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Por qué nos decepciona Philip Roth

Cómo leer a Philip Roth, sorteando los tópicos que rodean su obra

Luis López Carrasco 8/08/2018

<p>La visita al maestro (1978), Philip Roth.</p>

La visita al maestro (1978), Philip Roth.

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0. Un canon del siglo XXI

Mis lecturas de Philip Roth, iniciadas en 2006, siempre han estado condicionadas, como es natural, por la fecha de publicación en España (no acostumbro a leer obras en su idioma original), por la recomendación de algún amigo (en el caso de Roth siempre me lo han recomendado hombres) y por algunas reseñas elogiosas leídas en el suplemento cultural de algún medio generalista. Creo que este orden de prioridades ha sido el habitual entre los “aficionados a la lectura”, es decir, aquellos que no trabajamos en librerías o editoriales o no hemos tenido una formación académica reglada en estudios filológicos o literarios. Comento todo esto, aunque sea una obviedad, porque mis forcejeos, hallazgos, fracasos y deslumbramientos con Philip Roth han sido determinados por el modo en que un lector corriente construye (o construía antes de las redes sociales) su gusto. Es decir, a través de la novedad editorial, la publicidad, la prensa y el chismorreo.  

Si escribo este texto es porque he podido observar en bastantes ocasiones, entre amigos y conocidos (también aficionados o hasta asiduos a la lectura), la percepción de que Philip Roth, a diferencia de lo que la prensa expone, era un autor no solo sobrevalorado sino decepcionante. Y en unas cuantas ocasiones he compartido esta percepción. No me refiero a las expectativas sistemáticamente insatisfechas que causa en el público el exceso laudatorio de los críticos (desde hace veinte años las industrias culturales solo saben vender ejemplares a golpe de hipérbole), sino a lo que me parece un canon errado, que ha estimado como representativas obras a veces notables, a veces fallidas, pero en general poco inspiradas o desde luego no merecedoras de tan insistente elevación. Ese canon cultivado por la prensa española ha sido repetido con escasas excepciones en todos los artículos que han acompañado estos días a la muerte del autor.  

Este malentendido (llamémoslo así) proviene, a mi parecer, de dos ideas nucleares que se han empleado como comodín en cada preámbulo a un nuevo lanzamiento de Roth: el escritor transgresor y el escritor realista. No es que estas calificaciones sean en absoluto inapropiadas, pero han sido atribuidas automáticamente a obras que no considero como su ejemplo más adecuado, lo que produce lectores desengañados.  

1. Provocar y transgredir

Se suele considerar a Philip Roth como un escritor escandaloso, desvergonzado o impúdico. Denunciado, amenazado e insultado desde la publicación de sus primeros relatos en 1959, su obra chocó habitualmente con los sectores más conservadores de la sociedad de su tiempo, que la juzgaban sencillamente inmoral y peligrosa. Él mismo escribió: “En todo momento la misión de un escritor es forzar los límites de lo que la sociedad considera como admisible”. Estos días, de manera ciertamente predecible, he podido leer cómo muchos articulistas obsesionados con la “dictadura” de la corrección política, solemnemente preocupados por vivir tiempos de censura o post-censura a merced de tropas de indignados virtuales, celebraban una novela como La mancha humana (2001) como “la mejor de Roth”. Bajo esta óptica, la obra habría luchado con fiereza y valentía contra el puritanismo imperante en los ambientes universitarios de la era Clinton, asunto que como vemos es de pertinente actualidad para estos columnistas. Philip Roth se convertía así en prestigioso aliado de esa supuesta incorrección que tanto agrada al columnismo masculino ibérico de café, copa y puro. Un escritor de prosa on the rocks, venerable embajador de una hombría presuntamente amenazada.

el escritor transgresor y el escritor realista, estas calificaciones han sido atribuidas a obras que no considero como su ejemplo más adecuado, lo que produce lectores desengañados

