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Periodismo de acoso

En el teatro de la guerra contra el terrorismo, Estados Unidos cuenta con el talento de los periodistas depredadores: reporteros y combatientes a la vez

Rafia Zakaria (The Baffler) 15/11/2018

<p>Una de las calles de Sinjar en junio de 2016.</p>

Una de las calles de Sinjar en junio de 2016.

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Una noche de 2016, cuando el marido de Rukmini Callimachi se quedó trabajando mientras ella se apoltronaba en su casa de Nueva York, alguien comenzó a golpear insistentemente la puerta y a llamar al timbre. Como los golpes y los timbrazos no paraban, llamó aterrorizada al 911. Callimachi, que es la corresponsal de terrorismo del New York Times, pensó que el Estado Islámico había venido a por ella.

No era el Estado Islámico. De hecho, tras el terror nocturno de Callimachi estaba un asunto bastante trivial: un trabajador público llevaba el pésimo mensaje a los vecinos del barrio de que se había roto una tubería y no se podría tirar de la cadena del baño. Este relato, que se utiliza como ejemplo del rechazo de Callimachi a dejarse intimidar por el Estado Islámico, se narra en el podcast del New York Times llamado Califato. El programa tiene como estrella y locutora a Callimachi, una intrépida periodista que es lo suficientemente humana como para ser paranoica y, aun así, lo suficientemente periodista como para ser osada. Califato también es un nuevo modelo de periodismo occidental, en el que el periodista es el héroe moral y, a la vez, un reportero y protector de los valores occidentales (léase “buenos”). Si Callimachi acorrala al protagonista, si se toma libertades con respecto a la ética periodística y probablemente incluso con las garantías que ofrece a los sujetos, la suma del conjunto se perdona, dada la finalidad más elevada y más noble de combatir el terrorismo.

Al emplear frases cortas y entrecortadas para narrar su historia, Callimachi representa bien su papel. Cambia entre la actuación sexuada de una mujer vulnerable y la periodista que se niega a aflojar la mandíbula y dejar escapar a su prisionero, perdón, a su sujeto. Los primeros capítulos de Califato son de esta guisa, y están debidamente cargados de promesas sobre una comprensión verdadera del Estado Islámico, que se proporcionará en los próximos episodios.

Pero no llega nunca. En cambio, nos presenta el testimonio de un joven llamado “Abu Huzaifa”, un tipo que Callimachi ha conseguido embaucar, gracias a un extenso rastreo de diversos foros yihadistas, para que acepte ser entrevistado en un hotel de Canadá. Si tú (como yo) te preguntas por qué este “auténtico terrorista” aceptaría tal cosa, tendrás que seguir preguntándotelo. Para Callimachi, el encorvado y encapuchado Abu Huzaifa tiene una apariencia amenazante y letal precisamente porque no aparenta ser ninguna de esas dos cosas. Es su “cotidianidad”, nos repite una y otra vez; cualquier hombre color café podría ser un terrorista, se sobreentiende.

Abu Huzaifa, por su parte, cuenta un montón de cosas, todas ellas utilizando el aburrido soniquete propio de un cínico fingido. Traza un relato mediocre sobre alienación y un viaje a Siria, donde dispara armas de fuego y se toma fotos junto al Éufrates con sus colegas del EI. Luego cuenta que tras participar en una ejecución se asusta y corre de vuelta a Canadá, a las comodidades del hogar en el extrarradio que tienen sus padres. Esto dura varios capítulos y solo después del sexto nos libramos finalmente de él porque ya no coge las llamadas de Callimachi. [1]

Janet Malcolm, la famosa periodista, dijo hace décadas que “aprovecharse de la vanidad de la gente, ganarse su confianza y traicionarlos sin remordimientos” son los trucos de la profesión 

Eso importa poco, porque Callimachi va detrás de la historia y la obtiene. Y tampoco debería sorprendernos, ya que los periodistas están a la caza de historias todo el tiempo. Janet Malcolm, la famosa periodista, lo confirmó hace décadas cuando dijo: “Aprovecharse de la vanidad de la gente, ganarse su confianza y traicionarlos sin remordimientos” son los trucos de la profesión. Si Callimachi actuó, como Malcolm describe el método habitual, “tan amistosa y comprensiva, tan interesada en comprenderle en profundidad” solo para que picara el anzuelo, muchos antes que ella han hecho lo mismo, han tragado la historia con avidez y luego han escupido lo que no podían consumir.

