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Marcos Reguera / Investigador e historiador

“La izquierda se relaciona de una manera muy sagrada con la comunicación política; la Alt Right es forocochera”

Kike Oñate / Emilio Osende 11/07/2018

<p>Imagen de Marcos Reguera.</p>

Imagen de Marcos Reguera.

Kike Oñate

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Marcos Reguera es investigador en formación en la Universidad del País Vasco (EHU-UPV), y ha sido investigador visitante en la Universidad de Columbia y en el CUNY Graduate Center de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Especialista en historia y política de los Estados Unidos, sus intereses se centran en la teoría política, la historia del pensamiento y la renovación ideológica de la izquierda para el siglo XXI. Escribió una serie de artículos para CTXT acerca de la figura de Donald Trump y la política estadounidense, publicando además Alt Right: radiografía de la extrema derecha del futuro, por el que obtuvo una mención en la categoría de artículo divulgativo de 2017 por la revista Pensamiento al Margen.

A grandes rasgos, ¿qué es la derecha alternativa, conocida como Alt Right? 

Es un movimiento de reacción resultado de varias décadas de predominio por parte de la izquierda entre la juventud que ha aparecido en los últimos años. Responde a un cambio dentro de los jóvenes norteamericanos que han visto cómo ni la izquierda ni la derecha tradicional tienen respuestas para sus problemas, copiando los moldes de políticas identitarias típicas de la izquierda para intentar recuperar la hegemonía para la derecha política. 

Los textos sobre Donald Trump y la nueva extrema derecha estadounidense que publicó en CTXT reflejaban el crecimiento y la expansión del ideario de la Alt Right. Los sucesos de Charlottesville, donde un kamikaze atropelló a varios manifestantes matando a Heather Heyer, marcaron un antes y un después en la capacidad de expansión del ideario de este movimiento. ¿Qué ha ocurrido desde entonces?

La Alt Right se puede dividir en tres etapas. La primera viene a ser la protohistoria del movimiento, que iría desde –más o menos– el año 2010 hasta las elecciones presidenciales de 2016. El segundo período vendría a ser el momento en que se populariza, cuando en el verano de 2016 Donald Trump ficha a Steve Bannon como director de campaña. Un año después, durante las protestas de Charlottesville en julio, el movimiento parece entrar en una situación de estancamiento y de cambio de cara, porque a diferencia de la etapa anterior, la gente ya no ve a este movimiento como algo novedoso, contestatario y gamberro, sino algo más parecido a la extrema derecha tradicional que era lo que en un principio les había posibilitado crecer. Yo suelo hablar de una suerte de mecanismo inmunitario que ha desarrollado la cultura occidental desde la Segunda Guerra Mundial contra el fascismo, por el peso que tuvieron los movimientos antifascistas en la derrota del nazismo y el fascismo en la guerra. Aunque todo eso se va erosionando y olvidando, queda como una suerte de reservorio o mecanismo defensivo cultural muy debilitado que explica por qué la extrema derecha vuelve a tener una mayor incidencia. Mientras la Alt Right no se vista con ropajes tradicionales del fascismo o el neofascismo, en principio, tiene posibilidad de crecer.

¿Por qué considera que Trump no puede ser catalogado como parte de la nueva extrema derecha?

 Trump no forma parte de la Alt Right porque ésta tiene un componente generacional muy marcado, y tampoco llegó a ser parte del Tea Party, solamente coqueteó con este movimiento al inicio de la presidencia Obama dándole su apoyo. Es muy difícil categorizarlo dentro de una ideología específica, pero si hay una donde puede encajar más es dentro del movimiento paleoconservador. Éste no es muy conocido fuera de Estados Unidos porque tiene que ver con una disputa interna dentro del Partido Republicano, pero es muy importante para la extrema derecha actual, ya que Paul Gottfried –el mayor teórico paleoconservador– es el maestro espiritual de muchos intelectuales de la Alt Right.

¿Qué es el paleoconservadurismo?

