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Global & Neandertal

Vivimos en la historia, pero sin imaginación. Y su reverso: vivimos en la imaginación, pero sin historia. Esta falta de conexión provoca fenómenos antiglobalizadores de izquierda y derecha

David Guzmán Játiva 15/06/2018

<p>Escena del episodio 114 de Futurama.</p>

Escena del episodio 114 de Futurama.

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En uno de los capítulos de la séptima temporada de Futurama (la serie animada creada por Matt Groening, el de Los Simpson), Fry y Bender se dirigen a una región de Alemania en busca de mastodontes congelados en el hielo. Mientras Bender convierte la carne del animal prehistórico en salchichas para un concurso, Fry resbala y cae en un agujero en el hielo y se desliza hasta un valle o un mundo que ha permanecido intacto bajo la superficie congelada, y en el que viven los neandertales. Obviamente Fry pierde la memoria y al cabo de un tiempo se convierte en jefe de la tribu, clan u horda que, generación tras generación, hasta el año tres mil y pico, se ha conservado allí. El extranjero consigue suscitar una rebelión entre los homínidos, y éstos, montados en mastodontes, salen a la superficie para recuperar el territorio arrebatado por los homo sapiens.

A lo largo del capítulo no hay una indagación en torno al eslabón perdido, ni tampoco, como hiciera Kubrik en Odisea 2001, una breve relación del ciclo evolutivo que nos llevó de las cavernas a la Luna. Tampoco es que lo esperáramos, y escribiendo sobre una serie de impacto mundial posiblemente demos excesiva importancia a lo que le falta en lugar de detenernos en lo que no le falta. Fry y los neandertales salen del valle en el que han permanecido rumbo a la región alemana en la que se celebra la October Fest, la –especulamos– mundialmente conocida fiesta de la cerveza. Para el año tres mil y pico la October Fest ha cambiado en un sentido contrario al que le dictaba su origen: ya no es una fiesta de excesos, borracheras y canciones y bailes, sino que se ha convertido en una reunión de gente culta que se dedica a catar la bebida y a conversar en voz baja. Fry, que al inicio del capítulo había protestado por esta evolución reaccionaria de la October Fest, llega al lugar en el que se encuentran los invitados montado en un mastodonte junto a una banda de neandertales en sus respectivos elefantes prehistóricos.

El capítulo termina con una lucha cuerpo a cuerpo entre Fry y Leela, la novia mutante de Fry. Al final de la lucha Fry recupera la memoria y Leela reconoce a su amado, que además es un viajero en el tiempo. La paz entre los hombres del futuro y los homínidos prehistóricos se firma cuando deciden aparearse entre sí, lo que significaría el nacimiento de una especie intermedia, algo que podríamos imaginar como el hombre de nuestros días.

Esta serie, hermana futurista de Los Simpson, juega con muchas de las claves y tendencias de la globalización y de lo que podríamos señalar como su reverso: un retorno al mundo prehistórico. Mientras en Los Simpson se preparaba y realizaba una crítica –con mucho humor negro, a veces, y autocomplacencia, otras– al american way of life, es evidente que en Futurama nos encontramos con una versión del mundo global, o, como decía Alessandro Baricco, del mundo “como si fuera un solo país”.

Lo primero que llama la atención en esta serie es que Bender, el robot, se apellida Rodríguez. ¿Es que los latinoamericanos se encuentran destinados a cumplir un trabajo mecánico, inferior?

Lo primero que llama la atención de un latinoamericano en esta serie es que Bender, el robot, se apellida Rodríguez. ¿Es que los latinoamericanos se encuentran destinados a cumplir un trabajo mecánico, inferior? ¿O son el alienígena imposible de asimilar, el otro radical? ¿O es que su trabajo puede ser reemplazado por la fuerza de las máquinas? Después, la hermosa Leela, que tiene un solo ojo, mutante que viene de las alcantarillas, es quien realiza los trabajos peligrosos y quien pilota la nave espacial. ¿No es una versión del proletariado y subproletariado industrial y postindustrial? ¿Alguien que vive en la superficie sólo porque hace los trabajos difíciles? ¿El proletariado, el lumpen, las clases peligrosas no son los mutantes del presente y del futuro? Amy Wong viene de Marte y es la ayudante del científico loco con el que todos trabajan ¿No resulta evidente que en esta división galáctica del trabajo los chinos o sus descendientes se han ganado el lugar de los adversarios-colaboradores? ¿Por qué, ya que estamos en este camino, Wong no es la jefa y sólo ocupa el lugar de la ayudante? ¿Por qué el centro del universo no ha terminado por desplazarse a Marte?

