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Análisis

Italia, laboratorio de populismos

Se instala un populismo de gobierno, con un programa que es un amalgama de comunitarismo y protección social en versión posmoderna. Es el primero en uno de los estados fundadores de la UE

Steven Forti 6/06/2018

<p>Luigi Di Maio y Matteo Salvini, vicepresidentes del nuevo Gobierno, junto al primer ministro Giuseppe Conte en una reunión del nuevo gobierno. </p>

Luigi Di Maio y Matteo Salvini, vicepresidentes del nuevo Gobierno, junto al primer ministro Giuseppe Conte en una reunión del nuevo gobierno. 

Cuenta de Twitter de Giuseppe Conte (@GiuseppeConteIT)

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Italia es un país bello y extraño. Es difícil de entender y a veces resulta inexplicable, incluso para los mismos italianos. La semana pasada tuvimos una prueba más de ello. Cuando todo parecía a punto de colapsar, con una crisis institucional abrumadora, se encontró una solución. Y, en cierta medida, se ha regresado al punto de partida, como si no hubiese pasado nada. Lo que no significa que todo está resuelto. Más bien al contrario: se ha cerrado una crisis y se ha abierto una nueva fase donde todas las viejas certezas se han ido al traste. Empiezan tiempos nuevos, posiblemente sean tiempos salvajes, como cantaban hace unas décadas los Ilegales.

El órdago de Mattarella

Rebobinemos un momento. Tras haberse cerrado, no sin tensiones, el llamado “contrato de gobierno” entre el Movimiento 5 Estrellas (M5E) y la Liga, el 23 de mayo el presidente de la República, Sergio Mattarella, encargó a Giuseppe Conte –abogado y profesor de Derecho cercano a los grillini, un personaje incoloro, totalmente desconocido, exvotante del centro-izquierda, según lo que él mismo declaró– la formación de un nuevo ejecutivo. Dentro de la excepcionalidad de la situación –casi tres meses de bloqueo; una alianza populista inédita; un presidente del Consejo sin autonomía política y con un curriculum falseado–, parecía que Italia estaba encaminada, de alguna manera, a la resolución de su crisis política.

Cuatro días más tarde, el 27 de mayo, todo estallaba: Conte renunciaba al encargo por el veto de Mattarella –una prerrogativa que le otorga la Constitución– a la imposición de un ministro euroescéptico, Paolo Savona, en la cartera de Economía. En menos de una hora, el líder del M5E, Luigi Di Maio, exigía el impeachment del presidente de la República; el liguista Matteo Salvini pedía nuevas elecciones atacando a los mercados y a los alemanes que quieren “colonizar” a Italia; el Partido Demócrata (PD), desaparecido del mapa tras el batacazo del 4 de marzo, lanzaba la propuesta de un Frente Republicano en defensa de Mattarella que, mientras tanto, encargaba al execonomista del FMI, Carlo Cottarelli, la formación de un nuevo ejecutivo técnico, una propuesta con pocas posibilidades de prosperar. Se abría así una crisis institucional jamás vista en la historia de la República transalpina. Italia se acercaba a pasos agigantados al abismo.

En 72 horas se dio otro vuelco inesperado. Liga y M5E reabrían las negociaciones para la formación de un gobierno político, Mattarella encargaba otra vez a Conte y este ya al día siguiente, 1 de junio, juraba junto a todos los ministros. Finalmente, el 5 y el 6 de junio el nuevo ejecutivo ganó el voto de confianza en la Cámara de Diputados y el Senado, obteniendo el apoyo, más allá de las dos formaciones que componen el gobierno, también de otros cuatro diputados no adscritos y la abstención del ultraderechista Hermanos de Italia. Crisis resuelta y todos (o casi) contentos. Pero, ¿qué pasó? ¿Por qué Di Maio volvió a sentarse con Mattarella tras haber pedido a bombo y platillo su impeachment? ¿Por qué Salvini reculó de la propuesta de la repetición electoral, cuando todos los sondeos le auguran un resultado inimaginable tan sólo hace unos meses (25-27%)? Y, ¿por qué el presidente de la República volvió sobre sus pasos?