El paleconservadurismo generalmente ha considerado que Estados Unidos es una tierra pura y que todo lo que sea meterse en cuestiones externas puede dañar y contaminar esa pureza, lo que le ha llevado a defender posiciones aislacionistas. Además, considera que no hay nada más sagrado que la nación y hay que defenderla frente a cualquier perturbación, tanto en lo externo como en lo interno. Todo esto se conseguirá mediante una política moralista y un sistema fiscal conservador, sin meterse en las cuestiones internas de otros países. Trump y su Make America Great Again ensalzan, de alguna manera, la idea de que hubo una época dorada de Estados Unidos que se ha perdido por diversas alteraciones que están contaminándola.

¿Cuáles son los orígenes historiográficos de esta ideología?

En el año 1960 hubo una disputa dentro de la derecha norteamericana porque ésta siempre ha sido reacia a tener una política internacional agresiva, aunque siempre apoyara a las empresas estadounidenses en el extranjero. Eso cambia en los años cincuenta y sesenta, con la necesidad de contener el comunismo, y aparecen posiciones internacionalistas dentro de la derecha que, sobre todo, serán claramente agresivas con el surgimiento de los neoconservadores en los años setenta. Estos sujetos en origen eran demócratas y extrotskistas pero, a raíz de las protestas del 68, se pasan al Partido Republicano. Estos individuos aportaron gran parte de la visión internacionalista que en ese momento tenía la izquierda, –la idea expansionista de la revolución socialista mundial–, para ser reconfigurada por la derecha desde sus orígenes marxistas a una perspectiva imperial para la derecha

Trump es antiglobalizador pero no anticapitalista, defiende un capitalismo nacional. Se está viendo obligado a compartir el poder político y es contra este cambio geopolítico contra lo que reacciona

Todo esto, para los que se consideran republicanos tradicionalistas, es visto como una transformación impura de la derecha y, es ahí, donde surge el paleoconservadurismo. Gottfried será el primero que hará una distinción entre neoconservadores y paleoconservadores, los nuevos y los antiguos conservadores.

Pese a pertenecer a una facción diferente, ¿en qué medida Trump forma parte de la Alt Right y ésta es trumpista?

 Muchos miembros de la Alt Right se identifican con los postulados del presidente. No hay que olvidar que uno de los inspiradores del movimiento –Paul Gottfried– es un paleoconservador. En ese sentido, pese a no ser lo mismo, tienen origen en un nacionalismo común que les permite entenderse. La Alt Right vendría a ser una evolución del paleoconservadurismo.

 ¿Hasta qué punto todo lo que ha ocurrido con Trump es una reacción contra la posmodernidad?

Es paradójico porque hay pocas cosas más posmodernas que la Alt Right, a pesar de que tenga a la propia izquierda posmoderna como contrincante. Nuestra cultura es posmoderna y todo lo que sucede, incluidos los movimientos en reacción a la misma, están impregnados de posmodernidad. En el caso de Trump se ve en su estrategia de comunicación y su forma de concebir el poder. Podríamos decir que la Alt Right es una suerte de paleoconservadurismo posmoderno.  

¿Las políticas llevadas a cabo por Trump son puro simbolismo o tienen una traducción material de lo que significa ese paleoconservadurismo?

Claro que han tenido consecuencias materiales, pero mucho menos de lo que en principio se esperaría por todo el ruido que generan. Está siendo incapaz de mantener un gobierno estable y funcional por lo que muchas de sus medidas, a pesar de que vayan a tener consecuencias a largo plazo, todavía siguen viviendo de las inercias de la época Obama y las constricciones que supone para él tener que aceptar toda la política económica que le viene de la Reserva Federal, hasta hace nada controlada por Janet Yellen nombrada por el anterior presidente. En el sistema institucional estadounidense, el presidente, a pesar de que tiene más poder que el resto de ámbitos institucionales, no es el único actor.

Trump es antiglobalizador pero no anticapitalista, defiende un capitalismo nacional. Esto no significa que esté en contra del libre mercado. Lo que a él y a la clase empresarial que le apoya les fastidia es que durante la segunda mitad del siglo veinte disfrutaron de una hegemonía comercial y económica que ahora está siendo contestada por el surgimiento de los países emergentes. Se están viendo obligados a compartir el poder político y es contra este cambio geopolítico contra lo que reacciona Trump.

