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EL SALÓN ELÉCTRICO

Joker y la rebelión del millón de máscaras

El antifaz, la careta o el maquillaje ocultan y a la vez desvelan lo que no se muestra: un rostro sociópata o una rebelión contra lo establecido

Pilar Ruiz 20/11/2019

<p>Fotograma de la película <em>Joker</em> (2019).</p>

Fotograma de la película Joker (2019).

Todd Phillips

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La carcajada siniestra. La máscara pintada. La película del año, León de oro en Venecia. Hay que verla, dicen, tanto las gentes que no suelen ir al cine como los cinéfilos empedernidos. La fascinación por la máscara en la literatura y el cine no es nueva: Fantomas, el abuelo de los archivillanos enmascarados fue amado por las vanguardias surreales y El fantasma de la Ópera (1910) la novela gótica de Gastón Leroux tiene una decena de versiones desde los inicios del cine hasta nuestros días, como la interpretada por Lon Chaney (R. Julian, 1925) y su famosísima caracterización. 

La falsa identidad y la ocultación, el crimen y la delincuencia, el lado oscuro, la pesadilla del caos. Bajo la máscara siempre se esconde el distinto, el herido, el monstruo obligado a ocultarse de la sociedad. El cine de terror psicópata se apropia de esos monstruos: Halloween, Viernes 13, Leatherface, Scream, la máscara de Hannibal Lecter. El antifaz, la careta o el maquillaje ocultan y a la vez desvelan lo que no se muestra: un rostro sociópata o una rebelión contra lo establecido. Hasta el sexo orgiástico puede convertirse en otra forma de subversión en manos de las clases privilegiadas, como en la mascarada de Kubrick en Eyes wide shut (1999). La máscara también puede mostrar la impunidad del poder, como las caretas de los ex presidentes de Le llaman Bhodi (Katryn Bigelow, 1991) quizá las más siniestras de todas. 

La ambigüedad moral del murciélago enmascarado es la de Bruce Wayne, el millonario con un único súper poder: su inmensa fortuna. Los superhéroes más fuertes no necesitan ocultarse; un dios como Thor va a cara descubierta pero sí van enmascarados los contradictorios Watchmen de Alan Moore, padre de la máscara más famosa de todas por saltar de la Historia –las caretas del “traidor” católico Guy Fawkes y su conspiración de la pólvora (1605)– al cómic y de ahí a la realidad para convertirse en el símbolo de Anonymous, el colectivo hacker-libertario: “Somos anónimos, somos legión, no perdonamos, no olvidamos, espéranos”.

Alan Moore considera que la versión cinematográfica de V de Vendetta (McTiegue, 2006) traiciona el aliento antifascista y anarco de su novela gráfica; aún así, la película escrita por las hermanas Wachowski cuenta una extraordinaria –inusual en el cine industrial– fábula ideológica sobre la justicia, la conciencia y el terrorismo, abriéndose paso entre las películas herederas del arte del cómic como excepcional cine político. La poesía de Moore puede con todo.

 

Han pasado muchas cosas en la década que las separa: si V de Vendetta es la máscara que ordena el caos, la máscara de Joker (Todd Philips, 2019) provoca el caos. Para Marjorie Eljach (Barranquilla, 1971) autora junto a Alberto Ávila Salazar del ensayo Batman y Joker. Duelo en Gotham

El Joker es anárquico, disparatado, un enfermo mental que hasta cierto punto pone de manifiesto la locura en la que habitamos y que nos habita tanto a nivel político y social, como en lo cotidiano; la máscara en él no es atrezzo, está integrada con el personaje. Sería atrevido decir que todos somos el Joker, pero podemos llegar a serlo, después de todo solo hace falta el mecanismo gatillador. La vigencia del Joker es la vigencia de la máscara y de la transgresión; si bien las acciones del personaje son violentas y sin sentido aparente, sí que lo tienen en tanto el marginal se observa, se asume como tal y se rebela frente al sistema. La función de este personaje, el bufón, más allá de ‘entretener al rey’ es decir la verdad, de ahí que siempre esté en el lugar del transgresor.” 

Corrosivo descenso a los infiernos de la miseria occidental convertido en éxito a pesar de su estética molesta e hiperrealista dentro del viejo subgénero “crítica al sueño americano” en el que se inscriben desde Las uvas de la ira (Ford, 1939) a Taxi Driver (Scorsese, 1976); de Entre pillos anda el juego (Landis, 1986) a Network (Lumet, 1976), aunque este Joker le deba todo a El rey de la comedia (1982), la incomprendida película del neoyorquino Scorsese. Gotham City será siempre la Nueva York de los 80, como bien describe David Bernabé en el diario Público, cuando hacía estragos el crack, unas de las drogas psicológicamente más adictivas que existen, cocinada con el otro crack: el impago de la deuda, los recortes, el estado del malestar y por qué no, la identificación de los Wayne con el clan Trump.

Rebelados ante esta realidad, resulta difícil no sentir simpatía hacia los villanos de Batman, más en las versiones de Tim Burton con su cariño por los monstruos porque todos ellos tienen sus razones para ser lo que son, muchas más que el pijo Wayne con sus delirios paramilitares. Este Joker muestra un minucioso retrato de personaje desquiciado –Phoenix adelgazó brutalmente, requisito para que te den el Oscar, aunque el hombro dislocado es suyo– recibido por la audiencia entre la compasión hipócrita y el guiño cómplice, no como el villano enmascarado Bane, un comunistoide que impone tribunales populares al estilo soviético, en el giro menos ambiguo y más reaccionario de la trilogía de Cristopher Nolan. “Véngame de una forma estrafalaria y poco práctica” dice agonizando Homer Simpson-Wayne padre a su hijo en el episodio paródico Bartman Begins. 

 

Phillips, director de la trilogía Resacón en las Vegas y guionista de Borat (2006), cree que ya no son tiempos para la comedia destroyer

“Es duro discutir con 30 millones de personas en Twitter. No puedes hacerlo, ¿vale? Así que simplemente lo dejas. Lo que tienen en común mis comedias –y pienso que todas las comedias– son la irreverencia. Así que he pensado: ‘¿Cómo hago algo irreverente, pero que le den a la comedia? Ya sé: voy a coger el universo del cine superheroico y ponerlo cabeza abajo. De ahí viene todo esto”.

Pero Alan Moore ya dio la vuelta a ese universo, así que el origen de este Joker sería un cabreo incorrectudo más de los muchos que pululan furiosos por prensa y redes sociales (la culpa es del feminismo y los progres, blablablabla) compartido por la Warner, productora de la incorrección política. ¿Una major haciendo películas subversivas? Seguro que Jack Warner, el caza-rojos de Hollywood durante el macartismo, se removería en su tumba al saberlo, pero de alegría: la cifra de recaudación pasa ya de los 700 millones de dólares. Por cierto: Warner y DC Comics forman parte del mismo gigante empresarial desde 1969.

"Los héroes de los cómics están para hacer negocios... son películas hechas por fascistas.” John McTiernan 

“Superhéroes... sólo la palabra héroe me molesta.” Alejandro González Iñárritu

“Creo que la gente que está diciendo que El Caballero Oscuro: la leyenda renace es, ya sabes, el arte supremo del cine, no creo que sepan de qué cojones están hablando.” David Cronenberg

“Batman, Superman, Iron Man, Vengadores... todo ese tipo de cosas que no me interesa ver en absoluto.” William Friedkin

“Me preocupa ver cómo estas películas se hacen más y más populares, tengo miedo de que esto haga que las audiencias juveniles se pierdan a la hora de descubrir otro tipo de cine.” John Woo

“Son como hamburguesas.” Ken Loach

“Eso no es cine de seres humanos intentando expresar experiencias emocionales y físicas a otro ser humano.” Martin Scorsese

“Martin fue amable cuando dijo que no es cine. No dijo que fuese despreciable, lo cual yo digo que es.” Francis F. Coppola

Joker siempre fue máscara de crisis política y social desde que saliera de la imaginación de Bill Finger (hijo de un sastre judío arruinado por el crack del 29) y Bob Kane, creadores de Batman: “Se parece a Conrad Veidt... ya sabes, el actor de El hombre que ríe”. Incluso antes: la película de 1928 está basada en la novela de Victor Hugo, escrita durante su exilio tras el golpe de estado de 1851 en Francia.

Conrad Veidt, primer Joker. 

Estrella mundial, el antinazi Veidt tuvo que huir de Alemania junto a su esposa judía en 1933 porque la Gestapo planeaba asesinarle. La Historia terrorífica del siglo XX llega al XXI disfrazada de broma disparatada; EE.UU. prohíbe acudir al cine disfrazado de Joker –en la matanza de Aurora del 2012, un hombre disfrazado disparó durante una proyección de El caballero oscuro matando a 12 personas e hiriendo a otras 59– y en medio mundo se enciende la mecha de la protesta de toda índole: Ecuador, Bolivia, Hong Kong, Irak, Irán, Cataluña. Y Chile: el país del triunfo capitalista de la Escuela de Chicago+Pinochet se echa a la calle con su “marcha del millón de máscaras”. 

“Creí que mi vida era una tragedia cuando en realidad era una comedia”, dice el Joker. Carentes por completo de sentido del humor, embozados agentes del caos responden enfrentándose a las fuerzas del orden; descontextualizados, sin matices, convertidos en “disturbios” o “protestas”, “turba”, hordas idiotas e incendiarias, imágenes destinadas a inducir terror a través de los medios de comunicación de masas que tanto aman el caos: esto es el negocio del espectáculo, amigo. En una futura secuela súper heroica el fantasma totalitario, verdadero enmascarado, impondrá el orden pateando los restos de aquello que una vez se llamó democracia, convertida en caos. Próximamente en sus pantallas: no se la pierdan.

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Autora >

Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y después escribió tres novelas: "El Corazón del caimán", "La danza de la serpiente" (Ediciones B) y "El jardín de los espejos". (Roca, 2020).

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  1. umbium

    Quizás la máscara más brutalmente vigente y realista a día de hoy son las máscaras de Mr. Robot. La máscara del burgués que representa el grupo de hackers fSociety que quieren resetear la economía y crear con ello una revolución para salvar al mundo de las élites, asi como la máscara del Ejercito oscuro, ese demonio rojo que representa los intereses disruptores en beneficio de las oligarquías. Y por último la máscara de carne y hueso que todos llevamos encima, ocultando nuestros vicios, nuestros miedos y nuestros más profundos traumas. Mr. Robot es el relato de como la tan ansiada "revolución" no es más que una herramienta de las élites para crear un escenario beneficioso para ellos, a no ser que sea una revolución que nazca de las necesidades reales del pueblo, de la mayoría, la masa que puede ir contra los planes de las élites que pretenden controlarlas con caos sistemático para que sus movimientos les generen más riqueza. Es el relato de como la sociedad aliena nuestra intimidad, y como el hombre es un lobo para el hombre. Como el revolucionario no entiende que está montando un show para que otros se enriquezcan a su costa y el activista no entiende que su desorden social unilateral es solo una herramienta para mover la ruleta de la fortuna a ver si los magnates obtienen más beneficios este año. La verdadera revolución, es la de la gente que, sin importar su procedencia, orientación sexual o clase social se unen para subsanar un problema, una injusticia que todos ven. Es una revolución en la que las máscaras representan todo aquello de lo que nos debemos liberar para poder luchar en dirección a una sociedad mejor.

    Hace 2 años

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