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Susana Chiarotti / Abogada y feminista argentina

“El aborto se perdió en el Congreso, pero tuvimos una ganancia social enorme”

Amanda Andrades 16/04/2019

<p>Susana Chiarotti.</p>

Susana Chiarotti.

Mugarik Gabe

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Susana Chiarotti (Santa Fe, Argentina, 1946), abogada y una de las impulsoras del proyecto de legalización y despenalización del aborto en este país, llegó al feminismo tarde, a los 39 años. Antes, pese a ser una “feminista salvaje”, con actitudes de “autonomía o de rebelión”, pensaba que el feminismo eran “lujos que se daban las mujeres del primer mundo, que para las sudamericanas la contradicción principal era la de clase”. La lectura de un libro, La pequeña diferencia y sus grandes consecuencias, desveló una nueva mirada. En esa época vivía en Bolivia, a donde había huido años antes para escapar de la dictadura argentina. Cuando aquel volumen epifánico cayó en sus manos, andaba asesorando a la federación campesina boliviana y la venda marxista comenzaba a caer frente a los nuevos anteojos de género. “Veía que a veces se pedían fondos para las mujeres pero después los manejaban los varones”, recuerda en el recibidor de un hotel madrileño. 

A la vuelta del exilio, creó una institución de defensa de derechos de las mujeres, el Instituto de Género, Derecho y Desarrollo en Rosario. En los noventa se produjeron algunas de las grandes conferencias internacionales que inscribieron los derechos de las mujeres en las agendas globales de instituciones como Naciones Unidas. Chiarotti participó en varias de ellas. Fundamental fue la Conferencia Mundial de Derechos Humanos de Viena (1993) donde consagró el que los derechos de las mujeres son derechos humanos. “Y parece ridículo decirlo así porque es como si hasta ese momento hubiésemos sido animales, pero fue un cambio paradigmático. También el que se dijera que la violencia contra la mujer es una violación de los derechos humanos. Eso fue brutal, permitió mostrar que los derechos humanos pueden ser disfrutados en la calle y en la casa, pero también pueden ser violados en la calle y en la casa”, reflexiona.

Este éxito fue peleado, batallado antes con los “patriarcas de derechos humanos, muy progresistas, dispuestos a morir por la igualdad y la libertad, pero que la igualdad entre varones y mujeres no la veían ni cuadrada”. Antes de acudir a Viena, en la conferencia preparatoria latinoamericana, Chiarotti y sus compañeras se encontraron con que ellos habían diseñado una declaración de derechos humanos en la que a las mujeres, indígenas, ancianos, niños y discapacitados se les había dedicado un “parrafito”, el de los sectores vulnerables. “Les dijimos miren nosotras de vulnerables nada, si a nosotras no nos agreden y no nos quitan nuestros derechos, no somos vulnerables. Podemos estar en condiciones de vulnerabilidad, pero per se nuestra esencia no es vulnerable”. Consiguieron que las sacaran. Luego vinieron los pueblos indígenas, los ancianos, los discapacitados. “Quedaron los niños no más, porque no había ninguno presente”, rememora. 

Tras esos momentos de “auge del movimiento feminista”, para Chiarotti, “después empezó toda una época en la que, si bien fuimos avanzando, también nos tuvimos que dedicar a cuidar los avances que habíamos hecho porque hay un resurgimiento de la derecha brutal que está queriendo hacernos retroceder”.

Hablemos de ese retroceso.

Bolsonaro es un modelo de fascismo crudo que cambia los modelos que había hasta la fecha, donde era totalmente disimulado y usaban lenguaje políticamente correcto

La Comisión Interamericana de Mujeres tuvo que sacar un documento, que se llama La igualdad de género como bien de la humanidaddonde se hace un mapeo de las estrategias de los conservadores y fundamentalistas para volver atrás en derechos. Tenemos que ir trabajando para que eso no nos afecte tanto, aunque hay países donde el daño ya se está produciendo como Brasil. Bolsonaro es un modelo de fascismo crudo que cambia los modelos que había hasta la fecha, donde era totalmente disimulado y usaban lenguaje políticamente correcto, instalaban modelos neoliberales en la economía y políticas conservadoras, pero cuidando el lenguaje. 