Pues, porque todos han ganado algo. O, dependiendo de cómo se mire, entendieron que en caso contrario hubieran perdido mucho. Di Maio, que ha demostrado en la gestión de la crisis toda su inexperiencia, era consciente de que en unas nuevas elecciones el M5E hubiese salido perjudicado. Así que pidió de rodillas a Salvini que volviesen a sentarse para encontrar una solución. El líder de la Liga, que sale muy reforzado, vio que podía pedir lo que quería: los grillini, que le doblan en votos (32,7% versus 17,4%), hubiesen aceptado cualquier cosa con tal de evitar la repetición electoral. Salvini entendió que no hacía falta romper del todo la baraja, lidiar con los ataques de los mercados y deber decidir qué hacer con el aliado Berlusconi, con quién gobierna en las regiones del Norte. Mejor postergar la decisión, gobernar ya e ir comiéndose poco a poco lo que queda de Forza Italia.

¿Y Mattarella? Posiblemente lo del veto a Savona y del nombramiento de Cottarelli fue un órdago para presionar al dúo Di Maio-Salvini, obligarles a entender quién manda y que hay unas líneas rojas que no se pueden traspasar. Fue una jugada muy arriesgada, pero el tiro no le salió del todo por la culata. Por lo menos, ha conseguido que Savona no se encargue de Economía, que en el ejecutivo haya algunos ministros del establishment (Moavero Milanesi, Tria) y que Conte, Salvini y Di Maio repitan como loros que jamás se habían planteado salir de la UE y del euro. Para Mattarella, la crisis institucional que se había abierto y una más que probable victoria por goleada de Liga y 5 Estrellas en unas nuevas elecciones, con los capitales huyendo de Italia, era una perspectiva mucho peor.

La armada Brancaleone

Un gobierno nacional-populista que reúne algunos viejos conocidos y unos cuantos jóvenes desconocidos

Más que un gobierno del “cambio”, como se ha repetido tropecientas veces, el de Conte es un ejecutivo claramente de derechas. O mejor dicho, de una nueva derecha en transformación que no sabemos aún bien en qué se convertirá. Un gobierno nacional-populista que reúne algunos viejos conocidos y unos cuantos jóvenes desconocidos. Un gobierno en el que hay sólo cinco mujeres, tres de las cuales en ministerios sin cartera. Un gobierno en el que las dos formaciones se han repartido los cargos de la misma manera que en las tan criticadas Primera y Segunda República, uno para tí y uno para mí, eligiendo, por más inri, a personajes con currículums de dudosa calidad o directamente inexistentes en ministerios que necesitarían de otras personas con otra formación.

Conte es una marioneta de los dos vicepresidentes, Salvini, que se ha reservado la cartera de Interior, y Di Maio, que ha querido para sí la de Desarrollo Económico y Trabajo. Los grillini se llevan nueve ministerios, la Liga siete, aunque hay que sumarle un octavo ya que el euroescéptico Savona, ¿irónicamente? nombrado ministro (sin cartera) de Asuntos Europeos, es un hombre de Salvini. Hay dos independientes: Enzo Moavero Milanesi (Asuntos Exteriores), estrecho colaborador en Europa y del Gobierno italiano de 2011-2013 del tan vituperado “eurocrate” Mario Monti, y Giovanni Tria (Economía), que ya colaboró con la derecha berlusconiana. Añádanse al antiabortista y católico anticonciliar Lorenzo Fontana para el nuevo ministerio de Discapacitados y Familia, que ya ha dado prueba de sus ideas declarando que “las familias gays no existen”; al ultra Gianmarco Centinaio (Agricultura) que en la última legislatura le gritó en el Senado al entonces presidente de la Cámara alta, Pietro Grasso, “eres un infame y un terrone (paleto) de mierda”; o a Giulia Bongiorno (Administración Pública), exdiputada de los posfascistas de Alianza Nacional en 2006-2008, famosa por haber defendido a Giulio Andreotti en los procesos por sus relaciones con la mafia. En resumen, los progresistas brillan por su ausencia.