Fry y el profesor Hubert son como las dos caras de la misma moneda: el yanqui promedio, que goza y sufre de un estado de cosas en el que prima la superabundancia y el sinsentido, y el científico genial que diseña aparatos para dominar la naturaleza. Es decir, el núcleo de sentido de este relato posmoderno, global y futurista se encuentra articulado en torno a un fenómeno que podríamos denominar “cultura chatarra”, si es que es posible semejante oxímoron, y “tecno-ciencia delirante”, si es viable tal paradoja. Hay otros personajes principales, como el doctor Zoidberg, un cangrejo inteligente, Scruffy, el conserje Hermes Conrad, una especie de burócrata alter ego de Barack Obama, y una cabeza de Nixon que gobierna los Estados Unidos de la Tierra, el país-mundo en el que tiene lugar la acción.

Si la comparamos nuevamente con su antecesora, Futurama reviste ciertas formas angustiantes. No hay niños, la integridad o la unicidad de lo humano ha terminado por disolverse, y por lo tanto, así como ya no podemos hablar de familia, tampoco podemos hablar de relaciones humanas, sino de las que existen entre hombres, robots, mutantes y extraterrestres. Si la comparamos consigo misma, Futurama revela un trasfondo aún más teñido de desasosiego: mientras en su vida del siglo XXI Philip Fry es un repartidor de pizzas con una vida gris y sin perspectivas, en el año tres mil participa en un equipo de científicos y aventureros que llevan a cabo misiones difíciles en distintos lugares del universo y a veces en diversas épocas. Es decir, mientras en la vida original de Fry prevalecen la precariedad y la limitación, en su vida en el año tres mil, que es como si dijéramos en la vida de promesas de la globalización, todo es posible. Mientras en el siglo XXI la vida de Fry es similar a la del hombre del subsuelo de Dostoievsky, a la de las catacumbas y los neandertales, en el año tres mil su existencia es fantástica, excitante, es más, encuentra el amor y la amistad.

101 libros

Esa doble lectura que admite Futurama, y en la que encontramos el ambiguo registro de la globalización, creo que se corresponde con la que yo he estado tratando de llevar a cabo en relación con la obra de César Aira y con la única novela de Guido Tamayo. Todos sabemos quién es César Aira y cómo se hizo monja, inventó curas milagrosas, participó en congresos de literatura, fue mago, princesa, etc., y escribió decenas de libros, aunque usted no lo crea. César Chávez, bibliotecario del Centro Cultural Carrión de Quito, me cuenta que Aira acaba de celebrar su libro número cien. ¿Pero el número 101 quién lo escribió? Creo que no es Aira el autor del libro 101, sino su opuesto absoluto, su doble, su super-yo, Tamayo, un escritor colombiano desconocido que apenas ha publicado una novela en su vida. Si Aira no es varias personas, al menos es dos personas: Aira-Tamayo.

El paralelismo es notorio entre Futurama y Aira-Tamayo. Es evidente, y nos dice muchas cosas del tiempo que vivimos. La experiencia de Aira es excitante, cada una de sus novelitas, aunque parecen una especie de enlatados, responde a imperativos que podríamos denominar totales: todo puede suceder, todo es susceptible de convertirse en relato, en el episodio de un gran relato que Aira se ha propuesto escribir. Es como si dijéramos que alguien permanece las veinticuatro horas del día transmitiéndonos los resultados de su navegación por internet, nada serio, por cierto, y de lo que no podemos despegarnos, pues cada salto, cada pulsión, cada zapping, nos mantiene alertas, a la expectativa de hasta dónde podemos llegar, de qué más vamos a encontrar, de quiénes somos finalmente.

