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RESEÑA

Sobre el Vesubio Universal

El merito de Ottieri reside en que plantea preguntas magmáticas de alcance local y recaba respuestas volcánicas de trascendencia global

Gorka Larrabeiti 13/02/2019

<p>El volcán Vesubio.</p>

El volcán Vesubio.

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El Vesubio vive. En él, vivimos. Se diría dormido, pero el Vesubio incluso tuitea. A distintas horas, día tras día, con concisión vehemente, erupta: “duermo”. Estalla el desasosiego las raras veces en que se dilata: “duermo pero ya no puedo más”.

Cuenta de twitter del Vesubio. 

Cuenta de twitter del Vesubio. 

Torrentes de likes y comentarios acuden a sofocar el pánico y acunar al Sterminator, como lo calificaba Leopardi en La retama:

“E faj bbuon!! ¡¡Tranquilo!! E nun te scetà. Ni te muevas. Haz tu vida. No te nos alteres. Con calma. Me pones nervioso. Enfádate con los que quieren especular. Todos bien, gracias. Contentos de que estés bien. ¿Seguro que estás bien? Dicen que hay temblores. Cojonudo, hermano. Bravo. Muy bien, y el Nápoles, primero en la liga. Que se joda la Juve. Abrígate. Pues habría que saber qué traman los Campos Flégreos. Sigue dormidito que es lo único que nos faltaba después de tantas catástrofes naturales”.

Fuera de las redes, en ese espacio fluido común que queda entre la novela, el periodismo y el ensayo, se avistó en verano del año pasado otro de esos que la fundación Wu Ming denomina Objetos Narrativos No Identificados (ONNIs): Il Vesuvio Universale de Maria Pace Ottieri (Einaudi, 19,50€). En la colada de prosa de la Ottieri, lava ligera, no falta el material explosivo que el lector turista se espera. El Vesubio es el volcán más peligroso del mundo porque no hay ninguno más densamente poblado. Se sabe que un día se habrá de despertar, igual que se sabe que lloverá muchos otros. Cómo eruptará o cuánto lloverá, imposible predecirlo. Para quien quiera detenerse en el detalle de las 49 erupciones desde 1631 hasta la última de 1944, il catalogo è questo. El Osservatorio Vesuviano del Istituto Nazionale de Geofisica e Vulcanologia monitora no uno sino tres volcanes que rodean Nápoles: Isquia, los Campos Flégreos y la Muntagna, que es como le dicen los lugareños al Vesubio. Hay un Plan Estratégico de evacuación que se va actualizando y que involucra a 293 ayuntamientos de la región Campania. Se ha estimado que en las zonas rojas, que se verían afectadas por nubes ardientes y caída de materiales sólidos del Vesubio, viven 680.000 personas (25 municipios y 3 barrios de Nápoles), mientras que en la de los Campos Flégreos habitan 500.000 personas (7 municipios y 11 barrios de Nápoles). Ambas áreas constituyen las de mayor peligro y habrían de ser evacuadas en caso de crisis volcánica. En la zona amarilla, que se vería afectada por caída de cenizas, posibles derrumbes de tejados y también probables temblores de tierra, viven 3 millones de personas. Para evacuar a las 675.000 personas de la zona roja del Vesubio se precisarían 360.000 vehículos, más 300 autobuses que tendrían que hacer 8.000 viajes de ida y vuelta para llevarse a quienes carecieran de medio propio. Todo ese tráfico se precipitaría a una única carretera circular. “Se formaría una caravana de 1440 kilómetros, un único atasco colosal”. Muchos acabarían escapando a pie. Los modelos de simulación son catastróficos: “en un cuarto de hora un millón de personas perdería la vida”. Se estiman pérdidas de 22.000 millones euros. Una tragedia inconcebible. De hecho, “solo un 7% de sus habitantes advierte el Vesubio como un peligro; en cambio, casi todos se prestan a alabar su extraordinaria fertilidad, la gloria de sus vistas, su unicidad”. Habrá, pues, un momento. Sin embargo, ¿avisará el Vesubio con señales inequívocas? Y en ese caso, ¿en qué preciso momento, con cuánta cantidad de magma habrá que decretar la evacuación total?

