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TRIBUNA

Autoritarismo electoral

Javi López 29/10/2018

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Bolsonaro será Presidente de Brasil. Un militar homófobo con desmanes autoritarios que ha menospreciado los mecanismos democráticos y amenazado a sus adversarios políticos estará al frente de la mayor fuerza regional de Latinoamérica y uno de los gigantes globales. De hecho, su perfil, la caricatura de un dictadorzuelo de tercera, provocaría risotadas sino fuera porque ha conseguido recoger más de 50 millones de votos. 50. Su elección, de incalculables consecuencias, es la enésima muestra de la maltrecha fragilidad de la democracia. ¿Qué les está pasando a nuestras sociedades para que estén decidiendo poner su destino en manos de excéntricos autoritarios y la derecha radical multiplique su influencia elección tras elección en todo el planeta?

Las democracias son como las familias de Tolstoi, las felices se parecen pero cada una infeliz lo es a su manera. En Brasil no han sido ni los perdedores de la globalización ni el campo frente a las élites urbanas quienes han dado la victoria a Bolsonaro. Ha sido la clase media y las grandes ciudades quienes han volcado su confianza hacia este oscuro personaje. El ultraderechista ha sido capaz de construir una alianza electoral dando respuestas para sectores heterogéneos del país. Ha ofrecido valores familiares a los evangélicos, mano dura a militares y policías, ortodoxia económica a los mercados y el establishment, ruptura con la política tradicional a los hartos de la corrupción y grandes cantidades de odio al PT que Haddar no ha sabido contrarrestar. Que el impulso del antipetismo haya cimentado la victoria electoral hace aún mas sangrante su elección. El PT, referencia de la izquierda, una fuerza capaz de sacar de la pobreza a decenas de millones de trabajadores e ícono global gracias al carismático Lula Da Silva, derrotada por un candidato que reivindica la dictadura militar.

Pero Brasil ha sido sólo la última de las designaciones con estas características. De Donald Trump en Estados Unidos a Narendra Modi en la Índia o Rodrigo Duterte en Filipinas, verdadero alter-ego del nuevo Presidente brasileño, construyen el mosaico de un nuevo autoritarismo electoral. Hombres fuertes que se han convertido en el vehículo de un extenso resentimiento, ira y hartazgo. La respuesta que muchos electores están dando a los, a sus ojos desconcertantes, cambios que viven sus sociedades: digitalización de la economía y la comunicación, el auge de la diversidad, la desaparición de los espacios tradicionales de socialización o la transformación igualitaria de los roles de género. Se trata de cambios bruscos y profundos que están tras una ansiedad que se ha convertido en motor electoral. Gente que se acerca a la papeletas como quien hace uso del freno de mano.

Vivimos un incipiente apagón de la razón. La incertidumbre provoca la búsqueda de anclajes fuertes que actúen como espejismo. Frente a la modernidad líquida se reclama referencias sólidas y frente a la vulnerabilidad de la sociedad del riesgo se demanda seguridad. Se trataría de una suerte de péndulo reactivo que aprovechan eficazmente charlatanes ultra y brujos envueltos en la nación. Porque es precisamente la nación el único andamio referencial que parece quedar en pie. Tras la muerte de Dios en el s. XIX, de las ideologías a finales del XX y del progreso a principios del XXI, es la vieja y siempre seductora idea de nación quien parece dispuesta a ocupar el papel de brújula colectiva. Un nacionalismo que aprovecha eficazmente nuestro instinto de arraigo y protección de la comunidad en un mundo global y acelerado.

Es en esa intersección, entre una democracia nacional y un sistema global, donde el autoritarismo electoral encuentra una veta de contradicciones a explotar. Son evidentes las dificultades de digestión que tienen las democracias nacionales de la globalización: el desacoplamiento territorial del poder político y económico, la falta de instrumentos para hacer frente a los retos globales o los límites impuestos por la interdependencia. Aquellos que se sienten libres sin poder parecen dispuestos a sacrificar la libertad para recuperar la sensación de control; para ello, ¿quién mejor para recuperar el poder que quien es la encarnación misma de la voluntad del pueblo? Así funciona este juego de espejos. Hastiados de lo que perciben como una deliberación impotente han decidido votar a la personificación de la decisión.

Al mismo tiempo, estas encarnaciones de la “determinación nacional” se regodean en la era de la nostalgia. La fatiga del optimismo ha dado paso a la búsqueda del pasado como narración positiva, una relación tóxica con el futuro que provoca que el mañana haya dejado de ser para muchos un lugar deseable, enmendando así, uno de los hijos predilectos de la modernidad: el progreso. Hay múltiples causas tras este fenómeno pero encontraremos en los insoportables actuales niveles de desigualdad una de las razones de la disolución de múltiples confianzas en nuestras sociedades: confianza en las instituciones, confianza en nuestros conciudadanos o confianza en el futuro. 

