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Reseña

Procesando a Guillem Martínez

Visto que las aguas están más calmadas y el procés ha dado paso al parlem os traemos una reseña sobre el libro de Guillem Martínez, `57 días en Piolín´

Juan Giménez Olavarriaga 11/07/2018

La boca del logo

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57 días en Piolín es el título del libro que acaba de sacar Guillem Martínez, con una recopilación de las crónicas publicadas en la revista CTXT  desde el 7 de septiembre de 2017 hasta el 25 de marzo de 2018; los días más convulsos desde el 23-F en Cataluña, seccionados entre el referéndum del primero de octubre, la brevísima proclamación de la república catalana y la intervención de la autonomía a través del artículo 155 de la Constitución.

El título alude a la famosa película 55 días en Pekín, superproducción dirigida por Nicholas Ray en el año 1963, que narraba, en tono épico, la resistencia de las potencias europeas en Pekín durante la revuelta de los bóxer a principios del siglo XX. Un poco como el asedio del Alcázar, pero con el glamour de Hollywood. Un poco también como el asedio del estado al desafío independentista. No acaban ahí las similitudes.

Piolín es “un canario de varios metros cuadrados, lo que acojona: te lo cuentan y parece de Stephen King”. El canario gigante que adornaba el barco donde se alojaron los 6.000 agentes desplazados a Barcelona y que se convirtió en una metáfora de la friendly violence policial. Inocente en su estética, amenazador en su formidable tamaño y capacidad coactiva. —¡Oh, qué lindo gatito!

La tesis de Guillem, desbrozada en las crónicas, sostiene que el proceso independentista ha sido un enorme aparato de propaganda, sin intención real de llevar a cabo una secesión territorial. El Gobierno catalán mantendría el referéndum “porque en cinco años es lo único que ha hecho. Lo hará confiando en que la represión suponga un cambio de perspectiva en la UE y un posible desbordamiento en Cat. Lo hará confiando, vamos, en que la sociedad haga algo que ellos no han hecho por falta de, por ejemplo, palabra dada, responsabilidad o valentía: resistir”.

Chicken game

La tesis de Guillem sostiene que el proceso independentista ha sido un enorme aparato de propaganda, sin intención real de llevar a cabo una secesión territorial

Una de las teorías más lúcidas de los motivos que llevaron a los líderes independentistas a declarar una independencia que no deseaban es por lo que Guillem Martínez llama, en tono irónico, el chicken game, expresión que ha popularizado a través de sus crónicas, préstamo de la película Rebelde sin causa. Una absurda competición automovilística donde pierde el cobarde (gallina-chicken) que frena el coche antes frente a un precipicio. Quien quede más cerca del abismo, gana (el último). Un error de cálculo y uno de los competidores se despeña en la frenética carrera (el penúltimo). O un error de ambos y se despeñan irremisiblemente. Game over. Pues bien: éste es el juego oculto que se traían los líderes independentistas: mientras que apostaban en público por declarar la independencia, confesaban en privado que no querían declararla, ni quedar como un cobarde ante su electorado. En consecuencia, se metieron en dos descapotables y jugaron el chicken game, intentando ser los últimos en abandonar el escenario de la independencia por un puñado de votos. Confiando en que uno de los dos renunciara en el último minuto. Despeñándose ambos por no frenar a tiempo.

Y, ¡oh, coincidencia!: el director de Rebelde sin causa y el director de 55 días en Pekín son la misma persona: Nicholas Ray. Cuando se rodó la famosa escena del chicken run, una de las protagonistas declaró haber visto una explosión atómica. Esa noche se hizo explotar en Nevada una bomba de 28 kilotones. Otra coincidencia catastrófica. Cataluña no es Los Ángeles. Nevada no es Madrid. Pero algunos vieron el resplandor en el cielo. Las vidas paralelas de los personajes del procés y de las películas de Ray se confunden y entremezclan como en una superproducción de Hollywood, donde no podemos deslindar realidad de ficción.