La mancha humana goza de tal reconocimiento que muchos de sus lectores nos hemos iniciado en su obra con ella*. Si bien la novela se desarrolla con enorme destreza narrativa (la técnica y la habilidad de Roth nunca han decaído) y presenta la guerra de Vietnam y sus secuelas de forma indeleble, sugiero dejar de valorarla como una obra a tener en cuenta, no solo por su manifiesta irregularidad o la caricaturización ridícula de algunos de sus personajes, sino también por el discurso francamente pueril que encierra en su interior. Bien pensado, solo una sobresaliente aptitud narrativa podía dar fuelle a una trama que esconde una moraleja ramplona: un profesor sexagenario es expulsado de la universidad por un comentario racista y al final de la novela descubriremos que en realidad y muy secretamente es afroamericano. He podido constatar en demasiadas ocasiones cómo iniciarse en la narrativa del autor estadounidense con La mancha humana abortaba cualquier esfuerzo posterior. Si en sus obras mayores Roth es un autor decidida y temerariamente transgresor, en esta obra presenta su peor versión: el provocador superficial. El provocador busca el aplauso, el transgresor lo congela. Por otro lado ninguna novela que se precie de serlo encerraría una moraleja en su interior. En las obras más contundentes de Roth la moraleja ni está ni se la espera.

En otras ocasiones el paso del tiempo ha desdibujado el potencial satírico y polémico del libro original, sobre todo si trata de la descripción pormenorizada de fantasías sexuales. Es el caso de su primer gran éxito de público y crítica, El lamento de Portnoy (1969). Un judío neurótico en un diván de Manhattan se expresa sin tapujos sobre onanismo y relaciones sexuales, ¿les suena de algo? Recuerdo (este texto se compone de recuerdos) que la lectura de la novela me produjo una sensación paradójica: el reconocimiento de un tono que nos es familiar, del que adivinamos su potencial cómico y desestabilizador, pero que se nos ofrece deslucido y gastado. En ocasiones los libros nos llegan tarde. La novela de Roth fue tan sumamente rompedora y célebre en la fecha de su publicación que su influencia ha condicionado desde entonces lo que entendemos globalmente como “humor judío” y, por extensión, como humor hipondriaco urbanita. Se dice rápido pero es todo un logro. En España, por suerte o por desgracia, hemos conocido primero a sus herederos, por lo que la lectura de la también traducida como El mal de Portnoy se nos ofrece como una arqueología del humor: una colección de gags que nos sabemos ya sobradamente de memoria por las películas de Woody Allen y discípulos, desde Louie CK a la comedia madrileña. En todos ellos late el impulso pionero de la novela de Roth.

La tercera obra maestra que se suele sacar a colación para demostrar a Philip Roth como escritor procaz, desprejuiciado e insolente es El teatro de Sabbath (1995). Recuerdo esta descripción del hundimiento de un viejo libertino como un libro sorprendentemente flácido, anodino y, lo peor de todo, indulgente. Mientras esta novela ganadora del National Book Award y jaleada por Harold Bloom o Rodrigo Fresán me agotaba inexorablemente, llegué a pensar que el problema era mío: ¿sería una cuestión generacional? ¿Por qué esta antología de la autocompasión, de una obscenidad normalita e inofensiva, era un libro tan loado? Agradecería de veras alguna explicación. La futilidad del delirio senil de su protagonista parece haber contagiado a su autor y narrador, que se regodea en el patetismo de su fastidioso personaje principal con una sonrojante empatía. Tan solo los máximos ególatras disfrutan de su martirio, no en vano el martirio es la forma más sofisticada de narcisismo. La indiferencia que supone su lectura es más notoria ante un hecho innegable: su capítulo primero es absolutamente portentoso y conmovedor.

Hasta aquí el repaso de las decepciones. Como casi todos los reproches también éste es un acto de amor.

