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ANDREU ESPASA / HISTORIADOR Y ESCRITOR

“La política de embargo de EE.UU. contribuyó decisivamente a la victoria de Franco”

Alexandre Anfruns 19/06/2019

<p>Andreu Espasa.</p>

Andreu Espasa.

Foto cedida por el entrevistado.

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A menudo se considera la Guerra Civil española como un simple preámbulo de la II Guerra Mundial. Sin embargo, esta visión eclipsa tanto las motivaciones de la “política de no intervención” de las grandes potencias como Reino Unido y Francia, como los encendidos debates en torno al embargo de Estados Unidos hacia los actores beligerantes. La obra Estados Unidos en la Guerra Civil española del historiador Andreu Espasa viene a colmar esta laguna, centrándose en el cambio de estrategia de Estados Unidos, potencia que se preparaba para transformar su política exterior y “tomar el relevo del imperio británico”. Hablamos con él mediante correo electrónico.

¿Cuál es el papel de Francia y Reino Unido, las dos grandes potencias europeas, en la Guerra Civil española? 

Es importante distinguir entre el discurso oficial de París y Londres y la auténtica lógica de la política de “apaciguamiento”. Oficialmente, la llamada “política de no intervención” se basaba en la idea de que si todos los países europeos se comprometían a no vender armas a España, ni al gobierno ni a los golpistas, el conflicto español, por muy trágico que fuera, quedaría confinado en sus propias fronteras y se evitaría así un efecto de contagio que podría derivar en el estallido de una nueva guerra europea. En la práctica, tanto Francia como Reino Unido eran perfectamente conscientes del elevado grado de implicación de Hitler y Mussolini en el conflicto español y lo toleraban porque era congruente con el “apaciguamiento”. En primer lugar, porque el “apaciguamiento” partía de la premisa de que el mayor peligro para la paz y la supervivencia de los imperios europeos no eran los dictadores fascistas, sino la Unión Soviética. Hay que recordar que las élites francesas y británicas eran, por aquel entonces, mucho más anticomunistas que antifascistas. En este sentido, los republicanos españoles parecían demasiado izquierdistas y cercanos al comunismo.

el apaciguamiento partía de la premisa de que el mayor peligro para la paz y la supervivencia de los imperios europeos no eran los dictadores fascistas, sino la Unión Soviética

Sin embargo, hay que matizar ciertas diferencias entre la política de Francia y la del Reino Unido. Los más beligerantes contra la democracia española fueron los británicos. Los franceses vacilaron y tuvieron algunos gestos favorables con la República (sobre todo, la apertura intermitente de la frontera), pero nunca fueron demasiado lejos porque temían ser abandonados por Londres en un conflicto contra Berlín y Roma. Según cálculos de los británicos, Franco era un militar nacionalista, con lo que se creía que, en el momento de la posguerra, se le podría alejar de Hitler y Mussolini con la promesa de capitales británicos para la reconstrucción.

En el caso británico, también resulta muy ilustrativa la comparación entre la actitud de gobierno de Londres y la de los independentistas indios, liderados por Nehru y Gandhi. El movimiento anticolonial indio se comprometió con la causa de la España republicana –llegando incluso a enviar ayuda humanitaria– porque hacía un diagnóstico parecido al del gobierno británico sobre el conflicto español: ambos creían que una victoria de los republicanos españoles contra nazis y fascistas podría animar la lucha anticolonial en todo el mundo. Se trata, sin duda, de un tema complejo, con sus claroscuros. A fin de cuentas, la actitud de la República ante el problema de Marruecos no fue precisamente antiimperialista. 

Con todo, creo que la dimensión del conflicto español y su relación con el antiimperialismo de entreguerras puede ayudarnos a arrojar cierta luz, no solo sobre el conflicto español sino sobre las contradicciones internacionales de finales de los años treinta. En Estados Unidos, algunas de las figuras que más se destacaron en la defensa del derecho de la República española a comprar armas estadounidenses fueron, a su vez, muy contrarias a la ayuda militar de Washington a los aliados al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Este fue el caso, entre otros, del líder socialista Norman Thomas y del senador progresista de Dakota del Norte, Gerald Nye. Ambos veían muchas diferencias entre la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, sobre todo por sus implicaciones para el futuro de los imperios.

Mujeres españolas protestan contra el Departamento de Estado. Washington, D.C., 4 de abril 1938. 

Su libro muestra un aspecto poco conocido sobre las preocupaciones de Estados Unidos. ¿La llegada de un “Hitler caribeño” era un escenario que la administración Roosevelt barajaba?

