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'Flako' / exbutronero

“Robar bancos crea adicción”

Galo Martín Aparicio Madrid , 29/05/2019

<p>'Flako'.</p>

'Flako'.

Marina Neira

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Al currículum de Flako le falta una fuga de prisión para disipar cualquier duda que tenga un departamento de recursos humanos de una empresa que esté pensando en contratarle. Los cuatro años y tres meses que estuvo encerrado en una celda por robar bancos se los pasó cambiando pañales y escribiendo. Lo hizo con rabia, faltas de ortografía y preguntándose en qué había fallado. El resultado fue Esa maldita pared, publicado por Libros del K.O., editorial que se empeña en llevar a la imprenta a los malditos. La vida de este butronero vallecano es una historia de bajadas y subidas al y del subsuelo, de agujerear paredes, de amores y dinero. No todo el que le hubiera gustado reunir. Porque el dinero, el propio y el ajeno, siempre parece poco.

Ese hambre insaciable de poder que firmaría Gordon Gekko (protagonista de la película Wall Street, interpretado por Michael Douglas), es el mismo que impulsaba a Flako a expropiar bancos. Palabras que significan robar hay muchas, tantas como maneras de hacerlo. Flako se decantó por el butrón de las sucursales bancarias desde el subsuelo. Submundo al que se adentraba levantado tapas de alcantarilla con pericia y con mariposas en el estómago. Con la máscara de látex que usa para cubrir su rostro, y con la que se ha creado un personaje, nos realiza una demostración en plena calle Antonio Machado. Pura poesía.

Este exatracador de bancos y exbutronero, al que le gustan las películas de atracos, Le llaman Bodhi y La ciudad de los ladrones, aunque su perfil era más parecido al del Maestro Astilla, rata que ponía firmes a las cuatro tortugas ninjas con nombres de artistas renacentistas, en las cloacas madrileñas se movía con soltura. Con tanta que dice que “a Cristina Cifuentes le hubiera dado un Máster en Pocería”. Mierda hay abajo y arriba.

En la actualidad Flako se encuentra en régimen de libertad condicional que le permite disfrutar de su mujer e hijo, al que no vio nacer porque le detuvieron por robar un banco. Iba a ser su último gran golpe. La última vez de algo no es más que una declaración de debilidad y deseo. Está por ver que aquel viejo don de localizar salidas, hoy cubierto de telarañas, le sirve a Flako en su nueva vida como mozo de almacén, escritor y padre.

¿Atracar bancos es un oficio honrado?

Hombre, no robas a un pobre.

¿Dónde has visto más mierda: en las alcantarillas o en la superficie?

Hay más mierda en la superficie. Nosotros siempre decíamos que en la superficie hay ratas de dos patas que son más peligrosas que las de cuatro patas que habitan en las cloacas.

¿A qué huelen las cloacas?

Si mezclas todos los olores que se concentran ahí abajo los que menos se perciben son los de la mierda y el pis. Huele más a humedad, suavizante y lejía. Es un olor muy peculiar que no se puede oler en la superficie. Huele peor cuando las aguas fecales se estancan y cuando mejor es después de haber llovido, se lleva toda la mierda y lo deja limpito.

¿El subsuelo también entiende de barrios ricos y pobres?

En los barrios Salamanca, Chamberí y en la zona de las embajadas las alcantarillas están más limpias y vigiladas. Eso es así porque bajan más los topos (Policía del Subsuelo) y la plantilla de limpieza del ayuntamiento, quienes al caminar por las galerías van quitando las telarañas. Hay galerías en el subsuelo que no están identificadas con su nombre, como en la superficie, pero nosotros nos hacíamos una idea de nuestra ubicación a partir de la galería general, que sí lo está.

¿Cómo hacías para orientarte en el subsuelo?

