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Análisis

Adicción al trabajo: la paradoja de la autoexplotación laboral

Es necesario poner en cuestión el carácter voluntario de las relaciones laborales mantenidas en un contexto estructuralmente precarizado

José Antonio Llosa (Workforall) 13/02/2019

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La adicción al trabajo, workaholism, representa uno de los conceptos clave en el estudio de las nuevas relaciones laborales. Uno de entre tantos riesgos psicosociales que se analizan vinculados al empleo, con cierta tendencia al sobrediagnóstico. Con el sobrediagnóstico de los entornos laborales se incurre en dos problemáticas claras: la primera de ellas, la aparición de eufemismos de especificidad progresiva para aquello que, en términos generales, se resume en condiciones laborales malas o penosas. Este camino a la especificidad es también ideológico, ya que tiende a centrar causa y solución sobre empleados y empleadas, y no tanto en las condiciones de los entornos laborales. Por ejemplo, la intervención en burnout (síndrome de estar quemado en el trabajo) prioriza el entrenamiento en técnicas de gestión de relaciones personales entre la plantilla, frente a un análisis integral y transformador de las organizaciones que lo fomentan. Incluso todavía resulta una rareza mayor analizar el burnout, así como cualquier otro síndrome de lo laboral, desde una óptica situada en la estructura de las relaciones laborales neocapitalistas, que, como en todos los momentos del capitalismo, se basan en un necesario y complejo conflicto de intereses cruzados, por más que atravesemos una tendencia negacionista también sobre este particular. Este proceso que somos capaces de esbozar de manera gruesa en un par de líneas es lo que la psicología crítica llama “psicologización de las relaciones laborales”: tomar como individuales conflictos que son colectivos, y hacerlo enterrándolos en una nueva terminología de inspiración psicologicista.

Convertir el conflicto laboral colectivo y solidario en un problema íntimo, individual y vergonzante, configura una pirueta que obliga a la pregunta obvia: ¿quién sale beneficiado con todo esto?

La segunda problemática que trae consigo el sobrediagnóstico de las relaciones laborales resulta más general, y radica en el hecho de que diagnosticar las relaciones laborales en términos clínicos se antoja erróneo, además de perverso. De aproximar las relaciones laborales a la terminología clínica de las ciencias psicológicas se deduce que existe una patología sobre la que intervenir. De nuevo, de origen individual. Sin embargo, el mundo laboral resulta, en términos científicos, un entorno experimental de comportamiento grupal. La fascinación que muchos investigadores a lo largo de la historia hemos desarrollado por el análisis de las relaciones laborales responde a enfrentarnos a relaciones sociales de pauta contractual, con lo que las variables a analizar se controlan fácilmente. Como es lógico, la óptica del análisis social se encuentra necesariamente en el conflicto. La fricción entre elementos. El ánimo esterilizante del diagnóstico clínico tiene el objetivo irrealizable de amputar la fricción de las relaciones laborales, y a pesar de ello ha logrado crear una ilusión de relaciones laborales carentes de conflictividad. 

El esperpento es mayúsculo, y da en consecuencia un mundo laboral cínico, en el que, entre discursos motivacionales y de crecimiento personal, se niega a la mayor la conflictividad inherente de una realidad laboral extremadamente precarizada. El diagnóstico clínico incluye un segundo elemento en la ecuación: el pudor. Algo que los psicólogos conocemos bien, porque todavía hoy, si casualmente dos conocidos se cruzan en la sala de espera de una consulta psicológica, el momento suele ser bastante incómodo. Convertir el conflicto laboral colectivo y solidario en un problema íntimo, individual y vergonzante, configura una pirueta que obliga a la pregunta obvia: ¿quién sale beneficiado con todo esto?

Con ello no aludimos a una situación ni mucho menos nueva. Este asunto lleva décadas obsesionando a la mitad de la literatura científica del campo, mientras que la otra mitad ha empleado ese mismo tiempo alimentándola. Sin embargo, de entre la sucesión de síndromes más o menos conocidos, el de la adicción al trabajo (workaholism) esconde algunas particularidades definitorias de nuestro momento. 

