1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Tigre de nieve (La Columbia Británica de Sølve Sundsbø)

Alain-Paul Mallard 22/11/2019

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

La vastedad de Columbia Británica, provincia canadiense del litoral pacífico, es trabajosa de asir para quien viaja únicamente sobre el mapa. En algo ayuda apelar a las comparaciones. Columbia Británica —B. C. por sus siglas en inglés— abarca un territorio de 944,735 km² cuadrados, que equivalen a las áreas sumadas de Francia y de la Noruega natal de Sølve Sundsbø.

La ya de por sí bajísima densidad poblacional de 5 personas por km² propone, para Columbia Británica, una media de lo más engañosa... Su mayor área urbana, la ciudad costera de Vancouver, concentra 5.500 personas por km². El interior, atravesado longitudinalmente por las montañas Columbia y sus cuatro vigorosas cordilleras, es un inmenso territorio prácticamente inhabitado y, en su mayor parte, intransitable. Un remoto mundo de sierras infranqueables, glaciares y morrenas, infinitos bosques de coníferas, ríos de caudal generosamente alimentado por una precipitación elevadísima. Una naturaleza que parece prístina, intocada —y que, en cierto sentido y medida, lo está.

Fotografiados por Sølve Sundsbø, los paisajes montañosos de Columbia Británica quedan tan alejados de nuestra experiencia cotidiana que transmiten una nítida sensación de irrealidad. Tan sorprendente conjunto de imágenes, de asumida heterogeneidad formal, no precisa de explicación ni pide comentario. Y sin embargo, la extrañeza de los puntos de mira suscita interrogantes sobre su fabricación. ¿Dónde y qué estamos viendo? ¿Qué artilugios dan razón de semejantes vistas?

La alta montaña se visita en breves incursiones. Es —condición que lo preserva puro— un ambiente adverso en el que el hombre no tiene cabida. Para acceder, un hombre necesita ser insertado en el paisaje por mediación de la técnica. Y ha de marcharse pronto, ya que de lo contrario no sobreviviría. El deus ex-machina que torna posible la inserción y la huida es un prodigio de la aeronáutica: el helicóptero.

¿Qué mueve a Sølve Sundsbø para querer estar ahí?

Su razón es a un tiempo ligera y de peso: la nieve.

Esquiar, en Noruega, forma parte del ethos nacional —la etimología misma de la palabra «esquí» tiene un origen noruego. También lo tienen las distintas declinaciones de la disciplina. Sølve Sundsbø nació en Drøbak, pueblo costero en la parte más angosta del Fiordo de Oslo. Ya a los quince meses de edad, Sølve sabía esquiar. Seguiría haciéndolo, competitivamente, hasta los doce o trece años.

Le pregunto, vía telefónica, qué lo llevó a Columbia Británica. Brevemente me relata una historia del añejo verano de 1984.

Tenía entonces catorce años. Consiguió trabajo, durante las vacaciones, en una tienda especializada en artículos de esquí —la más a la moda en todo Oslo. Sería su primera experiencia laboral. En una videocasetera —son los años 80— corría el film promocional de una compañía canadiense que proponía una aventura extrema llamada heli-esquí: un helicóptero deposita a un grupo de esquiadores en la cima de una imponente montaña y éstos se lanzan cuesta abajo por pendientes de ensueño...

La mirada imantada en la pantalla, Sølve asumió como suya la responsabilidad de apretar, en el segundo mismo en que la película concluía, el botón de rebobinado. Tras un exasperante momento de imágenes estriadas y algo de «nieve televisiva», la cinta volvía a desenrollar, en perpetuo presente, su espectacular lote de nevados peñascos de granito, esquiadores helitransportados, y el grácil y ondulante deslizarse, ladera abajo, sobre la nieve virgen.

El gerente no tardó en fruncir el ceño y ponerse estricto: «te pago para que atiendas a los clientes, no para mirar embobado un televisor».

