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TRIBUNA

Republicanismo frente a populismo en el debate de la izquierda

La ‘idea socialista’ es la que puede permitir un republicanismo en el que la radicalización de la democracia, sin la confusión de las derivas populistas, sea real

José Antonio Pérez Tapias 22/08/2018

JOHNHAIN

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Hace ya algunas décadas, Habermas, ante el desmoronamiento del muro de Berlín, con todas las consecuencias que arrastró, habló de la “necesaria revisión de la izquierda”. Él mismo se aplicó a ello invitando a repensar el socialismo como “radicalización de la democracia”. El proyecto que realizaron los regímenes comunistas había fracasado, por ineficacia económica, por penurias sociales y por atasco en situaciones antidemocráticas –totalitarismo extremo en el caso del stalinismo. La socialdemocracia, por su parte, que tuvo su edad dorada en la época en que, tras la II Guerra Mundial, cuando en determinados países del centro y norte de Europa, pudo llevar a cabo con éxito la construcción de un Estado de bienestar, también se vio afectada por los “cascotes del muro de Berlín” que cayeron sobre ella. Con imagen tan expresiva describió Habermas la situación de crisis en la que entró, no porque fuera responsable de las miserias de los regímenes comunistas, sino porque la caída de éstos la dejaba en mala situación ante el empuje neoliberal, acentuado en la Europa del este al calor de las “revoluciones conservadoras”. La adaptación al nuevo contexto supuso una claudicación en toda regla por cuanto la socialdemocracia se doblegó al paradigma que el neoliberalismo impuso como dominante. La ‘tercera vía’ de Blair fue claro ejemplo de ello. La socialdemocracia quiso mantener políticas redistributivas, renunciando a una política económica propia. No pudo generar nuevas propuestas una vez que se perdieron las condiciones en las que pudo llevar a cabo su proyecto social, entre otras, la capacidad de incidir políticamente en un mercado nacional –luego rebasado– y la imposibilidad de articular políticas públicas desde un sólido pacto social. La globalización del mercado capitalista internacional dejó descolocada a la “socialdemocracia clásica”.

Las izquierdas vinculadas de una forma u otra a la tradición socialista intentaron reconstruir su proyecto político en el nuevo contexto dado por el proceso de globalización. El movimiento altermundialista retaba a ello y añadía nuevas exigencias a las planteadas por los movimientos sociales que propugnaban una nueva política: pacifista, ecologista, feminista, indigenista… –muchos de ellos herederos de los acontecimientos del 68. Las respuestas más incisivas se dieron en Latinoamérica, pretendiendo lo que incluso se presentó como “socialismo del siglo XXI”. Explícita en ese sentido fue la “revolución bolivariana” en Venezuela, como la construcción de un nuevo Estado plurinacional en Bolivia, a lo que se añadía la nueva política de Correa en Ecuador o el exitoso recorrido del Partido de los Trabajadores en Brasil, con Lula en la presidencia. Todas esas realizaciones incorporaban elementos nuevos en su teoría y en sus prácticas, alejándose del modelo cubano y tomando en cambio como modelo “remoto” la revolución democrática que se pretendió en Chile por la Unidad Popular de Allende. El contexto de globalización –totalmente distinto del que implicaba el conflicto de bloques en la Guerra Fría– y sujetos políticos recién emergidos –comunidades de “pueblos originarios”, por ejemplo– obligaron a nuevos enfoques. Aun con todo, en muchos de esos casos, una “antirrevolución” generada desde dentro –a diferencia de las contrarrevoluciones que hay que enfrentar– ha conducido a algunos de esos procesos a un callejón sin salida. En otros casos, la presión neoliberal y conservadora, activando nuevas modalidades de “golpes”, ha desalojado del poder a las fuerzas con pretensiones transformadoras –caso de Brasil.

