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ANÁLISIS

Habrá trabajo, pero de mala calidad

El problema principal del empleo es su precarización, no su desaparición. Según la OIT, 2.000 millones de personas, el 61% de la población activa mundial, tenía un puesto informal en 2016

Antonio Antón 8/05/2019

<p>La zona de confort</p>

La zona de confort

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Desde hace décadas persiste el debate sobre el futuro del trabajo y, más específicamente, del empleo, derivado de la revolución tecnológica. Ahora se ha acelerado. El diagnóstico convencional es la disminución cuantitativa del empleo normalizado, aun admitiendo la persistencia de una gran cantidad de trabajo (reproductivo y social) no regulado o sumergido, especialmente a nivel mundial.

Paralelamente, la crisis socioeconómica y las políticas de ajuste y austeridad aplicadas en esta última década han ocasionado graves consecuencias sociolaborales: paro masivo, precarización del empleo, devaluación salarial, segmentación y segregación y desequilibrio en las relaciones laborales. Disminuye el empleo decente o de calidad y se genera empobrecimiento, desigualdad e incertidumbre.

Por tanto, hay que volver a analizar con realismo estas tendencias, hacer frente a los prejuicios convencionales y explicar sus implicaciones sociolaborales y normativas. Primero, las tendencias del empleo mundial. Segundo, el impacto tecnológico en el empleo señalando que el problema principal es el tipo de poder. Tercero, una de sus implicaciones normativas: la renta básica. Termino con unas conclusiones.

Las tendencias del empleo mundial 

Comienzo por detallar la evolución del empleo mundial, con datos oficiales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), durante el último periodo de treinta años, suficiente para analizar los impactos de la crisis económica iniciada en el año 2008, así como la influencia de la innovación tecnológica –los datos de los gráficos son en millones y a partir de 2018 son proyecciones de la propia OIT.    

Gráfico 1: Evolución del empleo mundial, total y por sexo (1991-2020) 

 

El gráfico 1 señala su evolución total y por sexo. La línea en los tres casos es ascendente, con un incremento total de unos mil millones: hay un aumento de más del 40%, desde unos dos mil trescientos hasta los actuales tres mil trescientos millones, con una evidente brecha por sexo y su ligera ampliación.

El gráfico 2 expone la diferencia por edad, entre el segmento de 15-24 años en que se mantiene en torno a 500 millones, con un ligero descenso derivado de la ampliación de la escolaridad, junto con un ascenso significativo de la población empleada de más de 25 años que se incrementa en unos 1.300 millones (75%), hasta alcanzar cerca de los 3.000 millones.

Gráfico 2: Evolución del empleo mundial, por edad (1991-2020)

El gráfico 3 explica la evolución del desempleo, total y por sexo. Entre los años 1990, con poco más de 100 millones, y 2003, con 173 millones, hay un ligero y continuado aumento que se invierte un poco en el corto espacio entre 2004 y el comienzo de la crisis de 2008, año en que se produce un fuerte incremento hasta cerca de 180 millones, manteniéndose desde entonces en torno a 172 millones de personas desempleadas, tal como calcula la OIT para 2018, con una tasa de desempleo del 5,0 por ciento. Así, es llamativo que esa tasa pasara del 5,0 por ciento en 2008 al 5,6 por ciento en 2009, en solo un año, y que la recuperación hasta los niveles predominantes antes de la crisis financiera mundial haya tardado un total de nueve años.

Por otro lado, siguiendo con el último informe de la OIT, la tasa de participación laboral femenina fue del 48 por ciento en 2018, muy inferior a la masculina, que fue del 75 por ciento; vale decir que, en 2018, alrededor de tres de cada cinco de los 3.500 millones de integrantes de la fuerza de trabajo mundial eran varones. La evolución hacia el cierre de la brecha de género en las tasas de participación tuvo un lapso de rápida mejora que se prolongó hasta 2003 pero luego se estancó. Los alarmantes 27 puntos porcentuales de disparidad registrados en 2018 en la participación laboral debieran impulsar medidas políticas destinadas a mejorar la igualdad de género en los mercados de trabajo del mundo y también a potenciar las capacidades de las personas.

En general, las tasas de participación laboral entre los adultos vienen reduciéndose desde hace veinticinco años; esa reducción es aún más pronunciada entre las personas jóvenes de entre 15 y 24 años. Se calcula que esta tendencia descendente continuará en el futuro. La paradoja es que, aunque crece el empleo entre las personas adultas, el incremento de la población es mayor.

Gráfico 3. Evolución del desempleo mundial, total y por sexo (1991-2020) 

Otro indicador significativo es sobre la evolución última de la tasa de actividad total desde 1990 (67%), con un repunte hasta el año 2005 (68,4%) y una bajada posterior por el impacto de la crisis hasta 2018 (67,3%), en que el porcentaje se sitúa en un valor similar al del año 1990. En estas tres décadas, se ha mantenido una tasa de actividad algo superior a los dos tercios de la población de 15 a 64 años, aunque hay diferencias significativas por sexo.

