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El país de las mil fiestas (IV)

Facebook desencadenado

Lo bueno de las fiestas de tu pueblo es que estás de vacaciones y ves a todo el mundo. Lo malo es exactamente lo mismo. Es como si Fb se convirtiese en el mundo real, con multitud de eventos a los que efectivamente acuden los que clican en 'asistiré'

Xosé Manuel Pereiro Monforte de Lemos , 22/08/2018

<p>Recinto ferial, en Monforte de Lemos.</p>

Recinto ferial, en Monforte de Lemos.

Isa Romero

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“A las fiestas de dónde eres hay que ir siempre. Nunca sabes si un día te vas a presentar a concejal”, decía un amigo y paisano mío. No creo que Julia Otero tenga en sus planes inmediatos figurar en ninguna lista en las elecciones municipales de Monforte de Lemos (Lugo), su ciudad y la mía, pero desde luego no se pierde ninguna desde que se fue a los tres años a Barcelona. Lo de Julia viene a cuento, porque lo normal a la hora de contar una fiesta es comenzar por el pregón, cuando el pregón no corre a cargo de un famoso cualquiera calzado a lazo-caché, sino alguien más (como en este caso) o menos (como en otros) relevante relacionado con el lugar pregonado. En resumen, la periodista gallego-catalana fue la pregonera de las fiestas de Monforte 2018, cosa que me viene al pelo, porque definió perfectamente lo que viene siendo un acontecimiento de estas características en esta parte del mundo. 

Lo característico, por ejemplo, es que hable primero el alcalde. No tanto como el de Vigo, Abel Caballero, que abre los desfiles de los Reyes Magos o se sube al escenario en un concierto de Maná, pero el de Monforte, José Tomé, correligionario suyo, se consideró en la obligación de recordar que eran las últimas fiestas antes de las elecciones municipales del año que viene, la paridad de los monfortinos y monfortinas que realizaron el pregón en la legislatura (la actriz Fiorella Faltoyano, el director de cine Dani de la Torre y el presentador José Manuel Parada) y pedir el amparo a la Virgen de Montserrat. Lo de la virgen de Montserrat merece una explicación (la petición de amparo quizá también, pero no soy yo quien debería darla): la virgen con sede en la montaña catalana es la patrona de Monforte, por razones que desconozco. No sé si por la coincidencia en el prefijo Mon- que indica “monte” en los dos casos, o más bien por decisión personal de algún abad del Monasterio de San Vicente que preside el valle. No dudo de la devoción de la mayoría de los monfortinos por su patrona, pero haciendo un esfuerzo de memoria, solo localizo en la relación de amigas y conocidas a una Montse oriunda. 

Julia Otero, al término del pregón de las fiestas de Monforte. Isa Romero

Julia Otero, al término del pregón de las fiestas de Monforte. Isa Romero

No me acuerdo de los anteriores pregones (o directamente no fui, no soy muy devoto del género), pero el de Julia no fue una faena de aliño. Se identificó como emigrante –“26 de cada cien españoles que emigraron en el siglo XX y que levantaron con sus divisas este país eran gallegos, y sus ahorros fueron a industrializar regiones más ricas, a las que además después tuvieron que ir como mano de obra”– y como gallega –“sé que lo soy porque cuando viene gente a comer o cenar a casa preparo el triple de comida de la necesaria”. Pero, sobre todo, describió lo que eran las fiestas patronales en el hogar de los Otero Pérez (catalanes aquí, gallegos allá): “la casa llena de gente, comida desde las dos hasta las siete, los hombres sentados y las mujeres lavando platos porque la vajilla de loza no alcanzaba para tantos ni con el refuerzo de los platos de duralex, aquel nuevo invento”. Esa es la clave. Monforte es la capital de la Ribeira Sacra, un destino turístico, cultural-paisajístico-enológico en alza, pero los distintos acentos que se oyen en las calle abarrotadas estos días no son principalmente de turistas. Buena parte los emiten los descendientes que ahora residen en Madrid, en Barcelona, en Bilbao. Se reconocen porque van en grupo, mezclados con parientes locales, y carecen de esa mirada giróvaga –y de las cámaras fotográficas– que caracterizan a los visitantes ocasionales. También se oye mucho más gallego que el habitual (38%, en datos de 2011): los cada vez más escasos habitantes del rural circundante, que no suelen perder una ocasión festiva.

No es únicamente una impresión personal, la ciudad no tiene la capacidad hotelera para alojar a semejante marabunta (con perdón), o sea que la capacidad de acogimiento de las viviendas de Monforte y alrededores se multiplica para adaptarse a las necesidades de la fecha, como la vajilla en la casa de los Otero Pérez. Lo de la marabunta no es una invocación en vano. No eran hormigas, como en la película de aventuras, pero la riada de gentes que asaltaba los bares los dejaba sin tapas a las nueve de la noche, para irritación de los indígenas, que en verano, y más en fiestas, acostumbran a trocar la cena formal por un errar de barra en terraza picoteando aquí y allá. Obviamente, lo de preparar el triple de comida de la que previsiblemente se necesita es una costumbre en extinción, o ni siquiera el triple alcanza a saciar la nostalgia alimentaria de los oriundos o el ansia de experimento gastronómico de los visitantes. 

