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Yomango o cómo hacer literal el deseo capitalista

Leónidas Martín repasa los hitos de la marca no comercial, un proyecto de desobediencia civil, que nació en 2002 en Barcelona

Palmar Álvarez-Blanco 19/12/2018

<p>Yomango</p>

Yomango

LEODECERCA

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Pasar tiempo con alguien cuando hay disposición dialogante y de atenta escucha, hace posible emprender un camino en el que compartir miradas del mundo, desaprender lugares comunes y transformarnos en el proceso mismo de caminar juntas. Es en este compartir camino donde vamos tejiendo y destejiendo los afectos, los vínculos, los aprendizajes, las visiones y es ahí, en ese aprender y desaprender, donde se inscribe el activismo críticamente situado que practica Leónidas Martín. En este pequeño paseo dialogado dejo registro de un ensayo de camino recorrido junto a él y su experiencia Yomango.

Leónidas, Yomango es una marca no comercial que creas en colectivo en el 2002 en Barcelona. Con ella inauguráis una práctica de desobediencia civil enraizada con la reapropriación estética de una marca de ropa comercial –la marca de la corporación de Inditex MANGO– con el fin de crear nuevas posibilidades de vida. ¿Quiénes formaban parte de ese grupo de personas que da de alta la comunidad Yomango? ¿de dónde procedían? ¿cómo acabáis conformando una comunidad? 

La gente que creamos Yomango procedíamos todos de Las Agencias, un colectivo artístico-activista en el que habíamos estado volcando nuestros esfuerzos los años previos a la aparición de esta marca. Al principio, Yomango comenzó como un proyecto más de Las Agencias, pero enseguida adquirió una fuerza tan potente que le hizo independizarse. El proyecto llegó a cobrar tanta identidad propia que dejamos de llamarnos Las Agencias para pasar a denominarnos Yomango.

¿Puedo pedirte que hagas memoria y nos cuentes en qué medida o de qué forma el G-8 y la tragedia de Génova influye en esta comunidad germinal?

Hasta la cumbre del G-8 en Génova, nuestro trabajo se había desarrollado en el interior del movimiento antiglobalización. A nuestro parecer, aquel movimiento contenía una serie de fuerzas y potencias altamente transformadoras, pero también le veíamos muchos límites, como por ejemplo su incapacidad por atraer a personas ajenas al activismo social, o sus imaginarios todavía enraizados en una idea de la política muy ideológica, deudora de un pasado que no acertaba a representar las luchas sociales ni el poder político tal y como lo vivíamos nosotros. Si echas un vistazo a nuestros primeros trabajos, proyectos como el Pret a Revolter, Artmani o el Show bus, nuestro vehículo de intervención en el espacio, verás que todos ellos prestan atención a estos límites tratando de modificar ampliarlos modificando el imaginario en el que estaba instalado el movimiento global. Entonces decíamos que nuestros proyectos eran “un intento por ver representadas las luchas sociales y el poder económico al que nos enfrentamos del modo en que realmente eran”, y no como acostumbran a representarlo los medios de comunicación o las corrientes intelectuales del momento. Así pues, nuestro trabajo dependía de una inscripción directa en el movimiento antiglobalización pero siempre con la intención de cambiarlo desde dentro, de derribar sus límites y de dotarle de más potencia. Sus manifestaciones, sus contra-cumbres, y también su imaginario y sus representaciones, fueron nuestro terreno de trabajo hasta Génova. Lo que vivimos allí nos marcó de tal modo que significó un punto y aparte en nuestro trabajo. 

Cuando regresamos de aquella batalla, después de ver cómo el Gobierno italiano con el beneplácito de toda la Unión Europea no había dudado en decretar un estado de excepción que provocó un muerto (Carlo Gulliani, un joven de 23 años) y centenares de heridos, tuvimos bien claro que habíamos alcanzado un límite y que necesitábamos dar un giro a nuestra manera de trabajar. Debíamos abandonar la dependencia que teníamos con las grandes manifestaciones y contra-cumbres en las que articulábamos nuestro trabajo hasta ese momento, y enfocarnos más en la vida cotidiana. Era allí, en lo más cercano y cotidiano, donde debíamos anclar nuestro trabajo si queríamos dar con algo que fuese capaz de enfrentar de verdad a los poderes económicos que tanto limitaban nuestra existencia. Nos preguntamos entonces si había alguna práctica cotidiana que ya estuviese haciéndolo de algún modo. Tras observar con atención nuestro entorno más cercano nos dimos cuenta de que sí que había algo que se enfrentaba a las empresas multinacionales a diario: mangar. Miles de personas en todo el mundo extraían cada día una infinidad de bienes de consumo de estas empresas sin pagar, ocasionándoles pérdidas millonarias, lo que las empresas denominan como pérdida desconocida. Habíamos dado con algo potente. El único problema era que esta práctica cotidiana de subversión era completamente invisible. Así que decidimos aplicar nuestros conocimientos artísticos y de diseño en la tarea de hacerla visible. Así es como nace Yomango.

