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Conversaciones CTXT

Cultura catalana: ¿un invierno nuclear?

Un diálogo con Jordi Amat y Gonzalo Torné sobre la intelectualidad en tiempo de bombas cívicas

Guillem Martínez Barcelona , 18/09/2019

<p>Gonzalo Torné (esquerda) i Jordi Amat. </p>

Gonzalo Torné (esquerda) i Jordi Amat. 

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La idea es valorar una hipótesis. Después de la absoluta vinculación de la cultura catalana con la propuesta gubernamental catalana, que era el procés, se ha evidenciado una falta de funcionalidad en la cultura catalana, no muy diferenciada de la española en su rol gubernamental. La sensación es que la cultura catalana, tocada por el pujolismo, culminada en su falta de autonomía con el procés, vive una especie de invierno postnuclear, poco sexy y atractivo. Y la idea de esta conversación es partir de este concepto (muy de épater le bourgeois; transversal) y transmitirlo a dos personas que, seguro, sabrán reírse o ponderar la propuesta. Estas dos personas son dos de los puntales de la cultura catalana en catalán y en castellano. Y no tenemos demasiadas. Se trata, ni más ni menos, de Jordi Amat (Barcelona, 1978), un hombre formado en la filología clásica que ha sabido y querido complicarse la vida, en la dirección de la historia de las mentalidades y las ideas. Autor de varios volúmenes sobre historia cultural y política española y catalana, es también autor de una biografía de Josep Benet (Com una patria. Vida de Josep Benet, Barcelona, 2017), un libro que causó cierto malestar en una sociedad cultural que tiene problemas al no ser confirmados sus mitos; de La confabulación de los irresponsables (Barcelona, 2017), una descripción y valoración del comportamiento de nuestros políticos en la formulación de la gran crisis catalana, y de Largo Proceso, amargo sueño. Cultura y política en la Cataluña contemporánea (Barcelona, 2018), un estudio sobre el catalanismo del siglo XX. Su obra parte de un heroísmo exótico, poco frecuente: surgiendo de y llegando al catalanismo – su cultura–, Amat se ha enfrentado a los mitos y los límites de la tribu, de un colectivo que no quiere saber nada de uno mismo si no coincide con sus apriorismos, que suelen ser los de los políticos de turno. Escribe regularmente en La Vanguardia, vertebrando estos puntos de vista individuales. A su vez, Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) es un novelista que escribe en castellano, esta escuela o tradición de novelística española, o catalana, vinculada en el tiempo por su herramienta u objetivo: la tensión social. El catalán es su lengua materna, con la que comienza su carrera. Es autor de varios libros de ensayo y de novela. Es, de hecho, un gran novelista en eclosión (y esto es un espectáculo inusual y digno de ver), destinado a ser una de las grandes voces del género en España, en Cataluña, o como se llame. Su última novela (Años felices, Barcelona, 2017) es un gran paso en su trayectoria. Compagina su carrera literaria con una obra periodística sólida, problemática, poco usual en un autor de ficción, colectivo que normalmente se acerca al periodismo como hecho promocional y mediático. Con Ignacio Echevarría, por cierto, es uno de los dos responsables de El Ministerio, la sección de culturas de CTXT. Llueve, y, sin embargo, Amat y Torné llegan a la cafetería de Laie. Comienza la conversación.

Gracias por aceptar una conversación que, como sabéis, quiere tratar el tema de un posible invierno nuclear en la cultura catalana, después de siete años de un partido de fútbol en el que, diría, el intelectual ha jugado poco y en el lugar donde le decían. Comenzamos por evaluar, si os parece bien, el coste del partido.

Amat: Creo que las cosas han cambiado, en los últimos dos años. El fervor de octubre de 2017 hacía imposible tener posiciones matizadas y autocríticas. Con el paso del tiempo, hay quien se ha instalado en posiciones radicalizadas, pero después de unos momentos de alta militancia se ha producido también una cierta despolitización en las actitudes públicas de la gente de la cultura. Otra cosa es si ha habido o no diagnóstico de lo que pasó. Esto no ha pasado tanto. Pero diría que la mitificación que la política pedía a la cultura no ha sido tanta como de entrada pareció. La mítica de octubre, ahora mismo, ya no es cultural.