La adicción al trabajo se comprende como una de las situaciones más frecuentes en las relaciones laborales en la actualidad. Es definida por primera vez por Oates en los años 70, en un libro titulado Confesiones de un workahólico, como una “compulsión incesante a trabajar”. Sin embargo, no se tardó en deducir que el análisis desde la compulsión resultaba erróneo, ya que en los casos estudiados tenía más peso la actitud desarrollada sobre el empleo que el número de horas que una persona dedicaba a su puesto. Así, aunque ni en términos clínicos ni bajo la concepción coloquial diríamos que se trata de una adicción en forma alguna, su denominación no parece azarosa: al vincular este proceso al concepto de adicción se imagina como íntimamente personal. Además, existe de manera generalizada e injusta una tendencia despectiva a responsabilizar de su situación a cualquier persona que, por ejemplo, experimenta adicción a alguna sustancia. La persona “adicta al trabajo”, bajo esta lógica, lo sería también por su cuenta y riesgo. 

La paradoja se encuentra en el hecho de que en muchos contextos laborales la denominada adicción al trabajo suma como valor al alza. Da igual que los encargados de analizar este fenómeno evidencien la improductividad vinculada al presentismo; en España, por ejemplo, es históricamente valorado. El presentismo, aparentemente, encaja como un guante con los valores genéricos del new management: compromiso, arrojo, proactividad... aunque realmente tenga poco o nada que ver con ellos. 

Cuando un grupo social sometido permanece aparentemente aletargado, no quiere decir que esté conforme con su situación, sino que hace un balance de oportunidad, en el que valora qué posibilidad de éxito tiene una confrontación directa con el problema

Una óptica alternativa al análisis de la adicción al trabajo la podemos encontrar en el análisis del comportamiento de grupos en la organización, primero, y una perspectiva más estructural, después. Las sobrehoras en la jornada suelen desencadenarse por algo tan corriente como que la persona disfrute de su trabajo. El hecho de no coartar esa circunstancia desencadenará rápidamente que una oficina al completo esté desarrollando sobrehoras de manera sistemática. Los equipos de trabajo, precarizados o no, se encuentran en un entorno social de inestabilidad, y una cultura de supremacía del empleo –que no del trabajo–, donde la competitividad, compromiso e identificación con tu entorno laboral son exigencia sine qua non para la correcta integración; de hecho, no encajar con los valores de una organización puede convertirse en un problema agudo en el contexto neolaboral. Así, la combinación de variables como presión de grupo, la incertidumbre respecto a un contexto laboral pobre en oportunidades, que impele a aferrarse al puesto como a un clavo ardiente, junto a una cultura del trabajo vocacional, se convierte en un caldo de cultivo para someterse a jornadas de trabajo maratonianas. 

Existe, no obstante, una tendencia a presuponer que estas jornadas maratonianas son “voluntarias”, y ahí es donde está la trampa. Si la adicción al trabajo se denominase como autoexplotación –o explotación indirecta– lograríamos mayor precisión. El antropólogo James Scott ha pasado décadas estudiando la sutileza de las protestas: cuando un grupo social sometido permanece aparentemente aletargado, no quiere decir que esté conforme con su situación, sino que hace un balance de oportunidad, en el que valora qué posibilidad de éxito tiene una confrontación directa con el problema. Ese estado de sometimiento consciente representa un punto de análisis explicativo de muchas de las situaciones de precariedad actuales, con las que, efectivamente, las personas transigimos por puro instinto de supervivencia. Ni mucho menos habría que hablar de voluntariedad. La adicción al trabajo, así, no debe explicarse como un síndrome, sino como un síntoma más de una precariedad laboral disciplinante.

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José Antonio Llosa es psicólogo e integrante del Grupo de Investigación Workforall (Universidad de Oviedo).