¿Cuáles son esas estrategias fundamentalistas?

Se van repitiendo de país en país, queriendo retroceder con todo el tema de la educación sexual integral con lemas como “Con mi hijo no te metas”. Usan el mecanismo de la posverdad para asustar a padres, madres y docentes diciéndoles que ese tipo de educación promueve la homosexualidad, la masturbación y el cambio de sexo. Se dicen barbaridades a través de medios masivos y después cuesta ir con un panfleto en la mano, escuela por escuela, casa por casa a combatir eso cuando ya penetraron esas falsedades en la mente de la gente. América Latina en estos dos o tres últimos años ha dado un giro a la derecha impresionante que está poniendo en peligros avances conquistados con muchísimo esfuerzo.

¿Hasta qué punto hay que hacer una crítica a las izquierdas, porque en algunos países de Latinoamérica estas también han sido reaccionarias en cuanto a los derechos sexuales y reproductivos?

Sí, creo que hay un patriarcado de derechas y un patriarcado de izquierdas. Y yo le tengo más miedo a los patriarcas de izquierda que a los de derecha. Cuando nos vienen por la izquierda nos dejan más desarmadas para reclamar. Nos decimos: bueno, por lo menos este va a repartir más, va a dar más apoyo a los sectores humildes, traguémonosla y esperemos y qué sé yo, iremos avanzando de a poco. 

Es una situación muy contradictoria porque nosotras, por primera vez en la historia, en Argentina, sacamos un millón de mujeres a la calle. Yo participé en el debate en el Congreso para el derecho al aborto y era impresionante porque veías en cuadras a la redonda a chiquillas muy jóvenes con el pañuelo verde atado a la mochila. Y esa oleada de jóvenes, esa marea verde, viene junto con esta reacción conservadora.

¿Qué supuso el debate parlamentario sobre la legalización del aborto para la sociedad y para el movimiento feminista?

Fueron jornadas históricas. En agosto, cuando se votó, llovía, hacía un frío terrible, y no se podía llegar a la plaza del Congreso, porque eran cuadras y cuadras, y cuadras, ocupadas con gente joven, varones y mujeres, que iban a apoyar. Y si vos veías, el grupo de los conservadores, con su banderita y su pañuelo celeste, eran minúsculos y además muchos mandados por las iglesias.

Fue una derrota que la íbamos previendo porque nosotras tenemos un grupo de cabildeo en el Senado y en la cámara de diputados e íbamos contando los votos. Pero creo que tuvimos una ganancia social impresionante porque no hubo medio de comunicación que no hablara de ese tema, gente de todos lados que ni siquiera tenía organización o partido iba por su cuenta al evento. Quedó un caldo de cultivo en la sociedad, hemos crecido cuantitativa y cualitativamente como movimiento de mujeres en Argentina, como feministas. 

¿El feminismo y los derechos de las mujeres serán un elemento clave en las próximas elecciones provinciales, legislativas y presidenciales?

Nosotras vamos a trabajar en eso. Creo que va a ser un elemento que ha adquirido mayor importancia en la agenda política, que muchos candidatos se están pintando de violeta, están cambiando su lenguaje, están incorporando temas que nunca habían incorporado... pero eso no garantiza que coloquemos candidatos que defiendan realmente nuestros derechos. Hay candidatos a los que les hemos dicho: no, no votaste por mí, no voy a votar por vos. Pero igual las instituciones como la Iglesia tienen una gran sabiduría en el sentido de que tienen herramientas y conexiones en universidades, en colegios, en iglesias... tienen mecanismos de divulgación muy fuertes y también están haciendo su trabajo. La derrota los empoderó de tal manera que incluso están avanzando en su agenda conservadora. Por ejemplo, cuando ganamos en la cámara de diputados, ellos decían: aborto no, salvemos las dos vidas, pero que haya educación sexual para que las mujeres no lleguen al aborto. Ahora están diciendo no a la educación sexual.