En las fiestas de verano, como en las semanas culturales de otoño, las jornadas lúdicas de primavera, o las programaciones de asueto invernal, hay una agenda repleta de actividades: teatro/magia/música para los niños, actuaciones musicales no mainstreampara públicos especializados, gaiteiros deambulantes, paseos nocturnos en barcas engalanadas, fuegos de artificio en el Castillo o en el río, conciertos multitudinarios de figuras nacionales en la enorme explanada del Campo de la Compañía, con un escenario a cada lado para no perder el tiempo cuando acaba un concierto y empieza otro… Un no parar. Pero lo que distingue a una fiesta-fiesta de otras realizaciones del ser humano programador cultural/concejal de festejos son las atracciones. Si estás entre los cinco y los diecisiete años, o tienes a tu cargo a alguien en esa franja de edad, te dejarás la paga/sueldo y prácticamente acamparás en ellas. El Pulpo (o el Saltamontes, o el Canguro, un artrópodo mecánico que te eleva y te baja, te sacude adelante y atrás y pone a prueba la elasticidad de las articulaciones de los menores de 20 años). El Jumanji (una paellera oscilante que sirve para amontonar adolescentes y arrojarlos los unos contra los otros, físicamente, de forma aleatoria). Los coches de choque, que hacen saltar a los niños los dientes de leche y los móviles a los incautos adultos que se suben. Los barcos piratas, los trenes del infierno… 

Toda una serie de artefactos resultado de cruzar el inocente tiovivo con bombas extractoras de petróleo e invenciones de un Disney lisérgico, y con la potencia de sonido (cada uno) de un cazabombardero Harrier despegando. El sustituto en estos tiempos modernos de los castigos físicos y el trabajo en las minas para los infantes, y de la travesía del Atlántico en velero o del viaje en coche de caballos por terreno abrupto para jóvenes y cadetes. Hace años, en A Coruña, una atracción dejó a los que se habían embarcado en ella más de media hora boca abajo, a considerable altura. Hubo vómitos, mareos y los consiguientes reportajes. El propietario contaba que en las fiestas a las que fue después, había muchos que le pedían repetir aquella experiencia de murciélagos a la fuerza. Yo me subí a una noria en el verano de 1982 y pongo a dios por testigo que nunca volverá a pasar por ello. Desde pequeños, mis hijos saben que esas son de las experiencias de la vida a las que se tienen que enfrentar solos. 

Foto: Isa Romero

Foto: Isa Romero

La familia Lerma lleva tres generaciones como feriantes, “o cuatro, con mi hija”, dice Esteban, que tiene 29 años, y es el encargado del Canguro. “No es mío, es de mi padre, yo tengo un scalextric, le llamamos así a los coches de choque. En cuanto mi hija sea mayor, le compraré una atracción para que viva de ella”. Los Lerma empezaron esta temporada en febrero, en el Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo y harán, hasta octubre, “unas 22 o 23 ferias, siempre por Castilla y León y Galicia. El invierno lo dedicamos a repintar y a revisar las atracciones”. Esteban lleva con él, en la caravana, a unas siete personas. “Claro que notamos la crisis, pero en Galicia mucho menos, se nota que no vive tanto de la construcción. ¿Si estamos contentos? Bueno, es cansado, pero no conocemos otra forma de vida, caballero”. Vladas sí que la conoce. Hijo de francesa y venezolano, guarda, solitario, uno de esos futbolines en los que se impulsa un disco sobre una superficie lisa, con la fricción disminuida por un flujo de aire. Lleva dos de esos aparatos “y las gomas” (dice, señalando una atracción mezcla de cama elástica y arnés también elástico) por cuenta de un empresario. “En invierno estoy en Porriño, y recojo cartones. Se hace bastante dinero con el cartón”. [Hay un excelente documental sobre la vida de los feriantes, Tralas luces (Detrás de las luces, 2011)].

Vladas, con uno de los aparatos que gestiona. I. R.

Vladas, con uno de los aparatos que gestiona. I. R.

Por fin, todo lo bueno se acaba, o no hay mal que cien años dure. Cinco días después del chupinazo oteriano, la cosa remite. Paulatinamente, dejas de encontrarte con el Facebook en vivo: compañeros de estudios que se habían ido a las quimbambas, parientes igual o todavía más lejanos, vecinos que te suenan de algo… Se puede ir andando por las calles del centro sin tener que ir driblando gente por suelto o en grupos, y  los sobreexplotados caladeros de tapas empiezan a recuperarse. Respiras. Y empiezas a echar de menos las fiestas del año que viene y a especular a ver si traen a actuar a alguien que valga la pena. 

Autor >

Xosé Manuel Pereiro

Es periodista y codirector de 'Luzes'.

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