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Palabras mayores

Balada de un café nada triste

Algunos pueblos tienen la fortuna de que les germine gente como Marga, uno de esos seres con los que uno no sabe dónde termina la excentricidad y dónde empieza el genio, o viceversa

Aníbal Malvar 1/06/2019

<p>Margarita Peces.</p>

Margarita Peces.

cedida por la propietaria

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Cuando Margarita Peces cerró su bar el 31 de diciembre de 2016 después de casi cincuenta años, el productor y director de fotografía Enrique Laguna improvisó un buen epitafio: “Hoy se ha cerrado el mayor centro de agitación cultural que ha tenido nunca la Sierra de Madrid”. Algunos pueblos tienen la fortuna de que les germine un día uno de esos seres con los que uno no sabe dónde termina la excentricidad y dónde empieza el genio, o viceversa. Generalmente, a esos seres enseguida los pueblos se les quedan pequeños y antipáticos, y desaparecen un día, medio queridos y medio despreciados, para nunca más volver. Margarita Peces, Marga para todo el mundo, sin embargo se quedó.

– A mí me iban a echar –dice retadora y risueña mientras sirve un ginebrón al periodista.

Marga nació en 1941 en el hotel de sus padres en La Pedriza, Manzanares el Real, un paraje de la sierra de Guadarrama que en la posguerra servía de refugio veraniego o de fin de semana a actores y actrices de cine y teatro, escritores, toreros, cupletistas famosas, futbolistas, ministros, embajadores y otros farandularios de postín y toda laya.

– Y alemanes. Yo era muy pequeña, pero me acuerdo de muchos alemanes en el hotel. ¿Sabes que tengo unas fotos dedicadas a mis padres por Leni Riefenstahl?

Y saca de un cajón dos retratos de la más brillante propagandista del régimen nazi. Son fotografías de estudio, intencionadas, iluminadas tenuemente desde atrás para dar un aura mágica o angélica a la directora que revolucionó el concepto de cine propagandístico con obras como el documental de 1933 sobre la concentración del Partido Nazi en el Campo Zeppelin de Nuremberg, que según cuenta en sus memorias le encargó el mismísimo Rudolph Hess animado por Hitler. Los retratos están dedicados a pluma a Francisco Peces y Luciana, y la cineasta los data en La Pedrica (sic) en 1943.

Autógrafos de Leni Riefenstahl. Cedido por la propietaria.

Autógrafos de Leni Riefenstahl. Cedido por la propietaria.

– ¿Y qué hacía Riefenstahl en vuestro hotel?

– Estaba rodando Tierra Baja, aunque algunos ahora digan que no es así. Y lo sé porque mis padres me lo dijeron. Y yo vi las fotos.

Y la historia de Marga es verosímil dadas las peripecias que sufrió este proyecto maldito de la directora antes de poder estrenar en 1954, dos décadas después del arranque del proyecto. Cuenta la leyenda que, a pesar de ser una historia ambientada en los Pirineos catalanes, las autoridades nazis desaconsejaron a la directora rodar allí, y no sería disparatado pensar que encontró en las estribaciones de la sierra madrileña un reflejo creíble de la ambientación original.

– ¿Y los otros alemanes que visitaban el hotel estaban haciendo también la película?

– No, no. Esos eran un misterio. Mi hermano dice que, cuando entraba ella en el hotel, todos se levantaban y la saludaban mano en alto. Desaparecieron para siempre cuando terminó la guerra mundial. Supongo que eran gente de Hitler que se hubiera quedado en la España de Franco si los nazis no hubieran perdido la guerra europea. ¿Y sabes quién iba mucho al hotel? Tu paisano el escritor Wenceslao Fernández Flórez. ¿Has leído El bosque animado? Y Fernando Rey, y Fernando Fernán Gómez, José Nieto, Luis Lucía…, y ministros y gente entonces famosa de la que nadie se acuerda hoy.

Sus padres tuvieron que abandonar el hotel por razones que a Marga no le gusta aclarar demasiado. Aunque en su relato flotan historias sobre gente que vigilaba de noche quién entraba y quién salía. Los vencedores, que acechaban un negocio muy apetecible.

– Al final, en 1957, nos tuvimos que ir y mis padres pusieron la gasolinera. Allí nos metimos los seis hermanos. Fue un cambio brutal. Yo era una chavalita. No sabía exactamente lo que había pasado, pero me daba cuenta de que aquello no era normal. ¿Sabes qué hice yo nada más llegar a la mayoría de edad?

– Sorpréndeme.

– Sacarme el carnet de camionero. ¿Te imaginas en 1961 o 62 a una chica conduciendo un camión en España? Pues yo lo conducía, para llevar el gasoil y repartir las bombonas de butano. También arreglaba ruedas. Las chicas teníamos que hacer lo que se llamaba el servicio social para sacarnos el carnet. Y había que ir con la sección femenina, donde te enseñaban a coser y a guisar y te leían discursos de José Antonio Primo de Rivera sobre el amor a la patria. Supongo que yo no prestaba demasiada atención porque no me acuerdo de casi nada de aquello. Con 20 años, decidí abrir una cantina allí mismo en la gasolinera. Era poco menos que un kiosko. Pero así empieza Casa Marga. También entonces empezamos a hacer teatro. Una de las primeras o la primera obra que montamos fue Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo. A la representación asistieron 200 personas, o sea, casi todo el pueblo de entonces. Ahí te dabas ya cuenta de lo machista que era aquella sociedad. Todos los papeles los teníamos que hacer las chicas, porque los chicos se negaban a acatar la dirección de las mujeres. Las chicas del teatro seríamos unas veinte. Nos llamábamos las vahfalds (vivir alegres haciendo felices a los demás). Otra de nuestras iniciativas fue crear una escuela de alfabetización para personas mayores.