De igual modo, aunque puede que el ambicioso plan de embaucar a un sujeto para que suelte la historia sea una maniobra muy trillada, el periodismo depredador de la era de la guerra contra el terrorismo posee una dimensión única. Si los periodistas cazadores de Malcolm adoptaban la pose superficial de querer comprender de verdad a sus sujetos antes de abandonarlos de forma sumaria, los periodistas buitres, alentados por su recién adquirida posición de héroes morales, los someten a un elevado grado de deshumanización incluso mientras insisten en que están haciendo lo contrario.

Los occidentales, y entre ellos los periodistas, piensan de sí mismos que están en una guerra buena contra el terrorismo y contra todos los demás

En el caso de Callimachi, nadie se para a pensar por qué ella parece dispuesta a entregar a las autoridades a una persona que está entrevistando de forma confidencial. Callimachi periodista tiene que conseguir la historia, pero Callimachi luchadora antiterrorista tiene que identificar al terrorista, meterse en su cabeza y ofrecernos auténticas joyas de entendimiento. Cuando termina, hasta se pregunta por qué las autoridades canadienses no están actuando más rápido, no lo detienen y no presentan cargos contra él. De acuerdo con este planteamiento, es imposible diferenciar dónde termina el periodismo y dónde comienza la lucha contra el terrorismo. Los occidentales, y entre ellos los periodistas, piensan de sí mismos que están en una guerra buena contra el terrorismo y contra todos los demás que ocupan los puestos moralmente inferiores de víctimas o partidarios. Las conductas predatorias y carroñeras para conseguir las historias o personas que forman parte de ellas queda por tanto absuelta de la inmoralidad, o al menos de la parcialidad, que de otro modo se asociaría con ellas.

Solo hay otro abismal problema con la historia de Abu Huzaifa: Callimachi emitió los primeros capítulos sin saber cuánto de lo que estaba diciendo era verdad. No contaba con muchos elementos que confirmaran la historia. Solo en el sexto episodio inicia junto a sus colegas un tardío viaje para comprobar los datos. E incluso entonces, ni siquiera llega hasta el final de la información que apareció más tarde: Huzaifa le dijo a Callimachi que había participado en una ejecución, pero también declaró a los periodistas canadienses de la CBC que no había participado en ningún asesinato, y que solo “era un oficial de policía de grado menor”. La pregunta que flota en el aire al terminar el sexto capítulo es: ¿cuánto conocimiento hemos adquirido de la historia de este sujeto si ni siquiera podemos saber cuánto de lo que dice es verdad?

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Para un informe del Foro Internacional de Estudios sobre Mujeres que se publicó a comienzos de este año, las investigadoras Sherizaan Minwalla y Johanna Foster estudiaron las experiencias de las mujeres yazidíes que habían sido entrevistadas por periodistas que documentaban la violencia sexual que perpetró el Estado Islámico. Estas mujeres denunciaron las presiones que recibieron por parte de los periodistas para compartir lo que les había sucedido durante su cautiverio. Según parece, los periodistas habían convencido a los directores de los campos para que les ayudaran a presionar a las víctimas para que estas contaran sus historias. De acuerdo con las palabras de una superviviente: “Al principio dije que no, pero me respondieron 'es por tu propio bien'. Por ese único motivo terminé hablando con ellos, pero no nos hizo ningún bien, ni se produjo ningún cambio en nuestra situación”.

