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MARCOS HOURMANN / MÉDICO

“Los que quieren morir sin sufrir y el sistema no se lo permite no mueren dignamente”

El primer facultativo condenado en España por practicar una eutanasia confronta su caso con el público en la obra de teatro ‘Celebraré mi muerte’, con producción de Jordi Évole y Alberto San Juan

Miguel Ángel Ortega Lucas Madrid , 21/03/2019

<p>Marcos Hourmann.</p>

Marcos Hourmann.

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“Ingresó de urgencias con un cuadro múltiple de varias patologías asociadas. Pidió morir dos veces, diciendo que no quería sufrir más. No hice caso en un primer momento porque pensé que aún podía salvarla. Actué varias horas para sacarla adelante, hasta que llegó a una situación médica irreversible, después de intentarlo todo: su corazón entró en fase terminal y no había nada más que hacer. La hija quiso sedarla, y eso hicimos. Pero a los cinco minutos me llamó la enfermera diciendo que, aun inconsciente, Carmen sufría. Y ahí llega el punto clave. La hija no daba más, y yo no vi más nada a nivel médico. Le puse la inyección de potasio”.

El doctor Marcos Hourmann, argentino afincado en España desde hace media vida, está a punto de cumplir 60 años. Fue hace catorce exactos, en la noche del 28 de marzo de 2005, cuando sucedieron los hechos relatados. Aquella madrugada la paciente, octogenaria, presentaba un pronóstico que auguraba apenas unas horas más de vida. El doctor Hourmann le acabó inyectando, tras confirmar que nada más podía hacerse, y atendiendo los ruegos de la paciente y de su hija, 50 mg. de cloruro potásico. Es decir, le practicó la eutanasia.

El de Hourmann no será en absoluto un caso extraordinario, ni en nuestro país ni en otros; la diferencia radicó en que, en esta ocasión, el médico dio parte de lo sucedido, contrariando (desafiando) así los protocolos marcados por la ley –es decir, que no se puede ayudar a morir a alguien, por más que lo pida, bajo las circunstancias que sean–. Pero el doctor no sospechaba que aquella decisión iba a perjudicarle “al nivel que me perjudicó”. Consiguió, a la postre, evitar su inhabilitación, pero el proceso judicial al que fue sometido, espoleado por denuncias procedentes de su propio hospital, el Móra d’Ebre de Tarragona, casi rompe en pedazos su vida, ante la impotencia de su entorno y la perplejidad de la propia familia de la fallecida. Fue despedido, y condenado a un año de cárcel. Tal condena no implicó el ingreso en prisión, pero Hourmann sí entró en un infierno personal. “Tiré toda mi vida en un segundo sin darme cuenta”.

Pero nunca se sabe para qué suceden ciertas cosas. Hace tres años, el espacio televisivo Salvados preparaba un programa sobre la eutanasia, La buena muerte, y contactaron con él. Emergió entonces, en la mente del realizador Víctor Morillas, la idea que luego se materializaría en la obra, dirigida por el propio Morillas y Alberto San Juan, y producida asimismo por Jordi Évole, llamada Celebraré mi muerte. Una propuesta de teatro-documental que ahora podrá verse en el madrileño Teatro del Barrio, y en la que Hourmann cuenta su historia y la confronta con el público, invitando a los mismos espectadores a decidir si merecía o no ser condenado por lo que hizo.

“Lo que cambió en mí”, dice ahora, “para tomar esa iniciativa fue el sentirme yo reflejado como hijo”. La relación de Hourmann con su padre resulta un momento esencial de la obra, ya en los últimos momentos de la función; que no trata –insiste– de adoctrinar, sino de ayudar a explicar ciertas cosas. “Yo pienso que en la vida hay que luchar hasta el final, pero esto lo pienso yo; es una forma de entender la vida. Pero cuando vi un final claro ante un sufrimiento innecesario, ahí me identifiqué como ser humano puro y duro. Otros médicos no lo hubieran hecho así. Pero es que los médicos tomamos a veces la muerte y el sufrimiento como algo ajeno a nosotros. Yo creo que en esto me la hice mía un poco también, me la cargué yo encima la muerte de ella y el sufrimiento de la hija. Lo que nunca imaginé es que esta historia terminara como terminó”.

Hourmann está convencido de cuáles fueron las personas y motivos que echaron a andar la maquinaria en su contra –“fue algo personal”– pero dice no tener pruebas de ello. “Esto no lo digo mucho pero digamos que es así... Cómo se puede hacer daño de esta manera a un individuo. Y es el ser humano, la esencia del ser humano. Porque tú puedes llevarte mal con alguien, pero hay que ser muy hijo de puta para ir a por una persona y destruirla así. Lo intentaron dos veces”.

Entiendo por lo que dice que alguien pudo aprovechar esa tesitura para hacerle daño sin que el hecho en sí fuera en absoluto la razón, sólo la coartada. 

Digamos que sí. Que se lo puse en bandeja. Yo esto no lo he contado nunca porque son ideas mías. Pero creo saber quién fue quién alarmó, mes y medio después del suceso, sin que hubiera habido quejas ni denuncias... Pero ya no estoy en esa fase; el rencor no lo tengo. Me costó unos años, eh, entender esto; quién pudo haberme hecho esto, por qué. Pero ya pasó a la historia. Aprendí mucho en este proceso, muchas cosas.

¿Qué aprendió?