A Philip Roth le aparece un doble después de un proceso de depresión y despersonalización agudizado por la administración de un medicamento retirado posteriormente del mercado. No imaginen que este doble encarna una vaporosa fantasmagoría que nos conduce a oscuridades existenciales, todo lo contrario, es un personaje público que se encuentra en Israel impartiendo conferencias sobre el Diasporismo: una doctrina que promueve que los israelíes abandonen los territorios del Mediterráneo oriental para volver a sus países de origen en Europa. Este otro Philip Roth sostiene que una nueva diáspora, una vuelta a Europa (“su verdadero hogar”), es el único camino posible para los judíos. Este el punto de partida de Operación Shylock (1993), novela gigantesca, inteligentísima y endiabladamente irreverente protagonizada por el propio Roth, donde sí podemos encontrar a un autor impertinente, incómodo y prácticamente suicida. El narrador y personaje se zambulle sin contemplaciones en las contradicciones, traumas y puntos ciegos del Estado de Israel, la Primera Intifada y el Holocausto, con el convencimiento de que no hay ningún tema que la literatura no pueda explorar hasta sus últimas consecuencias. La falta de pudor con la que Roth interpela la memoria de los campos de concentración o la presencia de hebreos en la zona demuestra un compromiso ético que no duda en enfrentar y sacudir todas las certezas aceptadas por la sociedad judía y occidental. Metaficción lúdica (y precisamente por ello absolutamente grave), disfrazada de novela de espías, Operación Shylock es una farsa escrita con el estilo escrupuloso de un reportaje periodístico. Mientras busca a su problemático doble, Roth relata el juicio a John Demjanjuk (ucraniano nacionalizado estadounidense) por crímenes cometidos en el campo de concentración de Sobibor. Las crónicas diarias de este juicio son el contrapunto disparatado y terrible del Eichmann de Hannah Arendt. La confusión de unos testigos octogenarios, la superposición continua de relatos y olvidos, la absoluta imposibilidad de encerrar una verdad punible a través de la memoria y las palabras es el núcleo de este juego de espejos y personalidades múltiples donde el autor experimenta sin renunciar lo más mínimo a tomar acta de la realidad. Resulta llamativo que saliese ileso de una incursión en la que no ahorra dardos contra “la industria del Holocausto” y aquellos que piensan que la literatura de la experiencia es valiosa por el mero hecho de situarse en un territorio escabroso. La banalidad de unos diarios escritos en la Segunda Guerra Mundial no siempre es merecedora de publicación, parece decirnos. Este Roth que quebranta e importuna, que cuestiona todas las instituciones de su pueblo, es sin duda el autor transgresor que “fuerza los límites de lo que la sociedad considera como admisible”.  

2. Un realismo sospechoso

“Heredero de una tradición novelística realista de autores como Bellow o Malamud, a los que consideraba como sus maestros, que a su vez tenían a Henry Roth como precursor…”, creo que cito a José María Guelbenzu, pero podría estar citando a otros (como ya comenté, escribo este texto recordando impresiones de hace una década). Es indudable que podemos encajar a Philip Roth dentro de la tradición realista, sus facultades en ese sentido son asombrosas: sensibilidad, percepción, agudeza, una mirada atenta a lo cotidiano, compasiva a la vez que despiadada, una sutil imbricación entre el anhelo interior y la acción externa de sus personajes, un sobresaliente y medido equilibrio entre narración, descripción y discurso, además de ambición por capturar el espíritu de la sociedad de su tiempo. Dos de sus joyas (y probablemente las dos mejores obras con las que empezar a familiarizarse con su obra) se pueden considerar ejemplos procedentes de la tradición realista: Goodbye Columbus (1959) y Patrimonio (1991).

El inconveniente es que plantear el realismo (un realismo ortodoxo y prosaico) como un aspecto central de su producción restringe en exceso el trabajo de un autor que ha destacado también en la sátira alucinada, la fantasía y la metaficción. Otorgarle tanta representatividad a Roth como autor realista implica negar buena parte de sus logros o, peor aún, plantear como marginal o aledaño todo aquel libro que no se corresponda con el patrón de la constantemente recomendada Trilogía americana (Pastoral americana, Me casé con un comunista, La mancha humana). Sin embargo también ese patrón es engañoso. Es más, uno de los mayores peligros a los que se enfrenta quien quiera iniciarse en la narrativa de Roth es, me temo, Pastoral americana (1997). Esta novela, a la que se le ajusta perfectamente el calificativo de “magistral”, es lo suficientemente memorable, delicada y devastadora como para que la persona que se adentre en ella no quede defraudada. Sin embargo, algo le chirriará. Como si la novela se desafinase de vez en cuando. Dos escenas precisas del libro (bastante inolvidables para quien lo haya leído) son extrañas, inverosímiles. Sorprenden por su exceso, su bajeza y su crueldad, por la ruptura que operan en una obra donde el dominio del narrador se halla en tan evidente plenitud que un desliz tan grueso no parece obedecer al texto. Y no porque la historia de la familia Levov no contenga pasajes tenebrosos que su narrador nos describe sin piedad. No se trata de eso. Son dos escenas que parecen una ocurrencia, un capricho, y que a punto están de destruir la apariencia de verosimilitud, esto es, el realismo de la novela. Esas dos escenas sencillamente parecen pertenecer a otro libro. Quizá aproximarse a Pastoral americana como una obra decididamente realista sea un error.

