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Marcos Giralt Torrente / Escritor

“Soy un inseguro nato con un síndrome de impostor muy agudo”

Miguel Ángel Ortega Lucas Madrid , 23/01/2019

<p>Marcos Giralt Torrente</p>

Marcos Giralt Torrente

Manolo Finish

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No son tantas las cosas que nos sacuden de improviso y remueven nuestros cimientos. Ocurre con las muertes que nos tocan muy de cerca y con algunas pérdidas. [Pero] no sentimos el golpe de inmediato. Es como si, para amortiguarlo, nuestro cerebro nos protegiera forzándonos a aceptar su inexorabilidad. [...] Más tarde llegan la ira o el desconsuelo, que son lo contrario de la lucidez, y más tarde aún, el intento de recomponernos a partir de los pedazos esparcidos, asimilar el golpe, lo llamamos. Éste es el proceso más largo, pero también aquí erramos en la expresión: lo aceptamos, no lo asimilamos.

No son tantas las cosas que indican que un escritor esté marcado por cierta fatalidad (inexorabilidad) a la hora de ejercer su oficio. Se podrían aducir algunas; una de ellas, bien contundente, suele ser la obsesión casi enfermiza por entender: saber, o siquiera llegar a arañar la superficie del cómo, por qué, para qué, de aquello que sucedió. Se trata de una marca a hierro candente; el estigma que te recuerda de continuo, si no quién eres, sí de dónde vienes, de quiénes, de dónde.

Marcos Giralt Torrente (1968) tiene bastante claras a estas alturas sus obsesiones de escritor, de perplejo ser humano que escribe –que se escribe–; no va a luchar contra ellas, así como no puede uno, a priori, deshacer los nudos del origen. Lo que sí puede un escritor es examinar esos nudos, auscultarlos del derecho y del revés, para entender su naturaleza: la que marcó (inexorablemente) la propia identidad. El que quizá sea ejemplo mayor, más destilado, de esa obsesión en Giralt, Tiempo de vida (Anagrama, 2010), llevaba esa veta hasta las últimas y más afortunadas profundidades. No fue el libro que le pusiera en el candelero (ya había emergido, precozmente, alzándose con el Premio Herralde 1999 por la novela París), pero sí, quizás, el de más duradera repercusión. Se aplicaba allí el bisturí de la confesión en cueros, orbitando en torno a la relación con su padre, el pintor Juan Giralt; un libro crudo y conmovedor que ha tenido, con toda justicia, muchos lectores. Entre otras cosas, porque ese órdago literario tan personal no estaba destinado más que a despedir, sellar: sanar a través de la asunción de lo que fue. Al menos, de cómo vivió él lo que fue.

Es la idea que orbitará también a lo largo de esta conversación, mantenida en vísperas de navidad en una terraza de Madrid, con motivo de su nuevo libro, el volumen de cuentos Mudar de piel (Anagrama), siete años después del anterior (El final del amor; Páginas de Espuma, 2011). Dicen los editores que se trata de nueve historias que trenzan “un tapiz sobre los subterráneos del afecto”. Es el territorio que más interesa a Giralt. De nuevo las relaciones familiares. De nuevo, también, de manera recurrente, la figura del padre ausente, o “desaparecido”, o distante, o torpe en la relación con el niño, los niños. De nuevo el niño indefenso, temeroso o avergonzado; ése con miedo a retrasarse (al salir de un avión, o de un colegio) y “que no hubiera nadie esperándole”.

El margen tan largo que deja entre publicaciones es interesante; emerge la pregunta de cuál es su planteamiento a la hora de ejercer este oficio.

Puede que se escriba precisamente para averiguarlo, para saber para qué se escribe. Siempre aspiro a escribir todos los días; hay cierto sentimiento de culpa si no lo hago. Pienso que me fabrico excusas... Y uno siempre piensa que el libro anterior va a allanar el camino al siguiente, que va a ser más fácil, pero no; luego cada libro sólo tiene una manera de ser escrito y sólo lo puedes averiguar mientras lo escribes. Es el aprendizaje de ese libro concreto.

Pero todo parece volver, en la escritura y la vida. ¿Hay sucesos que determinan el camino posterior?

Lo que vuelve no es el suceso concreto; lo que vuelve es el niño. Se supone que en la vida adquirimos experiencia, vivida y procesada también por la experiencia de otros. Esa experiencia nos cambia y nos hace distintos, y sin embargo luego descubrimos tantas veces que somos ese mismo niño asustado que recordamos de entonces. Al final nos mantenemos esencialmente igual a como éramos... En definitiva, la cuestión de la condición humana: ¿somos libres, o estamos condicionados por la carga genética y el aprendizaje previo, durante esos años hasta que se conforma la conciencia? ¿Tenemos el poder sobre nosotros mismos?...

