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Javier Melero / Abogado

“El procés no tiene el héroe de la retirada. Y el Estado no tiene el de la reconciliación”

Guillem Martínez Barcelona , 3/12/2019

<p>Javier Melero, abogado de Joaquim Forn.</p>

Javier Melero, abogado de Joaquim Forn.

Manolo Finish

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Javier Melero (Barcelona, 1958) acaba de publicar El encargo (Ariel), sobre el encarguito profesional consistente en la defensa de diversos líderes procesistas en el juicio al Procés, entre ellos Joaquim Forn, conseller d'Interior durante los idus de octubre. Se trata de un libro con amplia ambición estilística, divertido de leer, en el que el autor da claves de la defensa practicada y, a través de ella, de su contacto con la clase política catalana y con la justicia sometida al estrés de meterse en política. El resultado es una pieza más del puzzle catalán. Una pieza, no obstante, importante, con gran personalidad, visión propia y de calidad, y con asociaciones y citas nada gratuitas. Melero, en este juicio, ha sido una de las escasas personas que no ha observado las defensas y las acusaciones como un imperativo de dos gobiernos, sino que ha ido a su bola. Con golpes de izquierda, rápidos y ocurrentes, al procesismo y al Estado, propios de personas libres, muy exóticas en este tiempo y tema. Quedar con Melero siempre es un festival.

¿Cuál es el límite profesional de escribir un libro sobre clientes?

El secreto profesional.

¿Le ha costado mucho esfuerzo escribir un libro de clientes sin violentar ese secreto?

No, no. Yo le dije a mi editor que creía mucho en el libro; estoy limitado por el secreto y, luego, por lo que ha visto todo el mundo y que es ocioso y un auténtico latazo repetir. Yo quería hablar de mis impresiones, de cosas más o menos públicas, de cómo las he visto yo y de las conversaciones con muchas personas a las que les he dado a leer el original antes de publicarlo, para ver si tenían algún inconveniente. Sobre todo a Forn…

En su libro hay algunas cosas que me despistan, en el buen sentido de la palabra. Ha publicado un libro con un fuerte contenido estilístico, con lo cual hay cosas que no sé si son recursos u otra cosa. Si hubiera sido un libro seco, profesional, no habría tenido esta duda. Pone muchas citas, algunas muy importantes, sobre marcos de los años 30: fascismos del este, nacionalistas... ¿Eso es un mensaje en una botella al lector?

Porque fue la gran época del debate nacionalista.

Sí, pero las deja caer a colación de nada… ¿Es la descripción de un clima? ¿Es una meditación sobre algo concreto y que alude al caso?

Bueno, es que, realmente, en un debate tan antiguo como el nacionalista ahora, a la luz de los hechos del procés, hay muchas cosas que me lo recuerdan. Por ejemplo, si viajo a Transilvania, como describo en el libro, y me encuentro con la sombra de los viejos nacionalistas transilvanos, no puedo evitar asociaciones que quizás antes no hubiera hecho, y que ahora me vienen a la cabeza.

¿Son contemporáneas estas asociaciones?

No es que sean contemporáneas. No tiene nada que ver lo que está pasando en Catalunya con lo que pasó en la Rumanía fascista, ni mucho menos. Pero la pasión nacional es extraña. Como la pasión nacional de determinados líderes que, posiblemente, en ningún momento de la historia hubieran tenido la menor trascendencia, si bien el impacto de ese clima nacional los proyecta y les da la dimensión que finalmente tienen.

A lo largo del libro aparece estadísticamente mucho Fernando VI, rey demente, al que el opio, como usted dice, no ayudó mucho…

Le dio tranquilidad a su familia.

Y aparece también mucho otro rey inquietante, que no llegó a la demencia, pero sí a otra variante del mal rollo, que es Alfonso XIII. Son los dos reyes que más cita. Imagino que no es casualidad que Fernando VI tenga una estatua y esté enterrado cerca del TS. 