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José Antonio Llosa (Workforall)

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3 comentario(s)

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  1. Roberto Pedreiturria

    ¿Y por qué dotar de atributos ideológicos a fenómenos naturales, como puede ser el comportamiento humano dentro de las relaciones laborales? Ese tipo de postura rígida, diría que dogmática, parece una obcecación psicológica muy dada a martirizar el pensamiento racional. Y yo preguntaría: ¿esto también ya forma parte de las aleyas pato-sicológicas con que se evalúa a la sociedad? Me resulta asonante y pretenciosamente insistente, el interés en aderezar una teoría, absolutamente discutible, de términos como: «estructura de las relaciones laborales neocapitalistas», «neoliberalismo», «capitalismo», «contexto neolaboral», y este último término, lo confieso, me dejó repartido en fragmentos irreconciliables. Con mucho respeto, me tomo la atribución de empezar aclarando un par de cláusulas importantes, que al parecer, por falta de tiempo, - y esto lo juzgo comprensible -, escaparon a la disertación del autor del artículo. En efecto, «Workaholic» es una combinación de dos palabras en inglés “work” (trabajo) y “aholic” (alcohólico). El termino apareció por primera vez en Canadá en 1947, proveniente de las terapias grupales de Alcohólicos Anónimos, como una herramienta formal destinada a diferenciar el alcoholismo por causas relacionadas con las presiones laborales, de otros tipos de alcoholismo. Por su parte, «burnout», que por supuesto también proviene del inglés, “burn” significa “quemado” y “out” significa “fuera”. En el caso de “out” cuando se combina puede hacer referencia a una especie de “desconexión o en otros casos puede sugerir simplemente la “finalización” de algún evento en particular. Para que se entienda fácil, nombremos por ejemplo la palabra, «knockout», esta significa literalmente «golpe que deja fuera de combate» y los aficionados al boxeo y otros deportes afines la conocen bien. «Knonk-out» está compuesta por la palabra “knonk” que ancestralmente es de origen nórdico y significa “golpe”, y la palabra “out”, ya lo sabemos, que significa “fuera”. De modo que «burnout» viene a representar algo así como, «fuera de combate por estrés». Por lo tanto, el término no está únicamente relacionado con el trabajo, sino que también a otros estreses, como pueden ser las relaciones matrimoniales convulsivas, el cuidado de hijos con grandes problemas, a militares sometidos a situaciones de riesgo prolongada, entre muchísimos otros. Si en algo vamos a coincidir el articulista y yo, es en el poco crédito que tiene la ciencia conocida como Psicología. Para prácticamente el resto del mundo científico, esta rama de la ciencia simplemente es una pseudo-ciencia. Es muy difícil diagnosticar una enfermedad mental por procedimientos adscritos a la sicología, puesto que casi siempre depende más de la experiencia y de la interpretación del especialista, que de las variables sintomáticas y de los procedimientos preestablecidos. Este error fenomenológico me fue revelado por mi amigo sicólogo, ya fallecido, Raymond Cattell, y aunque me es difícil explicar las circunstancias, recuerdo que el solo dijo: «no te preocupes por pequeñeces Robert, eso no es más que una dosis de PDI». Resultó que las iniciales PDI respondían a una terminología que se manejaba internamente entre los sicólogos y que significaba: «preconceived diagnosis inaccuracy» o inexactitud preconcebida del diagnóstico. Vale señalar, que este término fue rechazado por APA (American Psychological Association) y excluido, casi inquisidoramente, del manual de sicología que por entonces se estaba elaborando. Hoy existen muchísimas publicaciones que rechazan y acusan a los procedimientos sicológicos de «fetiches con pretensiones científicas». Aclarado lo anterior, y reconociendo por otra parte la utilidad de la sicología y su buena intención en rehabilitar o ayudar a pacientes con trastornos mentales, debemos adentrarnos en la historia, para de esta manera, dejar a un margen inexorable la deplorable intención ideológica, de relacionar los problemas de estrés con Capitalismo, o cualquier otra sociedad que se les ocurra poner en la diana. El suicidio era ya famoso en las culturas antiguas, y hasta nos llega en los textos de Pitágoras, Aristóteles, Fedón, Platón, Sócrates…, y por supuesto, de cada uno de ellos con sus diferentes interpretaciones. Para los egipcios, el suicidio de esclavos era un acto indigno y que no merecían porque solo los allegados al faraón podían disponer de su vida cuando este muriera, o sea, era un privilegio. Otro rarísimo ejemplo del «privilegio del suicidio» es sin duda el harakiri de los legendarios samuráis japoneses. Para el judaísmo y demás religiones monoteístas posteriores, la vida solo le pertenecía a Dios y solo El poseía los derechos sobre la misma. Es arto-visible que la receta moral contra el suicidio tuvo muchas vertientes, pero casi siempre estuvo destinada a impedirlo. No es mi intención ahondar sobre el suicidio, pero lo dejo de ejemplo, como la solución desesperada y ultimada ante una presión sicológica abrumadora. Si alguien desea saber más sobre este interesante tema, le recomiendo la lectura de “El Mito de Sisifo”, de Albert Camus. Hay muchísimos autores que lo abordan, y de manera magistral, pero esta lectura en particular constituye un clásico obligatorio, con el cual se puede empezar. ¿El estrés en el trabajo, el Burnout, es una enfermedad endémica del Capitalismo?