Un 85% de las mujeres yazidíes supervivientes del Estado Islámico afirmó que los periodistas hicieron cosas poco éticas: revelar identidades, caras, tatuajes o nombres

El estudio también detectó que los periodistas revelaban la identidad de las mujeres en la prensa, lo que las dejaba al descubierto y ponía en peligro la seguridad de los supervivientes. Según contó una mujer que entrevistó Minwalla, los periodistas venían “de Europa, Estados Unidos e Irak. Vino [un periodista] para entrevistarnos y le dijimos ‘por favor, no lo emitas en televisión’, y dijo, ‘sí, lo juro, no saldréis en televisión’. Pero encendimos la tele por la noche y nos vimos a nosotras. Le llamamos, pero no contestó”. Los periodistas que van tras la historia del Dáesh y la esclavitud sexual ni siquiera perdonan a los niños. En un caso, una mujer denunció que su hijo no quería que le sacaran fotos, pero cuando vinieron los periodistas le quitaron la mano de la cara y lo hicieron de todas formas. Un ochenta y cinco por ciento de las mujeres afirmó que los periodistas hicieron cosas poco éticas: revelar identidades, caras, tatuajes o nombres, cosas que podrían poner en serio peligro a mujeres en cautividad.

Los periodistas pudieron hacer todo esto no solo por las enormes diferencias de poder entre ellos y la desventurada población de mujeres yazidíes devastadas por la guerra, sino porque consideran que están inmersos en una labor dual de periodistas y soldados en la actual guerra contra el terrorismo. En primer lugar tenían que conseguir la historia, lo que significaba presionar a las mujeres como fuera, utilizando a los directores del campo, usando a familiares, haciendo promesas sobre posibles compensaciones, para lograr que contaran su historia. En segundo lugar, la finalidad más importante de insistir sobre el discurso de la brutalidad del EI, de los malos contra los occidentales (incluidos los periodistas mismos), significaba que los sujetos reales de la historia, las mujeres en sí, eran irrelevantes. En la dinámica de buenos contra malos, de la civilización occidental contra la barbarie islamista, las mujeres no desempeñaban ningún papel más allá de ser los personajes planos y pasivos que sufrieron el abuso. El papel activo de héroe estaba destinado para los periodistas mismos.

Al igual que la guerra contra el terrorismo, el periodista como depredador y héroe moral no nació en la guerra contra el Estado Islámico. El primer escenario de acción, tanto para los periodistas occidentales como para los soldados de la OTAN, fue Afganistán, como es lógico. La frontera confusa entre reportero antiterrorista y combatiente antiterrorista comenzó probablemente aquí y no se limitó a los numerosos corresponsales que acompañaban a las tropas. En su libro Es mi trabajo: la vida de una fotógrafa de amor y guerra, la fotoperiodista Lynsey Addario cuenta cómo coló una cámara en una escuela subterránea secreta que estaba educando mujeres a pesar de la prohibición de los talibanes. Sacó fotos sin que nadie, ni siquiera las mujeres, lo supieran. El hecho de que esto pueda comprometer la operación y las vidas del guía que la ha llevado hasta allí y, más importante aún, de las mujeres en sí, no parece preocuparla. Igual que el periodista que saca fotos de las mujeres yazidíes en Irak, el proyecto sirve para alimentar un discurso general sobre occidente y los demás; la humanidad perdida de la gente que queda atrapada en el medio no son más que daños colaterales.