Es la iconografía. Porque la belleza y la solemnidad de la plaza de la Villa de París, en la que están la Audiencia Nacional y el Supremo, me había llevado a pensar alguna vez que la estatua del rey era de un Austria importante. Durante un tiempo estaba convencido de que era Felipe IV. Hasta que caí en que era Fernando VI. Y enseguida pensé –ya hace mucho tiempo– que Fernando VI era un rey muy apropiado para estar cerca de la Audiencia Nacional –entonces no pensaba en el Tribunal Supremo–, porque la Audiencia Nacional es el lugar por donde han pasado los procedimientos y las impugnaciones más características de las últimas décadas. Me imaginaba a mucha gente allí, mirando a Fernando VI, que estaba al final como una cabra, y que necesitaba el opio…

La mirarían en plan ‘dame algo, tronco’...

Y claro, como está enterrado cerca, cerca, por cierto, de O’Donnell, uno de los espadones célebres, daba mucho juego. Y Alfonso XIII es que estaba la foto en la sala donde estaban los presos. Bueno la foto, el cuadro. Un cuadro espantoso. Y también tenía algo que ver con el escudo de la Sala del Supremo, de Mariano Benlliure, pues precisamente fue la República quien sacó la iconografía de Alfonso XIII. Eran borbones muy desgraciados en sus representaciones artísticas. Ninguno de ellos tenía a Goya. Así llego hasta Felipe VI y el cuadro de Hernán Cortés Moreno…

Que a usted le gusta mucho…

Que me ocasiona un gran solaz.

Hay una imagen al inicio del libro, muy buena, que es la conferencia que usted pronuncia, en septiembre de 2017, a los revolucionarios procesistas del PDeCAT para informarles de las multas a las que se exponen y que, menos de las multas, se ríen del resto de posibles delitos a los que se exponen, que perciben con incredulidad. Es una imagen contundente de lo que ha sido todo. 

Fue así. Me impresionó extraordinariamente aquella reunión.

Y viene a decir que allí hay más idealistas que aprovechados. Y más o menos viene a decir que eso es peor.

Por supuesto. Son muchísimo mejor los aprovechados que los idealistas. Los idealistas siempre han sido mucho más peligrosos.

Y habla de una radicalización de lo moderado. Y para describir ese fenómeno utiliza una imagen sobre el Ejército Rojo de Stalin en la II Guerra Mundial, un ejército al que le resultaba más mortal retroceder que avanzar. ¿Es eso lo que pasó?

Creo que sí. Nadie sabrá de verdad qué es lo que pasó exactamente en cada momento. Esto era multifocal y era muy disperso. Y todo el mundo hablaba y hacía cosas, cada cual por su lado. Muchas veces como el ejército de Pancho Villa. Pero creo que, en gran parte y en muchos momentos capitales, ocurrió exactamente eso. Yo hablaba con algunos de sus protagonistas y me manifestaban su temor y la búsqueda de una solución y luego, pero inmediatamente después, les veía comparecer en público, más galvanizados y más alterados, diciendo lo contrario.

¿Alguien en privado le confesó –a mí no me pasó y por eso se lo pregunto– una absoluta seguridad en el proyecto y sus pasos?

No. Nunca. En los últimos tiempos ya lo que se me decía es que el Estado, para evitar el bochorno internacional, buscaría alguna vía de diálogo, la que fuera, para dar algún tipo de solución a aquello.

Y usted puso su cara de póker, ¿no?

Bueno, mi cara de póker era tan conocida, me la habían visto tantas veces, que no creo que tuviera ningún efecto.

¿No escuchaban?

Sí, sí, escuchaban. Pero luego se iban. 

Usted ha trabajado como abogado casi 20 años para la antigua CIU. ¿En esos 20 años vio venir el cambio en algún momento? ¿Alguna vez pensó que se produciría un cambio cultural tan absoluto? De un partido de orden, moderado, incluso en ocasiones más allá de lo conservador, que no admitió la homosexualidad en sus filas hasta que se jubiló Pujol, por ejemplo...