Margarita Peces representando 'Historia de una escalera'. Cedida por la propietaria.

Margarita Peces representando 'Historia de una escalera'. Cedida por la propietaria.

Quizá influyera en ese arrebato libertario de las mujeres del pueblo el hecho de que Manzanares se convirtiera desde 1935 en una de las localizaciones dilectas para directores de cine españoles y extranjeros. Allí se rodaron superproducciones como Alejandro Magno (1956), Orgullo y pasión (1957), El Cid (1961) y decenas de películas más. Era una buena cosa para la economía del pueblo. Un extra con caballo propio se podía levantar hasta 600 pesetas. Era la época inicial del desarrollismo franquista, de los tecnócratas del Opus Dei, del asesinato de Julián Grimau por parte del régimen, de las primeras grandes manifestaciones estudiantiles (1965).

– ¿Notabais la represión?

– Veías cosas. Pero a mí no me importaba. Yo lo tenía muy claro: ¿esto que quiero hacer es bueno o es malo? Si no hago daño a nadie, ¿por qué no lo voy a hacer?. Pero, por ejemplo, los guardias civiles de entonces te preguntaban qué habías hecho la noche anterior, con quién habías andado, por qué no habías aparecido hasta las dos de la madrugada… ¿Eso no era también una forma de represión?

– Por supuesto. Tú ni siquiera hiciste amago de casarte nunca. ¿No se hablaba mal de ti?

– De mí se habló y se habla mal porque en los pueblos se habla mal de todo el mundo. Lo de los hombres lo tuve bien claro desde jovencita, desde la primera vez que un chico me intentó decir qué ropa podía ponerme y cuál no, con quién podía hablar y con quién no, adónde podía ir y adónde no… Eso siempre supe que no iba a soportarlo, aunque me costara la soledad.

– Había rumores incluso sobre si eras tal o cual…

– No me dolía. Me daban pena los que hablaban así, sencillamente. Y me sorprendía. ¿Qué le importaba a nadie? Eso sí. A mi bar ya desde siempre empezaron a venir parejas de toda condición, de todo tipo. ¡Y aquellos tiempos!

– ¿Por qué?

– Pues no lo sé. Quizá porque aquí nadie les preguntaba nada. Era un sitio para la libertad.

– ¿Cómo acaba convirtiéndose Casa Marga en una especie de centro cultural digamos… silvestre, improvisado.

– No fue nada consciente. O quizá es que yo lo he necesitado así. Sencillamente, en un pueblo tienes que tener más imaginación que en una ciudad para pasarlo bien. Quizá por eso. Aquí venían guitarristas a tocar, poetas a recitar, historiadores a dar charlas, pintores a dibujar... Todos los días pasaba algo. Hasta un día mis amigos me regalaron un burro. Lo que nunca entró en mi bar fue una televisión. ¿No te parece mucho más interesante tener un burro en un bar que una televisión?

– Me has quitado las palabras de la boca. Cuando en 1975 muere Franco, ¿qué pensaste? ¿Cómo viviste aquello?

– ¿Se ha muerto uno? Pues que lo entierren.

– ¿No te ilusionó?

– No, no sé. No especialmente. Aunque claro que se notó enseguida que algo cambiaba. Se podían ver determinadas películas, otro teatro, otros libros. Yo descubrí entonces a Pasolini –pone cara teatrera y cínica antes de concluir–. Quizá lo mejor para mí de la muerte de Franco fue eso, que conocí por fin el cine de Pasolini, el director que más me ha marcado.

Sobre todo a partir de aquellos años, Marga se convierte en una viajera compulsiva y la vieja decoración de objetos del mundo rural y ganadero más cercanos se va complementando con otros traídos de Santo Domingo, Haití, Cuba (Marga alojó a la hermana del Che), Burkina-Faso, Senegal, Egipto, Argelia, Nepal… La lista no se acaba nunca.

– Yo viajo como vivo. A nivel de la calle. No me gustan los viajes organizados.

A Marga le gusta presumir de sus ropas extravagantes, de colores llamativos, rayas horizontales… “Hoy llevo estos pantalones de perroflauta”, se ríe. “Pero ya estoy llegando a los años. Ahora, por la piel, tengo que llevar sombrero, la cara casi tapada con el pelo [rojo henna], las mangas largas”.

– El otro día vi un documental sobre cómo el cine y la literatura han eludido tratar el asunto del amor y el sexo en las personas mayores. Empieza a haber excepciones, pero sigue siendo un tema tabú. ¿Cómo se lleva eso?

– Yo no pienso en eso. Me daría dolor de cabeza.

Hacemos unas fotos y Marga frunce la boca al verlas: “Arrugas, solo arrugas, solo veo arrugas, solo soy arrugas. Toma. Mejor coge esta”. Y me enseña una foto reciente, posando provocativa y valiente. Es parte de una serie con modelos de diferentes edades posando con ropa de cuero de la diseñadora Yolanda Rueda.

– Perfecta. Pero has eludido la última pregunta. ¿Cómo se viven el sentimiento y el sexo a los 80 años?

– Me faltan dos –por un instante me parece que estoy entrevistando a Marlene Dietrich–. Pregúntame entonces.

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