Que no se puede ir por la verdad, no se puede decir lo que uno piensa. Mi cabeza con mi boca no tiene stop. Yo decía siempre lo que pensaba; era un absceso del sistema, lo fui siempre... Y en el fondo siempre he sido muy exigente con los demás; conmigo mismo, con mis hijos. Y no sirve. Aceptar a los demás como son es uno de los grandes aprendizajes de esta historia. La humildad también. Que no soy mejor ni peor; soy Marcos, con sus virtudes y defectos... Me creé muchos enemigos sin saberlo. Ahora estoy más tranquilo, voy a cumplir 60, los años también hacen lo suyo. Pero esta historia me hizo aprender que nadie tiene que hacer cambiar nada a nadie. Hoy acepto más a la gente. No es resignación, eh, pero hay algo que cambió: ver las cosas más desde lo sencillo, y sobre todo aceptar al otro como es, que es un ejercicio difícil porque la hipocresía, la mediocridad, te rodean cada dos minutos. Yo lo que pensaba lo decía a la cara. Siempre pensé que las formas eran menos importantes que el fondo, y me equivoqué. 

A muchos les conviene que las formas sean lo importante, sin que haya fondo detrás.

Y la gente se quedó más con las formas y el fondo lo vio poca gente. Pero eso me pasa desde hace muchos años... En la adolescencia, mi padre me hizo leer El hombre mediocre [del también médico José Ingenieros], y me reventó la cabeza. Yo luché para no ser mediocre, pero lo soy; y no hay ningún problema con ello. Siempre intenté saber quién coño soy y para qué carajo estoy aquí, qué vine a hacer en este mundo. Creo que el conocimiento interior es fundamental. Estamos tan preocupados por otras cosas en la vida que lo importante no lo pensamos, no tenemos tiempo.

Aunque el precio a pagar sea alto, saber quién eres es lo que justifica estar vivo. 

Yo creo que sí. No es un trabajo remunerable pero es el más importante, el que nos hace mejores personas en el fondo. Es la única clave paras ser feliz, saber quién carajo sos, porque vivir en una nube de pedo... En el fondo casi todo es igual, a todos nos pasan casi los mismos problemas con el amor, la familia, el dinero, el laburo; se nos mueren los seres queridos... El tema es cómo lo manejamos. Cada cual lo lleva de una manera pero parece que lo que le pasa al otro no te toca a ti, y vivimos en una indiferencia absoluta. Que es una mierda, ser indiferente, nunca lo he sido y por eso también me pasó lo que me pasó.

Porque lo que sucedió aquella noche en el hospital fue consecuencia de todo lo que había vivido antes, ¿verdad?, no un decisión a la ligera de cinco minutos. 

Totalmente. Sin ninguna duda. De hecho el hilo de la obra es entender sobre qué estamos hablando cuando hablamos del derecho a morir como uno quiere. No morir dignamente, porque ese concepto se puede ensuciar, y cada cual lo entiende a su modo; es morir como uno quiere. Morir “bajo los designios de Dios” también es morir como uno quiere. Cada uno entenderá la muerte digna en función de sus creencias. Y también puede ser que hoy yo diga que no quiero sufrir un segundo, pero quién me garantiza que al final no quiera luchar hasta el final. O que aquellos que dicen que hay que morir cuando Dios lo diga, también digan ‘basta’ y quieran dejar de sufrir. Los que no mueren dignamente son los que quieren morir sin sufrir, y dicen basta, pero el sistema y los políticos y las leyes no se lo permiten. Es todo una perversión del sistema. En la obra planteamos cosas que no se han dicho antes, delicadas, a nivel médico. Se transforma cada vez que la hacemos, pero siempre tiene que haber un coloquio con el público. Lo que quiero es que la gente escuche, piense, analice, y que se pueda hablar de la muerte con un poco más de naturalidad. No se trata de convencer a nadie; esto me parece muy importante: no quiero convencer a nadie, sino que la gente piense. Y que obviamente esto tiene que estar legislado con mucho cuidado para que no haya abusos; que haya una ley lo más inteligente posible, que se eduque a la gente. No hablamos en casa de la muerte porque nadie se quiere morir, pero nos va a pasar a todos.

¿Cómo es su vida ahora? Supongo que su visión no será la misma desde aquel episodio.

Es interesante porque en el fondo, la verdad, pienso igual que antes. En un montón de cosas. Lo que sí me sirvió fue para entender más a los que me rodean, incluyendo a los que amo, que son mis hijos, mis nietas, mi mujer y mi ex mujer. Pero nuestra vida fue absolutamente una miseria, hasta la aparición en 2016 de Salvados. Porque perdimos todo. El acoso era tremendo, la ilusión se fue a la mierda. Y Yolanda [su mujer] y yo, que nos amamos inmensamente, no nos dimos cuenta de que la habíamos perdido hasta la aparición de Víctor y el equipo de Jordi Évole, que nos la devolvieron. Porque era una cuestión de supervivencia pura y dura; a rematar contra una montaña que se te viene encima. Sólo quedaba el amor, que nos hizo tirar para adelante. Yo no me deprimí nunca, no dejé de trabajar, no sé cómo lo hacía. El único día que dije “no puedo” fue cuando me enteré de que me habían denunciado otra vez de forma anónima en Inglaterra... Ahora nos están pasando cosas maravillosas a nivel humano, y la ilusión ha vuelto, gracias a lo que está sucediendo con la obra.

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Celebraré mi muerte estará en el Teatro del Barrio de Madrid del 22 a 24 de marzo, del 3 al 6 de abril y del 17 al 18 de abril. 

Autor >

Miguel Ángel Ortega Lucas

Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Pocavergüenza.

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1 comentario(s)

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  1. c

    ellos adoran al torero qe es un suicida jaleado incluso por su familia qe si muere echa la culpa a ls anti-taurins por alegrarse cuando ellos le jaleaban en el suicidio pero NO respetan a quien opina DIFerente y no qiere sufrir al morir = fascistas

    Hace 2 años

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