Usted mismo es padre de un niño...  

Tiempo de vida acababa con el anuncio de mi paternidad. Han pasado nueve años en los que ha crecido él, yo mucho menos... Es una de las cosas sorprendentes a las que te somete la paternidad: en estos años mi hijo ha recorrido un camino larguísimo de aprendizaje y sin embargo nosotros, los adultos, no hemos hecho más que perseverar en el error... [Sonríe]. Hemos aprendido muy pocas cosas... Se da uno cuenta de manera más evidente de los errores que se pueden cometer como padre, o de los que tú pensabas que tu padre cometió, pero no lo eran.  

Es posible que se conforme el carácter, también, por oposición o imitación respecto a los padres.

Por eso aquellos que se rebelan son igualmente influenciados por sus padres; todo condiciona. Ir en contra de la corriente también. El libro sobre mi padre lo escribí ya desde la superación del problema. Encararlo antes habría sido distinto porque no hubiera partido de la enfermedad y su muerte; habría sido un ajuste de cuentas, lo hubiera hecho enfadado, porque los conflictos estaban en carne viva. Pero lo escribí desde la constatación de que habíamos conseguido reparar la herida. No quería ajustar cuentas sino contar la historia. Es por esa seguridad de que era irrevocable lo que había sucedido, y perdonadas ya las faltas, por lo que pude escribirlo.

No hay conflictos humanos que no puedas explorar poniendo la lupa en la familia

El universo familiar siempre presente en su obra. ¿Por qué?

No es tan singular; muchas obras, películas, novelas o lo que sea, transcurren dentro de la familia, sobre parejas, o padres e hijos, o hermanos... Lo que sucede es que es el núcleo primigenio. Todo sucede antes en la familia. Hablando de la familia puedes hablar de la realidad en toda su complejidad. No hay conflictos humanos que no puedas explorar poniendo la lupa en la familia. Digo la lupa porque ahí se dan de manera más agudizada, porque las ligazones entre las tribus hacen que una traición o algo de esa índole sea más dramático ahí dentro... Y al final es darte cuenta de que eso que hace el otro viene de más atrás, también consecuencia de su infancia, de sus padres... Somos un eslabón más; al final tu padre no es el culpable de todo sino un mero eslabón...

[Mudar de piel presenta en el pórtico una elocuente cita de Max Frisch: “Nuestra culpa tiene una utilidad: justifica muchas cosas en la vida de los otros”. De alguna manera, es como si G. Torrente hiciera en esos relatos un ejercicio de des-dramatización respecto a eso tan mayestático de la culpa. Como si ciertos remordimientos que hubieran estado latiendo durante años no fueran ya, a la postre, tan graves; empezando porque quizás no fue uno el responsable absoluto de la supuesta tragedia. Como si la expiación de la historia de vida, en él, fuera ya tocando fondo.]   

Hay algo central a la hora de abordar ese tipo de literatura, más aún en nuestro entorno: el pudor. El libro confesional, de mayor tradición anglosajona, suele ser más espinoso en nuestro presunto ambiente de puertas tan abiertas del Mediterráneo.

Sí; creo que ese tipo de libros que ahora son tendencia, no sé si extinguida ya, tienen más que ver con lo anglosajón que con nosotros. No me he detenido a analizar los motivos pero de alguna manera sí que hay ciertos estereotipos que distinguen a los países meridionales y de tradición católica de los norteños protestantes, sobre todo en el negociado de la intimidad. El catolicismo, por el rito de la contrición, es supuestamente más permisivo con las propias debilidades, con saltarse la convención, pero, paradójicamente, somos una cultura que impone que los trapos sucios se laven en casa. Los extranjeros que vienen suelen decir que rara vez les invitamos a casa. Somos animales sociales en la calle pero luego...

...Quizá tenga algo que ver. Los países católicos, España, no han aprendido esa exploración de la intimidad del escritor. Este tipo de libros exigen el pacto de la desnudez, sin esconder las cartas. Eso uno puede hacerlo con uno mismo, salir en pelotas y hablar de sus defectos, de sus pecados, de las cosas que lo hacen feo; pero es que no puedes escribir sólo sobre ti. Escribes sobre ti y sobre otros, y es el pudor de los otros el que puede ser más problemático. Puede llevarte también a la decisión, correcta para mí por otro lado, de no escribir ciertas cosas para no cargarte una relación... Siempre hay gente que disiente de tu manera de hacer las cosas. Uno quisiera gustar a todo el mundo, pero qué libro gusta a todo el mundo. Es imposible.

Hábleme de éste en concreto, Mudar de piel.  

Tenía claro el tipo de libro que quería. Me proponía un tema mucho más cerrado de temática, un juego personal: pintar un fresco de familias lo suficientemente amplio; que no se parecieran entre ellas –y no se pensara que hablo de mí–; y que se abordase precisamente eso, las heridas que se arrastran desde la infancia y que no es que se superen, sino que, si llegas a cierto nivel de entendimiento, puedes mirarlas desde otra elevación, aunque nunca sea definitiva.

no te puedes permitir el desaliento cuando eres padre, porque has traído a un ser humano al mundo

Pero siempre, aunque sean situaciones imaginarias, el autor acaba proyectado en ellas.

Claro; al final la literatura es un puzle que haces con tu experiencia. En todos los relatos, en mayor o menor medida, estoy yo. A veces en un personaje; otros, en más de uno; y en definitiva en todos. Escribes sobre lo que te toca, lo que te conmueve, te emociona, te preocupa...

Y habrá influido en el libro el hecho de ser padre.

Siempre he tendido a finales más cruentos, más desesperanzados sobre la condición humana, y en éstos, si no son directamente felices, sí hay esa suerte de no-finitud. Como que hay un más allá por el cual es posible entender el problema, cierto plano de dónde está el tesoro...

¿La paternidad le ha dado más esperanza?

Más esperanza no, pero sí la obligación de tenerla... [risas]. Es que no te puedes permitir el desaliento cuando eres padre, porque has traído a un ser humano al mundo.  

La vida se abre camino, al fin, a pesar de esta sensación general de fin de era, de incertidumbre.

Una incertidumbre que viene de muchos asuntos. Hay una crisis económica pero también de paradigma, de que la cosa está cambiando; sabemos que cambiará e intuimos hacia dónde... A mí lo que más me preocupa es que nadie, y sobre todo quienes ostentan el poder –a quienes les damos el poder–, nadie dice o actúa respecto a un hecho indubitable, y es que no podemos seguir creciendo así. Los economistas hablan del eterno crecimiento, de que una economía, para que esté saneada, debe crecer siempre: pero hacia dónde... Eso nos conduce a que nos vamos a comer el planeta, tarde o temprano.

La posición de los llamados intelectuales también ha cambiado radicalmente...

También era un poco ilusoria... Creo que efectivamente estamos en un cambio de civilización, no cabe duda de que el ocio ha cambiado brutalmente, y no se lee como se leía. La literatura no tiene la influencia que tuvo en otras épocas. El ocio ha cambiado porque han cambiado los instrumentos, hay nuevas posibilidades, y hoy quien leía un libro por la noche ve una serie en el portátil. Se reduce el público lector, aunque lectores seguirá habiendo... El peligro está en la superficialidad, la inercia por la cual se tiene menos capacidad de concentración o ganas de profundizar. Hoy muy pocas publicaciones mantienen una sección cultural, por el mero prestigio de tenerlas. Ha ido menguando porque no genera tantos ingresos como otra de tendencias. Con lo cual estamos ante la falta absoluta de filtros; todo se pone al mismo nivel. Vale lo mismo lo que diga un influencer que la última obra de no sé quién... Tenemos que resignarnos a que eso acabó, pero también preguntarnos si es desorbitado, algo narcisista pensar que un escritor tenga una voz más relevante por el hecho de serlo; no por eso su juicio va a ser más atinado. Los de mi generación teníamos la ilusión de que tendríamos un lugar más a o menos asegurado, y no; todo se ha jibarizado, hay menos espacios...  

estamos en un cambio de civilización, no cabe duda de que el ocio ha cambiado brutalmente, y no se lee como se leía

¿Se siente más o menos satisfecho, con el camino recorrido hasta aquí?

Estoy, sí, más o menos satisfecho, teniendo en cuenta que soy un inseguro nato con un síndrome de impostor muy agudo. Mi situación, aunque austera, me produce alegría, por haberla alcanzado con libros de los que no me avergüenzo. Estoy contento con lo que he escrito. He echado de menos más tiempo para corregir alguno, pero todos son libros que nacían de un lugar, y a los que dediqué todo el tiempo que me exigieron. A pesar de que no los he releído, estoy satisfecho.

¿Nunca relee?

No. Sólo cuando empiezo un nuevo libro: ojeo el anterior para ver dónde está el misterio que me permitió terminarlo... De ahí también lo del impostor [risas].

¿Y por qué impostor?

Pues por lo inseguro que soy. La sensación de que aquellas pequeñas cosas que he ido alcanzando han sido porque he engañado a alguien... Como si en realidad no me las mereciera.

No son tantas las cosas que nos sacuden de improviso y remueven nuestros cimientos. Ocurre con las muertes que nos tocan muy de cerca y con algunas pérdidas. [Pero] no sentimos el golpe de inmediato. Es como si, para amortiguarlo, nuestro cerebro nos protegiera forzándonos a aceptar su...

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Autor >

Miguel Ángel Ortega Lucas

Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Pocavergüenza.

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