Con un callejero de Madrid. Nosotros una de las zonas que más trabajamos era la de Chamberí, que es un barrio que sí aparece en los mapas de la ciudad turísticos, algo que no pasa en el caso de Usera, por ejemplo, que no está en el centro. Cuando íbamos a bajar en algún punto de Alonso Martínez, Ríos Rosas o Cuatro Caminos comprábamos un callejero turístico en una papelería. Me acuerdo que el papelero ya me conocía porque siempre se lo compraba a él y me preguntaba: “¿Qué zona quieres hoy?”. Yo lo que le pedía era que me ampliase el área que a nosotros nos interesaba y la hoja en cuestión la cubría de con un tira de celo ancha para poder manipularlo, doblarlo en el subsuelo. Era como el mapa del tesoro de los piratas.

¿Cómo describirías el subsuelo?

Es otra ciudad en un submundo de agua habitado por ratas, cucarachas y algún butronero que otro.

Antes de acometer el robo (“expropiar”, dice Flako) de un banco ¿qué sentías?

El día antes del golpe frustrado al banco Santander de la calle Alcalá 74, por el que estoy cumpliendo condena, era un domingo (9 de junio) de la Feria del Libro de Madrid. Me fui al Retiro a dar una vuelta y me pasé con el coche por delante del banco a echarle un vistazo. Antes de atracar un banco me gustaba aparcar delante y visualizarme ya dentro y decirme: “Mañana voy a estar ahí dentro”. También estaba nervioso (algo que no contaba a los compañeros), como si me hubiera tomado cuatro Red Bulls, cuatro cafés, espídico, no podía dormir.

¿Robabas por dinero o por el subidón de hacerlo?

Primero lo hacía por el dinero. No es que me hiciera falta ese dinero del banco por una deuda, era un añadido, un extra. Tú atracas un banco y sientes poder. Te ves muy alto.

¿Alternabas un trabajo con robar bancos?

Tengo once años cotizados. Tenía una doble vida que me daba mucho morbo. Recuerdo en una ocasión que íbamos mi mujer y yo por Atocha en mi coche con la policía detrás de nosotros. En ese momento ya se hablaba de una banda de butroneros que robaba bancos desde las alcantarillas y yo pensaba: “Me tenéis aquí delante, a dos metros, y no sabéis que soy yo”.

¿Robar bancos engancha?

Sí, crea adicción. Es como quien juega a la lotería a diario y en la administración todos los días le dicen “boleto no premiado”, hasta que una vez le dicen “boleto premiado”. Ese subidón es el mismo que sentía yo al entrar en un banco, que me abriesen la caja fuerte, ver la pasta y pensar que era mío, que ahora sí que me ha tocado la lotería.

¿Qué recuerdas de tu primer butrón?

Más que mi primer butrón lo que recuerdo es la primera vez que ayudé a mi padre. Era septiembre del 2000, hacía calor, pero yo sentía frío de los nervios. Cuando acabó todo y subí al piso donde estaban contando el dinero, unos veintitantos millones de pesetas (132.530 euros aprox.), pensé que esto yo lo tenía que contar algún día.

¿Cuándo ha sido la última vez que te has sentido eufórico?

Con el proyecto del documental (Apuntes para una película de atracos, dirigido por Elías León Siminiani) y los coloquios a los que me invitan para presentar la película y el libro. Ver a tanta gente para mí es gratificante, aunque me pongo nervioso. No es la misma euforia que sentía al atracar un banco, pero me hace sentir muy bien. Además, estás haciendo algo bueno, legal. Es muy difícil encontrar una situación que pueda crearte una euforia parecida a la de atracar un banco. Te hace falta un arma, meterte en las alcantarillas, estar encapuchado.

¿Qué hace falta para ser un buen butronero?

No tener claustrofobia, no ser asquerosito y, según la Policía, tener dos cojones, en relación a lo que hace falta tener para levantar una tapa de alcantarilla. Yo he levantado muchas con las manos (su peso es de algo más de veinte kilos).

¿Cuándo estabais abajo tus compañero y tú hablabais?

Sí, también nos reíamos mucho. Era una situación distendida, igual que cuando te cambian las pastillas de los frenos del coche. Hombre, en el momento de hacer el agujero en la pared te ponías más serio.

¿Piensas en el miedo que pudiste provocar a aquellas personas que se encontraban en los bancos que atracaste (expropiaste)?

