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Verdades y mentiras de la subida del salario mínimo

Iván H. Ayala (La paradoja de Kaldor) 21/11/2018

<p>Salario mínimo.</p>

Salario mínimo.

J. R. Mora

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Resulta interesante el debate sobre el SMI que se está produciendo al hilo de los últimos acontecimientos políticos. La última de las aportaciones al debate fue la del gobernador del Banco de España apuntando un impacto negativo en el empleo en trabajadores menos cualificados y jóvenes en Sede Parlamentaria. En realidad, el gobernador estaba leyendo las conclusiones del informe anual de 2017 publicado en mayo del 2018, por lo que no parece que haya nada novedoso en el análisis. En dicho informe de hecho se dice que el incremento experimentado en 2017 por el SMI (8%) “estaría teniendo efectos agregados reducidos tanto sobre el empleo como sobre los salarios”. Los economistas repiten como un mantra “no hay evidencia empírica concluyente” aunque ese mantra es mentira: existe una evidencia abrumadora en economía que muestra que el salario mínimo (SM) no tiene un impacto sobre el empleo agregado de una economía. La explicación de dicha situación puede dar algunas claves interesantes que nos ayude a entender el problema.

Los contrarios a su subida (la escuela neoclásica) han argumentado tradicionalmente que la existencia de un salario mínimo introduce una rigidez que hace que el salario se sitúe por encima de la productividad del trabajo generando desempleo involuntario. Los partidarios de su incremento no lo hacen porque tenga un impacto positivo, sino por motivos de justicia social. La teoría económica respecto al SM solo provee soluciones para casos extremos. Por un lado en un mercado perfectamente competitivo, la introducción de un SM tendría un impacto negativo en el empleo al estar por encima del correspondiente al nivel de equilibrio. Por otro, un mercado monopsónico, donde el empleador tiene poder de mercado, y establece un SM inferior al de equilibrio, un incremento del mismo hasta dicho nivel puede generar un incremento del empleo. Fuera de esos dos casos extremos (es decir, en la realidad), la teoría no da elementos concluyentes, por lo que el debate respecto al papel de un SM -tan antiguo casi como el trabajo asalariado- se reproduce cada vez que se decide políticamente utilizar esta herramienta. 

Dado que el salario entra como un factor de coste en la función de producción de las empresas, y como un ingreso, al ser fuente de su renta, para los trabajadores, el debate siempre gira en torno a si el efecto dominante es sobre la oferta (impacto negativo sobre el empleo por incremento del coste del factor trabajo) o sobre la demanda (impacto positivo sobre el empleo por el impacto positivo en el consumo). Sin embargo, parece bastante razonable que el impacto del salario mínimo (SM) a nivel agregado sea indeterminado sobre el empleo, porque afecta a un número muy pequeño de trabajadores (8% del total en España). El SM a pesar de afectar a la oferta y a la demanda, no es el elemento principal a la hora de determinar el volumen total de empleo total en una economía -el tamaño de la tarta-. Más bien afecta a la composición de la misma -la distribución de la tarta-. Que el SM no está relacionado con el nivel de empleo por el lado de la demandase puede estudiar a través de la relación entre el índice de Kaitz (ratio SM/Salario medio) y tasa de empleo (población ocupada/población en edad de trabajar). Si el SM afectara negativamente al empleo, esperaríamos que cuanto mayor fuera el SM (cuanto mayor el índice de Kaitz), menor sería la tasa de empleo de un país. Sin embargo, en el gráfico 1 se observa una relación exactamente contraria, cuanto mayor es el SM (mayor es el índice de Kaitz), mayor es la tasa de empleo de un país. No obstante, existen países como España y México con un índice de Kaitz reducido (SM reducido), que difieren notablemente en las tasas de empleo (47% para España, 57% para México), y países con un índice de Kaitz más elevado (SM relativamente mayor) con tasas de actividad mayores (como Turquía o Bélgica). Por tanto no parece que exista alguna relación entre el SM y el total de empleo de una economía, y de existir, sería inversa a la que promulgan los detractores de la subida, o incluso existencia, del SM.