En un lugar de tu blog subrayas que “crear es transformar profundamente lo que se recibe […] En ese sentido, Yomango abandona el círculo cerrado de la producción-consumo para adherirse al ámbito de la reapropiación, de la captura, y hacer de este impulso un movimiento, un modo, un arte”. ¿Puedes contarnos en qué consiste esta acción de reapropiación? 

Desde el principio nos impusimos un reto: Yomango no crearía nada, todo lo que Yomango haría siempre sería mangar. O dicho de otro modo, más que tratar de crear algo desde cero lo que realmente nos interesó siempre fue explorar la creación que residía en la combinación y los usos inesperados de lo que ya existía. Y lo cumplimos. Desde el propio nombre de la marca Yomango, que no es otro que la apropiación del de la empresa multinacional de moda Mango, hasta sus complementos de moda o sus eslóganes, todo fueron apropiaciones de otras marcas que, al combinarlas con Yomango, adquirían nuevos sentidos. Como por ejemplo el eslogan que le mangamos a Mastercard: “Hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás… Yomango”. 

El objetivo principal de Yomango fue siempre el de constituirse como marca (la primera marca no comercial de la historia), y como tal Yomango se dedicó a hacer lo que hacen todas las marcas: crear un estilo de vida a su alrededor. La diferencia radicaba en que el estilo de vida que ofrecía Yomango tenía la capacidad de infiltrarse en el imaginario de las otras marcas –estuviese ésta relacionada con la moda o no– y alterarlo hasta dejarlo patas arriba. “Yomango, en tu centro comercial más cercano”, decíamos por aquél entonces, esos eran los lugares donde actuaba nuestra marca, los templos de las empresas multinacionales, las catedrales del consumo donde se encuentra encerrado nuestro deseo. 

Yomango no crearía nada, todo lo que Yomango haría siempre sería mangar

En otro momento escribís que Yomango se ubica “allí donde el capitalismo amplía su terreno abriendo centros comerciales y conquistando tus deseos, allí está y estará siempre Yomango”. Esto que afirmas resulta esencial para entender la asociación de Yomango con una transformación de la realidad inmaterial que configura esa visión y lógica del mundo capitalista que se trata de cortocircuitar. ¿Qué mecanismos de defensa ha desarrollado con el tiempo el virus Yomango para no acabar siendo devorado por esa tendencia del capitalismo a colonizar y convertirlo todo en mercancía?

La recuperación capitalista de todo aquello que aparece enfrentándosele ha sido un conflicto mayúsculo para el pensamiento crítico del último siglo. De algún modo, Yomango supo esquivarlo. Es como si su propia práctica, el hecho de no pagar por los objetos de nuestros deseos, es decir, el hecho de saltarse la regla fundamental sobre la que se fundamenta el intercambio capitalista, otorgaba a esta peculiar marca el antídoto perfecto ante una posible recuperación. En este sentido, podríamos decir que Yomango señaló con absoluta claridad dónde se encontraban los límites de la maquinaria de producción de deseo que el capitalismo engrasa concienzudamente a diario. Por eso, a veces, decíamos que Yomango era una práctica de literalidad, porque tomaba literalmente los deseos representados por el capitalismo y los hacía suyos sin pasar por caja, sin dinero ni tarjetas. Al hacerlo así, la máquina capitalista dejaba de funcionar y su idea del deseo se desvanecía hasta transformarse en otra cosa, algo que no estaba incluido en los planes originales, como por ejemplo en el disfrute por la compartición gratuita.

 Yomango señaló con absoluta claridad dónde se encontraban los límites de la maquinaria de producción de deseo

Volviendo a la realidad inmaterial, Yomango “cree en la libertad de las prácticas, y sabe que lo cotidiano está sembrado de maravillas, que detrás de las cosas hay un movimiento sin tregua que nos está llamando, aunque el ruido de la tele o el de los coches, o el ruido de un centro comercial en hora punta no nos deje oírlo. Algo que nos llama desde detrás de las cosas, esa podría ser una buena definición de Yomango”. Pensando esto que escribes, ¿qué es eso que nos llama de ese “detrás de las cosas” que parece que no terminamos de saber escuchar?, ¿qué tendría que ocurrir para que aprendiésemos a escuchar esa llamada?