Sin duda, sobre todo a partir del autogolpe de Estado de Getúlio Vargas en Brasil en noviembre de 1937, cuando declara el Estado Novo. En la segunda mitad de ese año, la situación internacional se enrarece mucho, tanto en América Latina como en la otra región de interés prioritario para la política exterior estadounidense: Asia Oriental (en ese tiempo todavía la llamaban “Lejano Oriente”), con la irrupción de la Segunda Guerra Sinojaponesa en julio. En el caso de América Latina, los indicios que alimentan la preocupación por una posible penetración nazi en el continente son diversos. Por un lado, la sección exterior del Partido Nazi está celebrando desfiles de emigrantes alemanes, muy numerosos en algunos países sudamericanos. Por otro lado, la diplomacia económica de los nazis es muy efectiva en América Latina, pues propone un tipo de relación comercial basada en el trueque de materias primas a cambio de manufacturas alemanas. Al tratarse de países con escasas reservas de divisas extranjeras, la política económica de los nazis podía resultar atractiva y en los años treinta las importaciones de productos alemanes en América Latina logran duplicarse.

lo que más preocupaba a Washington era que el tipo de intervención de los nazis en España pudiera ser exportable a América Latina

Sin embargo, lo que más preocupa a Washington es que el tipo de intervención de los nazis en España pueda ser exportable a América Latina, especialmente en el caso de que Franco logre una victoria militar incondicional. El principal temor está centrado en el hecho de que, por los vínculos lingüísticos, culturales e históricos entre España y los países hispanoamericanos, un Franco victorioso sería una atractiva correa de transmisión entre el fascismo europeo y América Latina. Además, también se creía que el país que tenía más posibilidades de ser víctima de un golpe parecido era precisamente México, pues tenía un gobierno con una orientación ideológica parecida a la del Frente Popular español. En Estados Unidos se especuló mucho sobre la posibilidad de que surgiera un “Franco mexicano”, que podía poner en peligro la seguridad de la frontera meridional. Eso cambia la forma en la que Estados Unidos entiende el conflicto español. Ya no lo ve como algo europeo, sino con implicaciones americanas. Y, desde entonces, empieza a plantearse formas de evitar que Franco logre una victoria militar.

La nacionalización del petróleo en México provocó el malestar de las petroleras estadounidenses, que trataron de derrocar el gobierno de Lázaro Cárdenas. Su libro muestra que la administración Roosevelt logró presionar al sector petrolero y convencerlo de abandonar esa idea. ¿Qué razones le movieron?

La nacionalización petrolera que impulsa Cárdenas en México representa un hito para la época. Para el historiador Clayton Koppes, se trata de la primera vez en que un país periférico logra hacerse con el control de un sector de la economía predominantemente orientado a la exportación. Tras unos primeros momentos de tensión, la administración Roosevelt accede a una salida negociada y pacífica. Obviamente, las petroleras eran partidarias de una posición mucho más hostil y contundente, sobre todo porque temían, con razón, por las consecuencias de permitir un precedente de este tipo para sus inversiones en el resto del mundo. Roosevelt se inclina por la negociación por varios motivos. Por un lado, hay un sentimiento de afinidad ideológica entre el cardenismo y el New Deal, como dos movimientos reformistas que querían democratizar ciertos aspectos sustanciales de la vida económica sin llegar a romper con el capitalismo. 

Además, si Roosevelt hubiera optado por una solución de fuerza, habría desacreditado completamente su ‘Política de Buen Vecino’ en un momento de grandes turbulencias geopolíticas. Finalmente, en la decisión de Roosevelt pesó mucho el ejemplo de lo que estaba pasando en España. A finales de los años treinta las petroleras eran sospechosas de tener fuertes inclinaciones profascistas, como era evidente por la ayuda de Texaco al bando franquista. Los cálculos de la diplomacia estadounidense en México confiaban en el papel de Cárdenas como un estadista que garantizaba la estabilidad. Si se permitía que las petroleras apoyaran a Cedillo u otros intentos de rebelión, se podía dar inicio a una Guerra Civil Mexicana parecida a la española. Si esto ocurría, México se radicalizaría y se polarizaría y, como resultado, se temía que pudiera surgir un “Franco mexicano” o que los sectores más filocomunistas –como el líder sindical Lombardo Toledano– se hicieran con el poder. Ambas perspectivas resultaban perjudiciales para los intereses geopolíticos de Estados Unidos. En el contexto de la época, Cárdenas era visto en Washington como un político moderado, un antídoto contra los radicalismos de izquierda y derecha.

Su libro cita las declaraciones del secretario de Estado Cordell Hull, quien ponía énfasis en los esfuerzos del gobierno para impedir el comercio y tráfico de armas hacia España. ¿Qué efectividad tuvo ese embargo aplicado a los actores estadounidenses que apoyaban el golpismo de Franco?