Pero el germen de una pasión vital estaba sembrado. Sølve se prometió, para un vago futuro, ascender en helicóptero hasta aquellas cumbres heladas y bajar esquiando por sus indómitas laderas.

Dos décadas más tarde, ya con una fulgurante trayectoria a cuestas como fotógrafo de modas, aquel oneroso anhelo juvenil se tornó económicamente asequible. Hizo, con un amigo y cómplice de infancia, un primer viaje de heli-esquí a las montañas Columbia. La experiencia lo cautivó, al punto en que ha vuelto año con año durante las últimas trece temporadas.

Convertirse en un punto que, al centro de una espesa esfera de silencio, se desliza con agilidad felina sobre la nieve es su manera de estar con la naturaleza, de estar consigo mismo.

Un Bell 407 abandona en una cima nevada su carga de cuatro o cinco pasajeros, esquiadores todos altamente competentes. Los rotores generan un breve torbellino de nieve, la aeronave levita unos instantes y, a medida que se aleja en el cielo, devuelve la cumbre a su silencio. Los esquiadores se preparan. La nieve fresca —powder snow—, inmaculado objeto del deseo, parece extenderse al infinito.

La cuesta es vertiginosa, harto más pronunciada y abrupta que lo que la mirada —pues ésta sigue el mismo ángulo que la pendiente— parece sugerir. El guía se lanza ladera abajo. Marca, en una línea ininterrumpida, la sinuosa ruta. Uno a uno, los demás se lanzan detrás. Un descenso promedio tiene entre 700 y 1000 metros verticales, es decir, de desnivel entre el punto de partida y el de llegada. Se negocian a salto, sobre los esquís, auténticos despeñaderos. En su descenso cruzan la línea de los árboles, penetran entre abetos dispersos que progresivamente se vuelven bosques nutridos. La calma es absoluta, los sonidos casi no son sonidos, sino sensaciones: sangre que pulsa en las sienes, la propia respiración.

El repertorio alegórico del Zen propone aquella anécdota del discípulo que aspira a vivir en la plenitud del instante presente. Por más que medita, la absoluta alineación de los sentidos lo elude: termina siempre por divagar hacia otra cosa. Frustrado, se queja ante el maestro. El maestro Zen lo escucha y le pregunta: «Si de pronto, a través de aquella ventana, un tigre saltara dentro de la pieza ¿pensarías en la ropa por lavar?».

La alta montaña es posesiva: solicita atenciones extremas. Una línea de descenso fuera de pista exige a cuerpo y consciencia que se acoplen y alineen. El declive es el tigre en la habitación. Se ha de estar de lleno —y plenamente— en el presente; imposible abstraerse o entretener la mente en nada que no sea la abrupta cuesta nevada. Los accidentes del terreno dictan cada inminente reajuste de dirección, que un cálculo instintivo traduce en un delicado juego de tensiones. Los sentidos se aguzan. En la escarpadura, el esquiador se siente vivo, muy vivo. La nieve bajo los esquís permite la comunión perfecta de la musculatura, la conciencia y la pendiente.

La sensación física de esquiar en parajes semejantes —coinciden quienes practican la disciplina— remite al vuelo. Liberado de la inercia de su propio peso, el cuerpo no padece el arrastre de la gravedad: la acompaña a ras de nieve en un movimiento suave y aéreo. Sensaciones tan vívidas, me cuenta Sølve, hienden su huella en la psique: él suele, por la noche, seguir esquiando en sus sueños.

Durante nuestro diálogo telefónico Sølve se pronuncia de manera tajante: las suyas no son expediciones fotográficas; es esquiar lo que lo lleva a las cuestas nevadas de los Selkirk y las imágenes son un mero resultado adventicio de esa aventura vital.

Sorprendido por semejante declaración de principios, le pido me describa su manera de proceder. Responde con la precisión que caracteriza todo lo que acomete. 

