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EL SALÓN ELÉCTRICO

Ríete de una bandera (pero solo si es francesa)

Desde tiempo inmemorial lo nuestro, verdaderamente nuestro, es la persecución de artistas, cómicos, creadores y científicos

Pilar Ruiz 26/12/2018

<p>Louis de Funès </p>

Louis de Funès 

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¿Humor francés? Imposible. Ni siquiera existe, dicen. El humor comienza por saber reírse de uno mismo y el chauvinismo lo imposibilita, dicen. España siempre mirando al vecino del norte con suspicacia, una mirada en la que los franceses serían gente con dos manías: el orgullo nacional y montar barricadas. Gente muy seria, muy chauvinista y de guillotina fácil, de la que hay que copiar su defensa de lo suyo, como la bandera, pero no tanto el ardor republicano ni la tendencia inflamatoria a la protesta: eso demuestra que son de poco aguante y les falta sentido del humor. Dicen.

De nada sirve que Francia sea la patria del vodevil y de La jaula de las locas, mucho menos la de Molière. El gran padre de la comedia de costumbres y de personajes, el hijo del tapicero que mientras se sentaba a comer con un rey se despachaba contra los avaros, los hipócritas, los frívolos y contra todos los pomposos del mundo, adorado como un dios en Francia, es casi un desconocido en nuestro país. Aunque tampoco haya aquí mucho interés por Tirso de Molina, el fraile que creó a Don Juan prestándolo luego a Molière, pero más famoso por tener una parada en el Metro de Madrid. Casi nadie recuerda que en su tiempo, el fraile Téllez -Tirso como seudónimo- pasó las de Caín por comediante y sufrió persecución de un tipo tan siniestro como el Conde Duque de Olivares. Es decir, del poder.

“El escándalo que causa un frayle merçedario que se llama el Maestro Téllez, por otro nombre Tirso, concomedias que haçe profanas y de malos incentivos y exemplos. Y por ser caso notorio se acordó que se consulte a S. M. de que el Confessor diga al Nuncio le eche de aquí a uno de los monasterios más remotos de su Religión y le imponga excomunión mayor latæ sententiæ para que no haga comedias ni otro género de versos profanos.”

Desde tiempo inmemorial lo nuestro, verdaderamente nuestro, es la persecución de artistas, pensadores, cómicos, creadores y científicos. Toda una enseña nacional.

'Luis XVI invita a Molière a compartir su cena' Geròme (1862)

También olvidan los francófobos que para varias generaciones de niños lectores Francia será, sobre todo, la patria de René Goscinny, el primer guionista y escritor de comedia que conocimos -y amamos- con nombre y apellidos gracias a Asterix, Iznogud y Lucky Luke. La Galia está incrustada en nuestra educación sentimental al nivel de la de Flaubert. Y si me apuran, aún más profundamente que la del escritor inmortal.

 

René Goscinny. 

Goscinny también nos enseñó, mucho antes de que supiéramos lo que eso significaba, qué era el humor judío: en el año 1922 sus padres emigraron a Argentina y eso les salvó de morir en los campos de exterminio como el resto de la familia. Sí, resulta que en Francia hubo algo llamado Régimen de Vichy y no les gusta recordarlo a algunos franceses, sobre todo a los negacionistas que fundaron Front National. Desde el affaire Dreyfus hablar de antisemitismo por esos lares tiene poca gracia.   

Pero volvamos al humor: ¿qué sería de los niños de los 70 sin Louis de Funès? En una de las mejores películas de este año, Roma, puede verse un homenaje al cómico francés: se trata de La gran juerga (La grande Vadrouille, Gérard Oury, 1966); aunque no les suene, el mayor éxito de taquilla en las salas francesas hasta que se estrenó Titanic (Cameron, 1988).  El mexicano Alfonso Cuarón hace grande la pantalla -enorme, de hecho- para albergar el rostro de Louis de Funes, el más francés de todos los cómicos franceses, con permiso de Fernandel. Y sin embargo Louis Germain David de Funes de Galarza y Soto era hijo del noble sevillano Carlos Luis de Funes y de Leonor Soto, muy españoles ambos. ¿Funès humorista andaluz? Pues seguramente, además de caballero de la Legión de Honor y marido de una bisnieta de Guy de Maupassant: los franceses convierten en francés todo el talento que tocan; aunque quizá ahora, con la xenofobia por bandera, acaben con esa excelente tradición. Al final de su vida Funès consiguió su sueño: adaptar al cine El Avaro de Molière. Francés hasta la médula y comediante hasta la muerte.

Cómicos antiguos estos, dirán. ¿Y ahora? Pues si quieren asistir al destrozo absoluto del chauvinismo de la Francia más orgullosa de serlo pueden ver Au service de la France (A very secret service, Canal Arte, en NETFLIX). Serie ambientada a finales de los 50 y principios de los 60 en los servicios secretos de De Gaulle, esta comedia con ecos de Goscinny creada en época de lepenismos, se mofa de la Historia de Francia, de la Grandeur y de sus mitos tricolores hasta la carcajada.