La visita al maestro (1979) es la primera novela protagonizada y narrada por Nathan Zuckerman, el alter ego más productivo de Roth. Zuckerman, escritor primerizo, visita en 1953 a un legendario autor (inspirado en Bernard Malamud) y queda fascinado por una joven de origen enigmático que vive con él. A medida que avanza la narración descubrimos que la joven es Anna Frank, la verdadera Anna Frank, que consiguió sobrevivir milagrosamente al Holocausto, y que se convertirá además en un culpable pero entregado referente erótico para Zuckerman. En el tercer acto de la novela se deshace el engaño, el escritor alter ego había quedado tan subyugado por la atractiva idea narrativa de una Anna Frank de veintitantos años, que había decidido “hacerla realidad en la ficción” durante unas páginas. Realidades ficticias (o ficciones realistas) que, como todas las fabulaciones de Nathan Zuckerman, son posibilidades narrativas que se enredan, con efectos cada vez más incontrolables, en la vida cotidiana. La exploración de las posibilidades de la escritura para construir, destruir, reconstruir y remezclar relatos y personajes (con sus respectivas y maleables opciones existenciales) es el centro de una obra mayor como La contravida (1986): deslumbrante y virtuosa tragicomedia donde Zuckerman establece un inagotable juego metaliterario de narraciones contrapuestas con las que retrata el devenir histórico de las familias judías de clase media, la condición masculina ante la enfermedad, el deseo y la muerte, y la propia adicción del ser humano a edificarse con palabras para poder sustraerse por unos instantes a la experiencia de su realidad material. En La contravida el relato se teje y desteje mientras su narrador se interna en los universos alternos con los que sus personajes pueden fantasear. O, mejor dicho, el narrador usa a personajes indefensos para indagar a través de ellos en las infinitas variaciones y contradicciones del comportamiento humano: una densa red de palabras de la que le será muy complicado liberarse.

Precisamente porque Nathan Zuckerman será años más tarde el narrador de Pastoral americana es por lo que parece recomendable conocer el juego prestidigitador y la devoción por la fabulación incesante de este alter ego de Roth. Leer La contravida me parece un requisito fundamental para desentrañar una obra como Pastoral (novela que por otra parte admite perfectamente lecturas sucesivas). En realidad el propio libro nos pone sobre aviso: dado que Zuckerman nunca consigue que Seymour Levov, su protagonista, le relate su historia antes de morir y nunca llega a saber exactamente qué sucedió con su familia, el narrador decide “soñar una crónica realista”, no exenta de rigor histórico y psicológico pero en donde se filtrarán algunas de las obsesiones y deseos más oscuros de aquel que escribe. Pastoral americana despliega su riqueza cuando nos aproximamos a ella no solo como un sobrecogedor y furibundo retrato familiar y social sobre las heridas del sueño americano (algo que sin duda es), sino también como la elucubración interesada de un narrador que quizá represente lo opuesto al luminoso y noble Levov, y cuya motivación para relatar la destrucción de su protagonista sea más turbia de lo que el propio Zuckerman se atrevería nunca a confesar.

Como es lógico, Roth ha escrito muchas más obras relevantes e interesantes en su larga carrera, pero no completaría mi empeño sino propusiera esta bibliografía esencial (con su respectivo orden recomendado de lecturas):

- Patrimonio (1991).

- Goodbye Columbus (1959).

- Operación Shylock (1993).

- La visita al maestro (1979).

- La contravida (1986).

- Pastoral americana (1997).

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* Aunque las obras de Roth habían sido traducidas y publicadas en España a partir de la década de los setenta, será gracias al éxito de su Trilogía americana cuando su obra se pueda considerar plenamente disponible en nuestro país, gracias a una continuada y abundante edición en bolsillo desde 2005.

Autor >

Luis López Carrasco

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2 comentario(s)

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  1. Luis Miguel

    Interesante artículo. Me alegro mucho de que por fin alguien haya entendido que Nathan Zuckerman es el ejemplo perfecto de narrador no fiable. Pero no sólo en "Pastoral Americana" (un libro que no me gustó, la verdad) sino sobre todo en "La Mancha Humana". Éste último libro puede leerse como una inmensa fabulación y malinterpretación de la realidad por parte de Zuckerman. Así leído el libro es mucho más interesante, pero no he encontrado a nadie que lo haya entendido de esta manera: todos parecen creer que Zuckerman es un personaje totalmente neutral al que mueve sólo la búsqueda de la verdad. Ridículo, por supuesto.

    Hace 2 años 8 meses

  2. Víctor

    Impresionante análisis literario. Cero arrogancia, concreción, visión desprejuiciada. Enhorabuena. Si usted tuviese un blog de crítica literaria lo devoraría con gran placer. Un gusto haberle leído.

    Hace 2 años 8 meses

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