No, nunca tuve ningún indicio. Siempre tienes al concejal de pueblo que parece un carlista decimonónico, de esos de “pit i collons” [“pelo en pecho”, “echao palante”] “i mort al Borbó” y tal. Personajes anecdóticos, como corriente política, e imposibles como línea general. Luego, todos cuentan que esto es la consecuencia de una decepción que se concreta a partir de la sentencia del Estatut. Yo tengo la seguridad de que eso no es cierto. La sentencia del Estatut le importaba tres pepinos a todo el mundo. Todo el mundo deslegitimaba a Maragall, ERC no quería ni votarlo, al final votó menos de la mitad del censo. Pero sí es verdad que aquella demora extraordinaria del TC en dar su sentencia sobre el Estatut, y aquellos dimes y diretes, tan propios de nuestro país, generaron el clima apropiado para que alguien viviera como un agravio lo que pasó. Luego está el PP, recogiendo firmas contra una Ley que ha sido sancionada por el Congreso, con todos los trámites… En fin, la conjura de los necios tiene bastante que ver aquí.

En un momento dado alude a Pujol, que es un conocido suyo, y utiliza el concepto “el héroe de la retirada”, la persona que debía haber llamado a parar, que tenía que haber sido él, pero que para entonces ya no existía como líder político.

Sí. Creo que faltan dos ejes. Los independentistas no tienen héroe de la retirada, alguien que repliegue las filas…

Un general Lee...

Efectivamente. No lo tienen. Lo buscan, ¿eh? A veces parece que lo busquen, pero no lo tienen. Y el Estado español, el españolismo, el constitucionalismo, o lo que usted quiera, no tiene el héroe de la reconciliación. Alguien que esté dispuesto a perdonarlos aunque ellos no quieran. Alguien que esté dispuesto a intentar solventar, ni que sea parcialmente, el conflicto, en cualquier aspecto, aunque sea anecdótico. No lo tienen. Y también lo buscan, me consta. He hablado con alguno de los supuestos líderes del constitucionalismo y también lo buscan. Pero estamos en un momento de esos tan estúpidos y frecuentes en la historia de nuestro país, en los que mantener determinada concepción del honor, de la honra, y cosas de esas así en mayúsculas, parece mucho más importante que buscar soluciones.

A lo largo del libro no valora mucho la justicia española, sino que la va retratando en grises. En algún momento habla del juicio a Mas por desobediencia, que es cuando yo le vi actuar por primera vez, y reproduce un diálogo entre ustedes en el que, me parece interpretar, hablan de cierta parcialidad o abuso judicial. ¿Lo mantiene, lo ha visto, lo ha observado, o es solo su oficio, esa cosa en la que a veces las cosas salen peor que en otras?

Bueno, es que tenemos la prueba, no es que yo lo diga. El fiscal general del Estado, el difunto señor Maza, el 21 de octubre de 2017 dice que, si no se vota la declaración de independencia, no interpone la querella. No soy yo. Es él el que establece una relación causa efecto directa entre la política y el delito. Porque el delito es el delito, sin ninguna consideración política, y el fiscal no puede hacer nada más que perseguirlo en caso de que crea que se ha cometido. Bueno, pues ese 21 de octubre el fiscal considera que puede interponer una condición política al ejercicio de la función acusadora del Estado. Y allí, claro, todo chirría.

Su primera defensa en caliente del ‘Caso Procés’ fue para evitar la preventiva de Ramona Barrufet....

Fue con Ramona Barrufet, Lluís Corominas y Lluís Guinó, miembros de la Mesa del Parlament.

Pero en el libro simplifica la situación en la persona de Ramona Barrufet.

Sí, porque es magnífica.

Y el éxito defensivo en reconocer la Constitución –de la que no se alejaron mucho ni definitivamente en ningún momento– y el 155 –al que respetaron y no se opusieron ni un instante–. ¿Por qué no se siguió en el tiempo con ese filón?