El ojo del corresponsal

Guillem vio la competición de coches lanzándose al abismo. Guillem vio el resplandor de la bomba de 28 kilotones. Dio fe de los hechos mientras sucedían. La crónica periodística no es un género fácil: hablar del presente en tiempo real de hechos –muchos– que suceden vertiginosamente; desplazarse donde se produce la noticia –del Parlamento a la calle, de la televisión a las redes–. Seleccionar la información relevante. Ponderación y volcado en crónicas lúcidas y puntuales –no hay tiempo– que permitan entender, desde el particular prisma del corresponsal, lo que está sucediendo en Pekín, con la ciudad literalmente tomada por las fuerzas del orden. Refuerzos de seguridad en todos los edificios oficiales y el ruido de las aspas del helicóptero vibrando en los interiores de todos los barceloneses mientras el pájaro sobrevuela día y noche la ciudad. “La sensación es que estamos en pleno XIX, con las baterías de Montjuic apuntando a la ciudad. (…) Como en el XIX, los barceloneses seguimos sin creernos que sea posible bombardear una ciudad por un problema de testosterona”.

Barcelona ha sido bombardeada en numerosas ocasiones a lo largo de la historia. Recordemos que tras los famosos hechos de 1714 se construye la Ciudadela, por si se vuelven a desmandar los barceloneses y hay que cañonearlos y sacar las tropas a sofocar cualquier revuelta. Más tarde, se construye el castillo de Montjuic. El gobierno de Espartero el 3 de diciembre de 1842 ordenó que desde el Castillo se bombardeara la ciudad durante doce horas seguidas, como castigo por una rebelión espontánea de protesta. Los enclaves cerrados y amurallados son espacios aislados desde donde se ejerce el secretismo y el control.

También en 55 días en Pekín las fuerzas extranjeras se repliegan en un fortín. Y la pérfida emperatriz china –que habla en haikus– adula al extranjero y alienta la rebelión, se parapeta tras los muros de la ciudad prohibida. La incomunicación de ambas culturas como telón de fondo. Piolín-fortín europeo. Palacio de la Generalitat-Ciudad prohibida. Y el pueblo chino, en medio.

Sorprende que Guillem Martínez pueda tener una visión tan lúcida de lo que está sucediendo tras todas las cortinas de humo que se lanzan desde las respectivas fortalezas. Releer a Guillem, confrontar la crónica de opinión, que suele caducar con la llegada del siguiente formato informativo (boletín, edición, programa) con la estabilidad de la interpretación certera, a través de las claves que permiten seguir el ritmo de la actualidad.

El proceso independentista habría sido una confluencia de unos líderes vendiendo humo y unas bases que no se sabe si están engañadas o les encanta que les mientan

“El proceso independentista habría sido, por tanto, una confluencia de unos líderes vendiendo humo (porque les sale muy rentable) y unas bases que no se sabe si están engañadas o les encanta que les mientan. Todo ello aderezado por una propaganda cursi y omnipresente y un juego que acabó llevándose a todos por delante: el chicken game”.

Por eso las crónicas de Guillem son en primer lugar relatos del presente que se sucede sin tiempo para la reflexión en un entorno extremadamente emocional. Envueltos en tensión de la que no puede escapar ni el cronista ni su público. En una guerra propagandística cruzada donde los mensajes deben ser decodificados y volcados de nuevo en párrafos numerados. Un párrafo, una idea. O una reflexión. O un apunte que sirva para contextualizar, para contrarrestar la propaganda, para arrojar luz y sentido. A vuelapluma.

Ante nosotros se narran los acontecimientos, ya históricos, como la proclamación de la república del suspiro y una descripción de los principales sucesos que se han producido entre crónica y crónica. Engarzados por la coincidencia geográfica y por la mirada de conjunto del autor. Datos, análisis e impresiones hilvanados a toda velocidad. Precisamente por este carácter fragmentario, hay que desestructurar la información. Recoserla, permitiendo la unidad entre sucesos absolutamente aislados.