Eso que está detrás de las cosas no es otra cosa que una relación con el mundo distinta a la que mantenemos ahora. Si lo piensas, el hecho de que el sentido de toda actividad humana se mida bajo la estricta ley del dinero limita radicalmente nuestras capacidades humanas. Todo aquello que podríamos hacer y que no hacemos simplemente porque no aporta ningún beneficio económico, representa una gran pérdida para nuestras existencias. De algún modo, Yomango trataba de subsanar esta pérdida. No como fórmula infalible, por supuesto, ni tampoco de manera permanente, eso ni Yomango ni ninguna otra cosa tiene hoy la capacidad suficiente para hacerlo, lo que sí podemos hacer es entablar relaciones distintas con la vida en momentos y situaciones concretas. Eso es lo que trataba de hacer Yomango en cada una de sus acciones. Éramos de la opinión de que cuanto más capaces fuésemos de crear este tipo de situaciones, más tiempo de nuestra existencia pasaríamos viviendo la vida que deseábamos vivir. Si éramos capaces de componer experiencias colectivas en las que el intercambio del deseo y la compartición de las cosas no pasasen por el filtro del consumo, serían nuestras propias vidas las que dejarían de estar sometidas al consumo como único sentido del mundo. “If you can act it out, It’s real”, decían los Diggers en los años 60, y algo parecido es lo que decíamos nosotros también a principios del siglo XXI.

Yomango no es una campaña que instiga al hurto en los grandes almacenes sino una defensa del cuidado y del auto-cuidado (“porque la felicidad no se puede comprar”); una invitación a la transformación de las condiciones materiales y estructurales hegemónicas y una llamada de atención sobre el robo legalizado por parte de los poderes hegemónicos que diseñan una visión del mundo capitalista de acuerdo con sus intereses. Pensando que las intervenciones Yomango han sido, en sí mismas, actos de desobediencia civil, me pregunto si habéis tenido que enfrentaros a alguna denuncia o a algún problema legal.

Cuando Yomango apareció en escena pilló a todo el mundo desprevenido. La policía tardó un tiempo en comprender qué era aquello realmente, ¿era arte?, ¿era activismo?, ¿se trataba de la presentación de una nueva marca en sociedad, de una performance artística o estaban realmente mangando? Esta dificultad para clasificar a Yomango dentro una categoría, nos otorgó un espacio de libertad que aprovechamos para experimentar el modo de vida asociado a la marca. Por eso fuimos capaces de hacer todo lo que hicimos, porque Yomango era inclasificable. Pasado un tiempo, la policía sí que frenó alguna de nuestras acciones –sobretodo algunas de las que llevaron a cabo las franquicias latinoamericanas–, pero la ambigüedad y el eclecticismo con el que nació la marca continuó siendo garante de protección durante prácticamente todo el tiempo de su existencia. Siempre que la policía trataba de prohibir alguno de los talleres o presentaciones de la marca, algún museo de renombre o centro cultural la incluían en sus colecciones o la exhibían en sus instalaciones, otorgándole un grado de visibilidad y una legitimidad que contrarrestaba cualquier intento de criminalizarla. 

La policía tardó un tiempo en comprender qué era aquello realmente, ¿era arte?, ¿era activismo?

De todos modos, el asunto de la legalidad en Yomango estuvo siempre encima de la mesa. Desde el principio, contamos con el apoyo de una abogada amiga de la marca que, siempre de manera desinteresada, nos asesoró en estas cuestiones. Además, en todos y cada uno de los talleres de Yomango, antes de cada una de sus intervenciones, siempre se trataba este asunto, decidíamos de manera conjunta qué riesgos estábamos dispuestos a correr y hasta dónde queríamos arriesgarnos. La tendencia habitual de Yomango fue la de investigar posibles agujeros legales y jugar con ellos sin poner nunca en riesgo a nadie. Es por esto por lo que no tuvimos demasiados problemas legales. Ninguna empresa llegó a denunciarnos nunca. 

Pasados muchos años, por una de esas casualidades que a veces se dan en la vida, me incorporé a trabajar como profesor de historia del Arte en la misma escuela de diseño donde trabaja el representante de relaciones públicas de la marca Mango. El primer día de trabajo, la directora del centro me pidió que le acompañara al despacho de los profesores, “hay alguien que te quiero presentar”, me dijo. Cuando llegué allí, un tipo moreno y muy alto vestido con traje a rayas, camisa blanca y corbata negra me estaba esperando de pie. “Dejad que os presente”, dijo la directora, “David de Mango este es Leo de Yomango”. Fue muy divertido, estuvimos charlando relajadamente un buen rato. Cuando le pregunté por qué no nos habían denunciado nunca, él me contestó que estuvieron a punto de hacerlo en numerosas ocasiones, que Yomango fue el principal quebradero de cabeza de sus abogados durante bastante tiempo, pero que al final no se decidieron a hacerlo porque supusieron que sería contraproducente para ellos además de muy ventajoso para nuestra marca. El tipo había comprendido perfectamente de qué iba Yomango. 

