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Una feminista que ayuda a los refugiados

Cada vez más refugiados pasan por Montenegro en su intento de llegar a Bosnia-Herzegovina y luego a la UE. En Pljevlja, en el norte del país, la asociación feminista Bona Fide, dirigida por Sabina Talović, es la única que les presta ayuda

Jean-Arnault Dérens / Laurent Geslin Montenegro , 15/08/2018

Mikhail Evstafiev

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“Desde el 4 de febrero, 752 personas han dormido en esta casa”, dice Sabina Talović. La casa en cuestión, una modesta vivienda con tres habitaciones en el piso superior, alberga la única asociación feminista de Pljevlja, una ciudad industrial atrapada entre las montañas del norte de Montenegro y muy cerca de las fronteras de Bosnia y Herzegovina y de Serbia. Este no es solo el único lugar en el país que ofrece alojamiento, comida y ducha caliente a los refugiados, sino que la casa se ha convertido a la vez en una verdadera torre de control para aquellos que se dirigen a Europa occidental. Los teléfonos de Sabina y su hija Azra no paran de sonar. Por Facebook y Viber, los que han pasado por aquí envían sus noticias, informan también sobre aquellos con quienes se han cruzado en el camino. Así, hoy se ha sabido que Hamid y su esposa embarazada de ocho meses habían llegado a Italia y que quieren cruzar la frontera suiza; que Seyd, su esposa y sus seis hijos, procedentes de Bagdad, que habían estado bloqueados durante un mes en Velika Kladuša, en el extremo noroeste de Bosnia-Herzegovina, intentarían cruzar la frontera croata por la noche.

Un poco más tarde es Mustafa quien llama; es un niño sirio de 15 años que salió de Alepo hace tres años. Devuelto una y otra vez, algunas golpeado por la policía, cruzó las fronteras de los Balcanes por la noche, escondiéndose en los bosques o las montañas, pero nunca pudo ir más allá de Croacia. En mayo regresó a Turquía con la esperanza de encontrar a su padre, pero ya se había ido a Dinamarca. Mustafa volvió a ponerse en camino y está a punto de cruzar la frontera entre Grecia y Albania, pero esta noche está bajo de moral. “Mamá Sabina, no he visto a mi madre desde hace tres años”, dice, alternando risa y lágrimas. “Vuelve pronto, te estamos esperando aquí”, responde Sabina. “Algún día llegarás a Europa y mamá Sabina irá a verte”. La conversación prosigue, alternando un poco de inglés y las pocas palabras de serbocroata que Mustafa ha aprendido.

La noche pasada solo una joven pareja siria de Idlib ha dormido en la casa con dos bebés de trece y tres meses, nacidos en Turquía y Grecia. Después del desayuno, tomaron el camino hacia la vecina Bosnia. Un taxi local había prometido llevarlos a Sarajevo por 800 euros. “No le paguen antes de llegar”, les dice Sabina, mientras murmura: “Sé que les van a engañar…” En efecto, los viajeros llamaron unas horas más tarde: les habían dejado en una aldea perdida, a quince kilómetros de las fronteras de Bosnia, donde se encontraron con una docena de compatriotas. Al menos se negaron a dar la suma acordada, y pagaron solo 80 euros. El grupo de sirios tiene la intención de continuar la ruta a pie. Alrededor de las 4 de la tarde se supo que habían sido arrestados por la policía montenegrina, pero fueron liberados. Desde entonces, sin noticias.

Los refugiados/migrantes logran habitualmente cruzar la frontera de Bosnia, atravesando los bosques y valles desiertos de Bukovica, pero el peligro está un poco más lejos: muchos son detenidos en las afueras de Čajniče, una pequeña ciudad de la República Srpska, la entidad serbia de una Bosnia-Herzegovina que sigue dividida. “En Čajniče, la policía ha recibido órdenes de bloquear a todos los que pasan... Los refugiados son golpeados y deportados a Montenegro. Los veo regresar dos o tres días después de su partida”, dice Sabina. Si logran evitar ese obstáculo, deben llegar a la ciudad de Goražde, que depende de la Federación croata-bosnia, la otra entidad del país. Desde allí pueden tomar un autobús hasta Sarajevo, donde obtienen un salvoconducto que les permite permanecer temporalmente en el país. Pero llegar a Goražde desde la frontera significa recorrer unos 50 kilómetros de montaña.

