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Aleksandar Tisma y las simas de la Historia

Sus libros muestran la importancia de afrontar el pasado para evitar que retorne

Marc Casals 19/06/2019

<p>El escritor Aleksandar Tisma, uno de los autores fundamentales de la literatura de la antigua Yugoslavia.</p>

El escritor Aleksandar Tisma, uno de los autores fundamentales de la literatura de la antigua Yugoslavia.

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Con el lanzamiento de la novela Lealtades y traiciones de Aleksandar Tisma, Editorial Acantilado prosigue su labor de popularización de uno de los gigantes de las letras yugoslavas. De raíces serbojudías, Tisma siempre anheló trascender el provincianismo de su región natal, ubicada en el norte de Serbia, para integrarse en el acervo de Centroeuropa, si bien terminó por convertir la ciudad de Novi Sad –donde pasó casi toda su vida– en el marco predilecto de sus narraciones. Con proceder minucioso y expresión impecable, Tisma rastrea la huella que dejaron en los individuos los vuelcos que sufrió Yugoslavia en los años 40: primero la ocupación de las Fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial y luego la transformación socialista comandada por Tito. Los personajes de Tisma, lastrados por sus vivencias en la guerra y el Holocausto, apenas consiguen mantenerse a flote en el nuevo orden y el autor se vale de algún pretexto anodino para desmenuzar las tragedias que desgarraron Europa en el siglo XX.

En su libro de viajes Meridianos de Europa Central, Tisma describe un paseo por Viena bajo un cielo encapotado y lluvioso que le hace sentir “un producto fracasado de Centroeuropa”. Su región originaria de Voivodina, la más norteña de Serbia, se extiende por una vasta llanura donde los Balcanes abren paso a Europa Central y durante siglos formó parte del Imperio Austrohúngaro. Este influjo determinó la mentalidad de Tisma, quien consideraba la provincia centroeuropea como “un territorio cuyos rasgos resuenan en mi interior como pasos en una casa donde hubiese vivido, como si recorriese una versión más ancha y un poco olvidada de mí”. Aunque la mayor parte de su existencia transcurrió en Novi Sad, ciudad ribereña del Danubio, abominaba de su vida allí por la omnipresencia del tedio provinciano, “el aburrimiento que te hace carantoñas como una tía rica, gorda y ciega”. Políglota desde la niñez por insistencia de su madre, buscaba horizontes más vastos en el cosmopolitismo de Europa Central y leía con fruición para explorar universos alejados de su banalidad cotidiana.

Como herencia de la diversidad del Imperio Austrohúngaro, Voivodina era la región más multiétnica de Yugoslavia: serbios, húngaros, croatas, judíos, alemanes, eslovacos y gitanos, entre otros pueblos, conformaban un mosaico plurinacional con abundancia de matrimonios mixtos. Era el caso de los progenitores de Tisma, ya que su padre era serbio y su madre judía, si bien para contraer matrimonio se convirtió al cristianismo ortodoxo que profesaba su futuro cónyuge. Aunque Tisma había sido bautizado con el nombre serbio de Aleksandar, durante su infancia vivió este origen mezclado como una tara ignominiosa: en sus diarios se refiere a su condición de judío por vía materna con el eufemismo “vergüenza de la raza” y atribuye a la voluntad de ocultarla el aislamiento que sentía respecto a los demás niños. La escisión entre las identidades serbia y judía convirtió a Tisma en un individuo solitario, aislado en el rol de contemplador pasivo que disecciona la vida desde un rincón.

La tragedia alcanzó a los judíos de Voivodina con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania nazi invadió Yugoslavia y cedió el norte de la región a sus aliados húngaros. Como parte de la campaña de “magiarización” de Novi Sad, las nuevas autoridades perpetraron una matanza para diezmar a judíos y serbios. Los cadáveres yacían por las aceras sobre la nieve empapada de sangre y, tras fusilar a cientos de civiles junto al Danubio, los soldados abrieron hoyos en la superficie helada del río para arrojar a los muertos a las aguas. Si Tisma sobrevivió, fue porque un vecino húngaro renunció a delatar a su familia y su padre decidió que estaría más seguro si lo mandaba a estudiar a Budapest. Gracias a este traslado a la metrópolis centroeuropea, Tisma escapó a la suerte aciaga de sus conciudadanos judíos: la mayoría pereció realizando trabajos forzados para el invasor y el resto fue deportado a Auschwitz. Dos siglos de vida judía en Novi Sad quedaron reducidos a cenizas.