¿Existe más estrés laboral hoy que en la antigüedad? ¿Acaso la vida en los coljoses soviéticos no llevaron al suicidio a miles de campesinos? ¿Acaso la Revolución Industrial no fue el fenómeno tecnológico que llevó a la creación de sociedades con pretensiones Comunistas en el Este de Europa y en el resto del mundo? ¿Los obreros de las sociedades construidas a semejanza de la soviética, no padecieron Burnout? Pienso que el autor sabe perfectamente cuales son las respuestas y que el lector, solo valiéndose de su capacidad intuitiva, también las conoce. No, el agobio por razones laborales y sus consecuencias sicológicas, no posee una relación indisoluble con las «estructuras de las «relaciones laborales neocapitalistas», «neoliberalismo», «capitalismo», y el rarísimo «contexto neolaboral». Una cosa es que hoy en día seamos más consientes de este fenómeno, porque lo hemos estudiado, porque estamos más atentos, porque cada día se reportan más socio-patologías y sobre todo porque, y perdónenme la ironía, la ciencia normalmente avanza. Decir que esta patología, independientemente del vector que la genere, es incluso una enfermedad moderna, y esto más allá de capitalismo, esclavismo o comunismo, resulta, académicamente hablando, una opinión facilista, sensacionalista-contemporalista, pero sobre todo desacertada. En el papiro de Edwin Smith, hay una descripción sobre diferentes cánceres que constituyen los reportes más antiguos de la enfermedad y por otra parte, las pruebas bioantropológicas demostraron que el faraón Ranses II y muchos de sus descendientes también murieron de cáncer. Paradójicamente todavía seguimos escuchando gritos trasnochados que nos aseguran que el cáncer es una enfermedad moderna. Lo mismo pasa con las diabetes y las alergias. Yo casi lo sentenciaría como el «victimismo de la modernidad», la que asegura que todo lo que tenemos es tan pernicioso, que hubiera sido mejor vivir en una comunidad primitiva, digamos 25 mil años atrás. Ahí estaríamos respirando aire fresco y sin la presión del tictac que proviene del despertador de la mesita de noche. Solo que, a pesar de los pesares, no nos conformaríamos con una esperanza de vida media de 35 años. Yo puedo imaginarme el desesperante burnaout que padecieron los tantos campesinos en el medioevo. Aquel campesino incapaz de alimentar con su trabajo a sus cuatro hijos, vendiendo a uno, para poder alimentar a los otros tres. Yo puedo imaginarlo, ¿por qué otros no pueden? Yo puedo suponer el desgaste mental que supuso para cualquier obrero de una fábrica soviética, por ejemplo, al conocer el nuevo plan quinquenal impuesto por el camarada Stalin entre 1933 y 1937. Puedo visualizar las reuniones de los viernes donde los obreros, embriagados por lo que para los cubanos se llamó «combatividad revolucionaria» y para los soviéticos «la conciencia del proletariado», se acusaban los unos a los otros de no estar a la altura del gran proyecto, en el que se les exigía un extra de sacrificio y la renovación de su compromiso con la Patria Socialista. Imagino a aquel obrero llegando a su casa a las tantas de la noche, desmoralizado y preparándose para la jornada del día siguiente. Burnout, diríase hoy, pero él solo alcanzaba a decir: «necesito algo de vodka ahora mismo». ¡Pero que capricho de contextualizar ideológicamente una reacción natural ante la presión de un ente social! ¿Por qué echar mano, sin pensarlo ni una sola vez, de las ideologías para hacer críticas, cuando lo que se está evaluando es, en un contexto moderno, una patología que pudiera pertenecer a todos los tiempos de nuestras sucesivas civilizaciones? ¡Y qué fácil se resuelve todo con las ideologías! En seguida tenemos a un par de enemigos y a una víctima. Estamos de acuerdo en que el inductor de esa patología también posee culpabilidad en cuanto a su existencia, pero ¿es un fenómeno natural dentro de las relaciones laborales o no lo es? ¿Puede ser mejorado, cómo? ¿Hay individuos menos resistentes a la presión laboral, o no los hay? ¿Las horas extras (overtime), son inducidas por la sociedad que pretende sacarle el jugo al trabajador o, es el trabajador, en su ámbito de competencia, quien las asume para obtener más beneficios por su trabajo? Sea cual sea la respuesta, ¿debe ser ilegalizado el overtime, en virtud de la salud mental del trabajador? Es curioso como la parte más sustanciosa y atractiva del tema, al menos desde un punto de vista científico, fue olvidada en el artículo, pero quedó de peras eso del «contexto neolaboral». Estaré pendiente de cualquier respuesta, porque debatir siempre nos aporta nuevas perspectivas y conocimientos. Saludos a los hacedores de la revista. En lo personal, me ha gustado mucho descubrir este oasis de discusión civilizada. ///(segundo intento)