En los primeros meses de la guerra, Washington proclama un “embargo moral” contra España porque el gobierno carece de instrumentos legales para aplicar un embargo legal. El año anterior se había aprobado la primera “ley de neutralidad” por la que se establecían embargos automáticos para los países que entraran en guerra –con la excepción de América Latina. Sin embargo, no se contemplaban embargos para los casos de guerra civil. La legalización del embargo llegará en enero de 1937, con una ley ad hoc para el caso español.

El embargo moral tiene éxito durante tantos meses porque la inmensa mayoría de empresas productoras y distribuidoras de armamento mantenían una fuerte relación de dependencia hacia el gobierno, su principal cliente. Además, en la sociedad estadounidense existía un extendido sentimiento de arrepentimiento por la participación en la Primera Guerra Mundial. Se solía creer que el pueblo de Estados Unidos había entrado en el conflicto por medio de engaños propagados por los banqueros de Wall Street y los productores de armamento, que tenían claros intereses en el conflicto. De ahí la aprobación de la ley de neutralidad de 1935, con sus embargos automáticos a la venta de armamento y la prohibición de vender materiales de guerra con préstamos. La presión popular contra los productores de armamento era tan fuerte que en el Congreso había numerosos legisladores que se mostraban partidarios de la nacionalización de la industria de guerra. Con este panorama, a los productores de armamento no les convenía desafiar las recomendaciones del gobierno.

la noticia que impactó más a la opinión pública estadounidense fue el bombardeo de Guernica, inmortalizado por la crónica de George Steer en The New York Times

Al sector profranquista de Estados Unidos no le interesaba desafiar el embargo, pues era consciente de que los militares golpistas estaban bien equipados por Italia y Alemania. Su objetivo político era mantener el embargo hasta que se acabara la guerra, tal y como sucedió, para que la República no pudiera comprar armamento. Cuando el Congreso legalizó el embargo en enero de 1937, el propio Franco celebró la “caballerosidad” de Roosevelt. El embargo terminó con el fin de la guerra y el reconocimiento del régimen franquista por parte de Estados Unidos el primero de abril de 1939. Ante el fin del embargo, tras la victoria de Franco, un congresista demócrata del Estado de Washington lamentó que, a partir de entonces, Estados Unidos sí vendería armas a España, pero no ya no servirían para salvar a la democracia, sino para aniquilar a los demócratas españoles.

¿La injusticia provocada por el embargo influyó en los tanteos de la administración Roosevelt para derogarlo?

A partir de la primavera de 1937, con la creciente y cada vez menos disimulada intervención de Alemania e Italia a favor de Franco, toda la opinión pública informada de Estados Unidos es consciente de que la política de no intervención no está funcionando. Cualquier lector de The New York Times o The Washington Postlo sabe perfectamente. Ante esta realidad, sorprende el cinismo y el descaro del Departamento de Estado, que oficialmente sigue declarando que no tiene pruebas de la intervención de Hitler y Mussolini. En esos meses, en respuesta a la presión de un fuerte movimiento de solidaridad con la democracia española en Estados Unidos, Roosevelt se llega a plantear la necesidad de aplicar la ley de neutralidad, que, según lo que se establece en su texto, obligaría al presidente a extender el embargo de armas a Alemania e Italia por estar participando en una guerra. Los embajadores estadounidenses en Europa frenan a Roosevelt con argumentos muy propios del “apaciguamiento”. Como en otras partes, los diplomáticos de carrera de Estados Unidos pertenecían a una élite política y económica con un sesgo ideológico muy inclinado a la derecha. 

Los primeros debates sobre la posibilidad de derogar el embargo empiezan en el otoño de 1937, llegan a su momento culminante en mayo de 1938 –hay incluso una famosa portada de The New York Times en la que se asegura que el fin del embargo contra España es inminente– y todavía hay un último gran debate público en enero de 1939, a pocos días de la caída de Barcelona. En todos estos momentos aparecen referencias a lo injusto de la política de no intervención, a cómo los franquistas han recibido grandes cantidades de ayuda militar, mientras que los republicanos solo han podido acceder al apoyo mucho más limitado de la Unión Soviética y, en menor medida, México. Y, de hecho, aunque el embargo nunca se llega a levantar, la administración Roosevelt sí lanza algunos gestos que pretenden evitar una victoria militar absoluta de los franquistas. El más importante, sin duda, es el de la compra de varias toneladas de plata española, que empieza en abril de 1938 y que ayuda a financiar parte del esfuerzo bélico de los republicanos españoles.

¿Qué papel jugó en la guerra de España la prensa y el factor mediático, en particular en Estados Unidos?