Se siguió hasta que fue demasiado tarde. Funcionó primero con Llarena, y cuando vinieron al TS los de la AN, en la primera tanda, en la  de diciembre de 2017. Cuando Llarena decreta las libertades en el TS, también funcionó. Lo que pasa es que luego vino la campaña electoral, el discurso se envenenó nuevamente, se volvieron a cruzar declaraciones envenenadas de todo signo, y Llarena concibió la teoría de que la rebelión seguía en marcha, de que no se había consumado el día 27 y terminado con la aplicación del 155,  sino que se estaban alimentando las hogueras y que aquello continuaba igual. Hay que pensar en la instrucción de Llarena. Llarena daba una importancia extraordinaria a un comunicado que pudieran haber hecho los CDR en la Plaça Sant Jaume. Un acto que ahora, visto lo que hemos visto en las últimas semanas, parece más trivial que la biografía de Bamby y, en cambio, Llarena lo valoraba como un indicio de que aquello seguía, de que el peligro seguía allí.  Claro, no ayudaban las declaraciones. La gente que subestima el poder de la palabra… Declaraciones, titulares, tuits… Llarena daba una importancia extraordinaria a todo eso. Estaba pendiente de las redes sociales y de lo que decía cualquier ignoto ciudadano en cualquier rincón de la península. Aquello que antes la gente contaba con un carajillo en la barra de un bar y que ahora se cuelga en las redes, para él era importante.

Hay indicios en su libro, y es mi lectura, pero quizás es una lectura contaminada por mi impresión, de que las primeras defensas, algunos de los abogados contratados al principio, fueron una catástrofe. ¿Es cierto eso?

Yo creo que no. Y si fuera cierto no se lo reconocería a usted nunca.

Describe un Marchena poco sensual, sin una relación especial con la carnalidad del comer…

Lo vi rígido, esculpido. Igual es un gran gourmet, pero me dio la impresión de ser un hombre austero en el cenobio. Lo veía pasear a la hora de la comida –desde el claustro del TS se veían sus dependencias en la planta superior–, y me resultaba perfectamente creíble que se hubiera comido el menú del día de los presos y no le hubiera dado más importancia. Que seguramente es lo que hacía. Me pareció perfectamente adecuado a la idiosincrasia del personaje.

Hace un retrato de la Fiscalía bastante malote, diría. Tengo la impresión de que usted ama el Derecho, y lo vi en tiempo real en el juicio, por lo que deduzco que se distancia mucho de las actuaciones de la Fiscalía por ese mismo motivo. A razón del estilo, poco estiloso.

Sobre todo me pasaba con Javier Zaragoza. Es un fiscal que parece que se presente a las elecciones como los fiscales americanos. Y le gusta ensayar formas, un tanto vistosas y teatrales, para articular su posición. A mí me hacía mucha gracia, sobre todo, cuando Zaragoza creía que estaba en vena y que estaba triunfando, cómo buscaba la mirada de Marchena. Bajaba las gafas sobre el puente de la nariz y buscaba la mirada de Marchena. Y Marchena, yo creo que aposta, desviaba la mirada todo lo posible para nunca coincidir con los ojos de Zaragoza.

La sensación de aquel juicio es que casi todo el mundo se presentaba a elecciones. Marchena, la Fiscalía, los acusados, algunos abogados, incluso los abogados de la acusación que, en efecto, se presentaron.

Sí, sí, algunos abogados. Pero Zaragoza era un hombre vistoso. Yo creo que sobreactuaba. Y luego Fidel Cadena, al que yo veo como bizantino, con aquella blancura nívea sobre la toga, y aquellos ademanes.

¿Creía la Fiscalía en los cargos, o se metió en el personaje de obispo bizantino?

Esto es como la canción de Brassens: haga usted como si creyera y acabará creyendo. Yo creo que les pasó esto. Creyeran o no creyeran, acabaron creyendo.

Y siguen creyendo. En modo titadine. Y, con ellos, parte de la prensa española.

Y siguen creyendo. Porque, aquí, en nuestro país, es verdad que la elegancia en la rectificación es un grado de etiqueta poco ensayado. Decir “nuestra posición era equivocada y la sentencia nos ha hecho ver la luz” no es frecuente. Como no es frecuente oír decir a la Fiscalía que la Fiscalía, cuando se hace justicia, gana, sea cual sea el resultado. Cuando se absuelve a una persona inocente, la Fiscalía ha ganado porque defiende la legalidad. Una manera elegante de volver a los cuarteles de invierno. Esto aquí no se practica. 

Me ha sorprendido que usted afirme que la prensa era muy importante para el tribunal, que cada día tenía un dossier con todo lo que había aparecido sobre el tema. ¿La prensa fue tan importante? ¿Mediatizó algo? ¿Mucho?

