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Contra la memoria o el hombre unidimensional

Un libro del exsenador Everth Bustamante examina las claves del éxito de Iván Duque y siembra pistas sobre la construcción de la ideología dominante

Pedro Adrián Zuluaga 31/10/2018

<p>Iván Duque durante la presentación de 'La semilla del triunfo', escrito por Everth Bustamante.</p>

Iván Duque durante la presentación de 'La semilla del triunfo', escrito por Everth Bustamante.

FB Iván Duque

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En agosto de este año, apenas dos meses después de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de Colombia que ganó el candidato de derecha Iván Duque, uno de sus colaboradores más cercanos, el hoy exsenador Everth Bustamante, publicó La semilla del triunfo. Ese título, más la foto de portada, en la que sobre un fondo azul aparece un Duque sonriente y con su característica actitud bonachona, hacen pensar de inmediato en un libro de autoayuda, escrito por el esbirro de algún exitoso empresario o predicador dispuesto a compartir la clave de sus conquistas materiales y espirituales. 

Pero lo que contienen las páginas del libro es un proyecto ideológico de mucho mayor alcance. Con la coartada de ser un registro de los pormenores de la campaña de Duque a la presidencia, Bustamante entreteje la narrativa biográfica de un supuesto hombre de centro que ha superado “los debates anacrónicos de izquierda y derecha”. La intención de La semilla del triunfo es presentar a Duque como un “bacán”, que en el lenguaje coloquial de los colombianos es alguien agradable y relajado. En la contraportada se lee ratificada esa intención. “Iván es un colombiano normal: serio, conservador, familiar, comprometido, trabajador, amigable, curioso y recursivo”. Esta versión moderna del hombre sin atributos es ampliada en las páginas del libro de manera harto curiosa: “Le gusta la poesía, pero no es un poeta; le gusta la buena literatura, pero no es un literato; le gusta la música, pero no es un músico; le gusta el baila y al son que le pongan, baila”. 

En efecto, durante la campaña y en oposición a la imagen adusta del candidato de izquierda Gustavo Petro, un hombre de respuestas complejas que acudía con frecuencia a la larga duración de los procesos históricos para explicar sus argumentos, Duque se posicionó casi como un entertainer, a quien los medios ofrecieron tiempos distendidos para demostrar sus habilidades tocando guitarra o haciendo distintos pasos de baile; el buen esposo y amoroso padre de tres hijos pequeños que trabajaba en el Banco Interamericano de Desarrollo en Washington mientras su oponente era guerrillero en las montañas de Colombia. Su estrategia fueron los eslóganes y las frases de cajón destinadas a imaginar un futuro paradisiaco de cohesión social sostenido en la negación de un pasado traumático en el cual la violencia y el conflicto aparecieron como extravío del destino manifiesto de la nación. Mientras el populismo de Petro hundía sus raíces en las insatisfacciones y las demandas aplazadas de amplios sectores de la población colombiana, Duque prometía, como por arte de magia, la reconciliación y la armonía. “Ese país será también el país que en el campo colombiano en lugar de propiciar siempre la fractura y la protesta social incentivando odios, lo que va a hacer es generar la fraternidad entre empleadores y trabajadores, y generará la armonía vigorosa entre la agroindustria y el pequeño productor”.

Bustamante repite una y otra vez el relato del fin de las ideologías por boca del propio candidato y de la de sus mentores, entre ellos el expresidente Álvaro Uribe Vélez. Declarada la obsolescencia de la derecha y de la izquierda, se desactiva de paso la lucha de clases y se oblitera toda una historia de movilizaciones y luchas sociales, convertidas ahora en lastre, en cosa del pasado. “Queremos vivir en el país del emprendimiento (…) donde no se siembre el odio de clase para dividirnos”, dijo Duque en su primer discurso como candidato, transcrito de forma puntual en el libro. A principios de año, Duque publicó El futuro está en el centro, que recopila esta vez las preguntas más frecuentes que enfrentó el entonces candidato en campaña. Se trató, una vez más, de crear la ficción de un centro de apariencia aséptica pero contagiado de palabras de un contenido cuasi religioso –verdaderos vasos vacíos por llenar como en la metáfora teológica de Pablo de Tarso–: emprendimiento, legalidad, productividad y economía naranja, entre otras, llaves maestras que le permitirían al país salir de la pobreza, la inequidad y la corrupción. 

La fraternidad posideológica de Duque es por supuesto un discurso sentimental y negacionista que conjura viejos miedos de clase

La fraternidad posideológica de Duque es por supuesto un discurso sentimental y negacionista que conjura viejos miedos de clase, reactivados en la campaña reciente por Gustavo Petro. Bustamante y Petro fueron compañeros en la extinta guerrilla M-19, de ideología nacionalista y socialdemócrata, que se desmovilizó en 1990. El autor del libro no niega ese pasado suyo aventurero, pero lo tuerce a su conveniencia e incluso convierte al mayor ideólogo del M-19, Jaime Bateman, en un precursor de las ideas de fraternidad en la diferencia. “Recordé entonces, los debates, las discusiones, las largas disquisiciones, entrevistas y escritos donde Jaime Bateman, fundador del M-19, trató en extenso su planteamiento sobre la necesidad de un entendimiento y una confluencia entre los más disímiles sectores de la sociedad colombiana para concretar un pacto de paz y un acuerdo de futuro que él llamo ‘Diálogo Nacional’ y que, coloquialmente, denominaba el ‘sancocho nacional”.