El interés que despertó el conflicto español en la opinión pública estadounidense es difícil de exagerar. La prensa respondió y alimentó este interés con una extensa cobertura sobre el desarrollo de la guerra. En Estados Unidos, hay que destacar el papel que tuvo la cadena de periódicos del magnate de la comunicación William Randolph Hearst –quien inspiró el protagonista de la película de Orson Welles Ciudadano Kane. Los periódicos de Hearst se comprometieron intensamente con la causa franquista e intentaron popularizar la descripción del bando republicano como “los rojos”. El propio presidente Roosevelt lamentaba en una carta al embajador en España, Claude Bowers, la influencia de Hearst en el descrédito hacia los republicanos. Y, en efecto, los primeros meses de la guerra fueron muy duros para la imagen exterior de la República, sobre todo por el impacto que generó la violencia anticlerical. La prensa de Hearst también influyó en animar al Congreso a elaborar rápidamente una ley ad hoc para legalizar el embargo de armas contra España en enero de 1937, ante el desafío que planteó el embajador de la República en México, Félix Gordón Ordás, quien con su iniciativa logró llenar el barco Mar Cantábrico de armas estadounidenses y zarpar a tiempo del puerto de Nueva York, antes de que entrara en vigor la nueva ley.

A partir de la primavera de 1937 se da un cambio importante en la opinión pública estadounidense y, de nuevo, la prensa tiene un papel importante. Si en los primeros meses los republicanos habían quedado muy manchados por las noticias de la violencia anticlerical, a partir de entonces el peso de la indignación de la opinión pública se inclina claramente contra las atrocidades cometidas por el bando franquista, especialmente por los bombardeos contra la población civil. Sin duda, la noticia que impactará más a la opinión pública será el bombardeo de Guernica en abril de 1937, inmortalizado por la crónica de George Steer en The New York Times. En el caso de Guernica, se concentran muchos elementos que dañan profundamente la imagen exterior del fascismo español. En primer lugar, por el evidente protagonismo de la aviación italiana y alemana. Además, el hecho de que las víctimas sean civiles vascos destruye las pretensiones de Franco de presentarse como un defensor del catolicismo. En Estados Unidos, la tragedia de Guernica deriva en una agria polémica religiosa entre la jerarquía católica estadounidense y numerosos obispos protestantes, comprometidos con la causa republicana. También hay un caso interesante, que vale la pena señalar: la revista The Crisis, órgano del NAACP, una de las grandes organizaciones en defensa de los derechos civiles de los afroamericanos. Los editores condenaron el ataque a Guernica y, al mismo tiempo, señalaron con amargura la desproporción entre las muestras de solidaridad que había generado este ataque y los silencios que acompañaron los bombardeos de Mussolini contra aldeas etíopes un año antes. Es una observación interesante y significativa, pues nos ayuda a enmarcar la Guerra Civil Española en una de las tendencias de la crisis de entreguerras: la violencia y la barbarie que sufría el mundo colonial se iba acercando progresivamente al corazón de Europa.

Usted defiende que esa guerra suscitó un importante debate que debía orientar la futura estrategia de Estados Unidos. ¿Qué acontecimientos le llevaron a la transformación de su futura doctrina oficial?

El ejemplo de la guerra española y de sus potenciales vínculos con América Latina fue relevante para el cambio en el pensamiento estratégico estadounidense de finales de los años treinta. Desde entonces, Washington descartó la posibilidad de aislarse en el Hemisferio Occidental, cambió su forma de entender la relación entre intereses económicos e intereses geopolíticos y se preparó para ejercer el liderazgo mundial del orden liberal capitalista, tomando el relevo del Imperio británico. Esta historia tiene, obviamente, su ironía trágica. El ejemplo español le sirve a la administración Roosevelt para cambiar su pensamiento estratégico y para hacer pedagogía entre la población, pero, a pesar de algunos gestos aislados, nunca llega a romper con la política de embargo y contribuye decisivamente a la victoria de Franco. Al mismo tiempo, lo que Washington critica de la intervención de nazis y fascistas en España –esencialmente, el apoyo externo a militares reaccionarios para derrocar un gobierno democráticamente elegido– lo aplicará, en el contexto de la Guerra Fría, el propio gobierno estadounidense en más de una ocasión, especialmente en América Latina.

Autor >

Alexandre Anfruns

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2 comentario(s)

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  1. jose

    Y la flota nazi-alemana (hay que juntarlo porque las nuevas teorías quieren hacer dos grupos (los alemanes, incluidos sus generales, y los nazisoviéticos) como garante en el Mediterráneo de la no intervención. La división Cóndor llegó por un túnel que hicieron bajo tierra.

    Hace 1 año 9 meses

  2. Andres

    Le felicito. Es hora de desnudar las verdaderas motivaciones de las democracias, no se porque no entrecomillo democracias. Pero no sea usted tan diplomatico "Hay que recordar que las élites francesas y británicas eran, por aquel entonces, mucho más anticomunistas que antifascistas". Digalo sin rodeos: Las elites europeas eran fascistas. Y punto.

    Hace 1 año 10 meses

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