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Joe Biden, una reliquia política del siglo XX

Sería difícil encontrar un candidato más desfasado que el exvicepresidente de Obama. Cuando ‘Black Lives Matter’ y #MeToo reclaman un sólido historial en justicia social y respeto a las mujeres, aparece él

Dave Denison (The Baffler) 18/08/2019

<p>Retrato oficial de Joe Biden en su etapa como vicepresidente de EEUU, en 2013.</p>

Retrato oficial de Joe Biden en su etapa como vicepresidente de EEUU, en 2013.

David Lienemann (White House)

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A lo largo de los años, el analista político William Schneider ha citado con frecuencia un comentario que atribuye al primer ministro británico Benjamin Disraeli. Cuando un joven ambicioso escribió a Disraeli para pedirle consejo sobre cómo tener éxito en la vida pública, el gran hombre le respondió supuestamente con una carta en la que le decía al chaval que solo había dos cosas que tenía que saber: “Tienes que conocerte a ti mismo y tienes que conocer los tiempos en los que vives”.

Schneider, que el escritor Richard Ben Cramer describió una vez como “atontado, analista de encuestas, opinante, columnista e invitado de TV”, fue durante muchos años la voz de la sabiduría oficial de Washington, y también emitía sentencias para The Atlantic y CNN, mientras ocupaba al mismo tiempo un cargo en el Instituto Americano de la Empresa. He comprobado que Schneider utilizó la cita ya en 1987 y también hace apenas un año, en su libro de 2018, Punto muerto: cómo EE.UU. pasó a ser ingobernable. Aunque quizá el consejo de Disraeli no sea tan útil para los líderes políticos actuales como Schneider parece creer (“comprender cómo agrupar enormes contribuciones financieras” sería mucho más práctico), sí sugiere un punto de partida para pensar sobre la variopinta mezcla de candidatos demócratas que compiten por la nominación del partido en 2020. ¿Cuál de ellos demuestra un nivel básico de autoconocimiento socrático? ¿Quién comprende los tiempos actuales? 

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Sería difícil encontrar un candidato más desfasado con los tiempos actuales que Joe Biden. En un momento en que dos de los movimientos más importantes que conforman la coalición demócrata (las protestas de Black Lives Matter y la ola de #MeToo) sugieren la necesidad de contar con alguien con un sólido historial sobre justicia social y respeto hacia las mujeres, aparece precisamente Joe Biden.

Ahí está Biden, hablando de sus años formativos y exhibiendo la admiración que sentía por el movimiento por los derechos civiles de la década de 1960, pero que en su interior hablaba por los urbanitas blancos que se oponían al busing y a la integración. Ahí está Biden, que quiere atribuirse el mérito de impulsar la Ley de Violencia contra las Mujeres que se aprobó en la década de 1990, pero que fue incapaz de encontrar en su interior la forma de respetar y otorgar la misma credibilidad a Anita Hill que a Clarence Thomas en las espantosas audiencias de la Comisión de Asuntos Judiciales del Senado que presidió en 1991. Por aquel entonces Biden estaba tan preocupado por parecer justo y ecuánime con los republicanos que consintió que lanzaran continuados ataques coordinados contra Hill, lo que luego permitió que Thomas consiguiera a gritos y de forma beligerante hacerse con un puesto en la Corte Suprema y, no por casualidad, también proporcionó el modelo que siguieron al pie de la letra Brett Kavanaugh y sus vociferantes republicanos más de 25 años después. 

