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Obituario

No habrá fiestas para mañana

Paloma Concejero 9/09/2018

<p>Cesepe, retratado por Alberto García Alix.</p>

Cesepe, retratado por Alberto García Alix.

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Tres de la tarde de viernes. Siete de septiembre. De repente, el cielo es plomo y escupe golpes secos de tormenta.  Tachones negros cubren Madrid empeñados en ser los primeros en dar la noticia de una grandísima pérdida 

“Qué dolor tan profundo siento ahora mismo. Qué tristeza. Con Ceesepe se va una parte de mi vida. Soy lo que soy porque le conocí. Fue un motor para mí; por entonces, mi única referencia” Son las primeras palabras del fotógrafo Alberto García Alix al descolgar el teléfono. Esa misma mañana de viernes, fue a ver al hospital a su mejor amigo y ahora piensa que quizás fuese justicia poética esa despedida a pie de cama junto a algunos de sus seres más queridos. Sólo presencia. Ya sin palabras. Aunque sus silencios siempre fueron acaso lo más impactante para quien se sentaba frente al imprevisible Carlos Sánchez Pérez. Porque magnética, sobre todas las cosas, era su mirada amplia y ese talento para salpicar con onomatopeyas cualquier conversación.

En los últimos meses García Alix trabajaba en un libro de dibujos del artista. Ceesepe, al mismo tiempo, realizaba un retrato a la actual pareja del fotógrafo. Una obra que ha quedado incompleta “como mi propia existencia” asegura Alberto porque “él siempre estaba ahí aunque no nos viéramos. Desde mis veinte años y sus dieciocho. Nos conocimos en El Rastro; Cascorro Factory  fuímos él y yo. Hacíamos cómics, los vendíamos. Aunque daba para poco más que una china de hachís…” pero en el camino, jugando, escribieron una página, la más pop, de nuestra Historia del Arte. 

Desde el madrileño barrio de La Latina hasta el Paseo Imperial donde compartían casa Carlos Ceesepe y el también desaparecido Pepe El Hortelano. Autodidactas, ácratas, bohemios… por qué definirles si lo definitivo es que nos enseñaran a descubrir que la belleza late en lo cotidiano. Empeñados, además, en hacer del humor parte del reto. A restar importancia a las galerías de Arte porque lo más molón era por entonces pintar portadas de vinilo. La trascendencia de lo más cercano.

“En el 82, con el estreno de ARCO los pintores parecíamos Michael Jackson…” me cuenta Carlos Ceesepe riéndose hasta de su sombra “Yo no buscaba nada. Ni provocar ni nada. Sólo pintaba, pintaba, pintaba…Era agotador”.

Lo ratifica Teresa Lloret, Teclix, también pintora, conocida por ser durante dieciocho años la mujer de Antonio Vega y amiga, en esos primeros años de aprendizaje, de Carlos Ceesepe. Juntos compartieron largas noches de creación. Porque cuando acababan las juergas en el Rockola, El Penta o la Sala El Sol se iban a casa y les amanecía dibujando. Compulsivamente. Sobre lo que habían visto. Y vivido.

“No soy retratista. No soy dibujante. Pinto sentimientos y sale. La alegría de vivir, la euforia que es lo que se comparte en la calle. A mí me gusta dibujar y no hablar demasiado de ello”.

Eso decía Ceesepe. Eso mismo me dijo a mí una tarde de finales de julio en plena ola de calor en la Cava Baja cuando por fin nos conocimos en persona. Yo estaba prácticamente terminando de montar mi largometraje documental sobre Antonio Vega. Esa cinta que nunca terminaba porque se abrían nuevos frentes. Acababa de entrevistar a Will More y a su hermana Carmen, la primera relación importante en la vida del músico. No había forma de conseguir fotografías ochenteras de ella a pesar de ser una de las musas de La Movida. Entonces Teclix, me animó a llamar a Ceesepe y preguntarle por uno de los retratos que él le había hecho.

Pasé casi dos horas buscando el lugar en el que me había citado “a las cuatro de la tarde en el Starbucks de la calle Segovia”.  Aparqué mi moto y me lancé a la aventura de localizarlo porque no recordaba haber visto ninguno por esa zona. Pregunté por aquí y allá. Llamé a cada uno de sus locales en Madrid. Nada. Hora y pico después, había recorrido la calle varias veces de arriba abajo, sudando la gota gorda y solo con un número de teléfono fijo en mi poder al que por supuesto nadie contestaba. Así que decidí que el calor había ganado la batalla y al ir a desaparcar la moto frente a una terraza, le ví frente a mí, los ojos fijos, muy abiertos dirigidos a mi llamativa Vespa rosa. “¡Carlos!- le dije-…¡Menos mal…! No te encontraba…¡No hay ningún Starbucks en la calle Segovia…!” “Ah…¿no? –Me respondió sin inmutarse pues yo a esto lo llamo así…” Imposible no rendirse y acabar, incluso, soltando una carcajada y otra risotada más al oírle decir con gesto de cansancio “Si te digo la verdad, el único recuerdo real que tengo de La Movida soy yo bailando encima de la barra del Penta”.