Un paisaje (o un ensamblaje de formas, un juego de luz y sombra) interpela su mirada. La respuesta es intuitiva e inmediata. Se retira el guante y toma del bolsillo frontal izquierdo una pequeña cámara digital. Aísla, en el campo visual, un encuadre; en el flujo de la experiencia, un instante. Toma una instantánea —algo inusual dentro del género «fotografía de paisaje», cuya ortodoxia suele exigir dispositivos estorbosos y mucha paciencia... Devuelve el aparato al bolsillo. Un zipper o velcro lo ponen a resguardo al lado del corazón. Las cosas retoman su fluir y Sølve se saca de la mente la imagen que, ya codificada, la tarjeta de memoria consigna.

Por más escueta y simple que resulte, la secuencia de gestos que implica el acto fotográfico va en sentido contrario a la «plenitud en el presente» evocada líneas más arriba: quien mira a través de la lente marca distancias con el mundo, se sale del tiempo para detenerlo. El descenso en esquí, intenso y demandante, no da tregua para ello. Las imágenes recogidas provienen de alguno de sus polos, el de partida o el de arribo. Durante el descenso, no existe sino el tigre.

Ya en el valle, el grupo está otra vez reunido. El helicóptero se acerca, maniobra en vertical, despega una vez más en pos de una nueva cresta.

Cada pico, cada cuello de montaña, posee un singular y veleidoso microclima, lo cual torna la previsión meteorológica de lo más azarosa. En las cimas y valles eternos las fuerzas climáticas están en pugna constante y el entorno inmediato muda de apariencia con extrema celeridad. Se puede que el helicóptero vuele por límpidos cielos de intenso color cerúleo y la sucesión de peñas, picachos y glaciares se extienda hasta el serrado horizonte. Se puede que se vuele sobre un mar de nubes y que el piloto aproveche la repentina claraboya abierta por un rayo de sol —abajo, dulces y luminosos médanos de nieve.

Durante el puente aéreo entre un descenso y otro, Sølve saca la pequeña cámara digital y aprovecha para fotografiar, desde el aire, con la misma espontaneidad que sobre los esquís. La niebla esculpe la roca. La escarcha marca lateralmente, con dramatismo, las líneas de falla de un peñasco... El combo parabrisas de la cabina, en policarbonato termoformado, posee tres capas de filtros lumínicos. Estos polarizan la luz y minimizan la refracción. De paso, la colorean con caprichosos tintes, cosa que la aguzada sensibilidad cromática del fotógrafo no deja de aprovechar. Un «aeropaisaje» carece de primeros planos. Aun así, salvo en los casos evidentes, no es fácil intuir si el punto de mira está o no asentado en el terreno. Sin referentes, las escalas resultan arduas de estimar.  

En condiciones climáticas ideales, un grupo efectúa media docena de descensos al día. Por poner algunos nombres en la topografía, se trata de las montañas Purcell, las Cariboo, las Selkirk, las Monashee, las Bugaboo... —aunque tampoco es que, en el presente caso, importe mayormente: el área sobrevolada equivale burdamente a la de Suiza y ocurre que se descienda por barrancos sin nombre en los que no ha pasado nunca un ser humano.

Pronto, el viento se encarga de barrer las ondulantes, efímeras estelas en la nieve.

En el comedor de mi casa cuelga una fotografía de Sølve Sundsbø. Una hermosa modelo negra de cabellos al ras —toda ritmo, fuerza, elasticidad, gracia— posa en un corto vestido, amarillo yema, estampado con arcos de círculo. Se diría que el obturador la detuvo en una danza endiablada: su cabeza se ladea sobre el hombro izquierdo casi hasta la horizontal. Una luz diestramente colocada le dibuja las exquisitas facciones. Los esbeltos brazos parten del tronco en ángulo recto y las manos levantan, delicadas, los ribetes de una falda abierta. La lente admira a la joven en contrapicada con acusado y asimétrico dinamismo. Cortado a la rodilla por la esquina del encuadre, un poderoso muslo de ébano soporta la diagonal de la composición. El fondo, como el vestido, también es amarillo. Resulta evidente que se trata de una imagen minuciosamente labrada hasta su perfección. La fotografía —que está sin firmar, así que el prestigio del nombre no sesga nada— jamás deja de suscitar, por parte de las visitas, un comentario admirativo.