Más cosas: los 5E ponen en Salud a Giulia Grillo –que no es pariente del cómico Beppe Grillo– defensora del movimiento antivacunas; en Cultura y Turismo a un manager de colegios privados, Alberto Bonisoli; y en el ministerio (sin cartera) para el Sur a la pasionaria Barbara Lezzi, conocida por llevar un abrelatas –sí, un abrelatas, tal y como lo lee– en el Parlamento. Mientras la Liga elige para Educación a un profesor de gimnasia y entrenador de equipos de baloncesto, Marco Bussetti. Los demás son hombres de Salvini (Giorgetti, Stefani) o Di Maio (Bonafede, Toninelli, Fraccaro), con la excepción de dos independientes en cuota M5E, la profesora de seguridad y cooperación internacional de la Link University, Elisabetta Trenta (Defensa) y el general de los Carabinieri famoso por sus investigaciones contra la criminalidad organizada en Campania, Sergio Costa (Medioambiente). Vamos, ¿qué puede salir mal?

Confusión programática y propaganda 

Ahora bien, ¿qué hará esta armada Brancaleone en los próximos meses? El “contrato” de gobierno es la suma de los programas electorales de los 5 Estrellas y la Liga, que responden a demandas distintas. No hay una línea estratégica. La confusión programática reina soberana entre la tan cacareada renta de ciudadanía, estandarte de los grillini –que en la versión final se ha convertido en una especie de subsidio de desempleo limitado en el tiempo para el cual no es necesario haber trabajado previamente–, y la flat tax  o “impuesto plano” –en realidad una dual tax con impuestos de entre el 15 y el 20%– defendida por los liguistas: un sistema impositivo con sabor a desregulación fiscal reaganiana que se aplica tan sólo en Rusia, Serbia y otros países del Este.

Los otros grandes objetivos del nuevo gobierno son, por un lado, la derogación de la ley Fornero, lo que de por si no sería una mala noticia ya que su aplicación, durante el gobierno de Monti, conllevó un recorte notable de las pensiones; y, por el otro lado, el cierre de las fronteras y la expulsión de cerca de medio millón de inmigrantes sin papeles, además de un endurecimiento de las políticas relacionadas con la seguridad, como el permiso a los policías de usar las armas Taser –denunciadas por Amnistía Internacional– o una ley de “legítima defensa”. El gran adalid de todo esto, con la aquiescencia de los 5E, es evidentemente Salvini, que sigue en una constante campaña electoral al estilo de Trump, en las plazas, en los medios y en las redes sociales. Es Salvini el que marca la línea política, mientras los 5 Estrellas, aunque no lo admitan, le siguen cabizbajos, mientras se están salvinizando.

El líder liguista ya montó su primera crisis diplomática tras haber declarado que Túnez envía a Italia sólo presidiarios, mientras remachaba que las ONG que trabajan en el Mediterráneo no son nada más que “traficantes de seres humanos” que se enriquecen a costa de los italianos. En lo que concierne al ámbito internacional dio una idea de cuáles serán sus aliados: no ha tardado ni un día en llamar al premier húngaro Víktor Orbán con quien quiere trabajar “para cambiar la Unión Europea” y ha recibido, más allá de las felicitaciones de Marine Le Pen y Steve Bannon –que se deja ver mucho por Roma últimamente–, el apoyo del Gobierno austriaco, formado por los conservadores del ÖVP y la ultraderecha del FPÖ, que considera Italia ahora “un aliado fuerte”.

Lo más probable es que asistamos a mucho ruido y pocas nueces

¿Cuál es el problema de este programa, además de ser hiper-derechista? Sencillamente, que es irrealizable. Se ha calculado que para poderlo aplicar se necesitarían entre 80.000 y 100.000 millones de euros. ¿Dónde piensan encontrarlos Salvini y Di Maio? No es baladí recordar que Italia tiene la tercera deuda pública más alta del mundo, tras Estados Unidos y Japón: 2,2 billones de euros (el doble de la española), el 132% del PIB, una tercera parte de la cual está en manos extranjeras. Mientras la economía sigue estancada desde los primeros años dos mil: en 2017 ha crecido el 1,5% y en 2018 las previsiones no superan el 1,1%. Asimismo, no puede descartarse que las especulaciones financieras, que han puesto en un brete al país transalpino la semana pasada, retomen impulso.

