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La novelista y las mamarrachadas

¿Para qué iba a renunciar Cristina Morales a los veinte mil euros del Premio Nacional que se le ha concedido por su novela ‘Lectura fácil’?

Gonzalo Torné 30/10/2019

<p>La escritora Cristina Morales.</p>

La escritora Cristina Morales.

María Teresa Slanzi

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La concesión del Nacional de Narrativa a Lectura fácil ha supuesto una alegría en la medida que interrumpe la tendencia del premio a refrendar la lista de libros más vendidos (¿a cuánto debía de cotizar en las apuestas Ordesa?). Y también porque se otorga a una novela “que no cuenta con una genealogía en la literatura española”; una manera elegante de declarar que se premia a la novela (recordemos que no se trata aquí de valorar trayectorias) por su originalidad literaria. Las novelas que escarban con más o menos solvencia en nichos de género o que prolongan propuestas ya conocidas (la autoficción de la temporada, otro grano de arena al revival cíclico de lo rural, la nueva novela a lo Conrad...) cumplen con su función en el mercado, en los departamentos universitarios e incluso en nuestros corazones, pero es estimulante que el premio se guíe por criterios críticos y señale una novela donde la aventura del desconcierto inicial forme parte de la gratificación. 

La propia originalidad de Lectura fácil puede despistar al lector sobre sus intenciones políticas, pues no encontrará en sus páginas menciones al día a día del “politiqueo” ni a los asuntos bien codificados que copan la agenda diaria. Lo político en esta novela se abre paso pegado a los esfuerzos del estilo para imaginar formas de expresión genuinas para sus protagonistas: cuatro mujeres –Àngels, Nati, Marga, Patri– a las que su “discapacidad” parece condenar a vivir, hablar, pensar y actuar de una manera ya preescrita por la sociedad. La propuesta es radical en la medida que la fábula de Cristina Morales no invita a reflexionar sobre las bondades de la “inclusión”, sino que se impone el esfuerzo de dotar a sus personajes de herramientas verbales para corroer, en sus propios términos, el paternalismo cosmético de unos buenos propósitos que terminan reforzando (como la limosna) el sistema de discriminación. El libro es un cubo de ácido dispuesto a verterse sobre las asfixiantes restricciones que impone la “normalidad”. Para quien necesite un referente de prestigio: Elfriede Jelinek estaría orgullosa de esta novela. 

Es comprensible que Lectura fácil perturbe al lector que espera de una novela que le ofrezca experiencias sentimentales y afectivas “normales”, expuestas a una cómoda distancia y tuteladas por el autor, reducido a una suerte de guía civilizado por el parque temático de la emoción. Si la novela de Cristina Morales no suscitase esta descarga de malestar el libro sería un fracaso. Se trata de un disgusto casi diría que planeado que afectará a un porcentaje de los miles de nuevos lectores que se acerquen a la novela. 

El libro es un cubo de ácido dispuesto a verterse sobre las asfixiantes restricciones que impone la “normalidad”

Como no podía ser de otra manera el premio ha suscitado una conga de apresuradas expresiones de adhesión y rechazo. Y en el cruce de la opinión literaria y la permanente campaña política ha emergido este tuit: “Espero que prenda fuego al cheque de 20.000 euros correspondiente al Premio Nacional de Narrativa que le ha dado el Gobierno. No creo que vaya a querer cobrar ese dinero del pueblo español al que odia. Qué vergüenza”. El autor es un político barcelonés con aspiraciones estatales y el agente provocador no ha sido la lectura de Lectura fácil sino una interpretación extravagante (¿de dónde demonios sale eso del “odio al pueblo español”?) del titular de esta entrevista.

El engrudo de imprecisiones y miserias, deprimente como es, ofrece tres aristas elocuentes sobre las expectativas que los aspirantes al poder suelen hacerse sobre la “narrativa”. 

Primero: el tuit rezuma un prejuicio bien extendido, según el cual un escritor de izquierdas (en la amplia gama que va desde el que aboga por un reparto más justo de los beneficios hasta el reformador del mundo) debe abjurar del dinero, proceder de la capa social más inferior, y experimentar las condiciones de miseria más extrema. Desde luego que parece conveniente renunciar al servicio doméstico o privarse de exhibir un tren de vida despampanante; pero las ideas políticas se vehiculan mediante acciones políticas y no con votos de pobreza (esa exigencia es una idea original, no se lo pierdan, de la Iglesia Católica). ¿Para qué iba a renunciar la escritora a los veinte mil euros del premio? ¿No paga sus impuestos? ¿No es el dinero del Estado también su dinero? ¿Querer que el dinero se reparta mejor supone “querer menos” el dinero? ¿En qué momento (y en qué cabeza) la demanda de una distribución más equitativa del dinero te convierte en un enemigo del dinero? ¿Deberían limitarse a aceptar premios “en metálico” aquellos escritores que abogan por la concentración del capital? ¿Los que aspiran a la supresión de los impuestos? ¿A que se pudran los hospitales públicos a fuerza de encoger el presupuesto? Tampoco pretendo que cundan estos argumentos: la supuesta incompatibilidad entre ser de izquierdas y aceptar pagos “en metálico” es un espacio de confluencia entre papanatas de izquierda y papanatas de derecha, una insólita convergencia en la idiocia, por encima de discrepancias ideológicas, que quizás deberíamos preservar.

es un intento de estrechar el campo de lo “premiable” a tus prejuicios y complejos, lo que es especialmente grave cuando aspiras a ejercer responsabilidades públicas

Segundo: es grave que un cargo público pida la devolución del premio. Numerosos tuiteros han señalado que tan legítimo es defender que se premie Lectura fácil como criticar las declaraciones de Morales. Trazar esta equivalencia es un ejercicio de dejación intelectual: todas las cosas se parecen de alguna manera, pero nuestro trabajo pasa por señalar aquellos aspectos que impiden la asimilación. Y no es lo mismo valorar desde un espacio personal si unas declaraciones te gustan más o menos, que pedir la devolución de un premio desde la cuenta pública de un partido, a partir del titular de unas declaraciones que ni siquiera has entendido (y ahora me refiero apenas al titular). Lo primero entra dentro del libre juego de los juicios y las opiniones. Lo segundo es un intento de estrechar el campo de lo “premiable” a tus prejuicios y complejos, lo que es especialmente grave cuando aspiras a ejercer responsabilidades públicas. 

Horas después de emitir este tuit, la misma cuenta recomendaba la lectura de otro novelista cuyos libros “sí son buena literatura”, es de suponer que porque ofrecen una imagen del Estado compatible con el amor al pueblo español. El movimiento es tan de primero de redes sociales (“oigan, que yo no solo hablo de libros que no he leído, que tengo mis criterios”) que casi despierta ternura, si no fuese porque clava más profundo el hierro en la madera: entre los remolinos de una política comunicativa desastrosa vemos retorcerse una vieja aspiración del poder: subordinar la actividad crítica y artística a los propios intereses, premiar textos que acudan a lamer las manos de nuestra visión del mundo: patrocinar una novela “normal”, domesticada y simpática de presentar en sociedad (¡y hacerse fotos!) como un perrito de aguas. 

Tercero: el tuit está tan empapado de paranoia nacionalista que invita a reír, pero si se lo expurga de la melosa terminología patriótica subyace una idea rebatible: que el Estado es una foto fija que el buen demócrata debe preservar (¡y proteger!) a toda costa. El disparate opera en dos sentidos. Por un lado, el Estado no es una “foto fija”, sino un ente cambiante que adopta la forma que los votantes digamos que es. Si mañana votamos masivamente a un partido resuelto a cancelar la monarquía, cambiar la bandera y declarar la plurinacionalidad, ese sería el Estado español vigente. Por otro lado, la fortaleza y la “calidad democrática” se expresan mejor en la capacidad de atender y reflexionar sobre los discursos críticos (expresados en el tono que a uno le parezca conveniente) que en la defensa acrítica de lo establecido, donde demasiadas veces se percibe la tentación de amputar las visiones políticas, sociales y sexuales que inquietan o atemorizan a los detentadores transitorios de las instituciones, como atestigua la vigente Ley mordaza, una auténtica vergüenza de Estado. 

Soy consciente de que apartar a alguien de sus convicciones es complicado, de manera que propongo un cambio de estrategia: que piensen a lo grande y soliciten la retirada del Premio Cervantes a Rafael Sánchez Ferlosio. Como anotaba con un delicioso tono acusica la activista aficionada a la historia Elvira Roca Barea, buena parte de la obra de don Rafael está dedicada a oponerse, atacar, imputar y degradar el imperio español y sus desórdenes nacionalistas (y tampoco es que el Estado salga demasiado bien parado). No vamos a resolver ahora el misterio de la adoración que despierta en las personas de orden un autor que ejerció de ariete constante contra las fantasías de poder y jerarquía que tanto les embelesan. Pero como mi sospecha es que a Ferlosio tampoco lo han leído, propongo que acepten como prueba otro titular de periódico suscitado por sus declaraciones, que además de leerse rápido tiene la ventaja adicional de ser inequívoco: “Odio España desde siempre” (2008).

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Autor >

Gonzalo Torné

Es escritor. Ha publicado las novelas "Hilos de sangre" (2010); "Divorcio en el aire" (2013); "Años felices" (2017) y "El corazón de la fiesta" (2020).

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3 comentario(s)

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  1. K1000

    ¡Qué guapo, tío!

    Hace 1 año 11 meses

  2. Miguel

    Excelente final para un excelente artículo.

    Hace 1 año 11 meses

  3. Gastropitecus

    Me ha encantado el artículo, Gonzalo, es estupendo.

    Hace 1 año 11 meses

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