Pensemos por ejemplo en el reciente libro que ha publicado Rod Nordland, el corresponsal del New York Times. En Los amantes: los Romeo y Julieta de Afganistán, la verdadera historia sobre cómo desafiaron a sus familias y escaparon a un crimen de honor, Nordland ofrece un ejemplo de cómo el periodismo predatorio, al desarrollarse en un entorno en el que nadie o casi nadie se preocupará o vigilará la ética de los periodistas occidentales, terminó por poner en peligro a los mismísimos “amantes” sobre los que escribe. Las fotos de la pareja, junto con la historia que escribió Nordland, podría haber revelado su identidad y haberlos obligado a escaparse de nuevo. Las fotos del New York Time se reimprimen a menudo en los periódicos afganos. Los que estuvieron en peligro una vez, pueden estarlo de nuevo con la misma impunidad. Nordland describe cómo él y sus fotógrafos querían realizar otra tanda de fotos y entrevistas con la pareja en uno de sus escondites. Como los encontraron, el grupo del Times terminó por transportarlos lejos de allí. Nordland confiesa ser “consciente de que estábamos traspasando la línea que separa al periodista de su sujeto”. Luego cuenta cómo su fotógrafo insistió en detener el “coche fuga” que habían facilitado para que la pareja posara “en lo alto de una colina” en el preciso momento en que la policía estaba persiguiéndolos. [2]

El saqueo de historias no es el único tipo de pillaje que los periodistas partidistas practican. En el caso de Rukmini Callimachi, la emisión del podcast Califato vino acompañada de una polémica aún mayor. Durante el período que siguió a la caída de Mosul y la derrota del Estado Islámico, Callimachi, junto con su equipo del Times, entró en edificios, casas y comisarías de policía que el EI había abandonado, y comenzó a llenar bolsas de basura con papeles que se encontró repartidos por el suelo. En los “Archivos del Dáesh”, la serie de artículos que siguieron, Callimachi afirma que estaba buscando un “diario del Dáesh”, una forma de mostrar (¡madre mía!) cómo operaba el grupo en realidad. En el desenmascaramiento posterior, revela un nombre detrás de otro de los que encontró en las “más de 15.000” páginas de documentos [3] de los que consiguió apoderarse sin ningún permiso oficial del Gobierno iraquí. El hecho de que desvelar la identidad de las personas cuyo nombre aparecía en esos documentos pueda suponer una amenaza para los que permanecieron, sus familiares o sus amigos, no era (no es) algo de lo que haya que preocuparse.

Resulta irónico que fuera a raíz del expolio de este material por lo que se criticó a Callimachi y que la apropiación de documentos fuera puesta en tela de juicio. El Comité de Libertad Académica de la Asociación de Estudios de Oriente Próximo (MESA por sus siglas en inglés) escribió una carta abierta a los editores del Times, en la que expresaba su asombro y consternación por el saqueo que realizó la periodista de los registros iraquíes. MESA destacó que, aunque la media verdad que utilizaba Callimachi en el artículo fuera cierta, en la que afirmaba que fuerzas de seguridad iraquíes la habían acompañado “la mayor parte del tiempo”, esas fuerzas no podrían haber autorizado que se llevara esos documentos. Callimachi, que a menudo presume de haber hecho lo mismo en Tombuctú después de la caída de una base de Al-Qaeda que había allí, solo se aprovechó de los momentos caóticos y sin ley que siguieron a la caída de Mosul para conseguir la primicia y apropiarse de lo que quiso, con el objetivo de progresar en su carrera profesional. Eso terminó convirtiéndose en el comienzo de los “Archivos del Dáesh” y del podcast Califato.

Lo que resulta destacable es que ninguna asociación periodística criticó sus acciones. El Columbia Journalism Review, un órgano de control que se centra en la ética periodística, habló de ella en su podcast. Entre las preguntas que nunca se hicieron, está la de por qué el New York Times, que hace gala tan a menudo de neutralidad y equidad en lo que a política nacional se refiere, se permite cruzar del lado del periodismo antagonista o partidista en otros casos. Ni la ética ni la información imparcial fueron nunca lo que guiaron las acciones de Callimachi, sino que fue la convicción de que los occidentales que combatían en la guerra contra el terrorismo, ella entre ellos, los que merecían comprender de verdad al EI y averiguar cuáles eran sus motivaciones.