Pensando ahora en la acción colectiva, parece que el colectivo Yomango se expande allá donde haya un grupo de personas compartiendo una posición vital a la contra de las condiciones capitalistas neoliberales. Al estudiar las diferentes metamorfosis y encarnaciones de este espíritu desobediente me doy cuenta de que en su AND Yomango presenta ideas procedentes de la comunidad hacker, del Código abierto y del Creative Commons. Pensando ahora en tu experiencia con Yomango y tus invenciones posteriores, ¿qué peso ha tenido la revolución tecnológica y digital en vuestro modo operativo activista? Y por otro lado, ¿es lo colectivo antídoto contra el virus del espíritu de la privatización y su ansia de propiedad?

Cuando creamos Yomango, a principios del siglo XXI, todavía apreciábamos internet por la capacidad que nos otorgaba para acceder a un inmenso corpus de textos, sonidos e imágenes. La digitalización de la vida tal y como la conocemos hoy no había comenzado todavía. Internet representaba aún un modo de comunicación entre individuos, y nosotros decidimos apostar por él. Ya en el año 2002 instalamos en nuestra página web un módulo de publicación abierta, algo así como un pequeño muro de Facebook pero anónimo y libre. En ese foro enseguida se estableció una comunidad de usuarios que, durante varios años, formaron una estructura de intercambio de saberes, prácticas y vivencias muy enriquecedora para el conjunto de la marca Yomango y el estilo de vida asociado a ella. 

Esta plataforma de intercambio fue sin duda un lugar muy distinto al que ofrecen hoy las redes sociales. El conocimiento que allí se intercambiaba era recogido por una comunidad concreta que lo aplicaba en sus propias vidas de manera muy práctica. Además, el hecho de que todo el mundo participase de manera anónima, bajo un seudónimo, otorgaba una distancia crítica capaz de resistir al escrutinio diario al que se exponen hoy nuestras vidas en las redes sociales. Entonces, internet todavía representaba un espacio no regulado del todo donde uno podía establecer intercambios (de ideas, de vivencias, de saberes) ajenos a la lógica del beneficio económico. Con los años, internet ha ido dejando de ser una herramienta de comunicación entre individuos –aunque todavía mantiene algo de eso– para transformarse en una máquina de rastreo y registro de toda nuestra existencia. Cada vez más, internet se torna en un dispositivo automático que aspira al conocimiento integral de nuestra vida, cuantificando constantemente nuestros gestos, nuestras ideas y nuestras experiencias con la intención de orientarlas en beneficio de la producción y el consumo capitalista. Ante este panorama, cabe preguntarse en qué consistiría Yomango hoy; qué imaginario, qué estilo de vida, es capaz hoy de interrumpir esta máquina algorítmica que trata de reducir la vida y al ser humano a un objeto perpetuamente mercantil condenado a ofrecer eternamente el testimonio de su vida.

internet ha ido dejando de ser una herramienta de comunicación entre individuo para transformarse en una máquina de rastreo y registro de nuestra existencia

Yomango es un dispositivo práctico que cortocircuita la lógica capitalista dominante para abrir grietas por las que aparecen otras imágenes del mundo ¿Cómo se articula en este dispositivo Yomango lo subjetivo y lo inmaterial con lo material plenamente? ¿En qué plano de relación con la existencia nos invita a entrar Yomango? 