La tasa de actividad masculina va descendiendo ligeramente en todo el periodo de una forma gradual (entre paréntesis el porcentaje de participación en la fuerza laboral, que es algo superior al integrarse la llamada ‘fuerza de trabajo potencial’, un grupo clasificable como fuerza de trabajo subutilizada, que suma unos 140 millones de personas). En el año 1990 es del 80% (84,2%), va bajando hasta el año 2005, con el 77,4% (82,1%), y lo continúa haciendo hasta el año 2018, con el 75% (80,6%).

La tasa de actividad femenina es inferior en más de 21 puntos respecto de la masculina, aunque la desventaja ha disminuido algo desde los 28 puntos del año 1990. Además, se mantiene casi igual entre los años 1990, con el 51,4% (56,2%), y 2005, con el 51,1% (56%), pero baja de forma significativa con la crisis económica hasta situarse en el 48,5% (53,7%) en el año 2018.

Por último, hay que precisar el tipo de empleo que se está creando y destruyendo, con datos de la OCDE, analizando la variación porcentual de los empleos, por niveles de cualificación, comparando la de España con la de otros países desarrollados (Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y EE.UU.). Destaca que, en las dos décadas entre 1995-2015, ha habido una alta destrucción del empleo de cualificación media en todos los países y una creación en los dos extremos: significativa de los empleos muy cualificados y limitada de los menos cualificados. En España las dos tendencias se acentúan: la destrucción del empleo de cualificación media alcanza al 13% cuando la media de los otros países está en el 9%; y del muy cualificado crece más, el 10%, cuando la media del resto está en torno al 6%; no habiendo diferencias significativas en el limitado crecimiento (inferior al 5%) del empleo menos cualificado.

En definitiva, el empleo no toca a su fin, sino que se reestructura. Su crecimiento a nivel internacional es significativo, aunque la población mundial crece a un mayor ritmo y, particularmente, en la franja de edad de 15 a 25 años se reduce algo, debido al aumento de la edad en la escolarización, entre otras cosas. El problema principal es su precarización, no su desaparición; por tanto, el objetivo es más bien la garantía para un empleo decente. Según los informes de la OIT, un total de 2.000 millones de trabajadores/as estaban en el empleo informal en 2016, el 61 por ciento de la población activa mundial. Otro claro indicio de la mala calidad de muchos empleos es que en 2018 más de una cuarta parte de personas trabajadoras de países de ingreso bajo y de ingreso mediano bajo vivían en situación de pobreza extrema o de pobreza moderada.Las políticas de protección al desempleo y contra la precariedad laboral y la pobreza tienen que ser complementarias con la relevancia que todavía tiene el empleo, combatir su inseguridad y sus límites para garantizar unas condiciones de vida dignas y tratar el conjunto del trabajo, incluido el no mercantil. 

El problema es de poder, no tecnológico 

En el actual contexto de desigualdad el sentido y la dimensión del impacto de la revolución tecnológica en el empleo depende de la orientación política del poder económico-financiero e institucional, respecto de la regulación de la globalización neoliberal y las características de las políticas públicas. Solamente cito algunas valoraciones recientes y relevantes, complementarias a las investigaciones propias:

Paul Krugman crítica la visión ‘tecnológica’ de la precarización del trabajo, los bajos salarios y el paro. Su causa es política y de poder.

Similar valoración sobre la importancia del contexto político para determinar el sentido del impacto tecnológico es la de Vicenç Navarro, que insiste en la importancia de las relaciones de poder en los procesos de producción, distribución e información.  

Por otro lado, tal como enfatiza Albert Recio, al criticar la idea del supuesto fin del trabajo, hay que revalorizar la importancia del trabajo no mercantil y el reparto equitativo de toda la carga social.

El futuro del trabajo y las rentas básicas 

Parto del actual contexto de empobrecimiento general, paro masivo, desarrollo tecnológico y debilitamiento del empleo y los sistemas de protección social, en particular, frente al desempleo y la pobreza. Esta etapa neoliberal constituye una quiebra del anterior pacto keynesiano y de la garantía para mantener unas condiciones de vida dignas a través de los dos pilares convencionales: empleo y protección pública. 

Hay dos visiones sobre la relevancia del trabajo en el futuro. Por una parte, su persistencia, su reestructuración y segmentación interna y su precariedad, con la responsabilidad del actual poder político y su estrategia neoliberal. Por otra parte, el determinismo tecnológico de la desaparición del empleo, con la simple adaptación a la dinámica económica y la subordinación popular 

En correspondencia, existen dos modelos de rentas básicas o sociales que pretenden superar el actual sistema de rentas mínimas de inserción (y prestaciones de desempleo), de limitado alcance y cobertura, frente al deterioro del empleo y el Estado de bienestar, la protección social convencional, como fuente de rentas suficientes. 