Biden da un paso al frente para liderar una formación que necesita la energía de mujeres y jóvenes activistas y que siempre está al borde de decirles que no tienen cabida real en el partido demócrata, a menos que entren en vereda

Ahora Biden da un paso al frente para liderar una formación que necesita la energía de mujeres activistas y que siempre está al borde de decirles a los jóvenes activistas que no tienen cabida real en la política del partido demócrata, a menos que entren en vereda y acaten las instrucciones. Incluso antes de que se produjera su presentación oficial, tuvo que contestar algunas incómodas preguntas sobre la costumbre que tiene de posar sus manos sobre mujeres y niñas sin ningún sentido del decoro. Incluso en lo referente a cuestiones menores de estilo, Biden aparece como una reliquia. El día que anunció formalmente su candidatura, las líneas inaugurales de su email de presentación fueron: “EE.UU. es una idea basada en el principio fundacional de que todos los hombres han sido creados iguales”. ¿No se da cuenta de que la formulación del siglo XVIII “todos los hombres” suena especialmente discordante para una enorme cantidad de personas que tienen menos de…, no sé, 70 años?

¿Qué decir del año pasado, cuando estaba de gira presentando su libro y comenzó a hablar en un evento patrocinado por Los Angeles Times de las luchas políticas de la década de 1960?: “Y ahora los jóvenes vienen a decirme lo que son tiempos difíciles. Venga, dejadme tranquilo. No, no siento ninguna empatía al respecto. Dejadme tranquilo. El tema es el siguiente: decidimos que íbamos a cambiar el mundo y lo hicimos”. ¿No se da cuenta de la rabia que existe entre “los jóvenes” de hoy contra la generación de baby boomers? ¿Cree que hablar como un abuelo que no tiene ni idea y que no siente empatía es la mejor manera de ganar el voto joven?

El comentario de Biden no estaba directamente relacionado con el problema de la deuda estudiantil, pero se interpretó de esa manera. Y, ¿por qué no iba a ser así? Su historial sobre finanzas y deuda es uno de los peores aspectos de su larga carrera en el Senado. Ha sido un cómplice para la industria financiera tan constante que ha sido incapaz de ver uno de los cambios estructurales más drásticos y evidentes que se han producido en la vida de Estados Unidos. Los estudiantes de la década de 1960 y 1970 de los que habla fueron la última generación que pudo disfrutar de educaciones universitarias asequibles. Esos por los que no siente ninguna empatía perdieron algo fundamental para la estabilidad de la clase media. Endeudados y atrapados por el mordisco de una depredadora industria de préstamos, los graduados universitarios se pasan años intentando sacar cabeza, como nadie de la edad de Biden tuvo nunca que hacerlo. 

Y, por supuesto, todo eso forma parte de un problema mucho más amplio que tanto Bernie Sanders como Elizabeth Warren llevan abordando desde hace décadas: por qué se permite a la industria financiera aprovecharse de las personas en dificultades. Biden aunó esfuerzos con los republicanos en la década de 1990 para endurecer las leyes sobre la bancarrota, basándose en la idea de que demasiadas personas de clase media estaban acumulando deudas en sus tarjetas de crédito de forma irresponsable y luego declarándose en bancarrota. Por aquel entonces, Warren comenzaba a despuntar como una profesora de derecho de Harvard que entendía lo que pretendían hacer los bancos y se unió con los opositores que pusieron freno a Biden y a los grupos de cabildeo de los bancos durante años. 

Los estudiantes de la década de 1960 y 1970 de los que habla Biden fueron la última generación que pudo disfrutar de educaciones universitarias asequibles

En mayo de 2002, Warren escribió en un artículo que publicó el New York Times:

“Más del 90 % de las mujeres que se declaran en bancarrota ha sufrido una combinación u otra de desempleo, facturas médicas y divorcio. Las mujeres presentan mayores probabilidades de declararse en bancarrota que los hombres después de pasar por un divorcio o un problema de salud, aunque tanto los hombres como las mujeres aluden a los problemas laborales como la mayor dificultad”. 