El periodista depredador es una creación de la guerra contra el terrorismo, cuyo relato reclama que se canonice todo lo que sea occidental, mientras que todo lo demás queda reducido a ser una herramienta al servicio de ese objetivo. Por tanto, el periodista que se propone “desvelar” los secretos ocultos es un guerrero al servicio de ese relato tanto como un soldado que ejecuta ese programa de forma visible. Todo esto sería menos cuestionable si al menos lo asumieran y admitieran, si buscar historias de violaciones entre las mujeres yazidíes o sacarles fotos a mujeres en escuelas secretas no pretendiera ser periodismo, o respetar un código ético que obliga a obtener el consentimiento de las personas, a respetar su humanidad y a garantizar la confidencialidad.

En el teatro de la guerra contra el terrorismo, Estados Unidos ya no necesita enviar drones depredadores, puede servirse del talento de los periodistas depredadores

El componente fatídico del periodista depredador es la simulación, la connotación frente a los lectores de que ellos en realidad son “objetivos”, de que están sujetos a la ética, aunque ningún tipo de freno moral impida que lleven a cabo sus acciones. Esto supone denigrar el concepto de verdad y reducirlo al objetivo pasado de moda de un periodismo obsoleto, apoyándose en un idealismo desacreditado en la actualidad. Lo que queda es una burda conducta depredadora, reducir la comprensión al hecho de conseguir acceso, e historias profundamente exploradas que orquestan presiones y conductas depredadoras sobre personas desdichadas. En el teatro de la guerra contra el terrorismo, Estados Unidos ya no necesita enviar drones depredadores, puede servirse del talento de los periodistas depredadores, cuya ladina capacidad de metamorfosearse es mucho más elegante y, en ocasiones, un arma mucho más letal.

 

[1] Correcciones: Esta frase se ha corregido para indicar que fue después del sexto capítulo, y no del cuarto, que el pódcast Califato abandonó la historia de Abu Huzaifa. Aunque dejó temporalmente de responder a las llamadas de Rukmini Callimachi, ella pudo retomar contacto con él y entrevistarlo de nuevo para el décimo episodio, titulado “Un año después”, que se emitió el 21 de junio.

[2] Este pasaje se ha revisado para eliminar la afirmación incorrecta de que Norland “confiesa haber sobornado a un familiar de la pareja para sacarles más fotos”. Una lectura minuciosa del capítulo en cuestión desvela que entregó dinero no a un familiar, sino a Ali, el sujeto masculino de la pareja de amantes: “antes de meternos en los coches, le di a Ali mil dólares cuando no miraba nadie”. Aunque lo considera dinero que algunos benévolos donantes ofrecieron porque querían ayudar a la pareja, no queda claro si después intentó que se lo reembolsaran o si salió de su propio bolsillo. Admite que “algo más grave que el dinero, periodísticamente hablando, era ser cómplice de su huida”. Señala que no había tiempo para preguntarles a sus jefes qué les parecía, “pero daba igual, pues me temo que sé cuál habría sido su respuesta y no habría podido acatarla”. Este es uno de varios pasajes en los que Nordland analiza cómo el hecho de perseguir la historia de la pareja terminó enredándole “en sus vidas de maneras que amenazaban mis propios valores y mi ética profesional”.

[3] Hemos revisado esta frase para emplear la cifra que da el New York Times de 15.000 “páginas de documentos” que se obtuvieron, y no la cifra que aparece en el comunicado de prensa de la Asociación de Estudios de Oriente Próximo, que hablaba de “casi 16.000 documentos” y que originalmente registramos como “más de 16.000 documentos”.

Rafia Zakaria es la autora de La mujer de arriba: una historia íntima de Pakistán (Beacon, 2015) y Velo (Bloomsbury, 2017). Es columnista de Dawn en Pakistan y escribe con asiduidad para Guardian, Boston Review, The New Republic y The New York Times Book Review.

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Este artículo se publicó en inglés en The Baffler

Traducción de Álvaro San José.

Autor >

Rafia Zakaria (The Baffler)

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