Todo esto se sabe. Se sabía bien antes de este libro, cuyo mérito reside en que plantea preguntas magmáticas de alcance local y recaba respuestas volcánicas de trascendencia global. La pregunta clave es cómo demonios se puede no concebir lo inconcebible. Por qué se queda la gente. A qué esperan. Las respuestas son muchas. Primera y más obvia: apremiados por problemas más presentes – el fin del trabajo mecánico, el paro fulminante, la desindustrialización trastornadora, la mala sanidad, la peor educación, las mafias, la jungla urbanística, el desastre ecológico – para qué agobiarse con algo tan sobrehumano como el tiempo y el son de los volcanes. Así, muchos se resignan y con humildad fatalista se conforman con algo sustancial: la conciencia de seguir vivos. Más aún: vivir bajo el volcán esconde un sentido último de un gozo inconfesable. Vivir, viviremos mal avenidos, pero ah, qué gozo embravecido, qué arremolinado sosiego, saber que hemos de morir juntos. La muerte, vieja comunista, nos garantizará el bien común postrero. Lo último que haremos será contemplar el Apocalipsis. Y qué bueno: nadie será eterno.

El año 2018 se coronó con el fuego, la ceniza y los arrebatados rugidos que vomitaron las fauces del barroco Anak Krakatoa y el eterno, romántico Etna. Humos de espesa negrura presagian un 2019 volcánico. El Doctor Catástrofe, Nouriel Roubini, anuncia que en 2020 estallará la próxima crisis global y, como resulta que el mundo entero sigue acumulando magma financiero en forma de deuda, la próxima recesión será más larga y severa que la de 2008. Malas señales también desde el frente ecológico. La 24ª Cumbre de las Partes de Cambio Climático (COP24) celebrada en Katowice debilita el Acuerdo de París y convierte las obligaciones de frenar el cambio climático en meras sugerencias. Sigue aumentando la temperatura global. Diciembre de 2018 fue el tercer diciembre más cálido del siglo, con 1,2ºC más que la media y un 34% más seco de lo normal. Se han registrado más de 500 tornados en la región mediterránea. El suelo y el aire siguen envenenados. Esquizofrénica también la cuestión demográfica: parece no haber término medio entre el envejecimiento de la población de los países más desarrollados y la superpoblación de los menos. 2018 ha sido también el de más migrantes muertos en el Mediterráneo. Pero ¿para qué explayarse en la cantidad de guerras, crisis, burbujas o bombas que están por estallar si entran en ese limbo cognitivo de lo inconcebible?  ¿No es obvio que Capitalismo y Vesubio son exageradamente lo mismo? Y si así fuera, ¿queremos seguir como Emily Dickinson en el #1703, cada uno juzgando desde su geografía, contemplando cada uno su cráter, cada uno en el Vesubio de su casa para acabar algún día alabando la extraordinaria fertilidad del sistema, la gloria infame de sus vistas, su apocalíptica unicidad? 

Ottieri recoge soluciones que resultan válidas también para el Vesubio Universal: “descementificar, descongestionar, cambiar de lenguaje, comenzar un trabajo capilar y transformar a las personas en centinelas locales”. Dicho de otro modo, en lugar de resignarse a la gloria de morir juntos, optar por el munífico trallazo de vivir mejor juntos estos penúltimos días (gran título de Santiago Alba) salvándonos por nosotros y por todos nuestros compañeros.  Ojo, mientras esto sucede, abajo en lo oculto, África está haciendo la cama a Calabria. Madre magma no descansa. Pero drume, Vesubito, tú drume, drume, Vesubito.

Autor >

Gorka Larrabeiti

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