El “sancocho nacional” que se reunió en torno a Duque dista mucho de esa imagen de una nueva comunidad política (pero sin arrebatos belicosos o revolucionarios) que se puede presumir de la siguiente lista: líderes comunales, sindicalistas, amas de casa, vendedores ambulantes, profesionales, comerciantes, indígenas, líderes agrarios y muchos afrodescendientes. Por supuesto que la derecha que recuperó el poder en Colombia tras los resultados de las elecciones de junio tiene una base social, expresada en los más de 10 millones de votos que obtuvo. Pero su caracterización sociológica es mucho más incierta y a veces non sancta: terratenientes de vieja data, empresarios indolentes, políticos regionales cuestionados, fanáticos religiosos de ultraderecha. Es decir, el componente más reaccionario del “sancocho nacional”, un hervidero de pasiones e intereses que está muy lejos de representar las ideas cosmopolitas y modernas o las esperanzas de cambio que Bustamante atribuye a Duque.

Así que La semilla del triunfo es simplemente la versión abnegada y profiláctica de un líder que, detrás de su bonhomía desideologizada, esconde –y deja actuar– a las fuerzas más regresivas del espectro ideológico. Distante de la imagen prometida de un conciliador líder de centro, muchos de los primeros actos de gobierno de Duque y los proyectos de su bancada parlamentaria develan sus compromisos con la agenda de la ultraderecha: recorte de derechos civiles (como la repenalización del porte personal de drogas o el intento de limitar –aún más– la legislación sobre el aborto), los ajustes a los acuerdos de paz y a su base jurídica (la Justicia Especial de Paz conocida como la JEP), el giro en la política internacional hacia una supina obsecuencia con los intereses de Estados Unidos y un alejamiento de las instancias regionales en casos como el de la crisis venezolana, y un sinnúmero de otras grandes y pequeños iniciativas que muestran a un gobernante atrapado en un cuerpo ajeno, un ventrílocuo, un gobernante cuya voz propia –si la tiene– aún ignoramos.

En este estado de cosas, el libro resulta funcional para continuar posicionando un nuevo relato o sentido común, respaldado, cómo no, por muchos ciudadanos de a pie, aunque de forma oscura y desarticulada. Es decir, no como un movimiento social deliberante sino como una masa compacta y disciplinada de votantes que ante llamados excepcionales puede manifestarse también en la escena pública, aunque prefiera mantenerse a la zaga, al cuidado de sus esforzados “proyectos de vida”. Bustamante le da amplia cabida en su libro a una idea de la que el uribismo se apropió astutamente en años recientes: la de la resistencia civil. La suma de frustraciones y rabias acumuladas (que Petro también intenta aglutinar) aparece amplificada en La semilla del triunfo, con ribetes apocalípticos. Es difícil precisar qué tanto el uribismo ayudó a forjar o qué tanto aprovechó como botín político la insatisfacción ciudadana con las políticas del expresidente Santos, la indignación ante la rampante corrupción o la supuesta claudicación del estado ante la guerrilla de las FARC. El triunfo del No en el plebiscito de 2016 que intentó legitimar popularmente los acuerdos de paz con esta guerrilla y los posteriores triunfos electorales que han convertido a la derecha en la ideología dominante de la política colombiana son enigmas por descifrar y enfrentar, demandan astucia política y un trabajo de largo plazo. 

En el camino queda claro que los demás candidatos no entendieron que precisamente esa falta de un pasado visible era su fortaleza

La semilla del triunfo ofrece muchas claves para ir a la nuez ideológica de esta nueva derecha camuflada de centro. Bustamante es puntilloso en describir la trayectoria profesional de Duque y en valorar sus logros como asesor del Banco Interamericano de Desarrollo y como senador, con el fin de neutralizar su supuesto talón de Aquiles: su juventud y falta de experiencia. En el camino queda claro que los demás candidatos no entendieron que precisamente esa falta de un pasado visible era su fortaleza, pues de esta manera Duque pudo encarnar la promesa de un hombre no contaminado por los vicios de la política tradicional, una tabula rasa sobre la que se podría escribir una nueva utopía. A falta de convicciones ideológicas Duque suscribió un cierto sentido común del ciudadano de a pie que, agotado del estado y sus prácticas viciosas, acogió como único salvavidas la idea del emprendimiento individual y el mito del hombre forjado por sus propios medios y virtudes.

La campaña, según muestra el derrotero descrito por el libro, tuvo la sagacidad de acercarse a múltiples ciudadanos y ofrecerles la ilusión de ser escuchados. Los talleres itinerantes “Construyendo país”, que Duque desarrolló primero como senador y luego como candidato, son descritos en el libro como largas sesiones motivacionales. “(Duque) nos sugirió que al mapa de Colombia que siempre extendíamos sobre uno de los muros del salón, le colocáramos en letras muy visibles la pregunta ‘Y tú, ¿cómo construirías un mejor país?’”. Así, con un lenguaje que invita abierta o tácitamente a enterrar el pasado, sembrando la idea de que los excesos de memoria o severidad son  obstáculos para construir el porvenir utópico, a la vez individual y colectivo, la derecha inocula con enorme éxito el inconsciente político de millones de colombianos. Les promete una salvación individual agenciada por sus propios méritos, con una extraña pero eficaz mezcla del sustrato religioso de la predestinación y el capitalismo de la autoayuda. En el quiosco callejero donde compré La semilla del triunfo, el libro de Bustamante se exhibía al lado de ¡Sálvese quien pueda!, de Andrés Oppenheimer. El desconocido vendedor, al desplegar su mercancía, había generado, quizá sin saberlo, una línea de sentido. 

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Pedro Adrián Zuluaga(@pedroazuluaga) es periodista colombiano. Autor del libro Literatura, enfermedad y poder en Colombia: 1896-1935.

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Pedro Adrián Zuluaga

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