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Crónicas gonzas

Nadie dice lo que pesa la patria

De viaje con el PP para salvar España

Santini Rose A bordo de un bus Murcia - Madrid , 11/02/2019

<p>El autor con Francisco Álvarez Cascos</p>

El autor con Francisco Álvarez Cascos

S. R.

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Noto su presencia. Una perturbación de la fuerza. En el aire. Se suena los mocos. Arrastra los pies.

-Hola, soy Joseantoniano –me extiende la mano. Sonríe. Un arco entre naranja y amarillo, como de sobrasada de 1925, le bordea cada diente.

-Yo soy Santiago –contesto. Le estrecho la mano. Se quita el gorro de lana y me deja los hombros del abrigo que parece que vengo de comer churros. Combo: caspa y grasa. En ese pelo se pueden freír sardinas. Asiente.

-¿Y a qué te dedicas, Santiago?

Esta me la sé.

-Pues soy enfermero…-detalles, detalles, Dios está en los detalles-, he estado dos años currando en Berlín y volví en septiembre.

-Te voy a decir una cosa, Santiago –dice, frotándose las manos–: yo soy cocinero. Estudié informática, pero me di cuenta de que lo que me gusta es la cocina. Ahora soy cocinero. Me han propuesto trabajar con David Muñoz, pero ¿adónde voy yo con ese, que es antifascista reconocido?

-Pues a ningún lado. Me pasó algo parecido: empecé a estudiar filología y me di cuenta de que ahí no había trabajo. Una persona estudiando una carrera de letras es un orientador educativo fracasando en su trabajo. Así lo veo yo.

-Te voy a decir una cosa: me gusta cómo piensas –dice, me señala y se enciende un cigarro.

En Gineta hace frío. Mucho frío, si vienes de Murcia.  Una señora lleva dos horas diciendo que menos mal que ha desayunado en casa. Delante de nosotros, un octogenario se saca un auricular de la oreja y dice que si queremos escuchar política de verdad, pero de verdad, tenemos que olvidar al bienqueda de Losantos. Otro, de la misma quinta, hace aspavientos. Cuando subimos al autobús dijo que no permitiéramos en todo el día que nadie nos llamara nazis. Que España fue la más grande. Su hija le acarició el brazo y le dijo que se sentase. Le empezaba a faltar el aire. Joseantoniano aplaudió.

-Te voy a decir una cosa: creo que podríamos haber llenado más autobuses todavía. 15, 20, 30 más. Creo que ha venido –me dice al oído– hasta gente del PSOE.

Esta también me la sé.

-Yo mismo, Joseantoniano, toda la vida votante del PSOE. Mi abuelo llevaba una foto de Felipe en la cartera. Pero es que esto ya no es de izquierdas o derechas, esto es de español o no español.

Arruga el morro, satisfecho, traga aire y mira al horizonte. La A-30 luce majestuosa. Doc y Carol McCoy están al pasar. El conductor llega cargado de Miguelitos. Una señora dice que ya era hora.

-Te voy a decir una cosa –dice, expirando humo y aplastando el cigarro con sus zapatos sin cordoneras–: esto me recuerda a los inicios de Falange, cuando se consiguió, sin ideología ninguna, ninguna…

-Ninguna, ninguna.

-De ningún tipo, Santiago, pues se consiguió unir a gente que estaba harta, hasta el gorro…

-Decepcionada.

-Decepcionada, eso es.

Subimos al autobús. La señora, permanente rubia, brazos cruzados a dos palmos del ombligo, dice que menos mal que ha desayunado en su casa. Busca una cara a la que contárselo. Como necesito aliados, le ofrezco la mía. Me mira fijamente y niega. Menos mal, susurra. Ya está. Me defenderá si la cosa se pone fea. Patriota Cansado vuelve a mi lado. Nos conocimos hace tres horas. Me subí a uno de los diez autobuses –23 en toda la Región, dicen que sumamos unos 1.300 cuellos– que han salido de Murcia camino de Madrid, a salvar España en la concentración orquestada por PP, Ciudadanos y Vox.  Patriota Cansado me fichó al momento. Se ha sentado a mi lado. Yo llevaba toda la semana pensando en camuflaje, pero un jersey de lana, unos vaqueros y un pin de la bandera de España no son suficientes: doy el cante. Evito miradas. Asiento. Sonrío cuando florecen inconstitucionalidades. Sigue sin ser suficiente. Nunca lo es, con esta gente. No estarán tranquilos hasta que destroce a bocados una foto de Pedro Sánchez y luego la vomite y dibuje el logo del PSOE con el potaje.

