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Tribuna

¿Un Gobierno feminista?

Nuestro mundo no es el de Zapatero: nos sacudió un 15M, el “asalto” institucional y la extensión planetaria del feminismo

Silvia L. Gil 3/07/2018

<p>Foto del Gobierno de Pedro Sánchez en La Moncloa.</p>

Foto del Gobierno de Pedro Sánchez en La Moncloa.

Jose Maria Cuadrado Jimenez/ La Moncloa

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Primer gobierno con más ministras que ministros. Cambio simbólico. Carteras históricamente masculinas en manos de mujeres. En la fotografía del nuevo Gobierno de Sánchez, ese ejercicio donde al borrar a los hombres queda una, a lo sumo dos o tres mujeres, ya no tiene sentido. Cierta ilusión y muchas dudas. Algunas interrogantes rápidas sacuden: ¿Habrá contenidos feministas o se trata de meros gestos? Es un logro de la extensión del feminismo, pero ¿hasta dónde se ha entendido realmente el mensaje?

Por el momento, no podemos saber qué tiene preparado el Gobierno. Pero sí podemos dotarnos de algunas herramientas de análisis. No herramientas cualesquiera, sino aquellas que permiten mirar de otro modo: desde la historia, las rupturas y la política comprendida más allá del Estado, esa donde las personas son las protagonistas de los cambios. La institucionalización del feminismo durante años fue un punto oscuro en el movimiento feminista. La creación en 1983 del Instituto de la Mujer supuso una modificación drástica en la dinámica de autonomía con la que se había constituido la inusitada fuerza del feminismo a lo largo de los setenta –y tan ausente de nuestras memorias políticas–. Se abandonaron asociaciones; hubo silencios, vacíos, venían otros tiempos. En los 90, las nuevas formas de gobierno empezaron a considerar cruciales algunos “asuntos de las mujeres”. Por entonces, el Feminismo de Estado se desarrollaba con mucha ventaja en los países del norte de Europa. La inclusión de la violencia doméstica en el Código Penal de 1989, la ampliación del artículo que la recogía en la reforma de 1995, la primera Ley de Conciliación de la Vida Familiar y Laboral en 1999 o la creación de las concejalías de igualdad fueron algunos de los pasos que se dieron en España en esa dirección.

Cierta ilusión y muchas dudas. Algunas interrogantes rápidas sacuden: ¿Habrá contenidos feministas o se trata de meros gestos?

Muchas feministas batallaron fuertemente para que logros fundamentales fuesen posibles, pero las lógicas institucionales también se extendieron como la pólvora: sistemas de subvenciones, asociaciones jerarquizadas, proyectos de cooperación y un abordaje orientado principalmente hacia lo legislativo. Estas nuevas lógicas coparon la manera de organización del feminismo que, en años anteriores, se había sostenido más bien como laboratorio de experimentación. Fueron tiempos de dispersión y poca escucha de las nuevas inquietudes feministas. Por fortuna, pese a los relatos dominantes, emergían discursos transformadores, generalmente en la periferia de la política institucional. En esos márgenes, se discutía sobre sexualidades disidentes, trans y queer, migraciones en las ciudades globales, nuevas formas de la violencia, activismo en Internet, desigualdades feminizadas, segregación racial y de género del trabajo o precarización de la vida. Temas nada populares, ni siquiera en los ámbitos de la política alternativa, y que hoy, sin embargo, han llegado a formar parte de cierto sentido común.

La llegada del gobierno de Zapatero no menguó la brecha abierta entre aquella racionalidad de las instituciones y la experiencia social. Efectivamente, en términos simbólicos, se respiraba mayor libertad: tolerancia, multiculturalismo, paridad. Al mismo tiempo, el capitalismo se expandía hacia todos los rincones de la vida y se consolidaba un modo de existencia que posteriormente fue interrogado en las plazas: el del sujeto neoliberal, que es el sujeto moderno individualizado, tan criticado por su forma racional masculinizada, pero ahora roto por dentro: endeudado, enfermo, desestructurado, agotado, expuesto abiertamente en su vulnerabilidad. La primera década del dos mil se desarrolló desde distintas capas de experiencia: por una parte, la euforia de Europa, el ladrillo y el consumo; por otra, malestares que de manera diversificada, sin relato, sin nombre compartido atravesaban el cuerpo social de manera cada vez más evidente. Se preparaba un grito común que no era propiedad de nadie.