No sé si llegó a mediatizar pero explico una anécdota completamente cierta, que no es sobre prensa, sino sobre un tweet de alguien, del que Marchena estaba informado. También sucedió que salió una noticia publicada en un sitio muy raro que hablaba de que el gimnasio al que yo iba era un sitio muy exclusivo de Barcelona que tenía una cuota muy cara, y otro de los magistrados me lo comentó el mismo día. O sea que los magistrados tenían monitorizado todo lo que salía en medios.

¿Y afecta eso al juicio?

Usted es un gato pardo en ese sentido.

Reformulo: ¿a usted le afecta eso?

Puede molestarme o incomodarme, pero no puede orientar mi actuación. 

En general la prensa afecta, diría. Una prensa que en una parte clamaba golpe de estado y en otra pedía revolución de soviets pero sin socializar nada...

Y condecoraciones y la Gran Orden de Lenin… La prensa afecta. Sobre todo a la gente que no está acostumbrada a los medios, que de repente empieza a aparecer y se vuelve obsesiva. Yo lo he vivido con algún cliente mío, que está todo el día colgado buscando a ver qué más se ha dicho. “Mira, hay un señor en Badajoz que ha dicho que soy imbécil”. Y realmente está muy condicionado. Pero, bueno,  hay que suponer que a determinado nivel, y determinada gente, está más acorazada ante este tipo de injerencias. 

¿Cuál es su balance espiritual y vital de este juicio? ¿Ha sido un jalón en su carrera? ¿Se ha maravillado? ¿Ha visto estrellas? ¿La ley es así?

La ley es así, como lo es cualquier creación humana, tan alejada siempre de la perfección. Me preguntan si el sistema judicial español es homologable al de las democracias europeas de nuestro entorno. Por supuesto, naturalmente. He visto sentencias terribles de tribunales franceses, alemanes, de esas que acaban en Estrasburgo donde también se dictan, a su vez, sentencias que son terribles. Es decir, errores, disfunciones, mediatizaciones… Sí, en la Justicia española suceden, pero tanto como en la Justicia de nuestros alrededores. No creo que sea especialmente mala. De hecho, objetivamente no lo es. En términos relativos y absolutos es uno de los países menos condenados por Estrasburgo.

¿Hemos tocado fondo o seguiremos haciendo juicios de estos cada equis años?

Nunca nadie toca fondo. En el Imperio austrohúngaro la monarquía dual intentó ser una solución al problema de la desafección húngara. Y se llegó muy lejos. Se hicieron concesiones, se introdujo el húngaro como lengua oficial en el ejército –fue un desastre porque no se entendían y, entonces, perdieron todavía más en los conflictos en los que estaban– pero eso generó un gravísimo problema con los checos, y con los alemanes de los sudetes que no podían ver a los checos. No hay punto de retorno. Todo va avanzando y vete tú a saber dónde llegará.

¿Se atreve a presuponer dónde llegará?

Yo creo que alguien verá que la única solución es ir resolviendo pequeños conflictos asociados al gran drama catalán. Y que lleguemos a la conclusión de que el gran drama catalán no tiene solución. Bien, de acuerdo, y, entonces, podemos decir “vamos a arreglar el de los presos, vamos a arreglar el de las competencias estatutarias legales, aprobadas por todo el mundo y que han pasado todos los filtros constitucionales y que no se han transferido satisfactoriamente, vamos a arreglar todas esas cosas”. A lo mejor continúa la desafección y todo el mundo sigue odiándose. Pero a lo mejor no. Y como tampoco tienen nada mejor que hacer, yo les sugeriría que se ocuparan de esto.

La última: me ha sorprendido que en su libro califique a uno de los periodistas más sexis de España como tipo con aspecto de “político iraní”. ¿Es, sin duda, por su afición al caviar no pasteurizado?

Es por lo del caviar. Y, luego, por esa estética tan reveladora que sigue las recomendaciones del profeta Alí, del yerno de Mahoma, con respecto a no llevar barba de menos de 4 ó 5 días. Costumbre, por otro lado, como usted sabrá también, practicada entusiásticamente  por el conseller Jordi Baiget. 

Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección.

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