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El laberinto catalán (y V) / Marina Garcés

“El procés ha reabierto la palabra ‘república’”

Ignasi Gozalo-Salellas 21/11/2018

<p>Marina Garcés</p>

Marina Garcés

Dolors Pena

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Marina Garcés nació, vive y, desde hace un breve tiempo, trabaja en Barcelona. Ya es una figura central de los debates del pensamiento contemporáneo en Cataluña y también en España. Seguramente es también culpable del reciente e imparable interés que causa la filosofía entre las nuevas generaciones de jóvenes en España. Con un pie en el activismo y otro en las aulas, define su proyecto filosófico como el compromiso de pensar el mundo que nos rodea. Su último libro, Ciudad Princesa (Galaxia Gutenberg, 2017), nos ofrece un recorrido personal pero también colectivo del activismo de los últimos lustros en la ciudad de Barcelona. Este relato en primera persona ofrece claves que desbordan los principales argumentos a favor y en contra de un movimiento como el independentismo catalán, en el que se mezclan elementos de movimiento social y de institucionalización política.

Me gustaría empezar con una reflexión global. En Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017), recogiendo a la escritora Svetlana Aleksiévich, usted anuncia la 'catástrofe del tiempo'. ¿Cuáles son los horizontes de la revuelta o de la emancipación en los tiempos actuales, a los que usted llama 'de descomposición'?

No sé si las revueltas actuales tienen muchos horizontes. Quizás sólo tengan condiciones cada vez más duras, tanto materiales o de precarización económica y ambiental, como condiciones subjetivas, de fragilización mental y cultural. Veo un escenario generalizado de descomposición donde el deseo de una vida digna no sabe cómo expresarse. ¿Debería ser defendiendo lo que teníamos? Muchas revueltas actuales parecen ir sólo en defensa de un pasado mejor y llevan el prefijo ‘re-' delante: recuperar, reapropiarnos, rescatar.... Por eso mismo corren el riesgo de pasar fácilmente de la defensa a la defensiva y acabar siendo fenómenos de nueva derecha o movimientos xenófobos. Ante esto, ¿cuáles son las revueltas capaces de imaginar futuros mejores? Esta es la pregunta que se hace la emancipación, que no se resigna a la preservación de privilegios sino a la creación de mundos en igualdad de condiciones.

Dice que “nuestro tiempo es el tiempo en que todo se acaba: la modernidad, la historia, las ideologías y las revoluciones”. También considera finito un concepto esencial del último medio siglo, el progreso, en tanto que “tiempo de la promesa, del desarrollo y del crecimiento”. ¿Estamos, pues, anclados en una condición póstuma?

El futuro, como horizonte de sentido, nos ha quedado atrás. El futuro es nuestro pasado. Lo que tenemos delante es una pantalla en negro plagada de amenazas. Por eso nuestros tiempos son póstumos: vienen después de una muerte aceptada, casi podríamos decir que planificada y administrada. Conocemos los tempos, da igual si hablamos de cambio climático, de desigualdades demográficas insoportables, de aumento de los conflictos... El calendario parece escrito y sólo nos dedicamos a cumplir los plazos como si hubiéramos aceptado la irreversibilidad de un final. La cuestión es: ¿final de qué? ¿De la civilización? ¿De la humanidad tal y como la conocemos? ¿De las aspiraciones a una vida digna y justa para todos?  

En paralelo a esta oscuridad de la que usted habla, se celebra un año de la eclosión de gente en las calles de Cataluña durante los hechos de octubre del 2017. Tal condición póstuma, ¿nos da alguna clave para entender esos movimientos masivos de la gente o precisamente nos anuncia sus límites?  

Cuando una determinada configuración cultural e institucional no da más de sí, revienta por todos lados. Puede reventar de rabia o de deseo, o de ambas cosas a la vez. En el caso del octubre catalán, me parece que se da una confluencia perfecta de los dos factores: el malestar creciente de la sociedad (crisis, corrupción, jóvenes sin futuro, parálisis política) encuentra la manera de expresarse en forma de deseo: un país nuevo, independencia, república… Es un deseo que tiene la fuerza de un malestar, y un malestar que toma el impulso de un deseo. Hay pocos casos iguales en la historia reciente de Europa, y por eso resulta tan difícil de entender y de explicar. Y también, de traducir políticamente.

¿No son los marcos de reconocimiento de una Europa que también parece sufrir varios malestares lo que hace difícil de traducir esa pulsión en algo político?