Así son estas novelas de Aira, como surfear en la web. Carecen de pretensiones culturalistas, aunque no dejan de ser inteligentes; pueden ir en cualquier dirección sin por eso convertirse en un relato sin forma, o más bien, carecen de toda forma conocida, aunque son capaces de conservar la unidad: así sucede, por ejemplo, en Yo era una mujer casada (2010), donde un ama de casa de las villas pobres de Buenos Aires decide convertirse al final en payaso; o en El Mago (2002), donde un mago verdadero, con poderes mágicos reales, se abstiene de usarlos en beneficio propio y sobrevive como un mago mediocre; o en Varamo (2002), donde un burócrata panameño dedicado a disecar animales escribe el poema más importante de la literatura del país centroamericano. Cualquier cosa es posible en Aira, y aunque a veces sabemos que estamos frente a un disparate o una broma, no importa, queremos seguir, pues, como sucede en el mundo contemporáneo, del surrealismo y la hiperrealidad hemos pasado a vivir en la realidad virtual, o sea, en una realidad en la que lo potencial y lo que efectivamente sucede resultan indistintos en algunas de las capas mentales de los espectadores y lectores.

Cien libros es un número mágico. Un número como el de las mil noches. Y a partir de semejante número podríamos considerar a Aira como un símbolo heroico de nuestro mundo globalizado: Aira es la caja de Pandora, de allí salen todos los bienes y todos los males, pero salen sin cesar, sin darnos lugar a un instante de reposo o de silencio, salen sin parar, son el movimiento, la fugacidad, la alteración de las fronteras, la disolución del tiempo, la fragmentación milimétrica ininterrumpida, el agotamiento inagotable, etc. El dinero y las imágenes y los viajes parecen, juntos, el plasma del sistema nervioso del mundo global, o podríamos decir, del mundo de Aira, o del mundo del año tres mil, pero hay una fuerza o una condición primordial de ese mundo a-histórico, a-político, a-pocalíptico: es un no-mundo. Es un desierto, como la Corea del sur de la que habla Berardi: el no-mundo. Seamos más explícitos: cuando pasamos del romanticismo –el mundo subjetivo– al surrealismo –el mundo inconsciente–, al hiperrealismo –el mundo microscópico– y llegamos al realismo virtual, inauguramos algo nuevo: es efectivamente una variante inédita de la vanguardia, como dice una estudiosa de Aira, pero resulta una variante programada y desmaterializada, en la que tenemos que renunciar a todas las cargas mortales y mundanas, incluidas la voluntad y el cuerpo, y en la que damos el salto de nuestro ser novelesco a otro episódico, es decir que mientras en las novelas podemos experimentar la esquizofrenia, el amor loco o la muerte, en la literatura episódica, sin personajes, lo que vivimos es la falta de experiencia: pasan cosas, pero nada es real, todo es virtual.

Somos hijos de una época en la que quien más quien menos tiene al menos dos personalidades, la de su soledad o la de las pocas personas que conoce, y la de Wikipedia, Facebook, Whatsapp, etc.

Ulrik Beck decía que la imaginación consiste en la capacidad para contarnos historias. García Canclini lo cita en un ensayo clásico sobre los estudios de cultura y globalización: La globalización imaginada, de 1996. Al revisar clásicos y novedades sobre el tema –Bauman, Lipovetsky, Mato, etc.– me sentía atraído por Aira lo mismo que por el poco conocido Tamayo. Es más, sentía que Aira y Tamayo eran una invención de Borges, eran El Aleph.

En el mundo de Aira es posible percibir el pulso de nuestra época, el aleph-web, su “inteligencia automatizada”, la ubicuidad de sus criaturas, su progresión ininterrumpida sin propósito; sin embargo, en el cuento de Borges, el aleph se encuentra en el sótano de la casa de un modesto y lamentable bibliotecario, Carlos Argentino Danieri, cuya vida ha sido un pozo onettiano de melancolía y de soledad. Aquí es donde entra el libro 101 escrito por Tamayo, quien, según mi hipótesis, no es otro que el mismo Aira. También podría decir que Fry es el Aira del año 3000; mientras Tamayo el del año 2000. Que Aira es el global, mientras Tamayo, autor de un único libro, El inquilino (2013), es el neandertal que sale de la prehistoria. El 101 rompe la magia y nos devuelve a la realidad.