Por un lado, una renta básica de carácter universal e incondicional, independiente del empleo y las condiciones sociales de las personas, pero sin la prioridad de transformar la desigualdad social y con diversidad de posiciones ante el poder económico y la fiscalidad. Por otro lado, un plan de garantías de rentas sociales que busca afrontar la vulnerabilidad social y la pobreza y fomentar la integración social, la equidad, y la ciudadanía social, renovando el contrato social de reciprocidad de derechos y deberes y la función del trabajo. El debate dura más de tres décadas. Tal como he mantenido durante ese tiempo, considero más razonable la segunda opción.

Conclusiones

Hay dos ideas deterministas complementarias, planteadas como inevitables: la disminución del empleo (y trabajo) existente, y su precarización. Supondría una gran transformación de su papel para la articulación social, como mecanismo de acceso a rentas y condiciones necesarias para vivir dignamente y soporte del contrato social y el pacto keynesiano, base del Estado de bienestar, los sistemas de protección social, así como de la cohesión cívica y la democracia. 

Esas posiciones expresan una parte de la realidad, pero tienen una función ideológica: enmascarar y justificar la consolidación del poder neoliberal con la actual dinámica de globalización desbocada y la subordinación de las clases populares y las fuerzas progresistas; pretenden generar resignación y adaptabilidad e impedir una transformación sociopolítica emancipadora.

La realidad es diferente: persiste un gran volumen de empleo, con una precarización mayoritaria y una segmentación mayor, con un crecimiento paralelo del empleo muy cualificado. Ello supone la persistencia de la problemática del trabajo y la necesidad de garantizar empleo decente y fortalecer los sistemas de protección social pública y el Estado de bienestar, en la perspectiva de una democracia social avanzada.

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Antonio Antón es profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid.

Autor >

Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor del libro Identidades feministas y teoría crítica.

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1 comentario(s)

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  1. Tripalium

    La rigurosidad que se le debería presuponer a todo profesor universitario (incluido Antonio Antón autor del artículo) se transforma en descredito cuando, para exponer su parecer sobre la solución al tema del empleo y la precariedad, se tiene que apoyar en premisas falsas. Así, si acabar con la pobreza -tal y como garantiza la Renta Básica Universal e Incondicional entre otras muchas virtudes de esta medida- no es priorizar la transformación de la desigualdad social como señala el profesor Antonio, estaría bien que explicase qué es entonces. O bien si de lo que se trata, como parece, es de defender ese maravilloso plan de rentas sociales condicionadas al trabajo y a ser pobre -en marcha hasta ahora y más o menos desarrolladas según territorios- frente a la Renta Básica Universal e Incondicional, mejor haría en contarnos el resultado obtenido por dichas rentas condicionadas en transformar esa desigualdad social. Ninguno, la desigualdad va en aumento. Olvida o ignora el profesor también, la posición contraria a todo poder económico por parte de los partidarios de la Renta Básica Universal e Incondicional de izquierda y republicanos, y en cuanto a la cuestión fiscal, es precisamente a través de la fiscalidad como se sufragaría la Renta Básica Universal e Incondicional. Sin menoscabo por cierto de los maltrechos servicios públicos universales que todavía pueda ofrecer un más que debilitado “Estado del bienestar” sino precisamente recuperándolos y reforzándolos e incorporando el “derecho a la existencia” como un derecho universal esencial e inalienable. Pero el verdadero problema para el profesor Antonio Antón sobre la Renta Básica Universal e Incondicional probablemente no sea otro que su posición contraria a desvincular renta de trabajo. La patológica mentalidad trabajocéntrica como única vía de asegurarse el sustento está demasiado arraigada en la sociedad. Atribuir al trabajo toda una serie de bondades, sacralizándolo y otorgándole no se sabe que función dignificadora sigue siendo la postura de quienes no ven más allá de su minoritaria apreciada profesión frente a los masivos trabajos de mierda, absurdos e irracionales que tenemos que aguantar los demás. Pasan por alto que no es sino el trabajo asalariado el motor del capitalismo, con su constante valorización del valor quien nos impide una existencia digna de ser vivida. Y por tanto, esa “transformación socioeconómica transformadora” a la que alude el profesor Antonio se augura cuando menos difícil. La fe ciega en la producción con su abusiva jornada laboral de siete u ocho horas trae como resultado también el irreversible deterioro ecológico ocasionado al planeta así como la enajenación mental del individuo sometido a tareas agotadoras y sin sentido. Llega un momento en que uno empieza a dudar de si verdaderamente descendemos del mono o son ellos quienes descienden de nosotros.

    Hace 1 año 11 meses

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