Siempre he mantenido la filosofía de que un ladrón no mata a nadie, no es un asesino. El ladrón roba. A mis compañeros de butrón les decía que nosotros íbamos a robar, que no íbamos a atacar a nadie, menos a gente desarmada. Por otro lado, una persona que trabaja en un banco no va a defender un dinero que no es suyo. He llegado a escuchar de gente que trabaja en una sucursal bancaria que yo hacía bien en robarles. Habría que pedir perdón a las víctimas. Esas personas no tienen la culpa de que un loco como yo se despierte por la mañana se ponga una capucha y se vaya a atracar un banco a punta de pistola. Empuñar un arma y apuntar a una persona es violento.

A mis compañeros de butrón les decía que nosotros íbamos a robar, que no íbamos a atacar a nadie, menos a gente desarmada

¿Invertiste en algo productivo lo que ganaste “expropiando” bancos o lo malgastaste?

He ganado tanto que sigo trabajando, así que…Creo que tengo más pares de playeras ahora que cuando atracaba. No era de robar y al rato gastar el dinero. Sí me compré ropa, me fui de vacaciones o ayudé a mi familia. Tenía cuenta bancaria en la Caixa, en la que hacía ingresos y retiraba efectivo. En una ocasión hubo un descubierto de unos treinta euros y me llamaron del banco para avisarme de que me iban a cobrar una comisión. Me molestó porque cuando ingresaba dinero no me decían nada. A mí, que robaba bancos (ríe).

¿El miedo a acabar en la cárcel no te frenaba a la hora de robar bancos?

Creíamos tener un método de robo infalible, aunque sí pensaba que alguna vez íbamos a tener un susto: alguien nos va a ver bajar o subir a/ de las alcantarillas, van a encontrar herramientas de butrón en la furgoneta, etc. Esos eran mis miedos. Introducirme en el banco desde el subsuelo con la policía en la superficie yo sabía que no me podían coger.

En la calle Pilarica 23, en un sucursal de Bankia, en la que me detienen, yo no tenía relación con el que era mi socio en ese butrón, Ricardo. Yo no estaba fichado, luego a mí la policía no me podía seguir, pero él sí lo estaba. Mi paranoia era que podían darme un susto, pero en mi casa, cuando me iba a dormir o mientras hacía el amor con mi mujer, por eso cerraba las puertas de las habitaciones de mi casa.

¿Qué ha sido más difícil escribir este libro o robar bancos?

Escribir el libro porque lo he hecho dentro de prisión.

¿Cómo surgió la idea de escribirlo?

Al detenerme me trasladaron al módulo de aislamiento de Soto del Real. No tenía televisión y estaba encerrado 21 horas, así durante dos meses. Para matar el tiempo me puse a escribir. Arranqué a hacerlo con rabia y con faltas de ortografía. Redacté listas con posibles errores por mi parte, pedí a mi mujer y abogada la documentación relativa a mi caso, y así, poco a poco, surgió el libro Esa maldita pared (publicado por Libros del K.O.). Después conocí a Elías León Siminiani, director del documental Apuntes para una película de atracos, quien contactó conmigo. Al tiempo le cuento que estoy escribiendo un libro y se lo enseño. Me animó a seguir escribiendo y me regaló libros de otros atracadores de bancos. Libros que me sirvieron de guía para redactar el mío. Contactó con editoriales hasta dar con Libros del K.O. Uno de los fundadores, Emilio Sánchez Mediavilla, es un tipo de puta madre. Yo tengo que besar por donde pisan Elías y Emilio, me han ayudado muchísimo.

¿Qué te decían tus compañeros de prisión?

Ellos me veían escribir y debían pensar que estaba zumbado. En el módulo en el que estaba había gente que estaba estudiando. Había un narcotraficante, que ha salido en televisión, que era un genio en matemáticas. Una máquina. El chino Gao Ping era un cerebro en estadística. En Soto (del Real) coincidí con con la crème de la crème (entre ellos había terroristas de E.T.A.). A los etarras les traté en el módulo de aislamiento, un sitio en el que no sales con muchos presos, solo con cinco o siete. Recuerdo una vez que en el mismo patio se juntaron cuatro etarras y tres presos comunes. Entre ellos estaba Txeroki. Entre ellos hablaban en euskera. En una prisión, por lo general, el perfil que te encuentras es el del delincuente común, toxicómanos, al cruzarte con un etarra te encuentras con una persona deportista, tranquila (los que hay que practican yoga) educada y culta. Los hay también que les encanta hablar de comida.