En Europa, por otro lado, la crisis de la socialdemocracia no se ha remontado. Nuevos movimientos sociales han dado lugar a importantes cambios políticos, como el 15M en España, pero con dificultades para cuajar en alternativas consolidadas. Por el contrario, ante unas izquierdas divididas y con escasa capacidad de respuesta, los nacionalismos xenófobos y excluyentes ganan terreno y crecen en apoyo electoral, con lo que supone de serias amenazas a la democracia.

Es en ese panorama complejo y heterogéneo en el que han resurgido con fuerza las políticas populistas. En torno a ellas hay que recoger varias observaciones que pueden estar en la mente de todos. La palabra “populismo” sirve constantemente como término para descalificar a adversarios políticos, usándose en múltiples direcciones. En tanto se usa así, el término queda neutralizado como descriptor efectivo, pero eso es lo de menos, pues lo de más es que tal intercambio de acusaciones precisamente confirma el populismo de muchos, contribuyendo a ello el que la misma palabra se vea vaciada de contenido para ser utilizada con el máximo de carga emotiva, convirtiéndose en compañera de viaje de la “posverdad”. No obstante, no resulta ser del todo un “significante vacío”, pues lo que sigue siendo anclaje de ese mismo uso es que se señala populismo donde hay un discurso demagógico que apela a emociones más allá de razones y busca eco socialmente transversal interpelando a una sociedad a la que invita a verse como pueblo –lo que no deja de alentar reacciones ultranacionalistas. La divisoria de la fractura señalada puede ser la que se traza entre el pueblo y “la casta” (oligarquía política, por ejemplo), o entre nosotros y “los otros” –inmigrantes, como estamos viendo desde Trump en EE.UU. a Orbán en Hungría o a Salvini en Italia.

Ocurre, sin embargo, que más allá de ese arrojarse el populismo entre quienes ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, resulta que el populismo se rescata no sólo como objeto de análisis, sino como propuesta de acción política. Esto último obliga a quienes así proceden –destaca Carlos Fernández Liria con su libro En defensa del populismo– a tratar de diferenciar claramente entre un populismo de derechas y un populismo de izquierda, aunque ello se haga a la vez incurriendo en contradicción al decir que el eje derecha-izquierda ha perdido relevancia. Es de cara a tal demarcación que resulta de singular relevancia la obra de Ernesto Laclau, cuyo libro La razón populista es una obra de referencia. Sus méritos para ello son sobrados, pues su autor hace un análisis exhaustivo de lo que llama la “lógica populista” como dinámica que no sólo funciona en determinados contextos –muy en especial cuando se da fuerte crisis de la representación política con la consiguiente erosión de las instituciones democráticas–, sino como lógica constituyente de lo político. Dicha lógica apunta a la conformación de un “pueblo” como sujeto político, a partir de la plebs o masa plebeya que no ve satisfechas sus “demandas democráticas” y, de la mano de un liderazgo fuerte con una potente capacidad retórica que moviliza emociones, pasa a sostener una “demanda popular” capaz de aglutinar en torno a ella las expectativas de reordenación política de la realidad social. El paso necesario es ganar la suficiente hegemonía utilizando los significantes (“vacíos”) adecuados para galvanizar a la mayoría social que se opone a la minoría hasta el momento dominante y con dicha hegemonía, articulando demandas y sectores sociales diversos, dar solidez al proyecto político que se presenta.