Así que lo más probable es que asistamos a mucho ruido y pocas nueces. Sobre todo brillará la propaganda, que lo infectará todo: declaraciones sin parar, al estilo de los tuits de Trump, para leyes o proyectos que se anunciarán o aprobarán, pero que no se llevarán a cabo. Eso sí, habrá un giro autoritario sin precedentes, en cuanto a inmigración –aunque las expulsiones en masa prometidas por Salvini no se podrán realizar– y seguridad. ¿Será pues un fracaso? Al contrario, la jugada podría salirle bien, sobre todo a la Liga, pero también a los 5 Estrellas. Ya hemos visto, también por estos lares, que la propaganda, si es asfixiante, a veces basta para mantenerse en el poder y para mantener, o incluso ampliar, el consenso. Sobre todo si no hay una oposición organizada y con un proyecto claro. 

Un nuevo populismo de gobierno

A la izquierda del PD no hay nada desde hace una década, excepto el alcalde de Nápoles, Luigi De Magistris, que está intentando lanzar una iniciativa nacional y también europea junto a Varoufakis. Y, ¿el PD? El proyecto ha naufragado casi por completo en los últimos años y Renzi no tiene intención de retirarse. Una vez más se han postergado las decisiones a la espera de un congreso que debería celebrarse en noviembre y en el que el único posible as en la manga, por así llamarlo, es el ex primer ministro Paolo Gentiloni. No hay identidad cultural, ni un modelo organizativo y los militantes son cada vez menos. Y falta, sobre todo, un análisis de los resultados del 4 de marzo: no se han definido las razones de la derrota de la izquierda y tampoco se han entendido las demandas de protección de la ciudadanía. O el PD mira al Labour de Corbyn y se pone las pilas o se convertirá más pronto que tarde en residual, como el Partido Socialista francés.

Se trata de una extraña suma de los anteriores populismos italianos

Queda una pregunta: ¿cuánto durará el gobierno Conte? Hay quien no descarta que pueda llegar hasta el final de la legislatura. La debilidad de las oposiciones es un elemento a favor, así como el tradicional transformismo de las élites políticas: muchos berlusconianos se podrían subir pronto al carro de los vencedores, mientras Hermanos de Italia, la formación ultraderechista liderada por Giorgia Meloni, podría pasar de la abstención al apoyo al ejecutivo en caso de necesidad. Sin embargo, dentro de un año hay elecciones europeas y las contradicciones entre las bases potencialmente en conflicto de la Liga y el M5E podrían explotar. Dependerá también de la lucha de egos entre Salvini y Di Maio.

Pase lo que pase, una vez más Italia demuestra ser un laboratorio. En los años veinte fue la cuna del fascismo, experimento exitoso que se exportó a toda Europa. En los noventa, creó el partido-empresa con Berlusconi. Ahora ha llegado el momento de este nuevo populismo, o mejor dicho de esta inédita transformación del populismo del tercer milenio, donde los “pueblos” de referencia acaban desdibujados y mezclados. Grillini y liguista juntos. Se trata de una extraña suma de los anteriores populismos italianos: el telepopulismo berlusconiano, el cyberpopulismo grillino y el populismo de gobierno renziano. Un populismo de gobierno, con un programa que es un amalgama de comunitarismo y protección social en versión posmoderna. No es el primero, en verdad. Mírese a Hungría y Polonia. Pero, eso sí, es el primero en uno de los estados fundadores de la Unión Europea. Tiempos nuevos, sí. Tiempos salvajes, casi seguramente.

Autor >

Steven Forti

Profesor asociado en Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

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2 comentario(s)

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  1. Capossela

    Vaya panfleto que nos dejado el tal Forti. Basura y desinformación.

    Hace 2 años 10 meses

  2. Manuel

    Lamentable artículo muy por debajo de la calidad media de ctxt, lleno de tópicos, generalizaciones y datos falsos, como que Giulia Grillo sea defensora de los antivacunas, bulo creado por el PD y difundido por sus medios afines en su momento.

    Hace 2 años 10 meses

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