Nos hicimos amigos. Esporádicos. Fuímos a rodar a su estudio de la calle Mayor y entre cientos y cientos de carpetas y semanas de búsqueda, un día, al fin, apareció el retrato de Carmen que puede verse en la película. Pero entonces no nos dejó grabarle el rostro.  Su fobia a las cámaras. Año y medio más tarde, no con poco esfuerzo, sí conseguí sentarle frente a mí para la grabación del documental  Cuando el arte hizo pop de la serie de TVE  Ochéntame otra vez. Al igual que a Alberto García Alix me costó muchísimo convencerle de que el capítulo no tenía razón de ser sin ellos dos. Y en esa “relación telefónica” fuímos conociéndonos.

Mucho tiempo después he comprendido que parte del éxito de poder entrevistarles fue la perseverancia, el no tirar la toalla. Ese empeño. Al igual que en la abrasadora tarde de julio a propósito del retrato de Carmen Alonso Colmenares. Quizás, el eterno adolescente Ceesepe me había puesto a prueba porque como escuché una vez decir a Alberto García Alix: “Para jugar no hacen falta juguetes”.

Y siento una profunda tristeza al pensar que no volveré a verle ni escucharle en “uno de sus imprevisibles” o haciendo gala de su humor negro como aquella vez que me cuenta Teresa Lloret: 

 “Le ví por última vez el día de la capilla ardiente de Antonio Vega que se instaló en SGAE . Me dio un abrazo y exclamó: ¡Este Antonio ¡me tiene que joder hasta en el último día! Fíjate que hoy inauguraba exposición precisamente aquí!”

Se agolpan tantas anécdotas. Su obra imprescindible. Su estudio lleno de carpetas y objetos. Pero sonrío al saber que Ceesepe siempre brillará en sus colores. Y me viene a la cabeza también su otro amigo “el tercer mosquetero”, Pepe El Hortelano. Tantas batallas ganadas juntos y ¡al mismo tiempo! En la salud y en la enfermedad,  en la indiferencia institucional y en el reconocimiento que llegó al fin, para todos ellos, en forma de Medalla de las Bellas Artes pero ya con el Nuevo Milenio.

En el estudio de Pepe Morera, El Hortelano, quedó para siempre otra obra sin terminar de su serie “Humano”. Óleos nacidos de las huellas de las manos. Pintó muchos. De familiares, de amigos y conocidos. Pero el del más cercano, el de su mejor compañero de piso y aventuras, Carlos Ceesepe, quedó apenas en “esqueleto” porque Pepe Morera enfermó gravemente. Su hermana Blanca veía el lienzo sobre caballete, cada día, a los pies de la cama y le animaba a terminarlo pero la enfermedad había agotado sus fuerzas al punto que sólo podía mirarlo. Y ahí, a sus pies, quedó para siempre, haciéndole compañía. Hasta el día de la muerte de Pepe, hace dos años, siendo más rastro romántico que un cuadro. Ahora, sus manos de pintor, las de El Hortelano y las de Ceesepe vuelven a habitar idénticos espacios azules.

Mano de Cesepe y reverso del lienzo con su nombre. 

Mano de Cesepe y reverso del lienzo con su nombre. 

¡Todo lo que ha quedado por hacer! Y tantísimo que hicieron en un país que, tal vez, con las despedidas sea capaz de reconocer la dimensión de estos gigantes de nuestra Historia del Arte. Dice Alix:

“Sé que tarde o temprano su obra será contemplada como la de uno de los más grandes. Yo lo supe en el primer minuto, aquella mañana a principios de 1976.  Hoy he leído que hablaban de él como “el ilustrador de La Movida” y se me han revuelto las tripas. También escriben de mí “el fotógrafo de La Movida” Pero ¡no somos ésos! Ceesepe era único porque su Arte partía de él…¡Es él! ¡Él y su personalidad apabullante! Madrid siempre será Ceesepe. Si me pidieran una imagen prendida en mi retina de lo que fueron esos años sería una firmada por Ceesepe.”

Y veo una vez más a Carlos, que no Carlitos, repitiendo a Paloma Chamorro en La Edad de oro “esto es el ciclo: dibujas, sales a la calle, encuentras chicas, tomas copas, vuelves, dibujas, llamas por teléfono, vienes a la tele, dibujas”.

Y salgo a la calle, también para mí, inspiradora. Sus imágenes me acompañan. Y algunas canciones: 

“Dudo que amanezca hoy
Cielo y tierra bajo el sol
De un mal sueño, 
De un mal sueño
No despertarán.
No habrá más fiestas ya. 

El tiempo como un cristal
Mis venas cortando está
No lo podréis celebrar
No, ya no podréis.
No habrá más fiestas ya.

Después no despertaré
No despertaré
Tal vez sea mejor, entonces ríndete.
No habrá fiestas para mañana
Abandónate, abandónate
Como una hoja en el viento ¡viento!”

Tibia noche. Ha dejado de llover y ahí estoy yo viendo a Danza Invisible en las fiestas de Pozuelo de Alarcón. Y le siento en la bella cadencia de esta letra que he transcrito y que los “etiquetadores” jamás contarán entre los grandes éxitos de los ochenta. Cierro los ojos, canto y viajo recordando las palabras de Alberto García Alix: 

“Éramos jóvenes, llenos de esperanza. A diferencia de hoy, todo parecía más posible que imposible en la mirada de aquellos jóvenes diletantes. Pero hoy me he quedado huérfano”.

Autora >

Paloma Concejero

Periodista cultural y documentalista. Ha dirigido la película Tu voz entre otras mil, sobre Antonio Vega, y el programa documental de TVE 'Ochéntame otra vez'.

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