Con todo, Laclau –que explicita que es la realidad del peronismo desde la que piensa el populismo–, al acierto en el análisis de procesos en los que el populismo cuaja, añade el asumirlo y presentarlo como contenido programático. Es de ese lado por donde surgen interrogantes que exigen respuestas pasadas por el tamiz de la crítica, máxime cuando no sólo se plantean desde la reflexión teórica, sino también desde las realizaciones prácticas.  Así, aun concediendo que el pueblo es una realidad ausente en tanto que está siendo construida –y nunca deja de serlo–, de manera tal que desde una parte de la sociedad se apunta a ella como totalidad –Rancière la piensa como la parte que estaba aparte y de ahí su legitimidad para construir democracia como espacio de resolución de conflictos–, ¿cómo se asegura que ese pueblo se configura como demos, es decir, como conjunto de ciudadanos y ciudadanas, sujetos de derechos, que no se ven disueltos en una “masa orgánica” o absorbidos en un etnos excluyente? ¿Cómo nos aseguramos de que el necesario componente deliberativo de la democracia no queda sacrificado por el abuso de procedimientos plebiscitarios? ¿Cómo mantenemos viva una opinión pública en la que sea posible la argumentación racional sin verse barrida por la visceralidad emocional? ¿Cómo abordamos la desigualdad social –también entre clases– sin que se vea desdibujada por la transversalidad? ¿Cómo alentar la imprescindible intención utópico-crítica sin dejar todo a expensas de mitificaciones consagradas como necesarias por imprescindibles? ¿Cómo salvar el pluralismo en tanto valor democrático aparejado a la libertad?  ¿Cómo resistir en las mismas organizaciones políticas a las tentaciones caudillistas del hiperliderazgo?

Esas y otras cuestiones requieren respuestas ineludibles. Buena parte de ellas se pueden articular desde un republicanismo puesto al día, el cual, además de contemplar la república como la forma de Estado consonante con la democracia, pone en primer plano, como subraya José Luis Villacañas en su ensayo sobre populismo, el concepto de ciudadanía y la idea de democracia que vienen alentados desde la tradición republicana –sin desdeñar las aportaciones del liberalismo político. Esos ingredientes obligan a pensar una noción de soberanía que ha de ser radicalmente replanteada para que sea coherente con la democracia radicalizada, participativa, que cabe pretender, cuestión que el populismo eleva a mito eludiendo entrar a fondo en un debate argumentativo sobre la misma.

Una aportación interesante a la problemática que nos ocupa es la del filósofo alemán Axel Honneth, condensada en su libro La idea del socialismo, donde ofrece propuestas para reconstruir socialismo sin derivas populistas, pero advirtiendo claramente de puntos clave que una propuesta de reconstrucción en tal sentido ha de acometer. Un proyecto socialista no puede enmarcarse en una visión de la historia en algún modo determinista. No hay garantía alguna de futuro asegurado. Eso requiere, puestos a seguir pensando dialécticamente, una dialéctica abierta –donde en todo caso quepa el postulado del progreso al modo en que lo propuso Apel–, y donde los individuos no se vean expuestos a verse ni subsumidos en sujetos colectivos establecidos a priori ni, menos aún, sacrificados a objetivos ajenos a su participación política. Es por eso mismo que la teoría y praxis socialista, como emancipatorias, no pueden gravitar sólo sobre las transformaciones que se pretendan en el nivel económico de la realidad social. Han de articularse las diversas demandas existentes teniendo en cuenta las legítimas diferencias –culturales, por ejemplo–, o las reivindicaciones de reconocimiento a las que es de justicia responder –de manera inexcusable las que plantean los feminismos. Y si es un enfoque republicano de la política, alternativo al populista, el que puede favorecer la conjugación de reconocimiento y emancipación de un proyecto socialista reconstruido, es, a su vez, la “idea socialista” la que puede permitir un republicanismo en el que la radicalización de la democracia, sin la confusión de las derivas populistas, sea real.   

Autor >

José Antonio Pérez Tapias

Es catedrático y decano en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada. Es autor de 'Invitación al federalismo. España y las razones para un Estado plurinacional'(Madrid, Trotta, 2013).

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6 comentario(s)

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  1. Mark

    El republicanismo que trasciende las trampas termidorianas ni los regalos al enemigo que las engordan no lo quieren ver quieren ver los ex-peceros reciclados… ni la izquierda del PSOE. http://www.sinpermiso.info/textos/la-concepcion-historica-de-la-libertad-republicana-para-entender-el-mundo-actual-y-una-propuesta http://www.rebelion.org/noticia.php?id=161252

    Hace 2 años 5 meses

  2. Mark

    «sin desdeñar las aportaciones del liberalismo político» Qué perdido, en serio , cuánto se echa de menos a Toni Doménech. El liberalismo político es producto de la reacción ante el republicanismo democrático y , de hecho, ante la idea misma de democracia, con lucha despiadada primero y luego intento de apropiación nominal. El republicanismo "liberal" del PSOE, esclavo de sus cegueras hasta en sus versiones más sinceras. Un dolor.

