contó la idea de que en la república de las letras cabemos todos es, de hecho, el propio Quijote. En la venta de Juan Palomeque –por donde pasan don Quijote, Sancho, el cura, el barbero y tantos otros personajes cervantinos– se juntaban todo tipo de gentes trabajadoras en torno a la lectura de libros de caballerías: “cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno de estos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas… que querría estar oyéndolos noches y días” (I, 32). La lectura pautada y tumultuosa que propone Maurette no está tan lejos de la forma en que estos campesinos del Quijote se apresuraban a compartir una narración al ritmo de los tiempos del ocio y del trabajo. #Cervantes2018 inserta el Quijote en la trama de la rutina colectiva, multiplicando los usos cotidianos de un texto que muchos habrán llegado a considerar demasiado alejado de la vida corriente como para tener alguna utilidad. Todos los que se sumen, a partir del día 1 de junio, al multitudinario comentario de la novela comprobarán, sin embargo, que el placer de leer el Quijote es muy fácil de socializar. Que el pozo inagotable de la inteligencia de Cervantes será la mejor manera de refrescar el verano de 2018.

#Cervantes2018 inserta el Quijote en la trama de la rutina colectiva, multiplicando los usos cotidianos de un texto que muchos habrán llegado a considerar demasiado alejado de la vida corriente

Habrá lectores sensatos que consideren que la profundidad de los clásicos o la reflexividad de la crítica no son compatibles con el simulacro acelerado de los hilos, los zascas, los tuitstorms y el arrobeo. Seguramente habrá también especialistas que se nieguen a bajar al campo para jugar una partida que quizás consideren no vale la pena. Pero es obvio que #Cervantes2018 se enriquecería enormemente de la participación de aquellos que más tiempo han dedicado a leer la novela y reflexionar sobre ella. En lugar de concebir estrechamente los estudios literarios, o la filología, como el deber de limpiar y dar esplendor al texto del Quijote, como patrullaje sacerdotal de sus significados, se podría aprovechar esos saberes para abrir los sentidos de la novela a la discusión pública. Hay muchas razones para ser escéptico respecto a ciertas expectativas utópicas sobre las redes sociales; pero su relativa horizontalidad, en este caso, permite a los lectores primerizos acceder a la opinión de docentes, investigadores y lectores experimentados. Del mismo modo, y no menos importante, #Cervantes2018 expone a los críticos profesionales a preguntas realmente cruciales, que conciernen a un gran número de gente, y que a veces, debido a la especialización, perdemos de vista. Debemos a Maurette la invitación a una lectura gozosa y alegre que desliga momentáneamente la lectura del Quijote de las urgencias y presiones del curriculum escolar.

Miguel de Cervantes ha sido en varias ocasiones a lo largo de la historia de España un padre simbólico de la patria, un icono cultural de la nación. Si la iniciativa de Maurette, como algunos esperamos, también tiene éxito aquí, será imposible no discutir los sentidos comunitarios y las inercias educativas que el texto arrastra para sus lectores españoles. Muchos compatriotas consideran el Quijote como propio y exclusivo –y por eso debemos estar particularmente agradecidos de que sea un argentino expatriado en Chicago el autor de la iniciativa.

Tomemos por ejemplo la representación de Cervantes en una reciente ficción televisiva de la cadena pública. En un episodio de El Ministerio del Tiempo, unos agentes ingleses tratan de comprarle el Quijote a su autor para convertir nuestra novela en un clásico inglés, arrebatando a la nación española uno de sus valores más estables en el mercado universal de los bienes simbólicos. Cervantes se presenta como un hombre depresivo, obsesionado y amargado por su fracaso en la naciente industria teatral (para contrarrestar esta imagen del escritor, bastaría con leer una, cualquiera, de las páginas del Quijote). La solución del Ministerio para curar a Cervantes de su melancolía (¡y así salvarlo del suicidio!) es traerlo de visita turística al Madrid del siglo XXI para que vea sus estatuas, para que admire regocijado su grandeza totémica como tesoro nacional. Sin embargo, los clásicos no lo son por sus estatuas, sino por su capacidad de organizar en torno suyo comunidades proteicas –nacionales o no, duraderas o efímeras– y de ofrecer sentidos cambiantes a la vida colectiva. #Cervantes2018 es una invitación a derribar esas estatuas: no por iconoclastia punk, sino para que vuelvan a caminar a la altura de la gente.

Al comienzo del segundo Quijote, el bachiller Sansón Carrasco les explica a caballero y escudero cómo recibió la España plebeya del siglo XVII la primera parte de sus aventuras: “los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: ‘Allí va Rocinante’. Y los que más se han dado a su letura son los pajes: no hay antecámara de señor donde no se halle un Don Quijote, unos le toman si otros le dejan, estos le embisten y aquellos le piden” (II, 3).

Llevar el Quijote a la venta de Twitter para manosearlo y para que nos lo quiten de las manos: en eso consiste el ilusionante proyecto de Pablo Maurette.  Es difícil predecir si #Cervantes2018 será un muy digno círculo de lectores o un radical experimento de democratización cultural. Pero ojalá Twitter se convierta por unas semanas en la venta de Juan Palomeque. Veamos cómo resiste la novela de Cervantes el manteo de la más cabrona de las redes sociales. La lectura del Quijote, popular y elevado, clásico y plebeyo, nos ayudará a reflexionar sobre el papel del pasado cultural en la educación, en la esfera pública y, al fin, en la vida. Será, además, una manera de reinventar nuestra relación colectiva con los clásicos. Devolvamos a Quijote y Sancho a su hábitat natural: la plaza pública.

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Autor >

Miguel Martínez

Miguel Martínez es profesor de literatura y cultura españolas en la Universidad de Chicago. Es autor de Front Lines. Soldiers’ Writing in the Early Modern Hispanic World (University of Pennsylvania Press, 2016).

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