¿La Alt Right ha sido capaz de ocupar la centralidad del debate político y permear a grandes capas de la sociedad estadounidense, como ocurrió –pese a ser antagónicos– con el ‘momento Podemos’?

La analogía es pertinente porque el caso es muy parecido, incluso en cuanto a la suerte que corre el movimiento. La Alt Right fue capaz de visualizar y corporizar un racismo que estaba latente en la población, llevándolo a unos niveles de popularidad y teorización que no se habían logrado anteriormente con discursos similares como el del Tea Party. La extrema derecha ha irrumpido y transformado la política estadounidense sin necesariamente arrastrar a una gran mayoría con ellos pero, solamente por contraste y referencialidad, vemos que aunque no son mayoritarios dentro de la política, son un imán que atrae la discusión pública a su alrededor. Al igual que ocurrió con Podemos, la Alt Right ha tenido su coyuntura álgida, donde parecía que iban a comerse el mundo. Pero finalmente la mala gestión del ‘momento populista’ ha incapacitado la posibilidad de seguir aglutinando a gente muy diversa que en muchas otras circunstancias no hubieran seguido a un movimiento de extrema derecha.

¿Cómo decae ese “momento populista” de la Alt Right?

La realidad económica que da lugar a la Alt Right es la misma que en el contexto europeo. El deterioro material aúpa a las nuevas extremas derechas continentales viendo que todo a su alrededor se desmorona sin alternativas

Llegado julio de 2017, la Alt Right decide sumarse a otros sectores mucho más tradicionales y reconocibles de la extrema derecha tradicional, lo que espantó a toda esa gente que los veía como jóvenes contestatarios. Se revelaron entonces a ojos de la gente como la extrema derecha de siempre con un discurso algo transformado, y con corbatas en vez de la cabeza rapada. A partir de ahí, habrá muchas deserciones de gente conservadora con respecto a la Alt Right y una situación donde los líderes no son capaces de recomponer el movimiento y donde prácticamente están viviendo de esa ‘gloria pasada’. Con Trump en el poder, la Casa Blanca y la Alt Right, pueden ir haciéndose el juego sin que estos últimos terminen por desaparecer.

¿Cuál es el perfil del intelectual orgánico del movimiento y cómo ha evolucionado?

La Alt Right ha tomado mucho del paleconservadurismo y del pensamiento de izquierdas, sólo que reconvirtiéndolo. No tienen grandes pensadores en la academia, pero sí en los medios de comunicación. De hecho, son más comunicadores que filósofos. Una tipología que no está ni valorada ni bien estudiada, pero es muy efectiva a la hora de crear opinión pública e ideas que se extienden fácilmente entre la población. ¿Qué problema tiene este tipo de pensadores? La falta de profundidad, que dificulta la supervivencia cuando el entorno cambia o algunos de estos personajes desaparecen. Así ha ocurrido con la denominada Alt Light o Alt Right blanda, que ha visto cómo alguna de sus figuras más mediáticas, como Milo Yiannopoulos, han caído en desgracia y con ello el movimiento, no teniendo a día de hoy prácticamente incidencia en la política norteamericana.

¿El movimiento Alt Right se trata de un fenómeno que se circunscribe a las fronteras y al contexto social norteamericano o, sin embargo, podemos localizarlo en los populismos de extrema derecha que han surgido en Europa, como puedan ser el Front National francés, el M5S italiano o el AfD alemán?

La realidad económica que da lugar a la Alt Right es la misma que en el contexto europeo. El deterioro material aúpa a las nuevas extremas derechas continentales, donde las capas sociales que han disfrutado de una cierta sociedad del bienestar y ahora están viviendo en una situación comprometida por la desaparición paulatina de las políticas sociales en nombre de los recortes, van viendo que todo a su alrededor se desmorona sin que se les ofrezca una alternativa. Es una situación donde hay gran flexibilidad en los flujos de capitales sin que las regulaciones estatales puedan hacer mucho para hacer valer el pacto social que posibilitaba el Estado del Bienestar, lo que conlleva una sensación de pérdida de control sobre las herramientas de política económica.