    Hace 2 años 5 meses

  3. cayetano

    Realiza una interesante reflexión sobre la historia de las ideas, pero quizás por ello sea incompleta, al enfocarse demasiado desde el mundo de las ideas, aunque algunas de ellas sean materialistas. Al abordar la realidad de la URSS y su caída, sobre el conjunto de la izquierda no llegamos a alcanzar la radicalidad de dicho fracaso. Dicha radicalidad se encuentra en el hecho de que sus infraestructuras productivas no se diferenciaban suficientemente de la capitalista. Es decir, requerían de la concentración de poder en la toma de decisiones (al igual que en el capitalismo), aunque llegaran más lejos abarcando casi toda actividad. Con ello, nació un nuevo propietario de la capacidad de decisión, la nomenclatura. A lo que nos trae al asunto, no es la falla soviética por…, sino como la poca diferencia sistémica (aparentemente insalvable), hizo que sin grandes revoluciones, ni explosiones sociales, se pasara del socialismo soviético al capitalismo en un abrir y cerrar de ojos (sobre los mismo medios de producción y en muchos casos, con los mismos propietarios de las decisiones). Lo que nos devuelve a los límites de la voluntad e idea humana, que ni son estáticos, ni universales, ni naturales, ni absolutos, no ya por evolución biológica, sino por la evolución social, cultural y tecnológica, aunque existen en cada tiempo. A esta cuestión hemos de darle respuesta, cómo democratizar la capacidad de decisión con unos medios de producción que infieran no la concentración sino la horizontalidad del conjunto: redes energéticas horizontales en renovables; fabricación 3-D con acceso a software y materias primas como bienes públicos…; impresoras 3-D comunales como otrora existían tierras o bosques… Desde dicha perspectiva también se nos introduce en un debate sobre Republicanismo o Populismo cuyos elementos son todos de importante reflexión. Pero que al hundirse en el mundo de las ideas, esta carente de una de las reflexiones fundamentales. ¿Por qué aparece hoy el discurso transversal? Lo innovador no son las fórmulas y contextos requeridos para la conformación de un pueblo, sujeto social o comunidad. Sean los proletarios, obreros y campesinos, clases populares, precariado, trabajadores de mono azul y bata blanca (y todo ello excluyendo de la relación los rasgos no económicos o materiales). Lo que la izquierda no acaba de entender es el proceso de mengua de las clases medias y recorte de sus condiciones de vida, así como de su perspectiva de reproducir su condición de clase en su descendencia. Y ello fundamentalmente operado por un cambio tectónico en las infraestructuras, medios y modos de producción, en un marco capitalista que no atiende al fenómeno, y que continúa en su competitividad sea proteccionista o neoliberal. Este proceso que viven las clases medias, muy numerosas en nuestras sociedades desarrolladas (siendo su número un indicador de su desarrollo), significa sólo la visión de la superficie del iceberg, que también afecta al resto de clases populares. Y en él se fundan los discursos transversales, sean de derechas o izquierdas, la ideología neoliberal sufre una quiebra, y cómo ocurriera con la crisis para la que recetaron más madera (aunque la salvarán por la acción de los bancos centrales y Estados, socialismo de las pérdidas), ideológicamente también piden más madera los idearios populistas, aumentando no sólo el racismo, sino también la división entre las propias clases populares, buscando la confrontación entre empleados públicos, trabajadores, pensionistas y emigrantes en un fuego cruzado entre todos ellos; todo ello con un discurso cínico antioligárquico de multimillonario como Trump, u otros grandes empresarios. La izquierda debe ser consciente de este proceso de catarsis abierto en las clases medias, su realidad y perspectivas, para poder contrarrestar la división con unión desde las condiciones de vida materiales. El populismo, también el de izquierda puede provocar culto a la personalidad e hiperliderazgo, junto a otros fenómenos negativos, pero no son la centralidad, ni el origen de la puerta abierta a la transversalidad. No es casualidad que sean actores nuevos, quiénes den alternativas a fenómenos nuevos, más ininteligibles para quienes nos hemos criado con otros paradigmas sociales, como son la RBU, o el TSG, o la nueva política monetaria. Estamos realmente viviendo la transición de un modelo de producción que afecta al intercambio radicalmente, es decir, a la relación y organización humana de cada Sociedad. No es sólo la implosión de la URSS y el “socialismo real”; no es sólo el neoliberalismo o proteccionismo; la unipolaridad de una gran superpotencia sobre el resto; la deflación continuada de Japón; la irrupción de China como gran potencia; la emergencia y decaimiento de las “emergentes”; el surgimiento del populismo racista; la llegada de Trump al poder; la ruptura del estatus quo internacional. Todos son partes, capas que intervienen y moldean e interactúan creando un relieve sustentado sobre las inercias o energías de un sistema, al que podríamos llamar de fallas (modos y medios de producción, que son el primer acto de intercambio y relación, muy determinado por su realidad material, su infraestructura y las dinámicas del propio sistema capitalista o de “falla”) ¿Qué hacer desde la izquierda? Reconocer la realidad de nuestro tiempo, tener un programa para el momento y con perspectiva. Sobre todo, buscar los puntos de encuentro, respetando la diversidad, respetar la diversidad para ser coherentes con el discurso de un sujeto social diverso, transversal, aunado sobre condiciones de vida y aspiraciones comunes. Construir hoy, resolver cada día el pan y la libertad de mañana.

