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Un gran tenista que apenas se defendía con la raqueta. Un jugador de baloncesto que no existió. Un golfista que no pasaba de golfo. Algunas historias falsas que nos creímos

Marcos Pereda 1/08/2018

<p>The Third Eye de Lobsang Rampa. </p>

The Third Eye de Lobsang Rampa. 

Lungstruck

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En 1956 se publica en Inglaterra The Third Eye. El autor, Lobsang Rampa, es un lama huido del Tíbet tras la invasión china y terminó recalando en Europa. Aquel texto, que desvelaba muchos de lo más oscuros secretos del misticismo oriental, se convirtió pronto en un éxito mundial. El problema llegó al saberse que Lobsang Rampa en realidad era un inglés llamado Henry Hoskin, fontanero de profesión, que jamás había salido de su país y, básicamente, se inventó todo lo que supuestamente revelaba. A día de hoy no son pocos los pesados que te dicen, insistentemente, que tienes que leer a Lobsang Rampa porque cambiará tu vida, tío, te abrirá los chakras. Moraleja: no hay que creerse todas las historias.

Pues bien, en el deporte existen muchos, muchos Lobsang Rampa. Personajes que han hecho de la mentira su razón de ser y que, en algunos casos, alcanzaron cotas inimaginables para sus posibilidades. En otras ocasiones, el engaño consiste en presentar personajes que ni siquiera han existido. Bienvenidos a un repaso sobre los grandes fakes del deporte. Desde golfistas que no pasan de golfos, hasta jugadores de tenis con una historia de superación detrás (superación de los límites de la decencia, se entiende) o ases del baloncesto que tienen su punto débil en la inexistencia…

Basado en hechos no muy reales

El más reciente de estos casos es el de Darko Grncarov, tenista macedonio con una desgarradora historia detrás. De superación, de telefilme malo un domingo por la tarde. El niño al que su tío le regala una raqueta, el que sueña con alcanzar el profesionalismo, el que ve cómo su destino se trunca solo dos días antes de debutar entre los mejores. Mientras viaja a Turquía para su primer torneo Darko sufre un derrame cerebral y entra en coma. Lo siguiente que recordará es despertarse en un hospital. Han pasado seis meses.

Por mi parte solo me queda aplaudir a Darko: pudo haber sido un jugador mediocre pero se decantó por ser un golfo de primera

Parece imposible que vuelva a ser el que fue. Darko apenas puede andar, ha perdido la audición de un oído, sus movimientos son muy torpes en la parte derecha de su cuerpo. Los médicos son tajantes: jamás volverá a jugar al tenis al más alto nivel. Pero no desfallece. Entrena mucho, en secreto, y va mejorando. Hasta que los medios de comunicación se enteran de su inspiracional historia, y ésta se divulga. Todos están con Darko. Daaaarko, Daaaarko. Él, agradecido, declara que quiere llegar a ser Top-100, que la ATP lo ha invitado a jugar algunos torneos. Precioso. Lágrimas, abrazos, títulos de crédito. A lo mejor un Premio de la Academia. Solo que… Solo que la historia es falsa.

Jamás hubo tal derrame, jamás hubo tal viaje a Turquía. Por no existir ni siquiera existe una carrera como tenista, al menos a cierto nivel. Su historia como profesional es una mentira, una invención de alguien con mucha cara y poco talento que se la jugó con dos ases en la manga: la inocencia de la opinión pública (Serena Williams lo puso como modelo de superación) y la haraganería de medios especializados que no se molestaron en contrastar. Y oye, mira, funcionó. Salió en todos los sitios. Finalmente, fue otro medio, Slate, el que descubrió el engaño. Por mi parte solo me queda aplaudir a Darko: pudo haber sido un jugador mediocre pero se decantó por ser un golfo de primera.

Hay más casos. Maurice Filcroft fue más un golfo que un golfista, pese a que llegó a participar en algunos grandes torneos. Jugó el Open Británico de 1976 después de señalar en el formulario de inscripción que era profesional. Facilísimo. Su primer swing no alejó la bola más allá del metro y medio, terminó la jornada con una tarjeta de 121 en total. Ya ven, golferas de primera, como diría el gran Francisco Ibáñez. Y reincidente. Se inscribió otras cinco veces, en cuatro de ellas con pseudónimo. Fue suizo, conde alemán (Manfred von Hofmannstal) e incluso un inglés de ascendencia francesa. A veces llegaba a completar algunos hoyos antes de que lo descubrieran: bigote falso y gorrito…tampoco era un maestro del disfraz.