-¿Tú no eres afiliado, no? –me ha preguntado con una sonrisa de Nuevas Generaciones, una sonrisa que muestra lo que es vivir sin pagar nunca las consecuencias.

-Qué va, la política nunca me ha interesado. Yo soy enfermero, ¿sabes? He estado dos años en Berlín y volví en septiembre. Y ahora la cosa…

-La cosa está jodida, sí… –aquí ha borrado la sonrisa y ha intentado poner cara de preocupación.

-Muy jodida, yo creo que ahora hay que arrimar el hombro, porque el PSOE, macho, no hace una a derechas, no hace una bien –mentiría si dijera que identificar ‘a derechas’ con ‘bien’ no estaba pensado.

-Oye, pues te tendrías que venir un día con nosotros, que no tenemos ideología, solo hacemos cenas y nos reímos un montón –la sonrisa de vivir sin impuestos ha reaparecido.

Saca el móvil. En un grupo llamado NNGG, alguien pide que se hable con los jóvenes. YA LO HAGO, responde Patriota Cansado. Añade el emoticono de la cara exhausta. Se duerme. Así, al momento. Intento imitarle. Me vendrá bien ordenar las ideas. Armarme psicológicamente. Evaluar las posibles fallas de mi historia. Es imposible. En la mitad del autobús, Joseantoniano grita:

-¡El problema de España es que ni los comunistas son comunistas, tú vete a la Unión Soviética a ver lo que son comunistas!

-Claro, claro, ese es el problema… –dicen varios octogenarios. Sus cabezas asienten. La luz del amanecer se refleja en las calvas.

El grupo de viajeros se saca una foto delante del autobús

El grupo de viajeros se saca una foto delante del autobús

Delante de mí, una mujer le cuenta a la que ha desayunado que este mes está llevando a su hijo a comer a casa de su hermana, que es maestra. Pensaba que el autobús podría parecer una pasarela de Spagnolo y Montepicaza, pero no, aquí hay clase obrera. Y esto, el no saber dar respuesta y articular políticamente el descontento y la frustración de tu propia clase, es un fracaso de la izquierda. El enemigo no es Cataluña, ni el africano que viene a coger tomates, ni la veinteañera precaria que aborta. O no tanto: igual se da respuesta y se articula pero es muy pesado estar siempre en contra de un sistema que te oprime. El caso es que vienen los buitres del emprendimiento y la zona-de-confort y te agujerean el estómago. Y, oye, igual sigues sin pan, pero tienes las fronteras cerradas y el país unido. Y así las cosas se ven de otra manera. Patriota Cansado empieza a roncar.

Se despierta a las dos horas, a la altura de Vallecas, con el himno de España. Se levanta de un respingo. Mientras entonamos los LOOO LO LOOOO LO de rigor, baja una bolsa del hueco de las maletas y empieza a repartir banderas de España. A un niño se la ata al cuello. El niño sale disparado por el pasillo, gritando ¡Supermaaaaan Españoooool! Yo no sé de qué está más orgulloso: si de lo uno o de lo otro. Como se ve que esto es el hit parade, enlazamos con Y viva España. Bueno bueno, ahí nos volvemos locos. La de delante se olvida de sus penas, la que ha desayunado –exhibiendo superávit de hidratos– se arranca con unas sevillanas. Incluso yo suelto un ¡Vámonoooh! más efectista que otra cosa. Algunos me miran y asienten con orgullo. Ya soy uno de ellos. Para que no decaiga la cosa y cerrar el triplete, suena el himno del PP. En una manifestación separada de siglas políticas, ojo. Pero bueno, no nos pongamos quisquillosos: España tiene un luchador más, y esa es una buena noticia. Atravesamos Serrano con el corazón en la boca. Que se pongan delante, que los barremos. A todos. Quienquiera que sean. Una octogenaria va a gritar ¡Viva España!, pero se hace un lío con la dentadura y acaba hablando en nórdico antiguo. Entonces alguien grita ¡Vamos mi gente de Marbella! Y miro alrededor y no veo a mis guerreros murcianos. Me he vuelto a perder. Llego a Colón. España se me cae de los bolsillos.