Torné: Es verdad que justo después del 1 de octubre se publicaron libros, discos, dibujos ... pero no tanto analizando lo que pasó, como apoyando  un determinado punto de vista de los hechos. No pienso que nada de lo que pasó afecte a la literatura. La literatura de una década son como mucho veinte libros que ahora mismo nadie sabe cuáles serán. Y alrededor de estos veinte libros está la “cultura”. ¿Cómo ha afectado el procés a la cultura? Pienso, mirando la lista de libros más vendidos, que despolitizándola, ahora mismo la mayoría son libros a favor de la sentimentalización del independentismo. No se trata tanto de defender las estrategias del independentismo (que aún formaría parte de la política) como de nacionalizar la cultura.

Un ejemplo sería la manía esta de que Cervantes era catalán, que no se basa en documentos o argumentos, sino en el hecho de que ya nos conviene, queda bonito oírlo. Traspasar la línea que va de utilizar la inteligencia para defender el independentismo (cosa legítima) a nacionalizar el pensamiento. De momento, solo afecta al ámbito de la escritura “mediática” y a plataformas ridículas como la Nova Història o como se llame, pero en cualquier momento puede empapar ámbitos aparentemente más serios. Últimamente ha pasado con Gabriel Ferrater, un hombre que toda su vida defendió posiciones de izquierdas, a quien le repugnaba la derecha nacionalista catalana, que tenía amistades preferentes entre los escritores de expresión castellana, con una complicidad estética, pero también de resistencia política contra el franquismo ... convertido en una especie de protoindepe nacionalista porque, mira, me conviene ... en fin, no es tan escandaloso como convertir a Cervantes en catalán, pero participa de la misma clase de pensamiento mágico. Se ha articulado una clac y la clac permite desbarrar, la clac está hambrienta y deseosa de pensamiento mágico.

A.: El caso de Ferrater me toca de cerca. Hice una serie de artículos en La Vanguardia sobre su Curs de literatura catalana contemporània. Esto generó algo de ese alboroto basado en el afán de hacer una lectura nacionalizadora de Ferrater, que me parece difícil de hacer, porque él militó en ella de una manera contundentemente contraria. Otra cosa, sin embargo, es hasta qué punto una lectura política de esta naturaleza es aplaudida. Puede existir la sensación de que este aplauso crea una ola que ahoga el sistema literario catalán. Pero esto es un falso espejismo.

T.:¿Sí?

A.: Sí. ¿Es el independentismo un punto de vista a partir del cual determinada gente hace interpretaciones culturales? Sí. ¿Es una interpretación unidimensional, reduccionista, dado que los grandes escritores son complejos por definición? Sí. Es un empobrecimiento objetivo de la interpretación de algunas figuras. A mí lo que me interesa es preguntarme si estos planteamientos han dado, o no, obras que valgan, con las que valga la pena discutir. ¿Cuáles son las obras sustanciales que ha creado el independentismo cultural y hasta qué punto tienen fuerza o no para impugnar el canon o las explicaciones establecidas? Creo que esto no se ha producido, especialmente. No que yo sepa. El caso de Ferrater es bastante irrelevante, en este sentido. Lo es más que Josep Pla haya sido objeto de batalla, a la vez por el independentismo y por el mundo conservador español. Y, en la medida que se han ido descubriendo textos que matizan al Pla que conocíamos, podemos hacer una lectura diferente de este autor.