El jugador perfecto…pero con un pequeño problema

Enero de 1993. Bobby Knight lleva 22 años entrenando al equipo universitario de los Hoosiers de Indiana, pero jamás ha estado tan excitado con un jugador. Sí, es cierto, dice en una entrevista televisiva, hemos encontrado en Yugoslavia, en una remota aldea, a un tipo que va a trastocar la historia de nuestro deporte. Mide 2,07, es un base extremadamente habilidoso y vendrá a jugar con nosotros en unas pocas semanas. Se llama Renko, Ivan Renko, y todos los aficionados conocerán su nombre de aquí en adelante. Knight continúa. Conocí a Renko a través de un entrenador español que me habían presentado en Europa, hace un par de décadas. El chico está deseando salir de Yugoslavia. Y, pueden creerme, ha venido para cambiar el rumbo del baloncesto.

La locura. Un aficionado dice que se ha cruzado a Renko en el aeropuerto internacional de Indiana y que tiene hechuras de crack. Algunos expertos cuentan que contemplaron un partido suyo en New Hampshire y que, joder, es increíble. Clark Francis (citamos su nombre porque no creo que lea esto, así que no se lo va a tomar muy mal) comenta que ha visto jugar a Renko y oye, posee buenos conceptos, pero tampoco es para tanto. Francis pasa por ser, en aquel tiempo, uno de los ojeadores más importantes del baloncesto estadounidense. Knight continúa: el pico de mi carrera será poder entrenar a Ivan Renko, enseñarle todo lo que sé. Las expectativas eran enormes.

Ivan fue una invención suya, cuyo único propósito era reírse de los especialistas, de los plumillas de ojo crítico que no saben botar un balón.

Demasiado, claro. Knight empieza a dudar, y en las ruedas de prensa avisa. Los periodistas hablan demasiado de Renko, muchos halagos, el chico se va a volver blando. Es más, concluye, estoy pensando si ficharlo, porque creo que podría malograrse aquí, en este ambiente tan tóxico. Solo años después confesará la verdad: Ivan fue una invención suya, cuyo único propósito era reírse de los especialistas, de los plumillas de ojo crítico que no saben botar un balón. Y lo consiguió, vaya si lo consiguió…

Otro buen cuento es el de Eusebio Ariel Frodosini. Es el año 2003 y varios medios de comunicación españoles se hacen eco de una noticia cuyo origen es un foro de internet (aclaro, no es Forocoches, líbreme Baudelaire). O, mejor dicho, hubieran visto que ese era su origen si hubiesen rascado un poco la fuente, haciendo (ligeramente) su trabajo. El Unicaja de Málaga va a fichar a un ala-pívot argentino llamado Eusebio Ariel Frodosini. Buen jugador, polivalente, había ganado el concurso de mates de la liga argentina en la temporada 1999-2000 (en realidad lo ganó Walter Herrmann, ya ven qué fácil) y era extraordinario anotador. Un refuerzo de primera calidad. Se sucedieron las confirmaciones mediáticas a esta noticia e incluso cierto conocido especialista del balón naranja en una muy seguida radio española (joder, más fácil no se lo puedo poner al lector) “adelantó” el fichaje y analizó, aunque someramente, el juego del tal Eusebio. Cuentan, de hecho, que el origen de esta soberana historia estuvo en unas declaraciones del mismo experto años antes, cuando en antena, y para responder a la pregunta de un oyente, dijo no conocer a Shawn Marion (rookie en Phoenix Suns) elucubrando que quizá la cuestión era una broma, por lo eufónico del nombre. Ahí comenzó a fraguarse la venganza. Aclaro que esto último no he podido confirmarlo, pero me parece tan delirante que lo pongo por aquí, ejem...

El caso es que, nuevamente, Frodosini no iba a aparecer jamás. Era todo un bulo lanzado por un grupo de internautas españoles que se organizaron con otros aficionados argentinos y llegaron a elaborar artículos, fichas e incluso fotografías del tal Eusebio Ariel. Un tipo, otro más, llamado a marcar una época. Pena de su fragilidad con las lesiones. Y de su no existencia, vaya.

Ya ven. Lo importante es participar. O divertirnos. Eso siempre.

Autor >

Marcos Pereda

Marcos Pereda (Torrelavega, 1981), profesor y escritor, ha publicado obras sobre Derecho, Historia, Filosofía y Deporte. Le gustan los relatos donde nada es lo que parece, los maillots de los años 70 y la literatura francesa. Si tienes que buscarlo seguro que lo encuentras entre las páginas de un libro. Es autor de Arriva Italia. Gloria y Miseria de la Nación que soñó ciclismo y de "Periquismo: crónica de una pasión" (Punto de Vista).

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