-¡Fuera Sánchez, que se vaya con Hugo…con Hugo Maduro! –grita un señor; me mira– ¿no crees, joven?

Un grupo de manifestantes caminando por la plaza de Colón

Un grupo de manifestantes caminando por la plaza de Colón

Claro que creo. El sonido llega saturado a los contornos de la plaza, pero da igual. Sabemos lo que dicen, así que aplaudimos. Atravieso la plaza sin saber exactamente qué busco. Algo me empuja. Me topo con una docena de banderas franquistas. Le pregunto a uno de sus portadores si el pescado está vendido. Me dice que sí. De vuelta a Serrano, me doy cuenta de que pocas imágenes son más representativas de lo que está pasando: decenas de miles de personas llegan a Madrid ondeando una bandera con histrionismo. Cuando llegan, la fiesta ha terminado. Lejos de sentir melancolía, aplauden. Entre miles de banderas, veo una espalda que me suena. Se gira. Casi me da algo. Don Francisco Álvarez-Cascos. Me acerco.

-¡Don Paco, es usted toda una referencia en mi familia! –le doy la mano.

-¿Sí? ¿De dónde eres? –me lo espeta mientras sonríe, nunca había visto a nadie hacer eso.

-De Murcia.

-De Murcia. Saluda a la gente de Murcia.

Cuadro el círculo: eso era lo que me empujaba. Esa misión. Tengo que saludar a la gente de Murcia. Moriré por ello, si es necesario. De vuelta a Atocha, me cruzo con Patriota Cansado y su tropa en la puerta de un Burger King. Me da un abrazo. Dice que esperaba a más gente, pero que 250.000 personas –unas 45.000, dice la Delegación del Gobierno– es un exitazo. Casi le digo que había más gente en cualquiera de las que se hicieron en Murcia para pedir la llegada del AVE soterrado, pero así no voy a ningún sitio. Así que me callo y asiento.

-¿Quién es este? –pregunta un clon suyo. Hace nada le estaba explicando a una chica que, al menos, Felipe González era un tipo con convicciones.

-Este es un máquina –contesta-, y se va a venir con nosotros a alguna cena, que nos reímos mucho.

El otro se encoge de hombros. Le extiendo la mano.

-Hola, me llamo Santiago y soy enfermero. He estado dos años currando en Berlín y volví en septiembre.

Y, bueno, ya estamos en el autobús. La cabeza me pesa como si arrastrara yo solo a España –quizá eso sea el patriotismo–, así que me vais a permitir que descanse la vista. Aunque sea un rato.

Autor >

Santini Rose

Santini Rose, seudónimo bajo el que escribe Santos Martínez (Fuente Librilla, 1992), es periodista. Hubo un tiempo en que las abuelas de su pueblo pensaban que tenía en sus manos el futuro, pero eso ya no lo piensa nadie. Autor del libro de relatos Mañana me largo de aquí (La marca negra ediciones).

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1 comentario(s)

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  1. Joseba Urbasa (pseudónimo de Diego)

    Buenos días. Leído su artículo tengo que decir que, conociendo a la persona de la que habla al principio del mismo, y estando totalmente en contra de sus ideales, y el lo sabe, no me parece de recibo hablar de su pelo o de sus dientes en ese tono para hacer más interesante un artículo ya de por sí soso. No es necesario hacer que alguien se sienta mal, por muy facha que sea, para conseguir chascarrillos y bromas de mal gusto. Mi humilde opinión de alguien que te sigue y que muchas veces ha disfrutado de lo que escribes, pero en este caso, soez, muy soez. Un saludo

    Hace 2 años 4 meses

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