Dicho esto, me parece que la aportación del independentismo cultural, en cuanto a la revisión del canon, no ha sido determinante. ¿Qué ha sido determinante y cómo puede haber influido el contexto en positivo para que releamos la tradición de una nueva manera? Con Gonzalo lo hemos hablado alguna vez, o es un sobreentendido, en todo caso: uno de los factores positivos y relevantes del sistema cultural catalán en los últimos tiempos ha sido el papel prescriptor de Maria Bohigas y el replanteamiento del canon a partir del catálogo del Club Editor : repensar Sales, Rodoreda, Víctor Català. Ahora, Aurora Bertrana. Escritores como, por ejemplo, Rodoreda o Salas, que fueron claramente nacionalistas, ¿han tenido más difusión en el contexto que nos hemos encontrado? Sí. Y es positivo. La tarea de Maria Bohigas, una persona que edita, ha tenido momentos en los que se podía hacer una lectura sincrónica con el procés. Y creo que ha supuesto un enriquecimiento de la cultura catalana en el contexto de los años críticos que hemos vivido.

Ha habido una punta impresionante con Sales. A mí lo que me ha llamado la atención es que ha ido paralela a un cambio interpretativo, a otra lectura. Una novela muy buena, existencial, o yo la leí así, ha pasado a tener una lectura nacionalista, incluso étnica. Ha cambiado la recepción. Y Ferrater, que mantuvo una guerra, diría que ganada, con Espriu...

A.: No la ganó...

En todo caso llamaba “tieta” a Espriu. Existía una persona, muchas, que practicaban la beligerancia cultural. Ahora han pasado, diría, a la beligerancia política y étnica. ¿Es posible? ¿Es esto el invierno?

A: A partir del invierno, pensando en qué se ha podido congelar, salto a un tema paralelo: ¿ha sido la neutralización del potencial disidente de los Comuns una consecuencia del procés? Era el mundo que estaba llamado a hacer una relectura ambiciosa de la cultura de la Transición en Cataluña. A hacer una deconstrucción, en positivo y en negativo, del pujolismo, de las redes de poder pujolistas, del discurso dominante en el campo histórico del pujolismo... ¿Lo han llegado a hacer? Mi opinión es que no. Quien de una manera más programática lo ha intentado ha sido Crític, pero no se ha llegado a construir una sólida interpretación histórica del pujolismo como vector fundamental del Estado del 78 en Cataluña. No me gusta la expresión, que no sé si es tuya, pero, te lo atribuimos, lo del régimen del 78...

Lo es, snif...

A.: En la cultura española y sobre el relato de la transición, esta revisión ha sido profunda. Ha generado discursos culturales de enorme interés, con los que vale la pena discutir. Se ha plasmado en libros, exposiciones, arte. ¿Esto podríamos haberlo tenido en Cataluña? Sí. ¿Se ha hecho? No. La ausencia de una relectura crítica de la cultura de la Transición en Cataluña me parece una de las consecuencia de la hibernación en la que nos encontramos. Es una carencia, no la única, pero es importante. En la hibernación, relacionada con la consolidación del independentismo como forma de interpretar la realidad, esto no ha formado parte de su campo de intereses.

Lo que sí creo (y estoy mezclando cosas, no son ideas que tenga suficiente elaboradas, snif) es que, en relación con la lengua y el sistema literario catalán, se está atravesando una etapa de fuerte compactación. No de cierre. De compactación. Las paredes del sistema se han hecho más densas. Dentro del sistema han pasado cosas muy buenas (experiencias editoriales, como la de Bohigas, la Setmana del Llibre en Català, los cambios en dos colecciones medulares del catalanismo cultural, como son Nuestros Clásicos y la Bernat Metge, la modernización se ha hecho de manera inteligente). La suma de muchas de estas cosas es la que me hace pensar que el sistema literario, de manera militante, se ha querido hacer autosuficiente. Más concretamente, se han ido taponando los miedos de convivencia con el otro sistema cultural catalán, que básicamente es el español de Barcelona.

Y tú, Gonzalo, como novelista en castellano muy permeable a los autores en catalán, ¿cómo ves esto?

T: Sí, soy muy permeable, pero todo esto ha cambiado mucho ... Cuando publiqué mi primer libro, los escritores en lengua catalana eran mucho más receptivos a la literatura en castellano que al revés; quiero decir que los de mi edad me habían leído y yo no sabía quiénes eran. El proceso ha supuesto una inyección de visibilidad y de autoestima para la literatura catalana que encuentro muy beneficiosa. Tener menos de 40 años y vivir en Barcelona y no relacionarse con la literatura catalana es una cosa rarísima, escandalosa, tienes que hacer un esfuerzo casi programático.

Pero vuelvo a lo que ha dicho Jordi. Pienso que el cierre de la “cultura independentista (de centro)” ante la CT es radical. Desde el momento que sacaron el libro de la CT [Gonzalo Torné es uno de los autores del volumen colectivo CT o Cultura de la Transición], se han mostrado muy beligerantes, aunque la mayoría de nosotros planteábamos la Transición como pasteleo, un punto de vista que favorecía en cierto sentido su tesis de que el Estado español es un Estado fallido. La parte que no toleran es que el catalanismo de derechas (que finalmente es quien ha dominado Cataluña durante 30 años) es parte de este pasteleo. Hay un pensamiento mágico a la altura del de Cervantes catalán y del Ferrater nacionalista para negar que la derecha catalana se revolcaba en la frescura del pasteleo con el misma amor que el resto de caciquismos peninsulares. La CT les molestaba, era como decir...

A.: ...Que el único discurso disidente es el mío.

T.: Correcto. El caciquismo catalán es muy parecido al andaluz. Y es una lástima que los Comuns no hayan tirado de este hilo, que se hayan enfrascado en la parida de la lucha entre legitimidades y no en insistir en que es complicadísimo construir un nuevo estado con el suelo de casa tan lleno de la propia mierda. Al independentismo (incluso de izquierdas, incluso de extrema izquierda) le ha dado miedo utilizar una herramienta como la CT, porque era como agarrar un cuchillo a ciegas: no sabes si lo cogerás por el lado que corta; era mucho mejor simular toda la mamarrachada de la pequeña nación limpia y democrática, honesta y eficiente, contra el Estado podrido y fascista. Como si Cataluña estuviera limpia, como si no estuviera carcomida por 30 años de corrupción institucional.

era mucho mejor simular toda la mamarrachada de la pequeña nación limpia y democrática, honesta y eficiente, contra el Estado podrido y fascista

Otro aspecto interesante sería ver qué margen dejará una cultura nacionalizada al arte. La cultura es integradora, ofrece un modelo de representación colectiva en el que las tensiones sociales están ideológicamente negadas o aclaradas, todo repartido entre buenos y malos. La novela, en cambio, es una disciplina donde estas tensiones se abordan en vivo y expresadas de manera compleja, como en un campo de batalla. Una sociedad en la que la cultura hegemónica (política, económica, de clase) impone modelos de representación no necesita novelas para nada. Se escribirá entretenimiento, novelas negras, rosas, amarillas... Pero las novelas artísticas por defecto no serán necesarias, porque la novela hurga y tensiona los modelos de representación dictados. La gran aportación de la literatura castellana escrita en Cataluña es la de poner de manifiesto tensiones sociales, de clase, culturales, económicas, en un sentido imprevisible. Hay un hilo de disconformidad con los modelos de representación cultural español y catalán que empieza con Carlos Barral y Gil de Biedma, que pasa por los Goytisolo y Marsé y Mendoza y que termina con Casavella o con el que venga después. Una voluntad decidida de intervención literaria en el examen de las tensiones sociales. ¿Y ahora? Los dos libros en castellano que sé que se están escribiendo sobre el procés son distopías (que es como ir a jugar a fútbol y querer ser el linier) y en catalán proliferan "sentimentalizaciones" del discurso oficial, como los del volumen aquel de los hechos que durarán años, muchos, escritos por amigos míos, pero que dan un poco de vergüenza ajena. Está todo por hacer, pero si se impone la "cultura" y sus modelos de representación, ¿qué necesidad hay de escribir novelas? Sólo hay que escoger una claque (hacer burla de independentismo también te asegura un público) y poner el piloto automático. No sé si será un invierno cultural, pero dibuja una perspectiva deprimente.

El 15-M, como tal, tampoco produjo novela. O no mucho. Produjo ensayo. Esto puede hablar más bien de una ruptura generacional. Y del alejamiento de las humanidades. Otro hecho es que las culturas españolas sean muy estatistas. Dependen del Estado, y de los medios de comunicación grandes, muchas veces estatales. En Cataluña, un lugar más pequeño, esto ha sido mayor. ¿Esto explica que la cultura catalana sólo haya tenido, últimamente, una dirección?

A.: Lo que plantea Gonzalo, me parece, es hasta qué punto una cultura tolera y demanda discursos disidentes respecto de la ortodoxia donde pivota esta cultura.

los dos libros en castellano que sé que se están escribiendo sobre el procés son distopías (que es como ir a jugar a fútbol y querer ser el linier)

Y yo añado que si esto es poco frecuente en España, en Cataluña, menos.

A.: El procés ha sido mil cosas, y una muy potente, y muy interesante, en parte, ha sido su capacidad monumental de creación de comunidad nacional. Esto se ve constantemente. El sentimiento de vivir una experiencia comunitaria de manera hermanada. Y, claro, la figura del disidente, dentro de la comunidad, no mola. Además, el fervor con el que se ha vivido la experiencia comunitaria ha sido intensísimo, y por tanto, lo que se pedía era fuego, más fuego. Creo que el fuego se ha ido apagando, pero la gente tiene nostalgia de haber vivido esa experiencia comunitaria tan intensa. Nostalgia de la llama. Me parece que los tres nos lo miramos desde fuera, o si estábamos dentro, no del todo. Pero aquello era transformador, y ha dado sentido, más comunitario que político, a muchas vidas. Hay un sistema, más comunicativo que cultural, que refuerza esta suficiencia, esta dialéctica entre la comunidad y el discurso que le da sentido, que en su última fase, desde octubre, vive de compartir la tristeza, que ahora es muy densa y muy fuerte. Y la tristeza es muy difícil de ser impugnada.

¿Por qué hay tanta gente a la que le irrita lo que dices, Guillem, aunque a veces esté de acuerdo? Porque al respecto, sobre el dolor que la comunidad junta, no se puede bromear. No creo que esto sea exclusivamente catalán. En todo caso, esto dificulta que la cultura tenga una función crítica, tal como lo ha descrito el Gonzalo.

T.: Por otra parte, el procés ha funcionado como una especie de Penélope inversa: lo que destejía de día lo retejía de noche. El procés ha servido para evidenciar un montón de tensiones escondidas: entre la comunidad de habla catalana y la castellana, entre charnegos e “hijos de españoles” que ya están hartos de la palabra, entre Barcelona y las otras comarcas, entre el independentismo de izquierdas y el de derechas, entre las dos almas de la CUP, de ERC, los Comunes... Por la mañana se manifestaba la tensión, y por la tarde se negaba, porque la fuerza de cada posición dependía de mantener cierta ficción de “unidad”. Con la cosa étnica dando un poco de grima: un único pueblo cuando convenía, y cuando la mitad del “único pueblo” no quería saber nada de las iniciativas de la mitad independentista, entonces unos eran pueblo “verdadero” y los otros, invasores recién llegados...

A.: Yo creo que estas frases, más que por la mañana, se decían ya de madrugada ...

T.: Lo que quiero decir es que muchas de estas tensiones, mientras duró la pasta y la fiesta del crédito alemán, quedaron enterradas. La crisis económica dividió a la sociedad, no a la cultura; las tensiones culturales eran políticamente insignificantes antes del estallido del procés, algo para especialistas. La división real comienza cuando una parte de la sociedad, siguiendo el dictum de una formación de derechas, acosada por la corrupción, decide subordinar los problemas de sanidad, de educación, de pobreza infantil, de desalojos, a un delirio: la formación de manera unilateral y sin violencia de un nuevo Estado dentro de una UE que bastante problemas tiene ya con las naciones con Estado como para dar juego a las que no lo tienen. Desahucios, listas de espera, ascensor social destrozado…, todo queda ahogado a la espera del maná de una independencia en la que no creían ni los políticos, como han reconocido y repetido a lo largo del último año. Jordi escribió un libro decisivo sobre el papel irresponsable de los  políticos catalanes y españoles, pero queda por escribir el de los intelectuales. No hablo de los mediáticos o mediatizados, que son criaturas adiestradas, que bastante tienen con entender lo que les piden, hablo de mis amigos, de colegas que respeto. Yo todavía tengo muchas dudas con respecto a esta cuestión ... ¿Cómo se podían creer todas las tonterías que decían sobre democracia, choque de legitimidades, que si un Estado con ejército tenía mucho miedo, que si la UE nos ayudaría, que si sacar 20 euros del cajero para descapitalizar los bancos, que si enviar a mis tíos a ocupar aeropuertos? Es un grado de ignorancia complicado de asumir en personas dedicadas al estudio y la representación artística del mundo que las rodea. Todo esto debe estudiarse. ¿Delirio? ¿Irresponsabilidad? ¿Presión del grupo? ¿Miedo? ¿Ganas de juerga? ¿Qué hay de lo mío?

A.: No hemos tenido tampoco La desfachatez intelectual de Ignacio Sánchez Cuenca. Y yo, eh, no estoy dispuesto a pagar la factura de hacerla. ¿Se podría hacer un libro sobre intelectuales del procés en este sentido? Sí. ¿Es el sistema cultural catalán suficientemente transversal como para que se pueda hacer sin pagar un precio demasiado alto? Paso palabra.

No sé vosotros, pero yo he sido feliz estos años. Queríamos una cultura beligerante, y desde 2011 en España, y desde 2012 en Cataluña, hemos tenido la oportunidad de hacerla. Mi espina es que no ha funcionado. Sobre todo en Cataluña, donde más que beligerancia cultural ha habido comunicación de masas. De hecho, sólo he tenido un problema con un autor catalán. Me montaba pollos en Twitter. Hasta que accedió a un cargo. No me consta, pues, que tengamos intelectuales, algo propio de las culturas de masas.

A: Sobre 2011 y 2012. No sabemos qué pasará en España, pero en aquellos años parecía que la crisis que sufre la Segunda Restauración podía tener alguna dinámica transformadora. Hoy tenemos que ser muy escépticos sobre si el cambio se puede producir. Viene la tormenta. El reforzamiento del sistema, en buena medida por el procés (que creó un cierto vacío de poder) y por la consiguiente reacción autoritaria del Estado, ha permitido un repliegue del sistema que durante unos años ha garantizado su pervivencia.

En Cataluña sospecho que ocurre algo diferente. Aquí la cosa no ha terminado volviendo al principio. Hay indicios para pensar que la nueva dinámica que se instale no sea la autonomía, y que en la vida política catalana se consolide una dinámica, digamos peronista, como lo llamó Steven Forti. Y eso quiere decir que corremos el riesgo de que seamos incapaces de pensar más allá del procés. Tanto si estás a favor como en contra. En el campo del ensayo, hace años que la mayoría de los libros que generan debate hablan, a favor o en contra, de este marco conceptual. Nos atrapa. Quedamos inhabilitados para pensar de otro modo. Creo que esto puede estar pasando. Y es muy difícil de revertir. Es difícil pensar fuera de la dialéctica procés sí o no. Hay profesionales del procés. Cautivos de unas coordenadas que son estériles y que te imposibilitan hablar del brexit, por ejemplo, sin pensarlo como un replicante de lo nuestro. El Monstruo (el procés, que no el independentismo) se ha enquistado en la cultura.

T.: Antes hablabas de cultura beligerante. Los intelectuales sólo pueden ser beligerantes dentro de su propio marco. Lo que he visto yo son intelectuales dentro de los marcos oficiales. Tertulias de televisión, de radio... La incapacidad, o las pocas ganas, de construir espacios civiles de debate supone una falta de riqueza. Los marcos públicos (o privados rellenos de dinero público) están al servicio de la agenda política y ponen unos intelectuales adiestrados a favor y otros en contra, futbolización del pensamiento: los tigres con los tigres y los leones con los leones... No se puede hablar de beligerancia, sino de discrepancias pautadas, espectáculo para grupos ya definidos.

¿Todo está pautado? ¿Hay gente fuera de la pauta?