No sucedió hasta 2005, pero Biden y los bancos alcanzaron finalmente la victoria cuando el presidente George W. Bush promulgó el proyecto de ley que tanto ansiaban. Como escribió Theodoric Meyer esta primavera en Politico para explicar la batalla Biden-Warren, seguramente el proyecto de ley habría fracasado si Biden no hubiera arrastrado a suficientes demócratas del lado de los lobbies financieros. Por supuesto, la explicación fue la habitual en la política de Washington: el gigante bancario MBNA (que fue absorbido en 2005 por Bank of America) tenía su sede en el estado natal de Biden (Delaware). Además, MBNA era la tercera empresa más importante en cuanto a emisión de tarjetas de crédito, señaló Meyer. Pero también:

“Sus ejecutivos y empleados eran algunos de los mayores contribuyentes de campaña de Biden y habían aportado más de 200.000 dólares a lo largo de su carrera, según el Centro de Políticas Responsables. Uno de los hijos de Biden, Hunter, trabajó en el MBNA después de graduarse en Derecho y más tarde realizó labores consultivas para la empresa tras pasar una temporada en el ministerio de Comercio. Los lazos de los Biden con la empresa estaban tan arraigados que los dirigentes de la campaña de Obama dijeron en 2008 al New York Times que fue ‘uno de los asuntos más delicados que examinamos antes de optar por ofrecerle al senador un puesto en la lista de candidatos’. Biden era visto como alguien tan cercano a la empresa que él mismo sintió la necesidad en un momento dado de aclararle al Washington Post que no era ‘el senador del MBNA’”.

La mayoría de los candidatos demócratas utilizaron hace poco diversas variaciones del argumento “Joe Biden es amigo mío”. Es la idea que Biden va a vender, también: que es el hombre de la calle, cálido y de buen corazón, que se enfrentará, y vencerá, a Trump. La pena y el dolor que Biden ha experimentado en su vida (perder a su primera mujer y a una hija pequeña en un accidente de coche, y, más recientemente, perder a su hijo Beau) hacen que resulte simpático para otros que han sufrido de igual forma. Y sin embargo, de algún modo esa identificación con los estadounidenses de a pie no se ha traducido en un importante historial de logros en su nombre, y menos aún en un conjunto de políticas públicas que responda a estos tiempos de injusticia racial, desigualdad y servidumbre gubernamental en vista de las prerrogativas corporativas. 

Joe Biden fue uno de los personajes que aparecían en Lo que hay que tener de Richard Ben Cramer, que algunos consideran uno de los mejores libros sobre campañas electorales jamás escrito. Cramer relata (a lo largo de más de mil páginas) los tiras y aflojas de la campaña presidencial de 1988, que vio como Gary Hart y Biden, entre otros, se quedaban en agua de borrajas antes de que la decisión estuviera entre George H.W. Bush y Michael Dukakis. Nos enteramos al comienzo del libro que Biden conoció por primera vez a su futura mujer Neilia en una playa de Nassau durante las vacaciones de primavera de 1964. Al poco tiempo, ella le comentó a un amigo: “Me ha dicho que va a ser senador antes de los treinta. Y luego va a ser presidente”. 

Durante un corto lapso de tiempo pareció como si 1988 fuera a ser el año de Biden. Hart había abandonado, Biden estaba al frente de las audiencias para decidir si el candidato de extrema derecha de Reagan, Robert Bork, obtendría un asiento en la Corte Suprema. Pero luego todo se vino abajo a raíz de una tormenta mediática repentina. Biden se levantó en un debate de candidatos en Iowa y, con la intención de pronunciar un conmovedor discurso final, tomó prestadas las majestuosas palabras y emociones del político británico Neil Kinnock, sin mencionar la fuente. Maureen Dowd lo desveló en el Times. Más tarde aparecieron otros artículos sobre él extrayendo palabras de un discurso de Bobby Kennedy y sobre un incidente de plagio mientras estudiaba Derecho en la universidad. 

Se supone que tiene que caerte bien porque es un tipo íntegro, aunque haya pertenecido al club más privilegiado de EE.UU. desde que tenía 30 años

Resultó ser que Biden tuvo conocimiento del discurso de Kinnock a través del mismísimo William Schneider, que habría regresado hacía poco de un viaje por Inglaterra y había quedado tan impresionado con Kinnock que se trajo a casa una cinta con el discurso. Schneider escribió un largo análisis para The Atlantic a comienzos de 1987 sobre los nuevos candidatos demócratas, en el que comparaba a Biden con Hart. Cuando se publicó el artículo, según afirma Schneider, Biden le invitó a almorzar. Biden había oído hablar del discurso de Kinnock, y Schneider le entregó una copia. Biden asimiló tanto el discurso que pareció olvidársele que la historia y las palabras de Kinnock no eran las suyas. 

Leer hoy en día sobre cómo se desarrolló ese drama de campaña es leer sobre acontecimientos políticos de una época desaparecida desde hace tiempo. La gente de Biden siempre sospechó que alguna de las otras campañas les había delatado, si no, ¿quién le había enviado a Maureen Dowd la prueba con los dos discursos? Con el tiempo se supo que había sido John Sasso, el director de campaña de Dukakis. Cuando Sasso se lo confesó a Dukakis, que había afirmado que su campaña estaba por encima de ese tipo de “trucos sucios”, el candidato despidió a Sasso. ¡Nadie pagó a estrellas porno! ¡Nadie mintió sobre su estado financiero! Pero fue todo un escándalo para la época. 

Cramer describe a Schneider como un “gurú de Biden a tiempo parcial”. ¿Acaso Schneider no le había explicado a Biden la importancia de “conocerse a sí mismo y conocer los tiempos en los que vives”? En realidad, Biden estaba en esa época teniendo problemas para encontrar su identidad política. Ha reconocido que estaba en gran medida bajo el influjo de uno de sus principales asesores, Patrick Caddell, hasta el punto de que llegó a afirmar en el Washington Post, de manera algo imprudente: “A veces es difícil saber dónde termina el pensamiento de Pat y dónde comienza el mío”. Y luego, en ausencia de convicciones propias en ese debate de Iowa, perdió el sentido de dónde terminaba el pensamiento de Kinnock y dónde comenzaba el suyo. 

Mientras Biden, su familia y sus asesores hacían piña para superar ese momento de crisis durante la campaña, y decidían si continuar en la carrera presidencial, el candidato sintió que los periodistas le acosaban. Quería que le vieran en el amplio contexto de su vida y que no se centraran solo en unos pocos errores tontos. ¿Por qué no podían ver lo mucho que le amaba su familia, lo mucho que le amaban sus votantes? Él solo era ese tipo llamado Joe que provenía de una familia de clase media con raíces en Scranton, Pennsylvania, y más tarde en Delaware.

Eso es exactamente lo mismo que se pudo atisbar cuando acudió hace poco al programa de televisión The View. ¿Por qué no podía simplemente pedirle disculpas a Anita Hill por el rol que tuvo en cómo la trataron?, le preguntó Joy Behar. “Pido disculpas por la manera en que fue tratada”, declaró Biden recurriendo a la voz pasiva. “Si echamos la vista atrás hacia lo que dije y lo que no dije, no creo que yo la tratara mal”. (En una entrevista posterior, Biden dijo de Hill: “No tuvo una audiencia justa, no se la trató bien y eso es mi responsabilidad”). 

Esta es la impresión que queda con frecuencia después de ver las apariciones públicas de Biden. Está intentando que lo conozcas de la forma en que lo conocen su familia y sus amigos: como el tío cálido y justo con todo el mundo, incluidos los principales multimillonarios del país y los tipos de la cámara sindical. Se supone que tiene que caerte bien porque es un tipo íntegro, aunque haya pertenecido al club más privilegiado de EE.UU. desde que tenía 30 años. Más que nunca, parece un hombre que está fuera de contexto, que mira hacia atrás e intenta atrapar el presente, persiguiendo únicamente el futuro que imaginó en 1964, pero, en definitiva, parece un hombre fuera de su tiempo.

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Dave Denison es redactor asociado de The Baffler.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler. A editar

Traducción de Álvaro San José.

Autor >

Dave Denison (The Baffler)

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