    Hace 1 año 10 meses

  2. Roberto Pedreiturria

    Y dale con dotar de atributos ideológicos a fenómenos naturales, como puede ser el comportamiento humano dentro de las relaciones laborales. A mi me va pareciendo esto una psicológica obcecación de martirizar el pensamiento racional. Y yo preguntaría si, ¿esto también ya forma parte de las aleyas pato-sicológicas con que se evalúa a la sociedad? Me resulta asonante y pretenciosamente insistente, para no caer en agravios, el interés en aderezar una teoría, absolutamente discutible, de términos como: «estructura de las relaciones laborales neocapitalistas», «neoliberalismo», «capitalismo», «contexto neolaboral», y este último término, lo confieso, me dejó repartido en fragmentos irreconciliables. Con mucho respeto, me tomo la atribución de empezar aclarando un par de cláusulas importantes, que al parecer, por falta de tiempo, - y esto lo juzgo comprensible -, escaparon a la disertación del autor del artículo. En efecto, «Workaholic» es una combinación de dos palabras en inglés “work” (trabajo) y “aholic” (alcohólico). El termino apareció por primera vez en Canadá en 1947, proveniente de las terapias grupales de Alcohólicos Anónimos, como una manera de diferenciar el alcoholismo por causas relacionadas con las presiones laborales, de otros tipos de alcoholismo. Por su parte, «burnout», que por supuesto también proviene del inglés, “burn” significa “quemado” y “out” significa “fuera”. En el caso de “out” cuando se combina puede hacer referencia una especie de “desconexión o en otros casos puede sugerir la “finalización” de algún evento en particular. Para que se entienda fácil, nombremos por ejemplo la palabra, «knockout», esta significa literalmente «golpe que deja fuera de combate» y los aficionados al boxeo y otros deportes de la misma índole, conocen bien. «Knonk-out» está compuesta por la palabra “knonk” que ancestralmente es de origen nórdico y significa “golpe”, y la palabra “out”, ya lo sabemos, que significa “fuera”. De modo que «burnout» viene a significar algo así como, «fuera de combate por estrés». De manera que no solo está relacionado al trabajo, sino que también a otros estreses, como a las relaciones matrimoniales convulsivas, al cuidado de hijos problemáticos, a militares sometidos a situaciones de riesgo prolongada, entre muchísimos otros. Si en algo vamos a coincidir el articulista y yo, es en el poco crédito que tiene la ciencia conocida como Psicología. Para prácticamente el resto del mundo científico, esta rama de la ciencia simplemente es una pseudo-ciencia. Es muy difícil diagnosticar una enfermedad mental por procedimientos adscritos a la sicología, puesto que casi siempre depende más de la experiencia y la interpretación del especialista, que de las variables sintomáticas y de los procedimientos preestablecidos. Este error fenomenológico me fue revelado por mi amigo sicólogo, ya fallecido, Raymond Cattell, y aunque me es difícil explicar las circunstancias, recuerdo que el solo dijo: «no te preocupes por pequeñeces Robert, eso no es más que una dosis de PDI». Resultó que las iniciales PDI respondían a una terminología que se manejaba internamente entre los sicólogos y que significaba: «preconceived diagnosis inaccuracy» o inexactitud preconcebida del diagnóstico. Vale señalar, que este término fue rechazado por APA (American Psychological Association) y excluido, casi inquisidoramente, del manual de sicología que por entonces se estaba elaborando. Hoy existen muchísimas publicaciones que rechazan y acusan a los procedimientos sicológicos de «fetiches con pretensiones científicas». Aclarado lo anterior, y reconociendo por