El corsé europeo también está mostrando sus límites. Tras las dos guerras mundiales, se construyó como una unión cuya principal razón de ser era evitar una nueva guerra entre los Estados europeos. Esta promesa recíproca era, y en parte sigue siendo, su principal fuente de legitimidad. Pero también ha sido el argumento sobre el que los Estados más fuertes han asegurado su poder. En este caso, ya no es el poder de unos contra otros sino de unos con otros. Pero sigue siendo un poder desde arriba, estatalizado y además burocratizado, que no admite otras geografías políticas: no admite otras realidades nacionales, pero tampoco movimientos sociales y políticos transnacionales. Hace unos años, desde los movimientos sociales denunciábamos la Europa del capital. Hoy esta Europa del capital es un territorio que, conjurando la guerra interna, vive en guerra con su exterior protegiendo sus frágiles privilegios. Veo difícil que bajo esta lógica dominada por el miedo, la Europa política se abra a repensarse a sí misma.

Hasta hace poco nos hemos referido al caso catalán como 'proceso'. De repente, nos encontramos en octubre del 2018 conmemorando fechas, instantes (20-S, 1 y 3-O, 27-O) y celebrando el acontecimiento, una actitud muy de la Modernidad. Alguien dijo que la revuelta no sería nunca transmitida, pero tengo la impresión de que en el caso catalán hubo una vivencia de la realidad en diferido. ¿Cómo definiría la secuencia?

Como proceso, es un proceso derrotado, y la derrota tiene dos caras: externa, en la acción represiva del Estado, e interna, en la descomposición actual de la política catalana. Lo que pasa es que las derrotas no nos dejan en el punto de partida, como en un videojuego donde volvemos a empezar. Después de una lucha, aunque sea perdida, todo ya ha cambiado: la subjetividad y los marcos de referencia, que se han movido. Toda lucha muestra un límite a superar y deja algo abierto. En este caso, para mí, lo que ha quedado abierto es la palabra ‘república’, que ha vuelto de la historia para volver a llenarse de nuevos significados, prácticas y retos de emancipación colectiva. Por eso me ha inquietado mucho este otoño del 2018 donde, como señalas, hemos repetido la secuencia de las fechas del año pasado como si fueran los pasos de un vía crucis. Quizá hay mucha gente joven que ya no tiene esta memoria, pero para mí desde este 20 de septiembre estamos viviendo una Semana Santa anticipada. De nuevo, la muerte y el sufrimiento como argumentos repetidos de una salvación en diferido. No me gusta nada, me inquieta mucho.

¿Cómo cree que la subjetividad política se transforma en octubre del 2017 con respecto al procesismo iniciado años atrás?

Entre el 20 de septiembre y el 3 de octubre de 2017 hay un giro que me parece muy importante: el proceso independentista, originariamente nacionalista y apoyado por las instituciones, se encuentra con la alianza de un antiautoritarismo no nacionalista muy diverso, difuso, que reacciona ante la prohibición y la represión del Estado español. Una gente que no solo protesta o apoya, sino que comparte el desafío del referéndum y, lo que me parece muy importante, asume sus consecuencias políticas. Entre el 1 y el 3 de octubre, ‘independencia’ puede querer decir muchas cosas, los sentidos están abiertos. Por eso escribí que lo que debía ser una reclamación de autodeterminación se convierte en un acto de autodeterminación en sí mismo.

Si el 15M decía “nuestros sueños no caben en vuestras urnas”, el 1-O añade: “y nuestras urnas no caben en vuestra democracia”

Los hechos han desbordado la teoría. ¿Cómo se vive en octubre del 2017 el sentido de algunos de los conceptos que tanto se han teorizado al chocar contra la realidad de las instituciones y del Estado? Pienso en conceptos como democracia, revuelta o rebelión, soberanía, pueblo o el antagonismo legalidad-legitimidad.

La acción colectiva de octubre desborda todos los marcos instituidos para el ejercicio reconocido de la política institucional. También los catalanes. Lleva más allá la tensión con los límites de la democracia formal que ya en su momento el 15M había llevado a las plazas. Si el 15M decía “nuestros sueños no caben en vuestras urnas”, el 1-O añade: “y nuestras urnas no caben en vuestra democracia”.

La pregunta sería entonces, ¿cuál es este sujeto que aborda una democracia que hace estallar los contornos del Estado?