Otras razones del auge de la derecha radical deberíamos buscarlas en la dimensión comunicativa y los profundos cambios de comportamiento en esa esfera. Las redes sociales se han convertido en un factor de deconstrucción del debate público. Sin duda, han permitido el empoderamiento individual pero han modificado los métodos de construcción de la opinión publica. Funcionando como cajas de resonancia tribales y autoreferenciales son una gigantesca herramienta al servicio del sesgo de confirmación y la alimentación de la polarización, escapando además del control editor y de jerarquización que juegan los mediadores de la información. Se trataría de máquinas que mal utilizadas pueden convertirse en armas de distracción masiva; nos empoderan y nos hacen más manipulables; una contradicción que todavía no sabemos resolver.

Pero no sólo se trata de las redes sociales per se. Vivimos un tiempo de consumo audiovisual masivo y saturación de mensajes, un fenómeno retroalimentado por los dispositivos móviles. Provocando así, estragos en nuestra capacidad de atención. Pues bien, ese lenguaje y códigos también han colonizado la política. El tiempo de la narración de “stories”, como si de una serie de la HBO se tratase. Y un tiempo en el que los políticos histriónicos y matones son más eficaces a la hora de captar nuestra atención, como si fuéramos espectadores de un reality show. Los hombres fuertes aprovechan la irresistible atracción que provocan los villanos en las buenas historias. Ese también es un efecto de la espectacularización de la política. En una competición sin límites por captar nuestro interés, sometidos a un bombardeo constante de inputs, mensajes y señales, la disrupción tiene premio. Un premio en forma de cobertura mediática, atención y votos. Nada es verdad y todo es posible, no es de extrañar que fuera un productor de televisión, Peter Pomerantsev, quien intuyera esta lógica refiriéndose al absurdo corazón de la nueva Rusia. Entretenimiento y autoritarismo: las dos caras de la nueva derecha radical. 

Europa deberá aprender a encarar el futuro bajo este escenario político internacional. Un escenario en donde la democracia ha dejado de ser fuente de autoridad universal para ser vista como una vulnerabilidad estratégica. Nuestro continente que se ve acechado por los mismos monstruos que recorren el planeta y campan a sus anchas en Roma, Budapest o Varsovia. Donde el ideal de la Unión Europea representa la quintaescencia de todo aquello que este nuevo autoritarismo blando quisiera destruir: un espacio de cooperación cosmopolita basado en la deliberación y las normas. 

Europa debe aprender de sus errores y tomar nota de este malestar si no quiere acabar devorado por sus electores. Para ello, va a necesitar tomar medidas, especialmente una verdadera agenda de reequilibrio social en forma de redistribución para ser vista como una malla de protección y seguridad para la ciudadanía. Y va a necesitar robustecer sus instituciones, porque son esos controles y contrapesos los que nos protegen de los cantos de sirena que pueden acabar con unas democracias en peligro. Esa va a ser la batalla política de este siglo: la defensa de la democracia. Y pueden tener en Europa a su último gran baluarte.

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Javi López es Eurodiputado PSC-PSOE 

Autor >

Javi López

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2 comentario(s)

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  1. jose

    Si hubieran sido otros determinados países (que da la casualidad que poseen grandes riquezas naturales que no quieren regalar) los resultados electorales serían cuestionados hasta convertirlos en irreales.

    Hace 2 años 7 meses

  2. cayetano

    Interesante artículo que respecto a la revolución de la comunicación recoge el espíritu del artículo sobre el hackeo de la democracia de Jordi Minguell, y también va en línea con lo dicho por Jorge Moruno en Público: hoy día la reproducción del sistema, la valorización del capital no requiere de valorizar toda la capacidad de trabajo. O sea, es necesario avanzar hacia formulas que repartan el trabajo existente dado que la productividad tecnológica lo implica, mientras tanto haya a futuro o no, otras actividades que requieran valorizar más tiempo de trabajo. Ergo no sobran trabajadores, sino tiempo de trabajo necesario para reproducir las condiciones de subsistencia. Esas son las dos líneas de acción para las izquierdas. Pero además como tantas actividades por redes, se hace necesario estudiar la regulación de la comunicación en redes, política o no, para impedir la manipulación fraudulenta. La customización política llega a ofrecer contenidos diferentes en función de las preferencias del receptor; hay que ver como actuar de facto para responder desde los Estados a las campañas anónimas que pretenden generar alarma ante la sociedad... . Las acciones y efectos que se están multiplicando a través de redes, sobre todo anónimas, no pueden quedar sin respuestas, han de ser neutralizadas ya. Sobre todo si como dice Jordi Mingueell y todo apunta a ello, el próximo gran encuentro serán las elecciones europeas. Un cordial saludo.

    Hace 2 años 7 meses

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