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MUJERES QUE SE VISTEN POR LOS PIES (III)

Sara Montiel, la señora entre las señoras

Ángeles Caballero 15/08/2018

<p>Sara Montiel. </p>

Sara Montiel. 

Luis Grañena

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“Hice todo lo posible para que se fijaran en algo más que mi belleza. Pero cantaba bien, era buena actriz y tenía un palmito maravilloso. ¡Es que lo tenía todo!”. María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Isidora Abad Fernández movía mucho sus manos, cuajadas de joyas y con unas uñas larguísimas pintadas de color verde, mientras pronunciaba estas palabras a sus 84 años en un documental emitido por TVE. 

Sara Montiel, Sarita Montiel, Saritísima, la manchega Universal, la española más guapa del mundo, la bomba latina, la voz de oro… le pusieron muchos motes y todos buenos. En mi casa era, sencillamente, una de esas mujeres por las que estaba prohibido cambiar de canal en cuanto aparecía en la televisión. 

Sara Montiel (Campo de Criptana, 1928) es el mejor escote que recuerdo, también el mejor joyero. Tan segura de sí misma, con 84 años y con 16, los que tenía cuando debutó en el cine con una película titulada Te quiero para mí. Luego vendría su primer papel protagonista con ese titán llamado Fernando Fernán-Gómez en Empezó en boda. Luego vino la insatisfacción, porque Sara quería más. 

Esa manchega de familia humilde que se mudó desde bien pequeña a Orihuela (Alicante), fue víctima de una alfabetización primaria en un colegio en el que las monjas le enseñaron más a coser que a pronunciar sílabas, aunque Sor Leocadia, sin saberlo, la puso en el foco de la música cuando la animó con las saetas. Esa manchega debutó como actriz sin saber leer correctamente y aprendiéndose los guiones de memoria. Fue la que vivió una historia de amor con Miguel Mihura, el hombre que la rechazó por la diferencia de edad entre ambos y la aconsejó que hiciera las Américas en una época en la que España era gris oscura casi negra. 

Y como Julio César llegó, vio y venció. En cuatro años hizo 14 películas entre México y Cuba. En 1951 adquirió la nacionalidad mexicana y por culpa del mal de altura del DF se alquiló una casa en Cuernavaca, donde conoció a Diego Rivera y Frida Kahlo. Sara, la de Campo de Criptana, siempre fue aspiracional, inconformista… les hizo creer a todos que la estaban cosificando y la que mandó fue siempre ella. “El público es mío”, dijo en muchas ocasiones. 

Una de esas películas rodadas en su etapa mexicana, Piel canela, le abrió las puertas de Hollywood. Como se las abrió a Imperio Argentina, mucho antes de que Penélope y Javier hubieran nacido. Allí también desplegó su magnetismo. Rodó Veracruz con Gary Cooper (“los ojos azules más bonitos que he visto, además de los de Greta Garbo y Conchitín, la hija de Concha Piquer”), Serenade y Yuma. Allí conoció a su primer marido, Anthony Mann, enlace que le hizo entrar por la puerta grande entre los grandes, Marlene Dietrich, James Dean, ese Hemingway que la enseñó a fumar puros. “No pasaba por allí, estaba en el meollo”, dice Pedro Víllora, que escribió sus memorias Vivir es un placer. “Una vez me preguntaron dónde estaba España y les respondí: sales de Nueva York, haces titititi todo recto y allí está”, cuenta ella. 

Sería absurdo reducir el triunfo de Sara Montiel a su apabullante físico. Pero es cierto que ella supo desde bien pequeña que una buena combinación de genes abre puertas. “Nelita, yo no soy buena actriz, pero mi belleza rompe esquemas”, le dijo a una de sus mejores amigas. También se cuenta que durante el rodaje de una película Sara acudió al estudio a grabar con un escote de vértigo. 

Director: “Pero Sara, ¿cómo vienes vestida así, si los figurantes van con ropa de invierno?”

Sara: “¿La gente quiere ver a esos o a éstas?”

Su perdición, dijo, fueron la comida y los hombres. Pero ni una cosa ni la otra le hicieron perder el rumbo de su carrera. Porque en pleno éxito en la meca del cine volvió a estar insatisfecha. Y volvió a España, esa España que aún no había visto los colores de la democracia. Rechazó la fama en Hollywood porque en España le esperaba la gloria. Con dos películas, La violetera y El último cuplé, y con un contrato que la convirtió en la actriz mejor pagada del mundo por encima de otros ojos que no eran azules sino violetas, los de Liz Taylor. Y un segundo marido al que abandonó a los pocos meses porque quería que dejara de trabajar. Qué osadía, pedirle eso a Sara. Qué torpeza. 

Tocó el cielo del éxito y llegó a actuar en la Unión Soviética en plena Guerra Fría en 1965. Pero a ella, que se jactaba de pasar el día “con las domingas fuera”, la que cantaba “la que practica la ingenuidad, de todo lo que tiene, enseña la mitad”, se encontró con el destape. “Así no llegas a nada, Antonia; este cine no es para ti, nena”, declaró. Así que se retiró en 1974, con el cuerpo del dictador Franco aún entre nosotros. Quizá porque ganó insinuando y triunfó susurrando en una época en la que las dueñas de la copla cantaban a amores desgarrados, mientras ella cantaba a la picardía.  

Dejado el cine con 46 años se hizo empresaria, en una época en la que los periódicos aún no habían pronunciado la palabra emprendedor. Porque siempre ha sido la mujer más moderna de sus épocas. Recorrió España con una compañía a la que llamó Sara Montiel en persona, grabó un disco en 1988 con canciones de Sabina, Nacho Canut y José María Cano, le dieron la medalla de Oro de la Academia de Cine en 1997, en un discurso en el que recordó que merece la pena esperar y que acabó con un: “Y nada, que soy una gilipollas”. 

Con 81 años, la señora entre las señoras, con cuatro maridos a las espaldas y un buen puñado de amantes y películas, grabó con Fangoria la canción Absolutamente; con 84 años volvió a Estados Unidos, pero esta vez a recibir homenajes, como el que le dieron en el Instituto Cervantes, y en el que acabó, puro en mano, cantando Fumando espero

Murió a los 85 años un 8 de abril, igual que su adorada María Félix. En el obituario que publicó The independent la definieron como “spanish film star who conquered Hollywood in the 1950’s”. Se estaba preparando un homenaje en la edición del Festival de Cine de Berlín. Qué bueno que viviste, Antonia. 

Autora >

Ángeles Caballero

Es periodista, especializada en economía. Ha trabajado en Actualidad Económica, Qué y El Economista. Pertenece al Consejo Editorial de CTXT. Madre conciliadora de dos criaturas, en sus ratos libres, se suelta el pelo y se convierte en Norma Brutal.

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