Pienso que no lo sabemos, que a pesar de la batalla por los nombres y por las identidades no sabemos decirlo ni nombrarlo. En el momento en que lo llamamos, éste se disgrega y cuando se le quiere representar de alguna forma, la institución implosiona. Para mí es lo que pasó el 27 de octubre con la declaración de la República. La república, en minúsculas, en ese momento ya no estaba allí. No podía estar allí. En este sentido, si bien el proceso ha sido derrotado, el 1 de octubre abre algo que no ha sido aún resuelto: ¿dónde están nuestras repúblicas posibles?

Al menos desde la distancia, se vivió la actuación del Estado como una puesta en práctica contemporánea del estado de excepción, tal y como el teorizó Schmitt. La soberanía está muy disputada: unos la atribuyen al pueblo (el independentismo), el Estado la atribuye al Rey (recordemos el 3-O) o incluso a ciertos jueces estrella. ¿Qué podríamos añadir a esta lucha de sentidos?   

No sé si la pregunta por la soberanía es la misma que la pregunta por quién manda. Se repite mucho que las soberanías locales o incluso nacionales no son nada en un mundo global e interdependiente. Y es verdad, si entendemos por soberanía aquella instancia de decisión que no tiene nada antes que ella, o sea, que se presenta como primer principio de su capacidad y legitimidad de decidir. Pero si utilizamos este concepto clásico de soberanía nos encontramos que en realidad no la tiene nadie. Lo que hay, por el contrario, es muy poca gente que manda mucho, y desde lugares que no sabemos muy bien dónde están ni qué legitimidad tienen. Es evidente que el poder ha hecho una doble operación: por un lado, se ha reforzado y concentrado, mientras que, por el otro, se ha desplazado y transformado. A mí me parece más importante fijarnos en la actual disputa por el poder que en el conflicto entre soberanías. Lo que hay es una guerra global. A raíz del 2001, lo llamábamos “guerra global contra el terrorismo”, pero ahora es una guerra global contra cualquier disidencia. A esta guerra le conviene hacer de la excepcionalidad algo permanente, porque el poder se hace más fuerte en las crisis no resueltas.

Propongamos herramientas para el futuro. ¿Qué sería la democracia radical hoy?

Yo definiría la democracia como aquel sistema de vida en común donde la apuesta por la igualdad se construye desde la aceptación política de la disidencia. La libertad, como principio político, no es un criterio formal. Solo toma sentido cuando podemos decidir juntos desde el desacuerdo y en igualdad de condiciones, no sólo jurídicas sino también materiales, culturales, etcétera. Por tanto, no se radicaliza la democracia con más participación, en un sentido cuantitativo, sino con más implicación cualitativa. Voy a decirlo fácil: yo no quiero que me pregunten muchas cosas, sino poder pensar y hacerlas juntos. La cuestión es quién controla las preguntas: volviendo a la cuestión del poder, es evidente que le gusta más hacer preguntas que dejárselas hacer. Prefiere hacer encuestas, e incluso consultas, que dejarse cuestionar. Por eso el 1 de octubre es tan radical en este sentido: es la defensa, y lo hace poniendo el cuerpo, de una pregunta que el poder del Estado no acepta.

El independentismo ha caído en la trampa de la confrontación entre un 'nosotros' y un 'ellos', que es lo que el Estado necesitaba para deslegitimar el valor de la pregunta compartida

En un texto anterior, Un mundo común (Bellaterra, 2013), centra el debate en la cuestión del 'nosotros'. Dice, “el nosotros no sería un Sujeto en plural, sino el sentido del mundo entendido como las coordenadas de Nuestra actividad común, necesariamente compartida”. ¿Cuál ha sido la primera persona del plural, ‘nosotros’, en la cuestión catalana?

El referéndum no dejaba fuera a nadie: era la posibilidad de expresarnos juntos en torno a una pregunta. Y todo el mundo sabe que cuanto antes se hubiera hecho más claramente hubiera salido el NO a la independencia de Cataluña. Esto es lo más interesante: aun sabiendo esto, el Estado prefiere prohibirlo y asumir la ‘radicalización’ y la confrontación. ¿Por qué? Esta es para mí la cuestión importante que no hemos pensado bastante. Si el Estado fuera un administrador de sus propios intereses, tal vez le hubiera ido mejor dejar pasar el referéndum hace años sin pena ni gloria. Pero es que quizás un Estado no es un administrador de intereses, como el capitalismo global nos había llevado a pensar, sino que sigue existiendo porque tiene una razón: la razón de Estado, y a ésta no se la cuestiona. Por eso los Estados europeos apoyan al español, aunque algunos le puedan reprochar la brutalidad. Yo diría que eso es lo que el independentismo no ha sabido ver suficientemente bien y lo que su núcleo nacionalista ha terminado de estropear: ha caído en la trampa de la confrontación entre un ‘nosotros’ y un ‘ellos’, que es lo que el Estado necesitaba para deslegitimar el valor de la pregunta compartida. Ahora se impone la idea de la Cataluña fracturada y el trabajo que tendremos es desmentirla.  