¿En la cárcel, qué echabas de menos del exterior?

El limón de la paella, el poder quedarte en la cama hasta las diez de la mañana, en la cárcel a las ocho tienes que estar en pie. Poder comer el embutido que tú quieres, no el que ellos quieran. En la cárcel hay una tienda en la que puedes comprar: chorizo, salchichón, queso y jamón de York y serrano. Beberte un vaso de leche fría en verano, cosas así se extrañan, pero al final te habitúas. Yo en la cárcel tenía un exprimidor y estaba muy cotizado. Yo intercambiaba productos por naranjas para hacerme un zumo de naranja natural.

¿Te arrepientes de haber robado bancos o lo que te jode es que te detuvieran?

Me jode que me detuvieran. De lo que me arrepiento es de haber apuntado con una pistola a personas y haberlas hecho sufrir. De lo que más me arrepiento es que por haber cometido una serie de delitos no pude ver nacer a mi hijo. De llevarme el dinero del banco… más de uno que estuviera en mi lugar no se arrepentiría. Yo tampoco.

¿Con tus conocimientos técnicos del alcantarillado a qué actividad legal te hubieras podido dedicar?

Cimentación, estructuras de edificios. Algo ligado a la construcción, aunque lo que yo hacía era más bien una deconstrucción. También puedo trabajar en el servicio de limpieza de alcantarillas del ayuntamiento, saneando pozos, pero no colaborando con los topos, que luego saben más que yo (ríe).

¿Qué es lo que más te preocupa cuando tu hijo sepa a qué se dedicó su padre durante un tiempo?

Con 12 años mi madre me dijo que mi padre atracaba bancos, aunque ya antes me imaginaba que hacía cosas ilegales. Lo que intentaré con mi hijo es explicarle lo que hizo su padre en su día y que él lo que tiene que hacer es estudiar. Pero intentaré que ese día sea lo más tarde posible. En mi caso yo me enteré pronto, y mi padre para mí era un héroe. A lo mejor, si hubiera sido abogado, yo hubiera querido ser el mejor abogado de todos, pero como mi padre era atracador de bancos yo quise ser el mejor atracador de bancos. Algo difícil porque mi padre tenía más cojones que yo. Por eso no quiero que mi hijo me vea como un héroe por lo que hice, sino por la educación que le he podido dar. No quiero que se sienta orgulloso de su padre porque robaba bancos y le pase lo que me pasó a mí por sí sentirme orgulloso de que robara bancos y emularle.

no quiero que mi hijo me vea como un héroe por lo que hice, sino por la educación que le he podido dar

¿Sigues pagando al Banco Santander la multa que te impusieron (26 euros)?

Sí, y así va a ser hasta el resto de mi vida. Soy mileurista, no me voy a quedar sin comer por pagarles a ellos más dinero de golpe para reducir mi multa.

¿Todo esto ha merecido la pena?

Hay cosas que sí han merecido la pena, otras no. Yo he pagado un precio muy caro por robar bancos, por ejemplo, no ver nacer a mi hijo. Yo le cambié los pañales en prisión.

¿No te tienta volver a robar un banco?

Para mí tentador sería que me dijeran que me quedan dos años de vida, entonces antes de irme la preparo. Pero como eso no va a pasar, ni quiero que pase, no hay nada en el mundo que ahora me separe de mi hijo. No le vuelvo a dejar solo otra vez.

Hay veces, a fin de mes, que paso por delante de un banco y me digo “le pegaba un estacazo a esto”. La verdad es que ni tengo ni quiero tener contacto con mis antiguos compañeros de trabajo. Les he visto a todos, pero no he hablado con ninguno. No me aportan nada. Ahora mi vida gira en torno a mi familia y trabajo (es albañil).

¿Te siguen incordiando los porteros de una comunidad de vecinos?

(Ríe). Ya no.

La tuya es una vida de película, ¿este es el final que habías imaginado?

Este no es el final.

Autor >

Galo Martín Aparicio

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