    Hace 2 años 6 meses

  4. Jose

    Bueno, todo muy intelectual y pretendidamente culto pero .... Apoya usted o no la República en nuestro país?

    Hace 2 años 6 meses

  5. Mark

    1. Javier RP La realidad actual de los populismos -especialmente en Latinoamérica- y en Grecia convierte toda la ignorancia vestida de atrevimiento en un chiste macabro y ya se ve a qué tipo de fanboyismo barato está llevando . El rescate de la tradición repúblicana –en un sentido amplio pero bien concreto: la que viene de la Ilustración, de la Revolución francesa, de las mas honrosas luchas emancipadoras y los mejores pensadores (incluído Marx)– es imprescindible. El juego de los eurocomunistas mal digeridos que le regalaron la democracia a los liberales y que nunca pasaron del catecismo para inventar patrañas acaba en lo que acabó Tsipras y está acabando el peor Podemos (alguno bueno queda, y durará poco). Y eso sí que es quincalla de colegio mayor. Y con suerte, quincalla de chupar de rodillas memorandum y chupar régimen. Ese republicanismo impregnaba el manifiesto fundacional de Podemos y las esperanzas de muchos. Cuanto se echa de menos. Y en qué mal momento se nos ha ido Toni Doménech, por cierto.

    Hace 2 años 6 meses

  6. Javier RP

    De la misma forma que en los años 70 del SXX se consolidó una corriente científica -la EBM, medicina basada en la evidencia, por sus siglas en inglés- sería bueno esforzarse en construir un corpus de conocimiento político y económico basado en las pruebas empíricas. Las teorizaciones potentes -de las cuales el artículo del Sr. Sánchez Tapias es un ejemplo- tiene una utilidad limitada o bien al ámbito académico o a la bizantina discusión de intelectuales en revistas del gremio. La realidad de los populismos -especialmente en Latinoamérica- convierte todo ese trabajoso corpus teórico en quincalla para biblioteca de colegio mayor con pretensiones.

    Hace 2 años 6 meses

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