Fotos como la que describo, Sølve Sundsbø, osado y versátil artífice de la imagen de moda, las ha realizado por millares. En el estudio fotográfico, Sølve, como un pintor, comienza con un lienzo desnudo sobre el cual va, progresivamente, construyendo una imagen. Nada tan distinto, en tanto método de trabajo, del disparo instintivo, contingente, que capta peñascos en sucesión de planos, oscuras copas de abeto siluetadas por la bruma, nieve y más nieve en sus diversas alternativas y encarnaciones. Y, no obstante su diferencia, ambos registros comparten más de lo que a simple vista parece: en uno y otro Sundsbø se revela como un enamorado de la forma —lo cual hace de él, plenamente, un artista.

Con su libro British Columbia, Sundsbø nos propone su acercamiento formalista al paisaje. Se trata de captura de instantáneas, y de ninguna manera de una exploración movida por la voluntad programática de describir o documentar sistemáticamente un territorio. Las fotografías, de hecho, no retratan el paisaje sino una experiencia del mismotan subjetiva como fugitiva. En cada imagen, la naturaleza se pliega a una manera de mirar; se transmuta en forma.

El ojo de Sølve es refractario a la mayor tentación en aquellos parajes, la tentación de la banalidad: la tarjeta postal. Soslaya también, cabalmente, toda la mística de la adrenalina que suele dominar la imaginería de los deportes extremos, y deja fuera la vistosa parafernalia high-tech que envuelve a un esquiador. Ausente el elemento humano, no existe la anécdota. El trabajo nos acerca al combate intemporal entre fuerzas primordiales —agua, viento, sol— que sin cesar modelan el paisaje.        

Si, como hemos evocado, in situ el ojo responde y resuelve de manera intuitiva, la escritura fotográfica de British Columbia viene en un tiempo ulterior, pausado y consciente. Al volver sobre las imágenes para editarlas se ponderan decisiones formales dictadas siempre por la materia misma: optar por un encuadre más ceñido; virar al blanco y negro y resaltar así un juego de sombras; inclinar la línea de horizonte en aras de una composición más balanceada; revelar texturas sutiles trabajando el contraste; acusar aún más la dirección cromática con que el parabrisas tiñó la luz de la mañana...

Cada imagen es la formalización visual de una experiencia. Secuenciado y paginado, el conjunto muestra una interpretación, tan íntima y parcial como radical y vigorosa, de una remota zona del planeta. Armar el presente libro dotó de hecho a un archivo con un sentido de proyecto, dio el impulso organizativo para destilar, en una secuencia de 58 imágenes, la esencia de un corpus fotográfico acumulado a lo largo de una docena de viajes.

Quiero que quede claro, me dice Sølve hacia el final de nuestro diálogo, que no pretendo pasar ni por un montañista ni por un explorador polar. Lo que resulta incontestable es que Sølve Sundsbø es muchos fotógrafos, todos de excepción, y que sus  paisajes shot from the hip enriquecen todavía más la pasmosa amplitud de sus gamas.

British Columbia rescata, con los medios propios de la fotografía —y más particularmente del libro fotográfico—, el rescoldo subjetivo de una experiencia. Una experiencia trascendente de comunión con la naturaleza salvaje, una experiencia de libertad, ahora compartida.

___________________________

British Columbia de  Sølve Sundsbø está editado por las ediciones Louis Vuitton en la colección Fashion Eye.

Autor >

Alain-Paul Mallard

Escritor, coleccionista, fotógrafo, viajero, cineasta, dibujante, Alain-Paul Mallard (México, 1970) es autor de 'Evocación de Matthias Stimmberg', 'El don de errar' y 'Nahui versus Atl' y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte - FONCA, México. En su filmografía destacan las películas 'Evidences' y 'L'adoption'. Enseña la escritura y dirección del cine documental. Tras dieciocho años de vida parisina, radica hoy en Barcelona.

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí