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Testigo de cargo (VI)

El Códice era un ‘macguffin’

Al exempleado de manos largas que robó el libro Calixtino de la catedral de Santiago, lo mismo le daba llevarse este que un saco de calderilla

Xosé Manuel Pereiro A Coruña , 11/09/2019

<p>Mariano Rajoy entrega al arzobispo de Santiago de Compostela el Códice Calixtino en julio de 2012.</p>

Mariano Rajoy entrega al arzobispo de Santiago de Compostela el Códice Calixtino en julio de 2012.

© Pool Moncloa

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“Y este es uno de los muchos milagros que Santiago Apóstol hace”. Así termina el Romance de Don Gaiferos de Mormaltán, el más conocido del ciclo carolingio, que se supone data del siglo XIII y se basa en la peripecia de Guillermo X de Aquitania, que en 1137 murió en la catedral de Santiago, al término de su peregrinación jacobea. Porque ese es el milagro del que habla el romance que ha pervivido hasta hoy: fallecer a los pies del apóstol. 874 años después de que presuntamente Guillermo o Walferius, conde de Poitiers y último duque de Aquitania cayese redondo ante el altar, hubo otro milagro en la catedral compostelana: el robo del Códice Calixtino. En un país con un patrimonio tradicionalmente expoliado y en general descuidado, efectivamente cabe calificar de milagro que un objeto de valor cultural incalculable (pero que podría alcanzar en una teórica venta de 10 a 100 millones de euros) desapareciese no gracias a la audacia de un ladrón experto o a la meticulosa planificación de una banda internacional, sino por el resentimiento de un exempleado de manos largas, que lo mismo le daba llevarse el libro que un saco de calderilla. Al final, el manuscrito resultó ser un macguffin, ese elemento de suspense que Hitchcock ponía en sus películas para que los personajes avanzasen en la trama, pero que no tenía mayor relevancia en la trama en sí. El robo sacó a la joya del anonimato, y generó otros milagros colaterales, no despreciables, como hacer que la catedral pasase del habitual déficit económico a un cómodo superávit. 

El robo sacó a la joya del anonimato, y generó otros milagros colaterales, no despreciables, como hacer que la catedral pasase del habitual déficit económico a un cómodo superávit

El Códice, llamado Calixtino porque se atribuyó su autoría al Papa Calixto II, son en realidad cinco libros y dos apéndices, un total de 225 pergaminos, elaborado (es decir, copiado a mano) en los mismos años en que Gaiferos dio el último suspiro. Allí se recogen milagros de Santiago el Mayor, empezando por el de su traslado a Galicia, textos litúrgicos, obras musicales y las hazañas de la lucha de Carlomagno contra los musulmanes. El libro más conocido es la Guía del Peregrino, una auténtica guía de Viajes escrita por Aymeric Picaud (un natural de Poitiers que había acompañado a Calixto II en su peregrinación), en la que hace una relación de fuentes y hospitales, alaba unos lugares y pone de vuelta y media a los habitantes de otros. El Códice en realidad constituía una operación de imagen del arzobispo de la época, Diego Xelmírez –amigo por cierto de Gaiferos-Guillermo X– para relanzar el prestigio de Compostela. Y de paso, y no menos importante, elaborar, en palabras de hoy, el relato de una Europa cristiana resistente frente al relato contrario, el del islam, que emergía en el sur militar y también ideológicamente. 

Como el propio culto jacobeo, el Códice tuvo su época de esplendor y fue el libro referencial del fenómeno. Entre finales del siglo XIV y comienzos del XV se hizo una traducción al gallego de buena parte del manuscrito, añadiéndole otras partes. Pero como el propio culto, el interés por él disminuyó. Un viejo periodista recuerda cómo en los años setenta, un canónigo hacía apuntes en el Códice con un bolígrafo Bic mientras otro, de menor rango, iba borrando pacientemente cada atentado con miga de pan. Esa condición un tanto anónima hizo que cuando se descubrió su ausencia, el primer revuelo no se originó entre la población, como parecería lógico, sino entre los periodistas. De hecho, el robo se produjo el lunes 4 de julio, no hubo denuncia hasta el miércoles 6 y el secreto se mantuvo un día más, hasta que el 7 de julio lo reveló La Voz de Galicia. 

Códice Calixtino. / Dominio público

Aquella mañana de julio de 2011, por ejemplo, a Alicia Rey, una periodista nacida en Santiago en 1985, la sacó de la cama una llamada de su jefa, la delegada de Europa Press en Galicia. “‘Bájate corriendo a la catedral, a ver qué pasa’, me dijo. No, yo no hacía sucesos ni juzgados, me encargaba de la información cultural y de patrimonio, por lo que tenía un trato más o menos habitual con la Iglesia. La verdad, no me sirvió de mucho, porque había un total hermetismo, al principio ni querían confirmar que había desaparecido, y eso que habían pasado unos días”, recuerda. Alicia también recuerda los días y los meses posteriores como “una absoluta locura. Había mucha gente de todas partes trabajando el tema, circulaban muchas teorías y era difícil separar el grano de la paja. Las había de altos vuelos, desde especulaciones sobre quién podría comprar, o haber encargado el robo del Códice, hasta otras, de vuelo más rasante, como atribuirle la desaparición a algo relacionado con una lucha de poder dentro de la catedral. Muchas de ellas venían de fuentes oficiales”. 

Como se suele insistir a posteriori, había todo tipo de medidas de seguridad. El libro no salía de la catedral, y cuando lo hizo en un par de exposiciones de alto nivel, después de las inauguraciones, había sido sustituido por uno de los facsímiles que se habían confeccionado pocos años antes (3.000 euros la unidad). Estaba guardado en una caja fuerte del archivo catedralicio, en una estancia vigilada por cámaras, y los escasos mortales que lo habían tenido en sus manos, nunca estaban a solas con el manuscrito. Poco a poco, también como suele pasar, se fue averiguando que las medidas de seguridad existían, pero no se seguían. El libro estaba en una caja fuerte, pero las llaves estaban puestas para evitar la molestia de andar abriendo y cerrando. Las cámaras estaban instaladas, pero se creía que estaban estropeadas, y de todas formas, habían olvidado la contraseña que permitiría visionar las grabaciones. Y un fotógrafo recordó que en una ocasión en que había estado haciendo una sesión con el manuscrito, al finalizar tuvo que recorrer varias estancias hasta dar con alguien para decirle que había terminado y lo podían guardar. 

Salvo que el escenario era una catedral, aquello no era precisamente El nombre de la rosa, como se invocaba a menudo. Y tampoco el modus operandi era el de Ocean's Eleven o, en referencia actual, el de La casa de papel. Ni misterio ni grandes organizaciones. De hecho, el 8 de julio, el mismo día en el que el robo apareció en las portadas de los periódicos, y tres o cuatro después de la denuncia, un policía de la escala básica de Santiago envió un escrito a sus superiores “por si fuese de utilidad, y a los efectos oportunos” en el que informaba de que “un tal Manuel Fernández Castiñeiras, con domicilio en… había sido despedido como electricista de la catedral por irregularidades y sustracciones no denunciadas”. También especificaba que “se jacta de tener en casa antigüedades pertenecientes a la Iglesia”, tener un patrimonio inmobiliario no acorde con sus ingresos y por último estar frecuentemente por la catedral, sin motivo aparente. (En esto era en lo único que el policía se equivocaba algo: el electricista era de misa diaria). 

No sabemos (al menos ni Alicia Rey ni yo) qué caso le hicieron los responsables de la investigación al escrito del policía de a pie. Los periodistas –y las audiencias– seguimos elucubrando, entrevistando a ladrones internacionales arrepentidos o detallando golpes con algún tipo de relación con el del archivo de la catedral. Pero durante el año exacto que transcurrió entre el robo y la detención del autor y la recuperación de lo robado, las sospechas no debieron de tardar mucho en centrarse en el tal Manuel Fernández Castiñeiras, un huraño electricista que había entrado a trabajar en la catedral por las buenas referencias de su madre, y que durante un cuarto de siglo había recorrido todos sus rincones, cambiando bombillas o arreglando enchufes. Rincones que conocía a la perfección, según pudo comprobar la policía cuando por fin lograron romper la contraseña de las cámaras y descubrir que, pese a lo que creían los canónigos, habían estado grabando. 

Un viejo periodista recuerda cómo en los años setenta, un canónigo hacía apuntes en el Códice con un bolígrafo bic mientras otro, de menor rango, iba borrando pacientemente cada atentado con miga de pan

Después de visionar meses y meses de idas y venidas anodinas, descubrieron a Castiñeiras, encendiendo la luz o con una linterna en la boca cuando se apagaba, rebuscando en cajones y embutiendo dinero y papeles en los bolsillos con toda parsimonia. Saber que el electricista tenía las manos largas era una cosa, y demostrar que las tenía tanto como para hacerse con el mayor tesoro bibliográfico de la Catedral era otra cosa, pero no había muchos más sospechosos. De hecho, llegó a producirse una curiosa reunión entre un alto cargo de la Iglesia, el director de un medio y un veterano y prestigioso abogado que en su día había tenido una vaga relación con Manuel Castiñeiras, para intentar convencerlo de que entregase el Códice, bajo secreto de confesión o cualquier otro método anónimo, a cambio de 70.000 euros. La operación no prosperó, y ni siquiera llegó a planteársele a la otra parte contratante. 

La policía y el juez (Vázquez Taín, el del caso Asunta) llegaron a colocar micrófonos en la casa de Castiñeiras, aunque lo único que consiguieron fue grabar una fenomenal bronca familiar, en la que el padre de familia acusaba al hijo de entrar en su despacho y andar en sus cosas, y el hijo lo negaba y le decía que le importaba “un carallo” qué cosas fueran esas, mientras la madre lloraba. A todo esto, el “despacho” de Manuel Castiñeiras era la parte del salón detrás de una cortina que la separaba de lo que podría llamarse “el taller”, donde su mujer cosía de sol a sol. Pero se acercaba el año, y los investigadores temían que el Códice desapareciese para siempre.

Rajoy y Feijoo en el acto de devolución del Códice. / © Pool Moncloa

“El día en el que se precipitaron los hechos, alguien nos informó de que se estaba produciendo un operativo policial en O Milladoiro. Cogí el coche y empecé a dar vueltas por las calles, hasta que me encontré de narices con la detención”, asegura Alicia Rey. O Milladoiro es una zona entre dormitorio y residencial perteneciente al colindante municipio de Ames y el topónimo viene de los montículos de piedras que los peregrinos amontonaban al aproximarse a su destino. Castiñeiras tenía en casa un auténtico “milladoiro”, pero en su caso los objetos hacían el camino inverso. En su piso y en otras dos casas de su propiedad se encontraron, en metálico, 1,7 millones de euros, que había ido sustrayendo de lo recaudado en los cepillos en moneda de todos los países. Hasta que sufrió un ictus, un par de años antes, llevaba detallada cuenta de lo que traía y en dónde lo depositaba. “En maleta…600.000 / En ropero escritorio… 300.000 / En bolsa depor pistola…30.000”. Pero además aparecieron una decena de facsímiles del Calixtino y varios de otros manuscritos, más de un ciento de llaves de dependencias de la catedral, documentación de seguridad y papeles sustraídos de las oficinas, de dudosa utilidad. Igual que las más de 300 cartas de vecinos que acumulaba, algunas de ellas comunicaciones de Hacienda o de citas médicas. 