La globalización, como decía García Canclini, potenciaba nuestra imaginación, nuestra capacidad para contarnos historias posibles o imposibles, para creer que se podían alterar los patrones de comportamiento, borrar las fronteras geográficas, culturales, históricas; mestizarnos, alcanzar niveles de bienestar y hasta de prosperidad, congraciarnos y evitarnos nuevas guerras frías, nuevos estados totalitarios, nuevos genocidios. Ha sido una nueva belle époque, como aquella de fines del XIX y principios del XX, antes de la I Guerra Mundial y de la revolución bolchevique. ¿Es justa esta comparación? ¿Estoy diciendo que bajo ese territorio desmaterializado en el que hemos gozado y sufrido se está despertando un volcán insidioso, destructivo, brutal?

Cuando leo los textos de Aira me río por sus ocurrencias, que me gustan de verdad, pero cuando leo El inquilino me preocupo. El personaje de Tamayo es un escritor colombiano exiliado en la Barcelona de los años ochenta. Vive en tremenda soledad y sobrevive en un cuarto de pensión con el dinero del paro. La mujer que ama son dos. La primera es la traductora al francés de uno de sus libros. El inquilino no conoce a su traductora y sólo ha mantenido con ella una relación epistolar. Cuando se entera que la traductora ha muerto sólo le queda la drogadicta que se prostituye para seguirse pinchando. El inquilino no tiene amigos en Barcelona y se la pasa en su habitación leyendo y escribiendo a máquina. Este libro es de un realismo que se desliza finalmente en el terreno de la novela didáctica: el personaje dice al final que lo único que vale en la vida es la amistad. ¿No es un libro en exceso inocente, naif? Aquí no pasa nada, y lo que sucede se encuentra en los límites de la porno-miseria, que es como se denominó en Colombia a una forma de hacer cine: agarrar pueblo y echarlo en la pantalla para escandalizar la buena conciencia burguesa. Sin embargo, cuando juntamos este libro de Tamayo a los escritos de Aira todo cobra sentido y podemos comprender lo que estamos leyendo: la realidad virtual tiene un trasfondo de realidad real –o de realismo naturalista– en el que nos movemos lo mismo que en la realidad virtual. Somos hijos de una época en la que quien más quien menos tiene al menos dos personalidades, la de su soledad o la de las pocas personas que conoce, y la de Wikipedia, Facebook, Whatsapp, etc.

El consultorio y el castillo

Entre el mundo global, con su inminente fin de lo humano que nos traslada al futuro, y un mundo burgués o pequeñoburgués que pensábamos humano, progresivo, ilustrado o ilustrable, existen amenazantes anuncios, como El gabinete del Dr. Caligari (1920), y temibles testimonios de lo que hubiera podido pasar, como El hombre en el castillo (1962).

Si la historia llegó a su fin tras el genocidio de los nazis, el expresionismo de El gabinete del Dr. Caligari, en su retorcimiento, en su laboriosa y amenazante recreación del sueño en que un sonámbulo asesina y secuestra y desea, resulta la más preclara intuición de que el mundo de 1920 se precipitaba hacia la locura. La historia del sonámbulo Caligari sólo es posible porque podemos todavía distinguir entre la vigilia y el sueño, aunque la historia de Wiene somete a una profunda presión esa diferencia. Esa distinción borrosa se encuentra sometida, no obstante, al presagio del film: los sueños más espantosos están a punto de realizarse. El mundo deformado, el hechizo que gobierna al protagonista y el asesinato en la pequeña ciudad son inminentes. Y se cumplen en efecto poco después.

Tras el fin lo que viene no es un comienzo sino justamente la falta de comienzo. El mejor ejemplo de lo que digo es El hombre en el castillo, novela célebre de Philiph K. Dick que en los últimos años ha sido convertida en teleserie por Amazon. En el Mundo Feliz la única posibilidad de aventura es imaginar un Mundo Distópico: Philiph K. Dick nos regresa a la pesadilla amenazante, pero después de que la pesadilla ha tenido lugar.