Por otro lado, que el SM no es determinante tampoco por el lado de la oferta. Si lo fuera, observaríamos que a mayor SM (mayor índice de Kaitz), mayor tasa de desempleo. Sin embargo observamos en el Gráfico 2 que, de existir alguna tendencia, es precisamente la contraria: a menor SM, mayor tasa de desempleo. España y Grecia son casos paradigmáticos, con una tasa de desempleo anormalmente elevada y un índice de Kaitz relativamente bajo con respecto a los demás países. Es más, si observamos el Gráfico 2, podemos ver que la mayor parte de países se concentran en el entorno de un índice de Kaitz entre 0,38-0,45 (0,31 en 2016 para España, es decir un SM inferior en relación al salario medio de la economía, ya de por sí bajo en términos relativos), y la mayor parte de ellos tienen una tasa de desempleo inferior a la de España. Por tanto tampoco parece que el SM sea determinante a la hora de definir el desempleo de una economía, y si existe alguna relación su naturaleza es la contraria a la que promulgan los detractores de la subida.

Si el SM no tiene impacto sobre el empleo agregado es porque, por un lado, éste depende en el corto plazo de la demanda efectiva, esto es de la demanda que prevén los empresarios encontrar para vender sus productos. Y por otro, a largo plazo, el empleo total que una economía puede generar depende de la productividad de dicha economía, esto es, de la capacidad que tiene para generar crecimiento y por ende empleo. La naturaleza de ese crecimiento dependerá de cómo se reparta ese incremento de productividad entre los diferentes grupos sociales que pugnan por el reparto de la renta.

En lo que al SM respecta, al elevarse su nivel se incrementa el valor necesario para que una actividad empresarial sea rentable, por lo que incentiva a incrementar la productividad de los trabajos de la parte más baja de la cadena de creación de valor. Al poner un límite por debajo del cual una actividad económica deja de ser rentable, las actividades que se crearán necesariamente serán de mayor valor añadido. Si se crean más actividades rentables de las que han dejado de serlo, el efecto final será positivo. Si bien la evidencia empírica en contra del impacto del SM sobre el empleo es abundantemente molesto, los estudios sobre su influencia en la productividad son más bien escasos. 

Rebecca Riley y Chiara Rosazza Bondiben han publicado un influyente artículo donde estudian las posibles vías teóricas de impacto positivo en la productividad del SM tanto a nivel empresarial, como a nivel agregado, y la evidencia empírica en Gran Bretaña. Sus resultados muestran que la subida del SM incrementa los costes laborales para las empresas que emplean trabajadores con este nivel salarial, pero estas empresas responden incrementando la productividad para compensar el incremento en el coste laboral. Dicha mejora en la productividad no se produce vía sustitución capital por trabajo, como predice la teoría, sino que se produce como consecuencia de incrementos de la productividad total de los factores asociados a incrementos en la eficiencia de producción. Este resultado además es compatible con la teoría de los salarios de eficiencia, que predice que las empresas pueden estar dispuestas a pagar salarios superiores al de mercado con el fin de incrementar la productividad del trabajo. 

En definitiva, y frente al mantra de que “no hay evidencia empírica concluyente” acerca del impacto del SM en el empleo, podemos decir que la hay y que es no solo concluyente sino contundente: el SM no tiene impacto sobre el empleo agregado, porque no puede tenerlo dada la pequeña proporción de trabajadores que lo cobran. El SM no afecta al tamaño de la tarta a corto plazo, esto es, la cantidad de empleo que puede generar una economía, sino que afecta a cómo se reparte dicha tarta, lo que tiene una incidencia a largo plazo. Hay indicios teóricos y empíricos suficientes para pensar que el incremento del SM puede estar asociado con incrementos en la productividad. Al incrementar el SM, incrementa el límite inferior de rentabilidad empresarial lo que a su vez puede incrementar la escala de valor de toda la cadena productiva. Pero todo ello no depende exclusivamente del SM, es decir, un incremento importante del SM no es suficiente, aunque sí necesario para que se produzca ese efecto en la productividad. Es necesario acompañarlo de toda una batería de medidas que tienen que ver con la distribución de la renta en el mercado de trabajo (negociación colectiva), con la redistribución de la renta fuera del mercado de trabajo (redistribución vía fiscalidad), con el desarrollo de proyectos empresariales con periodos de rentabilidad demasiado largos o demasiado arriesgados para el mercado (banca pública), un sector público emprendedor (que diría Mazzucato), incrementar el I+D público y la transferencia al sector privado (financiación universidades), la mejora de las políticas activas de empleo (financiación SEPE)… En definitiva, el incremento del SM es una primera pieza necesaria de un gran puzzle, que cuando se complete, significará la renovación del modelo productivo de la economía española.

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Iván H. Ayala es doctor por la UCM y profesor de la URJC.

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