Hay una anomalía, seguramente productiva, en la relación histórica entre la ciudad y la región: Barcelona y Cataluña. Su último libro, Ciudad Princesa (Galaxia Gutenberg, 2018), despliega una especie de memoria personal y colectiva del activismo contemporáneo de una ciudad, Barcelona, que no siempre se ha relacionado bien con Cataluña. Las calles, durante el 1 y 3-O, ¿marcan el inicio de un camino más armonioso?

Esto es muy interesante. Ha habido analistas que han vinculado el proceso a la ‘revancha’ de la Cataluña rural y de los pueblos contra la Barcelona cosmopolita y castellanizada. Yo, más que una revancha, considero que es el momento de un descubrimiento necesario. Cataluña es muy pequeña, pero sus abismos son muy grandes: campo y ciudad, norte y sur, Barcelona y comarcas, catalán y castellano, folklórica y cosmopolita, y un largo etcétera. Todas estas dualidades son muy violentas y no reflejan la realidad del territorio, de su geografía, de su cultura, de sus vínculos afectivos ni de sus redes económicas y productivas.

Me preocupa que actualmente se vuelva a centrar tanto el debate político en torno a la centralidad de las ciudades. Quizá yo haya contribuido a ello con Ciudad Princesa, pero para mí la ciudad está hecha de los caminos y de las historias de los que llegan y de los que se van. Las ciudades cada vez son menos ‘ciudad’, y el mundo rural cada vez es menos campo. Necesitamos elaborar categorías políticas que se sitúen en una nueva geografía donde los desequilibrios sociales tengan que ver al mismo tiempo con fenómenos de urbanización dispersa y de despoblación localizada, de segregación por barrios, de gentrificación y de guetización que afectan a todos los territorios del país. Esto nos permitirá pensar juntos y tejer alianzas y resistencias comunes.

Durante el 1 de octubre y en los días posteriores, con las huelgas generales, era tan importante lo que pasaba en el centro de Barcelona como en el pueblo más pequeño del país

¿Estaban esas alianzas en la calle durante esos dos días?

En las calles, en los bosques y en las carreteras perdidas, para ser justos con la realidad territorial del 1 de octubre. Las alianzas no son algo que esté nunca del todo, sino que se tejen y se destejen. Durante el 1 de octubre y en los días posteriores, con las huelgas generales, era tan importante lo que pasaba en el centro de Barcelona como en el pueblo más pequeño del país. Cada desafío y cada acto de resistencia era igualmente significativo y por unas horas nos mirábamos unos a otros. El centralismo barcelonés se desbordó y los relatos que llegaban de cada pequeña carretera, escuela o plaza adquirían el mismo peso político. Es una experiencia que no tendríamos que olvidar y que permite imaginar lo que sería un país tejido desde las redes vivas de su gente y lugares en vez de estar estructurado a partir de meras unidades administrativas e institucionales.

Decía hace poco que la realidad catalana, de los escenarios posibles, actualmente está más cerca de la memorialización folklórica que de la guerra. Por un lado me horroriza pero por el otro me tranquiliza. ¿Se atreve a vislumbrar un escenario a medio plazo?

No, no. La folklorización es la neutralización de la potencia colectiva de creación y de transformación. Eso el pujolismo lo sabía perfectamente. El reto ahora es cómo luchar sin dejarnos arrastrar hacia la guerra, y no hablo sólo de Cataluña. Hay que situar Cataluña en el escenario de la geopolítica global. Fíjese que en todas las revoluciones hay un momento en que son arrastradas hacia la guerra. El 36 fue un caso claro de esta dinámica, y todos conocemos las consecuencias que eso conllevó. Es lo que está volviendo a pasar por todo el mundo: después de ciclos de cierta apertura revolucionaria o emancipadora, hay una reacción de la derecha reaccionaria que dice “o nosotros o la guerra”. Puede ser guerra social, guerra económica, guerra ambiental, etcétera, pero aunque el paisaje nos pueda parecer diverso el mensaje y sus efectos son los mismos. En el mundo árabe, después de las ‘primaveras’; en Estados Unidos, después de Obama; en Latinoamérica, después de los ‘gobiernos progresistas’ y, por supuesto, en varios países europeos. El escenario es de contrarrevolución radical, y no pinta nada bien.