Sus protagonistas, mortadelos y filemones a la gabacha, son agentes secretos con pasado colaboracionista nazi, torturadores, corruptos o venales, machistas, racistas y homófobos que se chantajean unos a otros, burócratas empedernidos, idiotas que en plena guerra fría se meten en mil líos soviéticos o coloniales, capaces de pasear bombas atómicas en un Citroën y montar la OAS solo para proteger sus pisitos en Argel. Para los cinéfilos añaden delicatessen en forma de homenajes al cine francés de la época, pura Nouvelle Vague de Melville a Godard pasando por Demy (número musical incluido) Todo esto con una cuidadísima puesta en escena sesentera y actores de comicidad apabullante. De nuevo las diferencias: ¿imaginan una serie de humor parecida ambientada en la DGS franquista? ¿Una comedia española centrada en los servicios policiales o el ejército de los comienzos de la Transición? ¿En el GAL o en Billy el Niño? No, ¿verdad?

Tampoco sirve de ejemplo, porque al español de verdad, al buen español, no le gusta lo francés. No le hace gracia. Estaría bueno. Fuera del tópico no hay lugar y mofarse de su cine -pedante, aburrido, incomprensible- resulta un lugar común preferido por el ignorante orgulloso de serlo, ese espécimen autóctono. Hasta publicidad se ha hecho con el cliché (término francés que significa “estereotipo”) como sinónimo de indeseable. En la época de las polémicas identitarias nacionalistas, el cazurro siempre gana, miren si no las perspectivas electorales, miren. De ellos se hubiera reído mucho Berlanga si viviera. Por cierto, el maestro absoluto de nuestra comedia dijo que “el cine español no necesita un legislador. Necesita un buen traductor de francés para poder aplicar la normativa del CNC (Centre National du Cinema) de forma literal".

Porque Francia es el país de la excepción cultural desde 1981: segundo exportador mundial de cine, con 200 millones de espectadores al año y una cuota de cine francés del 40%. Donde las subvenciones al cine no dependen de los presupuestos generales, proceden del coste de las propias entradas: el 11% del total de cada billete se destina a financiar la producción propia. Ni Marine Le Pen se atreve a tocar nada de esto, aunque no le gusten películas como Chez Nous (Lucas Belvoux, 2017) ficción crítica contra el fascismo de un partido demasiado parecido al de Le Pen. Hablamos del país de la protección de sus bienes culturales esté quien esté en el gobierno y por encima de organismos o acuerdos supranacionales, como el Tratado de Libre comercio.

Y va más lejos: desde 1984 existe un programa de educación en el bachillerato con una asignatura opcional para que los niños entiendan el lenguaje audiovisual y conozcan la Historia del cine. Quién sabe si alguno de esos chalecos amarillos que se echan a la calle con banderas y rabia han visto en el cole La Marsellesa de Jean Renoir (1938), La chinoise (1967) de Godard o la primera película de Chris Marker Le Jolie Mai (1963) maestro de revoluciones fílmicas y filmadas.

El derecho de acceso a la cultura se encuentra especificado en el artículo 44 de la Constitución, pero dense una vuelta por los programas electorales de ciertas fuerzas llamadas constitucionalistas y ríanse. Si pueden. Claro que el nacionalismo español -o periférico- nunca fue partidario del “culturetismo” a la francesa: eso de la libertad de expresión es un riesgo. Además aquí no hay talento verdadero sino pintores y escultores caraduras, teatreros radicales, cómicos delincuentes, arqueólogos peligrosos para la especulación inmobiliaria o arquitectos que se merecen la muerte (“Habría que matarlos”: Esperanza Aguirre en pleno acceso humorístico) Los poetas, bailarines o músicos simplemente no existen. Por desgracia sí que existe el cine español, actividad odiosísima y sospechosamente posterior a la conquista de América. La cultura resulta una distracción elitista para unos y mamarrachada subvencionada para todos, demostrando el grandísimo palo de bandera que esgrime una gran parte de la ciudadanía patria contra su patria artística. No hay enseña para ella.

Mientras el mundo se inunda de ultranacionalistas que se proclaman patriotas de forma muy seria y sin asomo de humor, aprovechen mientras puedan y ríanse. Incluso de una bandera. Pero solo si es francesa, no les vaya a pasar algo.

Autor >

Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y después escribió dos novelas: El Corazón del caimán y La danza de la serpiente (Ediciones B).

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3 comentario(s)

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  1. Adriano Cellentano

    Me encanta el artículo, pero duele a la vista ver Goddard escrito mal tantas veces, si ya te pones haber escrito Juan Renuair!

    Hace 2 años 3 meses

  2. Jacobo Durán-Loriga

    El mejor chiste es el de Luis XVI cenando junto a Molière. ¿El ministerio del tiempo también en francés, supongo?

    Hace 2 años 3 meses

  3. Michelfucol

    ¿Los franceses son chovinistas? Probablemente. Por eso crearon el concepto "chovinismo". Es decir, que también serían autocríticos. Los españoles son más partidarios del negacionismo: los nacionalistas niegan serlo. En masa. La triste excepción que se autoproclama como tal es la ¨novísima" ulktraderecha.

    Hace 2 años 3 meses

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