Yomango nos enseñó que un único gesto puede cuestionar el conjunto de lo existente y transformarlo por completo.  De hecho, mangar era eso, un gesto individual –y colectivo– que alteraba el conjunto de representaciones sobre las que se sostenía el sentido del consumo, y ponía patas arriba toda la lógica inscrita en un centro comercial. ¿Te has fijado de que cuantas más representaciones de la felicidad tenemos, menos felices somos? Eso es así porque esas representaciones están divorciadas del gesto que traería consigo la felicidad. En Yomango pensábamos que el único modo de hacer habitable el entramado de deseos y expectativas que aparecía representado en la publicidad era, precisamente, proponiendo una idea alternativa de felicidad a partir de una serie de gestos muy concretos. De ahí, nuestro interés en el arte, porque el arte tiene la capacidad gestual de establecer relaciones impredecibles con la realidad y, por lo tanto, de redefinirla. Nuestras performances en centros comerciales, los diseños de moda de la marca, sus catálogos, todo eso desempeñaba el papel de traductor de los significados simbólicos que operaban en el mercado. Eran, por así decirlo, puentes que mediaban entre la historia particular de cada individuo y las grandes historias que conforman la sociedad. Si te fijas, todo el conjunto de representaciones publicitarias niegan la espontaneidad de las personas, su creatividad y su capacidad por transformar aquello que les rodea más allá del consumo. Nuestras intervenciones artísticas, por el contrario, trataban de recuperar la potencia de actuar sobre el mundo y de modificarlo. Eran un intento por inaugurar una relación distinta con el espacio y con el tiempo de consumo –ambos desplegados ya entonces por casi todo el espacio y el tiempo de nuestras vidas–. Yomango desarrolló un arte de intervención que fue capaz de atravesar en numerosas ocasiones el afilado umbral que conduce al disfrute. Ese era el plano de relación con la existencia al que nos invitaba a entrar Yomango.

Yomango desarrolló un arte de intervención que fue capaz de atravesar en numerosas ocasiones el afilado umbral que conduce al disfrute

Y para terminar, es inevitable preguntarte por la efectividad social centrada en la materialidad. Sabemos que a día de hoy, dieciséis años después, Yomango no ha puesto fin a la fiebre hiperconsumista. Sin embargo, pensando que la comunidad Yomango es el resultado de una experiencia de compartición de un tiempo común y que en ese tiempo se participa de una manera de mirar, de pensar, de percibir, ¿crees que habéis logrado intervenir la subjetividad colectiva en el sentido de que se miren y sienta el consumo de manera distinta?  

Yomango nunca tuvo pretensiones maximalistas, nunca nos planteamos acabar con el consumo, ni con el capitalismo, ni nada por el estilo. Éramos de la opinión de que todas las propuestas que aparecen con tales propósitos están abocadas a la frustración. Si diriges tu mirada a un horizonte tan ambicioso y general, lo más probable es que pierdas la capacidad para percibir todo aquello que sucede a tu alrededor. Lo que a nosotros nos interesó fue la pregunta por la autonomía, ¿de cuánta autonomía disponíamos para escapar del tiempo y del espacio global del consumo? Y nos propusimos tantear las posibilidades que teníamos para ejercer algún tipo de intervención sobre un imaginario que, cada vez con más fuerza, nos arrastraba hacia una existencia muy limitada, la del consumidor. 

Con Yomango aprendimos que lo que nos gobierna es, en realidad, un entorno (visual, arquitectónico, urbano…), y que aunque a primera vista este entorno pudiera parecer que lo abarcarlo todo, en realidad no es así: está lleno de agujeros. Estos agujeros no los vemos a simple vista porque existen únicamente en la medida en que los hacemos existir –ver nunca ha sido conformarse con lo visible–. A todo entorno, a todo espacio, podemos aplicarle una perspectiva, una línea de fuga, capaz de establecer una nueva relación con ese entorno. En realidad, las acciones Yomango no fueron otra cosa que líneas de fuga capaces de interrumpir el tiempo y el espacio del consumo. La insistencia en el trazo de esas líneas fue lo que terminó por provocar la aparición de un lugar, mitad imaginario y mitad físico, desde el que logramos establecer una relación distinta con el consumo. Fue precisamente ahí, en ese inesperado lugar que inauguró la marca Yomango, donde se estableció toda su comunidad y donde afirmó todo su estilo de vida. 

Esto que nos sucedió a nosotros bajo la forma de una marca en el lugar del consumo, puede llegarle a suceder a cualquiera en cualquier otro lugar. Estoy convencido de que todo lugar puede llegar a ser un posible nodo de una nueva red de relaciones inesperadas. Estos nodos nacerán siempre de aquellas experiencias que sean capaces de desmantelar el poder que determina lo que debe ocurrir en ese lugar. Y serán siempre experiencias colectivas. Normalmente, inician su andadura con un nombre, si se llama a la vida con las palabras exactas, ella acostumbra a acudir. Nosotros la llamamos Yomango y ella acudió. 

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Palmar Álvarez-Blanco es profesora de español en Carleton.

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Palmar Álvarez-Blanco

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2 comentario(s)

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  1. un lector

    Mango no pertenece a Inditex

    Hace 2 años 9 meses

  2. Quique

    Buena entrevista, y muy lúcido Leo. Gracias.

    Hace 2 años 10 meses

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