Llevemos esta corriente contrarrevolucionaria a nuestro terreno. ¿se encarna en la figura política del Estado, por ejemplo mediante la implacable respuesta de tribunales y fiscalía, o bien se refiere a movimientos políticos y sociales ultra?

Me refiero a ambas cosas y a muchas más. Las contrarrevoluciones funcionan a todos los niveles a la vez: desde el poder político y económico hasta dinámicas micropolíticas de tipo moral, estético y cultural, sexual, etcétera. La crisis global de 2008 es para mí un fenómeno evidente de contrarrevolución: el capital global apuesta por un nuevo ciclo de desposesión de las clases medias y populares globales.

En el plano político, en el Estado español tenemos la acción de un Estado, con su aparato judicial y policial, que aplica un sentido despótico de la democracia como imperio de la ley. La prisión preventiva y desmesurada petición de penas para los encausados por el 20 de septiembre y por el 1 de octubre es la manifestación más clara de este despotismo jurídico. Es curioso, o no: en el momento en que en España se estaba radicalizando y abriendo por abajo el sentido y la realidad de la palabra democracia, con el 15M, los multireferéndums y el referéndum de autodeterminación en Cataluña, la reacción reaccionaria ha caído como una losa sobre todos estos movimientos. Quizá tenemos que preguntarnos: si la contrarrevolución está siendo tan dura, ¿cuál era el alcance de las revoluciones en curso? ¿Y cómo sostener y ampliar los posibles que se habían abierto?

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Ignasi Gozalo-Salellas es profesor en Ohio State University (EE.UU)

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Ignasi Gozalo-Salellas

Visiting Assistant Professor. Spanish and Visual Studies. Bryn Mawr College.

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6 comentario(s)

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  1. fer

    Violencia y coacción es la revolución cuando va contra ti. Hoy es 29 de noviembre y las movilizaciones en Cataluña vuelven a ser por los derechos de las personas. Malos tiempos para charlatanes.

    Hace 2 años 10 meses

  2. fer

    Hay gente presa por las movilizaciones de 2012. Con la acusación particular de Ayto. Barcelona y Generalitat generalisima. Iris todos a tomar por culo.

    Hace 2 años 10 meses

  3. José Luís

    La mayor aportación del "prusés" es el 3% y las bestias inmundas.

    Hace 2 años 10 meses

  4. zyxwvut

    Ni tampoco políticas, ni sobre una ley electoral que hace que el voto de una persona de Lleida valga por cuatro de una persona de Barcelona.

    Hace 2 años 10 meses

  5. zyxwvut

    La señora es una muestra de superficialidad en estado puro. Ni referencias históricas, ni datos sociales. Reflexión en base a categorías abstractas y titulares de prensa.

    Hace 2 años 10 meses

  6. César Siroco-Mistral

    En Ciudad Princesa hay ideas interesantes, como que aceptar la inevitabilidad de un futuro distópico facilita nuestro sometimiento y que las nuevas fronteras son internas. La idealización de la República Catalana como agente liberador no la comparto. Ciertamente, no pinta nada bien, no está nada claro que se articule a tiempo un movimiento global capaz de reorientar el ascenso del fascismo. Quizá ni siquiera en Cataluña, a pesar de su historia. La gran diferencia con el 36 es que no hay una revolución social en ciernes. Creo que hablar de contrarrevolución en estos tiempos es exagerado. Las protestas e insurrecciones del 2011 se reprimieron y/o cooptaron con facilidad. La frustración creada por las políticas pro-financieras de Obama, protestadas por Occupy, pueden haber contribuido al ascenso de Trump más que sus ínfimos avances sociales. También creo que incluir a los gobiernos “progres” de Latinoamérica es alargar mucho el concepto de revolución. La pregunta del 1 de Octubre es sobre la creación de a un nuevo estado y no tiene mucho que ver con los frustrados desafíos al poder del 2011, que incluían al Parlament de Catalunya. Es un retroceso cuando poseedores y trabajadores van juntos de la mano por la liberación nacional. Espero que la próxima sea algo como "nuestras intenciones desbordan vuestras repúblicas".

    Hace 2 años 10 meses

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