Es ahí donde la extrema derecha, desde una posición combativa por la melancolía de un pasado dorado perdido, vuelve a reclamar más Estado nación. El diagnóstico que se hace es que todos los problemas actuales son fruto del desvanecimiento de este ente garantista que ofrecía unas posibilidades materiales. La constitución material es la misma pero varía la cultura política, al menos en parte, ya que el resultado de vivir en un mundo globalizado, donde el patrón dominante es la cultura norteamericana, hace que este movimiento sea muy fácilmente recepcionado por la extrema derecha y la población europea. Al estar americanizados, los códigos culturales para codificar y asimilar estos discursos ya los tenemos.

El periodista de La Vanguardia Enric Juliana tuiteaba recientemente en referencia a Italia que “este país suele emitir radiaciones de largo alcance. Inventó el fascismo. Dio cuerpo al principal Partido Comunista europeo. Tuvo unos años setenta durísimos. Vio surgir el fenómeno Berlusconi. Italia inventa”. ¿Qué influencia puede tener el nuevo gobierno italiano sobre el resto de Estados europeos?

Está por ver. El Gobierno italiano es una alianza entre dos partidos con una base electoral muy distinta, el M5S está más implantado en el sur de Italia, mientras la Liga Norte tiene su principal caladero nacional en la mitad norte, donde exhibe una retórica basada en la idea de que “el sur de Italia nos roba”. Aparentemente ambas formaciones han enterrado el hacha de guerra porque tenían al establishment político italiano como enemigo común, recurriendo a algo muy italiano, el posibilismo. Ésta es una característica política que es una ley de hierro en Italia, y es que si puedes tocar poder, lo tocas, quedando el resto de circunstancias a un lado. En este sentido, es algo muy particular y es difícil la traslación de su política a la española, la francesa o la alemana, pero a nivel simbólico pueden ser una referencia para países como Hungría, Polonia o ciertas partes del Partido Conservador británico. 

¿Podrían entonces populismos de distinto signo llegar al poder aliándose fuera de Italia?

Es difícil, ya que en el caso italiano ha sido posible porque el M5S no tiene un núcleo ideológico fuerte. Por el contrario, Podemos no podría hacer una alianza con Ciudadanos o VOX sin que eso supusiera el fin del partido. Retóricamente son populistas pero en cuanto a su constitución ideológica tienen que ver más con el movimiento postcomunista.

¿Cómo cartografiaría el espectro político que va desde el centro hasta la extrema derecha en España?

La anomalía política española con respecto al resto de países europeos tiene que ver con el mayor logro del Partido Popular, es decir, la capacidad de aglutinar dentro de un mismo partido a todo lo que va desde el centro derecha liberal hasta el postfranquismo. Pocas derechas han conseguido esto. De alguna manera, gracias al gran papel referencial y aglutinador que tiene el catolicismo en España han conseguido en la derecha utilizarlo para construir esa unidad de acción y representación que les ha proporcionado eficiencia electoral. Sin embargo, este país con el tiempo va evolucionando y el postfranquismo se va transformando, de modo que los que son más claramente fascistas se van diferenciando dentro de su carácter, surgiendo VOX. Por otra parte, aquellos que heredan del postfranquismo el nacionalismo españolista pero no otros elementos del repertorio político franquista van tomando otra deriva más diferenciada. Así ocurre que hay mucho votante urbano de derechas y nacionalista, que durante un tiempo pudo verse representado por el PP, pero según van erosionándose como partido del gobierno quedan huérfanos de una opción política.

Y ahí entra en escena Ciudadanos, un partido con trece años de historia y hasta hace pocos años residual.   

Su gran acierto fue precisamente, desde una perspectiva autonómica y, por lo tanto local, saber dar el salto –dopados por los medios de comunicación– a una esfera nacional y reconstruir la derecha a través del centro. Exhibe, sin embargo, una retórica que en su nacionalismo recuerda a la extrema derecha, en su vertiente del norte de Europa, combinando un nacionalismo extremo con una exaltación del libre mercado, y postula la superioridad de la nación por sus buenos resultados económicos frente a los pueblos “vagos” del sur. 