A.: Claro que sí. La mayoría de las buenas novelas son ajenas a todo esto. Serés, Puntí, Pagès... Lo es también la corriente de la nueva narrativa femenina. De Rojals a Solà, pasando por Ramis o Ballbona. ¡Te hablo de lo que yo he leído, eh! El hecho de que el sistema se haya compactado no excluye la calidad y la riqueza.

T.: Hablando de compactación, un tema inevitable es qué relación establece la literatura catalana con la literatura castellana que se escribe en el Barcelonès. Es un tema inevitable, porque los lectores en castellano no se irán. Es una tensión que no se puede resolver aniquilando al adversario. ¿Cómo se articula? Los escritores de izquierdas lo tienen más sencillo, tienen el ejemplo de la Escola de Barcelona, que tejió una complicidad política en torno al deseo de una distribución mejor de la riqueza y de las oportunidades. Unos escribían en catalán, y otros en castellano, pero había una cooperación crítica, y estética. Yo no tengo ningún problema para leer a un escritor en castellano, en catalán, en gallego o en asturiano. En todo caso, infinitamente mucho menos problemas que para leer a un escritor etnicista o ridículo, criptoconservador o imbécil. Si tu visión del mundo es de izquierdas, el problema lingüístico tiende a ser irrelevante. Si eres un escritor de derechas y poco dotado, la cruzada lingüística te puede proporcionar una razón (penosa) de ser.

Antes he dicho “la literatura castellana que se hace en el Barcelonès”, y quiero remarcar que no era una boutade, pienso que “la literatura castellana que se escribe en Cataluña” es estadísticamente irrelevante. De modo que la relación entre los dos idiomas literarios no tiene nada que ver en Barcelona y en el resto del país. En Barcelona, hay, por fuerza,  mucha porosidad, vivimos en la misma ciudad, compartimos editorial, agente (los que tienen agente), y nos leemos y somos amigos. Yo me he ciscado mucho en el procés (que no en el independentismo) en redes sociales desde el primer día, escribo en castellano y he acabado editando y haciendo crítica en catalán, porque tienes que hacer un esfuerzo casi sobrehumano para no participar. Ahora, yo soy bilingüe, como tanta gente en Barcelona, pero es posible que el bilingüismo sea una ficción fuera del Barcelonès, y que las dos comunidades (por decirlo de manera bastante imprecisa) puedan ser impermeables en Girona, en el Pallars o en el Solsonès, lo ignoro. Pero en Barcelona, esta “compactación” es muy complicada. Por mi parte, al menos, no tengo el más mínimo interés en dejar de interesarme por lo que se escribe en catalán y decir lo que pienso sobre lo que leo, exactamente con la misma libertad y afán de intervención con los que hablo de lo que se escribe en castellano.

Una de las consecuencias del procés es la pérdida del consenso social ante la lengua, que diría que se ha roto, y tendrá repercusiones.

A.: Es un tema muy interesante. La impugnación del consenso sobre la lengua fue muy intensa durante los días del fervor. Mucho más que ahora. La prueba más evidente a efectos políticos fue el voto a C’s  en diciembre de 2017, que por suerte no se volverá a repetir. Fue votado masivamente por una parte de los catalanes que sintió que el contrato social en relación con la lengua se había roto. Y después de la rotura no estaban dispuestos a aceptar de una manera natural, como antes, la inmersión lingüística. Esto no ha ido a más. E irá a menos, en la medida que en la realidad el conflicto se ha templado, se han ido relajando las zonas de fricción.

T.: Yo publiqué un artículo elogiando la inmersión, un caso insólito en el mundo, de la que deberían estar orgullosos los políticos españoles. Se leyó mucho y me felicitaron muchísimo, catalanohablantes, castellanohablantes y switchs. Tuvo dos puntas de crítica: gente de Vox muy preocupada por la inminente destrucción de la cultura española, y la sociolingüística Nostradamus, que se alimenta de afirmar que aunque el catalán tiene más hablantes y lectores que nunca, morirá de aquí a unos meses (yo sufro por si pasa en agosto y nos pilla a todos junto al mar). Las dos caras de la misma moneda friki. En condiciones mentales normales, es un conflicto insostenible; en las condiciones previas al 1-O, entiendo que unos podían creer que los echaban de Catalunya por hablar castellano, y los otros, que quien habla castellano era un obstáculo para llegar a la independencia... Pero fue una situación de tensión excepcional. La convivencia de dos lenguas puede generar tensiones (en un entorno de extraordinaria riqueza), como cuando un niño te tira una pelota en la playa, pero la solución no es prohibir la entrada al niño, sino resignarse a compartir el espacio.

Vamos cerrando. ¿Os atrevéis a hacer, para el lector, un minuto y resultado de este momento cultural?

A.: Para hacer un discurso preciso debería escuchar el último disco de los Manel, snif, y aún no se ha distribuido.

Ya te lo canto yo: Hoy he salido de casa / he cogido el autobús / he bajado del autobús.

A.: Guillem Martínez no tiene ni idea de música. En casa seguro que escucha Alaska y nos lo esconde. Fuera coñas. No sé contestar. Sólo una idea: sufrimos a menudo porque la chifladura banal del Institut de la Nova Història imponga la explicación no sólo sobre la catalanidad de Leonardo Da Vinci (era de Santa Coloma, todo el mundo lo sabe, igual era pariente de Guillem), sino sobre el presente cultural catalán a partir de la idea falaz del empleo. Como esta vanguardia tiene ganas de ser beligerante, parece que tiene una presencia en el debate público que en condiciones normales no debería tener. Ahora bien, situamos las cosas en su punto tras la ola: no pasa de la espuma. Esta cultura unidimensional, que quiere interpretar lo que nos está pasando y lo que somos sólo con un punto de vista, es una propuesta cultural sin ningún recorrido. Es el Monstruo, y está vacío.

T.: Yo no lo sé. Esto habrá que verlo, literaria y culturalmente. ¿Esta es la gracia, no? Todo está siempre empezando.

 

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Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección. Su último libro es 'Los Domingos', una selección de sus artículos dominicales (Anagrama).

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1 comentario(s)

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  1. Gepetto

    El caràcter de la cultura pública de Catalunya, la cultura gestionada per la Generalitat, institucions, diputacions i evidentment també universitats -també la investigació universitària-, com no podia ser de cap altra manera és i ha estat aquests 40 anys postfranquistes inequívocament una "cultura de la transició" (CT), en termes del llibret de Guillem Martínez. La cultura catalana d'avui dia conté tots els elements simptomàtics d'una CT. Són aquests: a) dominància d'un mercantilisme extrem, castrador; b) conformisme polític, enmotllament generalitzat dels creadors i investigadors culturals amb la ideologia dominant nacionalista conservadoral; c) absència quasi total d'una "cultura crítica" sobre les relacions de producció, i clar, un fort antimarxisme i antillibertarisme, com també, parlant de relacions laborals un antisindicalisme tranquil i molt naturalitzat; d) un fort conservadurisme en els llenguatges de creació, en l'estètica;, e) allunyament claríssim en la producció cultural de tota ambició transformadora socialment i de tota ambició emancipadora, f) obsessió per la "cultura de consens" i de la "no discussió", o sigui una mena de "neoarmonicisme social" de caire liberal conservador, g) antiutopisme convençut; h)"hegemonia cultural" demolidora dels valors i principis morals del nacionalisme conservador i del liberalisme, i) uns marcs ideològics que eviten parlar de l'experiència de les classes populars. Tenim una tasca crítica fonamental per devant, i CT és un concepte com a mínim valuós per a poder entendre la cultura catalana actual. I per a poder canviar-la i aconseguir fer una cultura moderna i que tingui un paper important a escala europea i mundial. A Catalunya tenim una REVOLUCIÓ CULTURAL pendent!! urgeix, cada cop més creadors i investigadors estem cansats de tant papanatisme, de capelletes, de fanatisme ideològic, de l'acriticisme més furibund i de la més rotunda mediocritat intel•lectual

    Hace 2 años 2 meses

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