¿Qué viene después de la pesadilla de Caligari? La realidad, o la historicidad de esa pesadilla. ¿Qué viene después de la historia como pesadilla? Aquí es donde comenzamos a tambalearnos, a preguntarnos sin respuesta, a elucubrar tristemente: sólo es posible la ciencia ficción, la globalización, el futuro y la proliferación de lo posible, la libertad de la imaginación, pero además, simultáneamente, se impone el esquema naturalista, el programa de pobreza, el realismo socialista o neoliberal. Después de la historia como pesadilla es como si efectivamente nos quedáramos sin historia: el mundo de Aira o el de Futurama sólo pueden suceder en la imaginación o en el futuro, pero el presente de Fry o de El inquilino, aunque se mantiene en los límites de lo virtual, no atraviesa esos límites y balbucea un lenguaje burdamente económico, torpemente cotidiano.

Ya no somos astrónomos ni arqueólogos, viajeros del espacio ni psicoanalistas, sino que en esta falta de sentido individual e histórico parece que nos hubiéramos convertido en una especie de espeleólogos del (des)empleo, la burocracia, la literatura, el amor y, en conjunto, la cultura. Si alguna vez alguien se propuso crear una obra amenazante, intentar una exploración del alma, hoy asistimos a un deambular de espeleólogos angustiados. No vamos a ninguna parte, no esperamos encontrar la salida al final de los túneles, pero seguimos, tomamos otro desvío y seguimos. Somos doblemente espeleólogos aburridos: los túneles de la información infinita nos resultan emocionantes, tanto que nos hastiamos de la emoción –como les sucede a los adictos a la cocaína, que se cansan de la euforia–, así como las cavernas malolientes de la rutina nos resultan excitantes por el miedo a perder el trabajo, por el temor a la soledad, por el agotamiento que estos sentimientos y circunstancias provocan –como los adictos a los tranquilizantes que se desesperan por la paz interior que el litio les provoca.

El núcleo duro de nuestra experiencia es una pesadilla. Pero es una pesadilla que ya fue. Caligari la anunció, Dick la recuerda. Sin embargo, hemos pasado de la vida de la historia y la literatura a la vida cotidiana, donde ya no hay historia, ni literatura ni vida. Es como si al hablar de la vida cotidiana hubiéramos renunciado a establecer un lazo entre la imaginación, la memoria y la existencia, el trabajo, las relaciones personales, el gobierno, el arte, etc. Como si nos moviéramos en dos niveles, uno en el que todo es posible y otro en el que ya nada puede suceder. Si ya nada es posible, ¿cómo es posible que todo pueda suceder?

Cómo acabar con la globalización

Vivimos en la historia, pero sin imaginación. Y su reverso: vivimos en la imaginación, pero sin historia. Esta falta de conexión provoca fenómenos antiglobalizadores de izquierda y derecha, así como otros que profundizan en la globalización y su falta de realidad o, diría más bien, de relación con alguna realidad.

Creo que el socialismo del siglo XXI representaba muy bien su papel de la antiglobalización realista socialista, así como Trump y Le Pen y los ingleses que salieron de Europa son la derecha nacionalista antiglobalización. Cabría preguntarse cuál ha sido el destino de las sociedades que vivieron la experiencia del socialismo del siglo XXI en América Latina y cuál va a ser el resultado de la experiencia nacionalista de Trump. Pensemos que las dos han sido respuestas a la globalización económica y a su correlato político y cultural.

En América Latina, gobiernos como los de Chávez, Correa o los Kirchner adolecieron de falta de liberalismo, es decir, aplastaron las libertades y derechos políticos y sociales a cambio de una ininterrumpida serie de dádivas económicas que deslumbraron a las mayorías. Fueron dignos herederos de sus fuentes de inspiración: Perón, Castro. Tras casi dos décadas del giro a la izquierda, cuando éste se ha agotado por completo, resulta irónico y conmovedor ver nuevamente el documental de Oliver Stone Al sur de la frontera (2010): ¿Qué salió mal en Venezuela para que la algarabía que suscitaba Chávez haya terminado por convertirse en las calamidades que provoca Maduro? ¿Cómo es posible que Lula, quien hablaba con entereza y lucidez sobre la región y el mundo, se encuentre hoy mismo encarcelado en una celda de quince metros cuadrados? La Cristina Kirchner que aparece en el documental, burlándose de la torpeza masculina, ¿es la misma que vive hoy en la oscuridad y en medio de acusaciones de corrupción?