otra parte la utilidad de la sicología y su buena intención en rehabilitar o ayudar a pacientes con trastornos mentales, debemos adentrarnos en la historia, para de esta manera, dejar a un margen inexorable la deplorable intención ideológica, de relacionar los problemas de estrés con Capitalismo, o cualquier otra sociedad que se les ocurra poner en el blanco. El suicidio era ya famoso en las culturas antiguas, y hasta nos llega en los textos de Pitágoras, Aristóteles, Fedón, Platón, Sócrates…, y por supuesto, de cada uno de ellos con sus diferentes interpretaciones. Para los egipcios, el suicidio de esclavos era un acto indigno y que no merecían porque solo los allegados al faraón podían disponer de su vida cuando este muriera, o sea, era un privilegio. Otro rarísimo ejemplo del «privilegio del suicidio» es sin duda el harakiri de los legendarios samuráis japoneses. Para el judaísmo y demás religiones monoteístas posteriores, la vida solo le pertenecía a Dios y solo El poseía los derecho sobre la misma. Es arto-visible que la receta moral contra el suicidio tuvo muchas vertientes, pero casi siempre estuvo destinada a impedirlo. No es mi intención ahondar sobre el suicidio, pero lo dejo de ejemplo, como la solución desesperada y ultimada ante una presión sicológica abrumadora. Si alguien desea saber más sobre este interesante tema, le recomiendo la lectura de “El Mito de Sisifo”, de Albert Camus. Hay muchísimos autores que lo abordan, y de manera magistral, pero esta lectura en particular constituye un clásico obligatorio, con el cual se puede empezar. ¿El estrés en el trabajo, el Burnout, es una enfermedad endémica del Capitalismo?¿Existe más estrés laboral hoy que en la antigüedad? ¿Acaso la vida en los coljoses soviéticos no llevaron al suicidio a miles de campesinos? ¿Acaso la Revolución Industrial no fue el fenómeno tecnológico que llevó a la creación de sociedades con pretensiones Comunistas en el Este de Europa y en el resto del mundo? ¿Los obreros de las sociedades construidas a semejanza de la soviética, no padecieron Burnout? Pienso que el autor sabe perfectamente cuales son las respuestas y que el lector, solo valiéndose de su capacidad intuitiva, también las conoce. No, el agobio por razones laborales y sus consecuencias sicológicas, no posee una relación indisoluble con las «estructuras de las relaciones laborales neocapitalistas», «neoliberalismo», «capitalismo», y el rarísimo «contexto neolaboral». Una cosa es que hoy en día seamos más consientes de este fenómeno, porque lo hemos estudiado, porque estamos más atentos, porque cada día se reportan más socio-patologías y sobre todo porque, y perdónenme la ironía, la ciencia normalmente avanza. Decir que esta patología, independientemente del vector que la genere, es incluso una enfermedad moderna, y esto más allá de capitalismo, esclavismo o comunismo, resulta, académicamente hablando, una opinión facilista, sensacionalista contemporalista, pero sobre todo desacertada. En el papiro de Edwin Smith, hay una descripción sobre diferentes cánceres que constituyen los reportes más antiguos de la enfermedad y por otra parte, las pruebas bioantropológicas demostraron que el faraón Ranses II y muchos de sus descendientes también murieron de cáncer. Paradójicamente todavía seguimos escuchando gritos trasnochados que nos aseguran que el cáncer es una enfermedad moderna. Lo mismo pasa con las diabetes y las alergias. Yo casi lo sentenciaría como el «victimismo de la modernidad» que asegura que todo lo que tenemos es tan pernicioso, que hubiera sido mejor vivir en una comunidad primitiva, digamos 25 mil años atrás. Ahí estaríamos respirando aire