Sabina Talović pertenece desde 1992 a la Red de Mujeres de Negro, un grupo feminista, pacifista y antifascista. Durante la guerra en Bosnia y Herzegovina, mientras los líderes de Montenegro eran leales aliados de Belgrado, Pljevlja era una base de retaguardia de los nacionalistas serbios. “Las milicias desfilaban en la ciudad y los tanques que iban a Goražde pasaban por debajo de mis ventanas”, recuerda Sabina. La ciudad tiene una importante minoría musulmana bosniaca, pero Sabina y su padre fueron los únicos que se atrevieron a salir a la calle, agitando una pancarta contra la guerra delante de la columna de tanques. Cuando terminaron los combates, Sabina abrió el único centro de acogida para mujeres y niños víctimas de la violencia doméstica en el norte de Montenegro. Es la misma casa que ahora acoge a los refugiados.

“Una persona de nuestro grupo de activistas vio al primer grupo de doce sirios que acababa de bajar en la estación de autobuses, el 4 de febrero; estaban agotados, ateridos de frío”, recuerda Sabina. Decidió entonces llevarlos a su piso porque sabía que nadie más les prestaría ayuda”. Desde entonces el número de exiliados que vienen a encontrar un poco de confort y a dormir una noche, una semana o dos en Pljevlja no ha parado de aumentar, a medida que esta nueva ruta de los Balcanes, que enlaza Grecia con Bosnia-Herzegovina a través de Albania y Montenegro ha ido ganando importancia. “No tenemos ayuda, no hay subvenciones. La Cruz Roja local me dio una caja de galletas incomestibles con fecha de 1992 y el ayuntamiento tres vales de compra de 50 euros…”. De modo que son un puñado de voluntarios los que aportan dinero, traen queso, huevos de sus gallinas o verduras de sus huertos. Todos los días Azra hornea pan porque sería demasiado caro comprarlo. En la ciudad, más de una tercera parte de los habitantes están en paro y los mejores salarios no superan los 500 euros al mes. La llegada de refugiados representa, sin embargo, una bicoca para un puñado de taxistas. “Todos están relacionados con la policía, el ayuntamiento y el partido DPS, del presidente Đukanović”, se revuelve Sabina. “Incluso las mezquitas permanecen cerradas para los refugiados. La comunidad islámica tiene miedo de molestar a las autoridades”.

Un día tras otro Sabina pone cuatro o cinco lavadoras, mientras coordina el pequeño equipo de voluntarios que ayudan con las tareas domésticas. “Las noches en que había 30 personas, todas dormían en sábanas limpias. Es un detalle nimio, pero contribuye a devolver a cada cual su dignidad como ser humano”, relata.  Mientras enciende un cigarrillo tras otro y bebe café tras café, Sabina responde a los mensajes e intenta reconfortar a quienes la llaman desde todos los rincones de los Balcanes, tratando de encontrar la casa de un amigo para uno en Bosnia, un médico en Zagreb para una mujer que está a punto de dar a luz... “Afortunadamente, tenemos nuestras redes, redes horizontales que no necesitan organizaciones estructuradas o subvenciones internacionales, pero que reúnen a personas de confianza. ¡Durante la guerra, Dios sabe cuántos desertores serbios he alojado en mi casa!”

______

Esta artículo se publicó en Le Courrier des Balkans el 21 de julio 2018. Traducción de Martín Alonso Zarza.  

Le Courrier des Balkans ha lanzado una campaña de ayuda para colaborar. 

Autor >

Jean-Arnault Dérens / Laurent Geslin

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