Curiosamente, de nuevo, la derecha vuelve a reconfigurarse a través de un solo polo –o eso ha intentado– utilizando el centro derecha como base al mismo tiempo que recursos discursivos que en otros países serían considerados de extrema derecha. Esto es debido en gran medida a que en España el nacionalismo sólamente se emplea para designar a los movimientos periféricos, no a aquellos con aspiraciones centralistas. Esa fue la operación que ha sido interrumpida, por el momento, después del movimiento que ha hecho el PSOE. 

¿Considera que el fracaso de las vías tecnocráticas, en el caso de Renzi ya constatada y el aparente deterioro del ejecutivo Macron, pueden haber causado un efecto de reacción en la estrategia política de Ciudadanos hacia un discurso que incorpore de manera más explícita elementos nacional-populistas como se pudo ver en la presentación de la plataforma ‘España Ciudadana’? 

No es un viraje, porque esos elementos siempre han estado allí. El elemento nacionalista español por parte de Ciudadanos ha estado desde sus mismos orígenes porque nace como reacción frente al nacionalismo catalán. En el momento en que Catalunya empieza a instrumentalizarse como el tema nacional –una vez desaparecida ETA y el conflicto en el País Vasco–, Ciudadanos traía consigo la herramienta para explotar el discurso en el campo de la derecha. Un discurso que el PP ha intentado usar en su favor.

Ciudadanos ha estado intentado construir una base electoral teniendo que convencer al votante conservador del PSOE tecnócrata y sacando la rojigualda, demostrando ser más nacionalistas que el PP

Albert Rivera y Ciudadanos son el partido más calculador, en lo que se refiere a su discurso y programa, que hay en todo el arco parlamentario. Eso se vio en el caso de Cifuentes, donde no presentaron una opción ética sino que su reacción fue hacer una encuesta a ver qué opinaban los votantes. En principio, es una respuesta de una amoralidad que ningún otro partido se podría permitir si quisiera conservar a sus electores. Este carácter calculador a cualquier precio puede encontrarse en la manera en que Ciudadanos ha estado intentado construir una base electoral dando codazos a izquierda y a derecha, tenía que convencer al votante conservador del PSOE que ve con buenos ojos la tecnocracia. Una vez asegurado esto último, tenían que sacar la rojigualda y ser más nacionalistas que el Partido Popular.

Volviendo a la cuestión acerca del combate ideológico, ¿hasta qué punto el triunfo cultural de la derecha alternativa es un correlato del fracaso de la izquierda a la hora de articular un discurso tanto vanguardista como hegemónico?

Yo diría que el fracaso de la izquierda ha sido en un aspecto muy específico, pero no en otro. La izquierda conserva un monopolio del discurso en lo referido a la agenda social, cultural, minorías y formas de vida; no así en lo relativo a la economía o políticas públicas, cuestiones en las que fue derrotada a partir de los ochenta. Es precisamente por el triunfo de la izquierda en el consenso cultural sobre lo políticamente correcto en el espacio público lo que lleva a reaccionar a la Alt Right. En cierta medida, no es la reacción contra unos perdedores, es la reacción contra unos ganadores en el terreno cultural. Sin embargo, la gran ausencia tanto para la izquierda como para la Alt Right tiene que ver con que en la agenda económica no pueden ofrecer a la sociedad un modelo alternativo al del neoliberalismo dominante que, bajo una apariencia tecnocrática, es capaz de marcar los presupuestos generales de todos los países y gobiernos sin importar el color de los mismos.

Antonio Gramsci es un pensador cuyas ideas se han popularizado durante los últimos años en el campo político y teórico progresista. ¿En qué medida la Alt Right es gramsciana y se nutre del pensamiento teórico de la izquierda?

Si bien nadie en la Alt Right ha leído directamente a Gramsci, quien sí lo ha hecho ha sido Paul Gottfried. Él está llamado a ser uno de esos intelectuales que, pese a no ser muy conocido ahora, tendrá una gran importancia futura, en retrospectiva, debido a su influencia determinante sobre los cuadros medios de la Alt Right. Estos últimos encajan dentro de un perfil sociológico muy claro: provienen de una clase media en camino de precarización pero que han accedido a los circuitos universitarios y tienen por tanto una pátina cultural. Richard Spencer, el caso más paradigmático, es uno de los líderes de la Alt Right que antes de ser una gran figura pública iba a hacer el doctorado. Se especializó en historia del pensamiento europeo, sobre todo de Nietzsche, Adorno y la Escuela de Frankfurt a través del ya mencionado Paul Gottfried, uno de los intelectuales que más admira. Este último, a su vez, había sido discípulo de Marcuse cuando dio unos cursos de doctorado en la Universidad de Yale. Existen por tanto nexos entre el pensamiento político más refinado de la izquierda con la Alt Right, que ha sabido recoger de estos pensadores una teoría sobre la identidad política y la construcción de hegemonía, que en origen era de la izquierda, pero que ahora han “pirateado” para sus propios fines.

Aprender de la izquierda para reformularse y evolucionar. 

Haber estado dentro del ámbito universitario, donde las luchas culturales son muy importantes y donde ellos se ven en minoría, juega un papel fundamental en la génesis de la Alt Right, pues les obliga no a sólo reaccionar sino a desarrollar estrategias prácticas e inteligentes para poder vencer a sus adversarios, lo que les lleva a tomar referencias intelectuales de un amplio rango de lugares, incluso de tradiciones políticas vinculadas a la izquierda. Al fin y al cabo, su obsesión es la misma que tenía la izquierda hace 40 años, cuando era dominante.

El término marxismo cultural hace referencia a la supuesta conspiración por parte de la órbita marxista cuyo objetivo reside en, a través de la intervención de la cultura, destruir los valores e instituciones tradicionales de la sociedad occidental. Durante los últimos años esta idea ha ido adquiriendo fuerza y popularidad entre los círculos de la derecha estadounidense. ¿Qué hay de cierto en todo ello?

El marxismo cultural sería como el contubernio judeomasónico para el fascismo. Es la Escuela de Frankfurt la que identifica uno de los problemas que tenía la tradición marxista, y es que estaba cayendo en un determinismo económico muy fuerte. Marx habló en un párrafo de la introducción a la Contribución a la crítica de la Economía Política sobre la diferenciación entre la base y la superestructura. Hago hincapié “en este párrafo” porque a Marx le ocurre lo mismo que a Adam Smith con la mano invisible, es decir, habla de ella una vez –utilizándola como una metáfora-, sin que tenga más que esa incidencia puntual dentro de su esquema teórico.

La distinción base-superestructura se trata de un concepto muy provisional en el momento en el que Marx está transitando desde la filosofía a la crítica de la economía política y, por lo tanto, la necesidad de entender y estudiar la economía para poder criticar el capitalismo. Esta distinción no tiene continuidad en todo el desarrollo posterior del propio Marx porque él mismo no le da la entidad que el marxismo posteriormente le ha dado. Marx desarrolló una crítica materialista de la sociedad, pero esto no implica que no le diera importancia a los fenómenos culturales. En su primera etapa filosófica sí que hizo una gran crítica hacia el idealismo y las interpretaciones del mundo que se quedaban en lo religioso y cultural, ya que era la batalla intelectual de su tiempo. En definitiva, su objetivo era interpelar a todos los hegelianos de izquierdas, haciéndoles ver que el principal conflicto no era tanto el religioso-cultural, sino el económico encarnado por la lucha de clases y en la crítica a la ley del valor como medio de dominación social. A partir de este hecho, la izquierda marxista ha hecho una minusvaloración absoluta de todo el fenómeno cultural, hasta bien pasada ya la mitad del siglo XX.

¿Cómo se produce ese cambio de paradigma dentro del marxismo y qué papel juega la Escuela de Frankfurt en él?

Había una izquierda marxista que se basaba en un materialismo muy burdo y era incapaz de ver el capitalismo como un todo, donde la constitución material de la vida, la manera en que el sistema organiza las vidas a través de la economía, genera a su vez una cultura que tiene reflejo sobre la misma base económica, ejemplificado en la actual sociedad de consumo como traslación de la lógica económica al ámbito cultural. Me refiero a cultura y forma de vida entendido como todos los mecanismos sistémicos económicos. Ahora bien, son cuestiones que nosotros podemos separar analíticamente, pero que en lo que se refiere al acontecer de la realidad es un único elemento, porque, al fin y al cabo, vivimos cifrando culturalmente todas nuestras actividades al mismo tiempo que experimentamos esa cultura a través de nuestro hacer económico. Ahí se encuentra la virtualidad de la dialéctica, que intenta dar cuenta de todo. El problema es que eso estaba ausente.

La reacción de la Escuela de Frankfurt en los años 30 fue plantear: si falta análisis de la cultura capitalista, hagamos una crítica fundamental a la cultura. Lo que ocurrió es que no se entendió como lo que era, un intento de compensación con respecto a la izquierda de su momento. Se absolutizó como lo que había que hacer. Entonces ocurrió una cosa absolutamente paradójica, y es que a partir de ese momento la derecha se convirtió en la principal referencia en el campo del análisis materialista. La derecha lleva a sus hijos hoy a estudiar economía y derecho, los dos elementos funcionales para la reproducción sistémica y material del mundo. Mientras que la izquierda se encuentra en los departamentos de cultural studies. La izquierda es totalmente idealista en este sentido. El objetivo de la izquierda clásica era acabar con la desigualdad. Sin embargo, la izquierda actual posmoderna pone todo su foco en la cuestión de la identidad consignada como celebración de la diferencia y, además lo hace desde una posición muy ambivalente, pues critica la diferencia cuando ésta conlleva opresión. Pero, por otra parte, reivindica la diferencia de una manera muy ontologizadora, prácticamente esencialista. Esto supone una contradicción y acaba reproduciendo lo que desaprueba. Hace una crítica del esencialismo de la cultura dominante, pero luego acaba generando una reivindicación esencialista de muchos sujetos que, por su propia condición de minorías diferentes, presupone que llevaría en su seno una emancipación casi inevitable. 

La corrección política se ha constituido como un concepto sobre el que se han construido las nuevas derechas. ¿Qué hay de mito tras esta supuesta ‘dictadura de lo políticamente correcto’?

La cultura de lo políticamente correcto tiene su valor al haber defendido a sectores socialmente desfavorecidos. Esto es, defender que no se pueda hablar de la mujer de manera gratuita existiendo una situación asimétrica de poder en las sociedad heteropatriarcales, que no se pueda hablar mal injustificadamente de otras razas cuando son minoría y están estigmatizadas o que no se pueda hablar mal de los distintos grupos que representan diversidades sexuales cuando también sufren precariedad en cuanto a su representación social y la posibilidad de vivir sus vidas libremente, es algo socialmente beneficioso. Que haya un censura –entre comillas– ante posiciones que atacan a estos grupos en vulnerabilidad es positivo, pero cuando se vuelve un elemento que domina la vida pública, impide el pensamiento libre y se impone de manera burda y dogmática sin contemplación con la crítica –tan necesaria– incluso cuando proviene de los que defienden a estos colectivos, se vuelve un problema.  Unas posiciones que son socialmente justificables se esclerotizan y pierden su razón política. La defensa sectaria de sus posiciones, acaba por volverse en contra de ellas mismas, porque invaden la capacidad que ha de tener todo ciudadano de plantear problemas allí donde los ve. Si al final esas reivindicaciones se acaban viendo como imposiciones que no son razonables, termina por volverse en contra de la gente que las defiende y los grupos que sufren esa situación.  

El cinismo amoral, en mayor o menor medida, es una característica presente en el movimiento Alt Right. ¿En qué grado se puede responsabilizar a este cinismo de su triunfo político?