Donald Trump es un revival de Los Simpson, una mezcla de Homero y Mr. Burns que viene a romper con Fry, Bender, Leela. Trump es un retorno de lo neandertal

Los socialistas del siglo XXI son como los personajes del relato de Tamayo. En el relato de Tamayo, como en la vida de Fry del siglo XXI, la falta de perspectivas, la pobreza y el historicismo-economicismo conviven con un afán por pergeñar viejos sueños al puro estilo de la Patria Grande: es como si los escritos que el inquilino redacta en su máquina fuesen los proyectos a veces fabulosos del socialismo del siglo XXI que no lograban despegar. Oleoductos que atravesarían todo el continente, organizaciones políticas y económicas regionales, sistemas de comunicación, universidades sudamericanas, etc. Todo eso sonaba muy bien, pero por debajo de esos delirios modernos –carentes de la fascinante realidad virtual, cotidianamente mecánicos– había un sustrato de burocracia, corrupción, idiotez y, cómo no, autoritarismo. Eso fue la antiglobalización al estilo latinoamericano: un proyecto fallido empantanado en la cruda cotidianidad de pobreza, torpeza, bravuconería.  

Mientras Danielito Ortega parece el villano de una telenovela mexicana, Donald Trump es un revival de Los Simpson, una mezcla de Homero y Mr. Burns que viene a romper con Fry, Bender, Leela. Trump es un retorno de lo neandertal. Si nuestros socialistas del siglo XXI nos recordaban a Lenin, Stalin, Trotsky, Jruschov, Brezhnev, Trump nos recuerda a Mussolini y a Hitler. Posiblemente más a Mussolini, criminal y fanfarrón, que a Hitler, menos fanfarrón y más criminal. Las políticas y las declaraciones de Trump están cargadas de tal arbitrariedad, reñidas de tal manera con la racionalidad y sensibilidad posmodernas y modernas, que para un observador medianamente inteligente carecen de seriedad. Sin embargo, recordemos que sucedía lo mismo con los fascistas al comienzo de su ascenso al poder: nadie los tomaba en serio. Pienso que Trump es posiblemente algo más que un demagogo: como sucediera con la Italia fascista y con la Alemania de Hitler, que se sentían perjudicadas por los judíos y por los vencedores de Versalles, Trump expresa una especie de resentimiento de los Estados Unidos para con los inmigrantes y para con la globalización que ha desplazado de su lugar central a los yanquis hacia otro en el que deben compartir el poder.

Supremacistas, encapuchados del Ku Klux Klan, conservadores de línea dura –como Giuliani que limpió Nueva York–, forman la vanguardia de Trump, quien hace poco declaraba sobre El Salvador que era “un agujero de mierda”. El progresismo de Estados Unidos adoptó durante años una política multiculturalista, que Trump ha echado al basurero: se entiende que su proyecto es hacer América Grande de nuevo mediante la asimilación de las minorías, es decir, mediante su aculturación. Lo que sucede en Estados Unidos es verdaderamente algo inédito. Aunque ha habido protestas contra Trump, éstas no van a detener sus políticas neofascistas. Más bien cabe pensar que la torpeza e ineficacia del mismo gobierno van a ser su principal obstáculo. Según un artículo publicado por Jon Lee Anderson, los recortes presupuestarios y las decisiones irracionales han creado un clima de malestar en el servicio exterior y múltiples defecciones. De tal suerte que podemos imaginar que Trump está erosionando las instituciones del régimen y se encuentra a medio camino de convertir el Estado de derecho en la administración de uno de sus hoteles.  