Producción legislativa

Las leyes progresistas se quedaron tremendamente cortas en su aplicación. Por ejemplo, la Ley de Dependencia fue uno de los grandes logros frustrados. Dejó dos imágenes impactantes para la posteridad: la “paguilla” que recibían las mujeres a cambio de ofrecer cuidados intensivos en el interior de los hogares y las personas ancianas fallecidas antes de recibir siquiera la prestación. Por otro lado, se produjeron nuevas exclusiones: las mujeres migrantes seguían duramente sometidas a las detenciones arbitrarias de la Ley de Extranjería, por lo que automáticamente quedaban apartadas de la Ley de 2004 contra la Violencia de Género. De modo parecido, la Ley para la Igualdad efectiva de Mujeres y Hombres de 2007 no contempló la situación de absoluta discriminación de las empleadas de hogar o los derechos de las trabajadoras sexuales. Los discursos de conciliación tampoco abordaban la precariedad que habitaban cada vez más mujeres. Y la Ley de Identidad de Género de 2007 interpretaba la transexualidad como una patología que debía ser diagnosticada por médicos y psicólogos. Esto tuvo efectos drásticos: se daba cobertura y visibilizaban determinadas demandas, mientras otras se volvían invisibles. Dicho de otro modo, se construyeron marcos de legitimidad que delimitaban de lo que se podría y no se podía hablar. Por ejemplo: se aceptaba la violencia contra las mujeres en tanto víctimas de determinados sujetos, pero no la violencia como síntoma de la estructura profundamente machista de nuestra sociedad. Se aceptaba hablar del drama de las mujeres migrantes, pero no de que la necesidad de que accediesen a derechos fundamentales de ciudadanía. Se consideraba la transexualidad, pero no como expresión de la diversidad humana, sino como desviación de la norma.   

El devenir feminista de la política no puede de ningún modo reducirse al Feminismo de Estado.

Por último, se generó algo difícil de nombrar: una nueva relación de los individuos con el poder. Se redefinieron aspiraciones y objetivos: la voz de los movimientos de mujeres fue sustituida por la de la institución. Los protagonismos fueron desplazados, se repartieron visibilidades. Los peligros que aparecieron fueron principalmente dos: asimilación o aislamiento. O se asumían las exigencias del poder como medio de acceso al reconocimiento –el ejemplo paradigmático es el movimiento LGTB–, o se imponía el aislamiento: experiencias incapaces de comunicar, incapaces de aglutinar. ¿Cómo romper esta dicotomía? ¿Cómo situar un feminismo transformador en ese nuevo mapa? ¿Cómo producir una crítica radical que sea al mismo tiempo de muchxs? Puede verse la Huelga Feminista del 8 de marzo como punto de partida y horizonte de una nueva manera de hacer política: no complaciente, reflexiva, subversiva, creativa, masiva.   

Nuestro mundo no es el de Zapatero: nos sacudió un 15M, el “asalto” institucional y la extensión planetaria del feminismo. Sin embargo, el neoliberalismo “suavizado” nos coloca ante desafíos parecidos: mantener los protagonismos diversos, seguir inventando imaginarios distintos –¿qué supondría llevar hasta sus últimas consecuencias una economía al servicio de las personas?–, profundizar en la organización horizontal, transnacional y en red, recomponer el tejido social desde la potencia de la vida común, desafiar las normas de sexo y género que modulan y delimitan los cuerpos, seguir comprendiendo para combatir los efectos del heteropatriarcado, cuestionar los regímenes de visibilidad –aquello de lo que se puede y no se puede hablar–  y ser capaces de prefigurar otras formas de ser.

El devenir feminista de la política no puede de ningún modo reducirse al Feminismo de Estado. Las enormes movilizaciones en diferentes puntos del planeta siguen abriéndose paso: contra las violencias, visibilizando el cuidado, a favor del aborto, por una educación igualitaria, por los derechos de las excluidas –pensemos en las trabajadoras de la fresa en Huelga–. Nos hablan de un nuevo mundo que aún no ha llegado del todo, pero que ya está siendo. ¿Estará en esta ocasión el Consejo de Ministras a la altura de los tiempos?

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Silvia l. gil (@silvialgil )

Autora >

Silvia L. Gil

Feminista y profesora/investigadora de Filosofía. Es autora de Nuevos Feminismos. Sentidos Comunes de la dispersión (Traficantes de Sueños) y participa en distintos procesos de pensamiento y acción colectiva entre México y España.

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1 comentario(s)

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  1. Oscar Fernández del Amo

    Si el feminismo significa igualdad y era tan importante que hubiera el mismo número de hombres que de mujeres en el gobierno, porqué ahora a nadie le parece mal que haya más mujeres que hombres? Que ocurre? No hay hombres cualificados para cubrir esos puestos y seguir queriendo la paridad? O todo eran simples quejas para que las mujeres consiguieran puestos a los que no llegaban por méritos? O acaso la lucha por la igualdad de la que habla el feminismo solo es un engaño? Pasaremos de un patriarcado a un matriarcado? Será mejor o peor para todos o solo para las mujeres? de momento la ley ya no es igual para todos, a mi no me parece bueno en un sistema democrático que debe luchar por los derechos y deberes de todos sus ciudadanos.

    Hace 2 años 9 meses

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