Lo que no aparecía era el Códice. En ninguna de las tres casas ni en el garaje de O Milladoiro. La policía detuvo a los tres miembros de la familia y a la novia del hijo, de nacionalidad venezolana, pero Castiñeiras no abría la boca, pese a la insistencia de su hijo. Según el libro Los ratones de Dios (“donde hay queso hay ratones”, había justificado el deán de la catedral a la policía el descontrol en las cuentas), de Luis Rendueles, fueron las crisis epilépticas que sufrió la novia durante la noche que pasó en el calabozo, convenientemente comunicadas al hijo de Castiñeiras, lo que finalmente desatascó el tema. “Miren a ver si en el otro trastero”. En el otro trastero no había más que las cacharradas que suelen acumular los aquejados del síndrome de Diógenes, pero finalmente, casi cuando ya salían, en el último rincón, tal como requiere el guión de las películas del género, los agentes encontraron el libro. Estaba debajo de unos sacos vacíos de cemento y de unos periódicos, que salvaron al incunable de la humedad. El entonces presidente del gobierno, Mariano Rajoy, viajó hasta Santiago para hacerle entrega del Calixtino a la Iglesia, con toda la pompa oficial (y sin guantes).

En los 25 años que había estado trabajando en la catedral, la policía estimó que el electricista Manuel Fernández Castiñeiras se llevaba una media de 200 euros diarios (más si era año santo)

Con la tranquilidad que da haber conseguido desatar el nudo gordiano, los investigadores fueron atando otros cabos. En los 25 años que el electricista había estado trabajando en la catedral (hasta que pidió que le hicieran fijo, según él, o hasta que se detectaron irregularidades, según el Cabildo), la policía estimó que se llevaba una media de 200 euros diarios (más si era año santo). A la espera del juicio, que comenzó en enero de 2015, Manuel Fernández fue más comunicativo. Mediante actas al juzgado, acusó a empleados y canónigos de la catedral de mantener relaciones homosexuales, odios sarracenos y de que distraer dinero de las donaciones era una práctica común. En sus declaraciones en la vista oral, el que fue contable de la catedral entre 2002 y 2012 aseguró que en todos los ejercicios faltaba aproximadamente el 10% de los ingresos totales de la institución, alrededor de dos millones de euros cada año. Es decir, lo mismo que se hubiesen llevado diez “electricistas”, al menos en esa década.

Pero allí, en la sala de la Audiencia provincial en Santiago solo se juzgaba a la familia Fernández Castiñeiras, no las posibles irregularidades contables de una institución que está exenta de obligaciones fiscales. El ministerio público solicitaba una pena de 15 años de prisión, que la acusación de la Iglesia elevaba a 31, además de reclamar los 600.000 que no aparecieron en metálico porque el antiguo empleado los había invertido en casas. Por esa razón, tanto la mujer como el hijo estaban asimismo acusados de blanqueo de dinero. “Lo que me llamó la atención en el juicio fue la actitud de Castiñeiras. Solo contestaba a su abogada, y no mucho más que ‘no me acuerdo’, pero cuando pusieron los vídeos en los que aparecía registrando los despachos, mientras su familia bajaba la vista avergonzada, él se los quedó mirando con atención, como si nunca los hubiese visto”. 

Quizá esperaba cien años de perdón, pero un mes después, Manuel Fernández Castiñeiras fue condenado a 10 años de cárcel por hurto, robo continuado y robo de capitales. Su mujer a seis meses por este último delito y su hijo fue absuelto. La pena quedó después reducida a ocho años y dos meses por un error de cálculo. Aquel ejercicio 2015, la catedral de Santiago tuvo superávit por primera vez en un año no santo. En 2017, la Unesco acordó incluir el Códice Calixtino en el Registro de la Memoria del Mundo. Tras el affaire del Códice, el deán de Compostela dejó el cargo y se refugió en la catedral de Mondoñedo. Con la salud ya resentida, en noviembre del año pasado fue acusado por un joven de 17 años de haberle tocado el culo cuando le ayudaba a bajar las escaleras de la plaza. 

Autor >

Xosé Manuel Pereiro

Es periodista y codirector de 'Luzes'.

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