La cuestión del cinismo fue un elemento muy útil en los orígenes de la Alt Right, porque ese carácter gamberro les permitió llegar a grandes sectores de la población. Puede que éstos no tuvieran unas claves ideológicas muy asentadas pero esa actitud rebelde resultó ser muy atrayente. Eso lo podemos encontrar en la figura de los memes. Es la estrategia de comunicación de nuestro momento y para nuestra generación. Esto no se ha sabido leer en absoluto desde la izquierda, pues entiende que el medio y la forma son tan importantes como el mensaje. La izquierda se relaciona de una manera muy sagrada con la comunicación política, la Alt Right tiene carácter forocochero. Para ellos lo primordial es el objetivo y, el medio que utilices para ello no está preestablecido sino que lo modifican y adaptan sin reparos a un contexto concreto.

Hay una gran diferencia entre la Alt Right y la izquierda, tanto la clásica como la posmoderna. La derecha alternativa tiene un corto recorrido histórico, la izquierda por su parte sí tiene una amplia tradición y, concretamente, sin tocar poder desde hace muchas décadas. A lo que lleva esto último es a suplir esa falta de triunfo político tan continuado guardando una serie de apariencias políticas que al menos te recubran de dignidad. Esto hace que para la izquierda en general, las formas y la performance sean muy importantes. Cuando te vuelves formalista no puedes romper con esos elementos interpretativos, porque supondría romper con lo último que controlas y tienes. En ese sentido la izquierda no puede ser gamberra en su apariencia.

Contrariamente a lo formulado en la anterior pregunta, la izquierda actual parece ser incapaz de soltar el pesado lastre de la ingenuidad que constituyen el idealismo, el romanticismo nostálgico y el moralismo. ¿Es esto necesario para entender el fracaso cultural y la ineficiencia del proyecto político de las izquierdas?

Volver a pensar en qué consiste un programa de transición socialista y democrático es un requisito indispensable para tomar y alcanzar el poder

La izquierda lleva mucho tiempo sin tocar poder y sin saber para qué lo quiere. Desde un punto de vista ético sabemos para qué son nuestro fines, pero no en tanto racionalidad de gobierno. Tenemos una idea sobre la justicia social pero no sobre cuál es el modelo de sociedad que queremos implantar como alternativa al capitalismo. No sabemos qué haríamos si mañana tuviéramos las llaves de los gobiernos de turno. No tiene que ver solamente con tener un programa, sino con saber cómo aplicarlo y ejercer el poder con todas las cuestiones terribles que eso conlleva.

Existe actualmente cierta sensación generalizada de que la izquierda no tiene un proyecto ni serio ni realizable. 

En el siglo XX, todo aquél que era comunista era tildado de utópico, pero nadie dudaba de que éste, una vez en el poder, iba a implementar una agenda política bien conocida desde el gobierno. No eran considerados unos inútiles que no sabrían manejar la situación. Desde los años setenta, la izquierda se ha constituido como una ideología de oposición y eso supone que no se plantee qué haría si llegase al poder. Tener incidencia política no se consigue solamente desde la calle. Al final, debes tener un pie en la calle y otro en las instituciones. En el momento en que pierdes eso de vista y solamente tienes presencia en la calle, siempre estarás condicionado al marco político de quién ocupe el poder dando por hecho que no serás tú, lo que lleva a adoptar una posición reactiva. Esto crea una dependencia de gestos y como únicamente te queda eso, los acabas ritualizando. 

El gran valor que tiene la izquierda es el espíritu crítico que le lleva a movilizarse y a poner una barrera al poder, defendiendo los derechos al margen de éste. Pero ser también capaz de organizarse cuando la izquierda está en el poder es una actitud necesaria para evitar un institucionalismo que por otra parte también pondría en peligro las opciones transformadoras de la izquierda, no solamente ser críticos con la derecha, también con nosotros mismos. Volver a pensar en qué consiste un programa de transición socialista y democrático es un requisito indispensable para tomar y alcanzar el poder, pues la izquierda no conseguirá el apoyo de las mayorías sociales hasta que éstas encuentren que tiene un programa serio y riguroso alternativo a la derecha. Es una cuestión que no solo depende del discurso, como ha defendido Íñigo Errejón, porque a la gente le puedes contar cuentos hasta cierto punto, pero todo el mundo quiere certidumbre y no gestos.

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Kike Oñate (@kikeeonate) y Emilio Osende (@emiosende)

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Kike Oñate / Emilio Osende

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