Por la necesidad de mantener una existencia discreta en Budapest, Tisma pasó la guerra sumido en un profundo ensimismamiento, hasta tal extremo que apenas se conmovió con la liberación de Yugoslavia. Su idiosincrasia centroeuropea le distanciaba de los partisanos que se habían aupado al poder, a los que veía como montañeses toscos del interior de los Balcanes. Además, la euforia colectiva de la inmediata posguerra casaba mal con su individualismo y su talante escéptico le impedía comulgar con el adoctrinamiento marxista. Convencido de que bajo la fachada del ideal solo se escondía una nueva manifestación de lo que desdeñaba como “primitivismo balcánico”, buscó una forma de subsistencia que le permitiese escribir. Gracias a su empleo en una asociación cultural serbia, pudo dedicarse en cuerpo y alma a los quehaceres literarios: corregía manuscritos, traducía a autores de Europa Central como Stefan Zweig o Imre Kertész y, lo más importante, disponía de tiempo para trabajar en su obra.

En su incipiente carrera literaria, Tisma no halló un tema vertebrador, un filón que ir minando, hasta reencontrarse con su judeidad. Durante un viaje a Polonia en el que visitó Auschwitz, el escritor contempló los barracones donde habían malvivido los reclusos; los montones de gafas, maletas y zapatos de niño que habían dejado atrás, y el crematorio donde habían sido incinerados sus cadáveres. Solo entonces volvió a él el recuerdo de la masacre de Novi Sad, cuando había permanecido inerme con las manos en alto frente a los rifles de los milicianos húngaros, y cobró conciencia de que él también podría haber sido aniquilado. En su primera obra mayor, El libro de Blam, Tisma retrató a un judío superviviente del Holocausto que lleva una existencia apática en la Novi Sad de posguerra, carente de fuerza tanto para integrarse en el nuevo tiempo como para vengarse de los perpetradores. Con la publicación de El libro de Blam, Tisma se consideraba transformado: “Como un hermafrodita a cuyo organismo le hubiese llevado largo tiempo decidirse entre la feminidad y la masculinidad, solo ahora me he convertido en judío”.

El libro de Blam constituye el arranque de una pentalogía que Tisma denominó Ramas entrelazadas, que le valió su consagración como literato. En el entorno monótono y provinciano de Novi Sad, un suceso banal conduce a los personajes a tirar del hilo del recuerdo y, al cabo de un desarrollo paulatino, el suelo de la cotidianidad se agrieta hasta quebrarse en profundas simas de las que resurgen los espantos de la guerra. Tisma aprovecha el carácter diverso de Voivodina para adoptar en sus historias un enfoque poliédrico, dado que la experiencia de aquellos años resultó distinta según la etnia de cada individuo. Como resultado, el ciclo Ramas entrelazadas conforma un caleidoscopio de un tiempo íntimo y colectivo, local y universal, que muestra el dolor y los cataclismos del periodo más trágico del siglo XX en Europa. Hasta la fecha, Acantilado ha publicado las novelas El libro de BlamEl kapoEl uso del hombre y ahora Lealtades y traiciones, vertidas al español con solvencia por Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek.

Lealtades y traiciones, la obra que cierra Ramas entrelazadas, aborda la espinosa cuestión de la minoría alemana en Voivodina. Llegados en el siglo XVIII, en una colonización promovida por los Habsburgo, descendieron el curso del Danubio en barcazas y lograron transformar las ciénagas de la llanura en terrenos cultivables. Tras ser estigmatizados como colaboracionistas nazis, con la victoria partisana huyeron o fueron represaliados mientras sus tierras eran asignadas a nuevos colonos de las regiones más pobres de Yugoslavia. En esta ocasión, Tisma se vale de la disputa por la propiedad de un apartamento que reclama un matrimonio de alemanes originarios de Novi Sad para sacar a la luz la tensión entre germanos y yugoslavos, exacerbada por un retozo adúltero. Además, refleja las vivencias de la minoría alemana al concluir la guerra –desde su caótica huida ante la debacle del Tercer Reich hasta las violaciones perpetradas por el Ejército Rojo– y ahonda en los contrastes entre los Balcanes y Europa Central que atraviesan toda su obra.

Cerca del clímax de Lealtades y traiciones, el protagonista Sergije Rudic asegura a su antiguo compañero de armas: “Nadie es inocente. Ni siquiera nosotros somos inocentes. Hemos entrado en la rueda y esta no parará mientras uno de nosotros esté vivo, tanto de un bando como del otro. Aceptamos matar y cruzamos al otro lado, al lado de la muerte, donde las leyes de la vida ya no valen”. Este pasaje encapsula el proyecto literario de Tisma, su voluntad de hurgar en las cicatrices que el discurso oficial presentaba como suturadas y cuya brusca reapertura fue una de las causas de las guerras de Yugoslavia en los años 90. Aunque, por su edad provecta, Tisma desechó ficcionar este nuevo giro de la rueda infausta de los Balcanes, sus libros muestran la importancia de afrontar el pasado para evitar que retorne y previenen contra la noción ingenua de que las simas de la Historia quedan cerradas por siempre jamás.

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