Uno de sus campos de trabajo es la lucha contra la violencia hacia las mujeres. A veces desde el dolor y la rabia podemos caer precisamente en demandar más sanciones, ¿cómo hacer para evitar esa tentación punitivista? ¿Su erradicación pasa por el endurecimiento de los códigos penales?

Creo que los códigos penales deberían recoger la penalización de la violencia contra la mujer, que esté el femicidio para que se visibilicen las muertes de las mujeres por razón de ser mujeres

Creo que los códigos penales deberían recoger la penalización de la violencia contra la mujer, que esté el femicidio para que se visibilicen las muertes de las mujeres por razón de ser mujeres. Eso es importante porque la sociedad lo empieza a ver de otra manera, pero de últimas el derecho penal lo que hace es privatizar el conflicto. Esto es un problema que las mujeres en general tenemos con los varones en una sociedad patriarcal que nos considera inferiores. Cuando yo lo denuncio a través del código penal, convierto un conflicto social en un conflicto individual. Es Juanita contra Pepe y Pepe puede ser catalogado como un enfermo que le pega a las mujeres, no como los demás hombres de esta sociedad que son buenos. Entonces la sociedad deja de trabajar para transformarse y pone el dedo en esa persona que se portó mal, privatiza el conflicto y deja de ver que es toda una sociedad que tiene ese problema. Aumentar ese aparato punitivista para nosotras no es una salida final porque no soluciona nuestro problema de fondo. 

Tras años de lucha contra la violencia hacia las mujeres da la impresión de que no solo no desaparece, sino que en algunos contextos se recrudece, o al menos es más visible, ¿qué nos dice esto de nuestras sociedades?

Este es un tema complicado. Puede leerse de muchas formas. Para dar una respuesta clara tendríamos que tener ya bases de datos seguras, científicas, oficiales en todos los países que usen los mismos indicadores, que sean homogéneas y que partan de una línea de base. Sí, estamos observando como que hay casos de mayor rabia. A lo mejor pasaron hace muchos años y no eran visibilizados de la misma manera. Lo vamos a ver dentro de veinte cuando tengamos buenas estadísticas. De todos modos, sí estamos observando eso, en el Congreso que tuvimos contra la trata, había mujeres que dijeron que suerte que yo estaba en prostitución en los noventa y no ahora porque antes reportábamos sopapos, chirlos, empujones, pero ahora son mordidas, puñaladas… es mucho más duro estar en prostitución, hay como más crueldad. 

Y una de las cosas que yo estoy viendo en algunos casos es que las mujeres estamos cambiando. En América Latina lo ha dicho ya la CEPAL, las mujeres entraron en el mercado de trabajo y ya no vuelven a la casa, estamos siendo más autónomas, al tener nuestro propio dinero nos estamos permitiendo decirle a los hombres: ya no quiero estar con vos. Eso antes no pasaba y los hombres no saben qué hacer frente a este nuevo modelo de mujer. 

Nosotras nos reunimos para cualquier cosa. Y cuando nos reunimos, hablamos de todo y hablamos de nosotras y nos contamos todo. Ellos no se reúnen a hablar de esas cosas, cuando ellos hablan todo lo íntimo queda oculto. Constantemente tienen que estar probando su masculinidad. No les estoy teniendo lástima, pero sí estoy observando que no han creado espacios para debatir, siguen siendo formados igual que hace cientos de años y ya no funciona. No tienen herramientas para tratar con las chicas de ahora y eso les da mucha impotencia y reaccionan con mucha bronca. Esa es una de las posibilidades que veo, pero es olfato, intuición.

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Amanda Andrades

De Lebrija. Estudió periodismo, pero trabajó durante 10 años en cooperación internacional. En 2013 retomó su vocación inicial. Ha publicado el libro de relatos 'La mujer que quiso saltar una valla de seis metros' (Cear Euskadi, 2020), basado en las vidas de cinco mujeres que vencieron fronteras.

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