Trump no es un cowboy como John Wayne o como Clint Eastwood. Y se encuentra en el extremo opuesto de Hemingway, London, Kerouac, Salinger o últimamente Paul Auster. Si fuera por Trump, Woody Allen y Fredric Jameson deberían ir a la cámara de gas. Pero entonces, ¿quién es Trump? ¿Hay algo en la historia y en la cultura de Estados Unidos que nos permita entender a Trump? Los personajes que se enfrentaron a Martin Luther King son oscuros, los asesinos de Kennedy siguen en la sombra, pero el senador McCarthy que perseguía comunistas es bien conocido. Bush era un cowboy pero Trump parece uno de los engendros que habitan en las películas de David Lynch. La pesadilla norteamericana que sentimos en Terciopelo azul (1986) o en Carretera perdida (1997) es el mundo del que proviene. Las aparentes banalidad, familiaridad y vulgaridad que encubren el sadismo y la crueldad y la locura son lo que podríamos denominar “el espíritu de Trump”. La distopía de Dick y las amenazas de Caligari se cumplen con el ascenso al poder del presentador de El aprendiz, el reality show del magnate.

Es como si los narcos llegasen al poder en México, en Colombia o en Ecuador. La globalización con sus inextricables tramas financieras, con su realidad virtual, con su youtube y su Aira podría pasar de sus sueños de construir los Estados Unidos de la Tierra a enfrentar un Imperio racista en marcha.          

¿Y después de la antiglobalización, qué?

Nuestros socialistas neandertales del siglo XXI y el neofascista neandertal de Estados Unidos han abierto una fisura, una grieta, un agujero cada vez más grande en la trama económica, política y cultural de la globalización. La apertura de fronteras, la economía monetarista, el liberalismo político, el mestizaje cultural, la expansión de las multinacionales y las migraciones difícilmente van a detenerse. Sin embargo, los fenómenos que expresaban y muestran un rechazo a la globalización han creado dinámicas alternativas o al menos diferentes. La antiglobalización de izquierda experimenta hoy mismo sus límites y sus fracasos: Venezuela, vanguardia del socialismo del siglo XXI, se ha convertido en una trampa política y económica. Mientras, los Estados Unidos de Trump alientan en el norte un modelo político y cultural autoritario y racista. El gran desafío en el sur y en el norte pareciera consistir en recobrar una cultura cosmopolita, libertaria y socialista. El discurso de la multiculturalidad, la hibridez, el mestizaje, la diferencia cultural socavó las posibilidades de diálogo entre culturas: en lugar del cosmopolitismo y la posibilidad de una república universal, la globalización aceptó y alentó las diferencias insalvables.

Las alternativas a la globalización provocan un sentimiento pesimista: ni el autoritarismo, ni el racismo, ni la desigualdad económica fueron subvertidas por el socialismo del siglo XXI, y están siendo acentuadas por Trump. Quizá una de las primeras respuestas al mundo legado por Chávez y al que está creando Trump sea recuperar la memoria y agitar la imaginación para mantener el diálogo entre culturas, defender las libertades y luchar por la igualdad. Frente a Los Simpson y a Futurama quizá deberíamos volver a ver los capítulos de La Pantera Rosa. La elegancia, la astucia, la música sofisticada, irresistible, inolvidable nos recuerdan un mundo más inocente y menos burdo: hubo una época en que era posible creer en el arte y en la literatura y en que la política no era la ocupación de matones sino de hombres que eran capaces de algún gesto generoso. Humphrey Bogart se despide de la mujer amada en el aeropuerto de Casablanca con las palabras de un gigante: “Siempre nos quedará París”. Suena muy diferente a Trump, quien declaraba entre bastidores que a las mujeres hay que tomarlas por el coño. Doña Bárbara, la novela de Rómulo Gallegos, logró recrear un mundo en el que la vehemencia y la belleza y la grandeza inspiraban un sentimiento de admiración. El letrado de la ciudad y la mujer del campo, no obstante sus enfrentamientos y sus diferencias, se encuentran muy lejos del extremismo político que se ha instalado en la Venezuela de hoy. Eso no quiere decir que todo tiempo pasado fue mejor. Pero sí quiere decir que no estamos obligados a ser esclavos de la historia, es decir, del presente. Es más, el arte, la literatura, la imaginación alimentan la historia. Y viceversa: la historia es el motor de la imaginación.

Autor >

David Guzmán Játiva

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2 comentario(s)

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  1. Mark

    Pero la Pantera Rosa también es genial. Buen gusto.

    Hace 2 años 8 meses

  2. Mark

    Ja, ja, no metas Futurama en tu bajona, diosss. :)

    Hace 2 años 8 meses

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