Realidad y ficción

Hasta aquí el posicionamiento sobre el proceso, pero al guion le falta un elemento. No en vano, la película 55 días en Pekín se rodó en… ¡¡¡ESPAÑA OÉ OÉ OÉ!!! Y aunque no era una de las potencias protagonistas de la película, cuentan las malas lenguas que el régimen de Franco exigió (y consiguió) que ondease una bandera española junto con la americana, la francesa, la inglesa en una de las primeras escenas del largometraje. Un éxito de nuestra diplomacia, vamos.

Así que la película contó con numerosos actores españoles. Aunque, dado que la acción transcurre en China, tuvieron que reclutar las reservas de chinos disponibles en dos mil kilómetros a la redonda. Los restaurantes chinos de Lyon, Marsella o Londres estuvieron cerrados durante el verano de 1962. Esa era la España franquista, desde la que –necesariamente– se evolucionó hacia la Transición del 78. Y Guillem también tiene palabras críticas para el régimen del 78. Un estado que ha derivado hacia un nacionalismo autoritario, que desde Aznar ha visto cómo le compensa hacer política “contra” Cataluña y que está más preocupado por vencer que por convencer. Un estado que puede izar su bandera, pero que no puede hacer pasar a los extras por chinos sin cerrar todos los restaurantes europeos durante todo un verano. Un estado muy sensible a que tenga que izarse la bandera, y que podría estar retrocediendo en el respeto a la diversidad y la pluralidad de nuestro país, donde ahora sí, también hay chinos.

Por último, aún otro paralelismo entre la película de Nicholas Ray y la realidad procesista: el fin de sus protagonistas. El director y su principal estrella (Ava Gardner) estaban al final de sus días. Ninguno de los dos finalizó la producción. Ambos estaban devastados por el alcohol. Ava Gardner tuvo que ser finiquitada prematuramente. Sus borracheras le impedían rodar con normalidad cualquier escena. Ray, aquejado también de dipsomanía, no pudo acabar el film. Al final, los proyectos permanecen, pero puede que barran a sus protagonistas. Nadie es imprescindible. El guion puede modificarse sin problemas. Seguimos con la película, pero Rajoy y Puigdemont son, a día de hoy, irrelevantes.

Aunque todo esto me desvía del tema, que es hablar del excepcional libro de Guillem, cuyas virtudes he intentado glosar en este artículo. Me he limitado a hablar del fondo, pero también la forma merece dos apuntes. Su lenguaje pop, su fina ironía, su inconfundible impronta, permite una lectura divertida, relajada y distanciada –a pesar de su inmediatez– con los hechos. Un lenguaje directo, de tú a tú con el lector. Lo cual es siempre de agradecer.

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Este artículo fue publicado originalmente en el blog ¿No somos nadie?

Juan Giménez Olavarriaga es periodista por la Universidad de Navarra (1985-1990) y abogado por la Universidad de Barcelona. Actualmente se gana la vida como abogado procesalista y publica un blog.

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  1. pepa

    Es de agradecer que CTXT publique un artículo que de otro modo hubiera tenido poquísima repercusión. Un texto que, además de estar bien escrito, tiene la gracia de referenciar el libro de G.M. con dos buenas pelis. Hacer difusión de lo que invisibilizan la mayoría de medios (Amaia te has perdido dos libros de G.M. y algunos artículos) me parece muy acertado.

    Hace 3 años 3 meses

  2. Buenaventura

    "La sensación es que estamos en pleno XIX, con las baterías de Montjuic apuntando a la ciudad. (…)", porque los políticos no tienen, literalmente, nada más que ofrecer a su electorado que violencia contra otros ciudadanos.

    Hace 3 años 3 meses

  3. amaia

    La visión de Guillem Martínez en sus artículos sobre 'el procés' es buena, válida, lúcida, etc... y todas esas cosas que proclama el autor de esta reseña, pero es parcial y su teoría es un relato de capítulos maravillosos que obvian el origen desencadenante y al actor principal, el fallido Régimen 78 'psudodemocrático' y su bastarda Constitución.

    Hace 3 años 3 meses

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