fresco y sin la presión del tictac que proviene del despertador de la mesita de noche. Solo que, a pesar de los pesares, no nos conformaríamos con una esperanza de vida media de 35 años. Yo puedo imaginarme el desesperante burnaout que padecieron los tantos campesinos en el medioevo. Aquel campesino incapaz de alimentar con su trabajo a sus cuatro hijos, vendiendo a uno, para poder alimentar a los otros tres. Yo puedo imaginarlo, ¿por qué otros no pueden? Yo puedo suponer el desgaste mental que supuso para cualquier obrero de una fábrica soviética, por ejemplo, al conocer el nuevo plan quinquenal impuesto por el camarada Stalin entre 1933 y 1937. Puedo visualizar las reuniones de los viernes donde los obreros, embriagados por lo que para los cubanos se llamó «combatividad revolucionaria» y para los soviéticos «la conciencia del proletariado», se acusaban los unos a los otros de no estar a la altura del gran proyecto, en el que se les exigía un extra de sacrificio y la renovación de su compromiso con la Patria Socialista. Imagino a aquel obrero llegando a su casa a las tantas de la noche, desmoralizado y preparándose para la jornada del día siguiente. Burnout, diríase hoy, pero él solo alcanzaba a decir: «necesito algo de vodka ahora mismo». ¡Pero que manía de contextualizar ideológicamente una reacción natural ante la presión de un ente social! ¿Por qué echar mano, sin pensarlo ni una sola vez, de las ideologías para hacer críticas, cuando lo que se está evaluando es, en un contexto moderno, una patología que pudiera pertenecer a todos los tiempos de nuestras sucesivas civilizaciones? ¡Y qué fácil se resuelve todo con las ideologías!. En seguida tenemos a un par de enemigos y una víctima. Estamos de acuerdo en que el inductor de esa patología también posee culpabilidad en cuanto a su existencia, pero ¿es un fenómeno natural dentro de las relaciones laborales o no lo es? ¿Puede ser mejorado, cómo? ¿Hay individuos menos resistentes a la presión laboral, o no los hay? ¿Las horas extras (overtime), son inducidas por la sociedad que pretende sacarle el jugo al trabajador o, es el trabajador, en su ámbito de competencia, quien las asume para obtener más beneficios por su trabajo? Sea cual sea la respuesta, ¿debe ser ilegalizado el overtime, en virtud de la salud mental del trabajador? Es curioso como la parte más sustanciosa y atractiva del tema, al menos desde un punto de vista científico, fue olvidada en el artículo, pero quedo de peras eso de «contexto neolaboral». Estaré pendiente de cualquier respuesta, porque debatir siempre nos aporta nuevas perspectivas y conocimientos. Saludos a los hacedores de la revista. Me ha gustado mucho descubrir este oasis de discusión civilizada.

    Hace 1 año 10 meses

  3. BMJL

    Me ha gustado mucho, José Antonio, es exactamente lo que llevo viendo desde hace mucho tiempo en el lugar donde trabajo. En especial lo que dices sobre la individualización de problemas estructurales. Cada vez que se realizan estudios de riesgos psicosociales y se presentan resultados, lo que se plantea como solución por parte de la administración (es la administración pública) es formación para los trabajadores: talleres de gestión del estrés, técnicas de negociación, habilidades sociales, etc. Pero cuando se plantea que el problema es estructural y se pregunta cuál va a ser la intervención en ese plano, dan la callada por respuesta (ni siquiera hay plan de formación para mandos, pues suponen que el problema es exclusivo de trabajadores de escala básica). Voy a compartir el artículo con mis compañeros. Gracias.

    Hace 2 años 3 meses

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