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Cruzada antiinmigrantes

Blanqueando el nacionalismo blanco

El Centro de Estudios Migratorios se presenta como una institución científica, pero su misión es legitimar las políticas racistas de la Administración estadounidense. Sus miembros están muy presentes en los medios, incluidos los progresistas

Brendan O’Connor (The Baffler) 24/02/2020

<p>Solicitantes de ayuda de emergencia durante una inundación, todos negros, haciendo cola junto a un cartel del American way.</p>

Solicitantes de ayuda de emergencia durante una inundación, todos negros, haciendo cola junto a un cartel del American way.

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Hace unos tres meses, cuando comenzaron en el Congreso las audiencias del proceso de destitución contra Trump y saltó la noticia de la cifra récord de 69.550 niños inmigrantes bajo custodia federal durante el año fiscal 2019 [1 de octubre a 30 de septiembre], la Casa Blanca publicó dos propuestas de regulación relacionadas con los solicitantes de asilo en el Registro Federal. Si se aprobaban, según afirmaba el boletín de noticias sobre inmigración Border/Lines, no solo supondrían graves restricciones sobre cómo y cuándo los demandantes de asilo podrían trabajar mientras se procesan sus solicitudes, sino que también añadirían nuevas tasas para las solicitudes de asilo que tuvieran éxito y subirían el precio de las solicitudes para destinarlo a diferentes programas sociales.

Los que apoyan el régimen migratorio de Trump aplaudieron las normas propuestas. En un artículo titulado Por qué cobrar una comisión por el asilo no es algo malo, Dan Cadman explicaba que era justo y estaba bien que los solicitantes de asilo estén obligados a pagar dinero para que sus casos sean tenidos en cuenta “por la muy válida razón de que están inundando nuestras fronteras y nuestro organizado sistema de procesamiento de la inmigración”. Cadman, un veterano desde hace 29 años del Servicio de Inmigración y Naturalización, reconvertido en Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), es ahora investigador del Centro de Estudios Migratorios (CIS, por sus siglas en inglés), el laboratorio de ideas ubicado en Washington D.C. cuyo eslogan es “poca inmigración, pro inmigrante”. Aunque hace tiempo que tienen una presencia constante en el canal Fox News, desde que Donald Trump tomó posesión de su cargo, se cita cada vez con mayor frecuencia a los investigadores y empleados del CIS en los medios liberales dominantes, porque ofrecen justificaciones pseudoempíricas, que suenan a científicas, del último giro antinmigratorio del Gobierno. Como cabía esperar, un análisis realizado por investigadores de la organización Define American y el Centro MIT de Medios Cívicos acerca de la cobertura que realizaron entre 2014 y 2018 el Washington Post, el New York Times, el Los Angeles Times y USA Today sobre inmigración concluyó que “más de un 90% de las veces que se mencionó al CIS, se hizo sin contextualizar la naturaleza del grupo o sus vínculos con el Gobierno de Trump”. Por supuesto, su naturaleza es ser un influyente (y bien financiado) nodo dentro de una red nacional nativista de laboratorios de ideas y organizaciones sin ánimo de lucro.

El CIS no solo está ganando espacio en las páginas de los principales periódicos. Durante las elecciones de 2016, la campaña de Trump se reunió en repetidas ocasiones con el CIS y les mencionó en, al menos, un mitin, en anuncios de campaña y en su, ahora eliminado, programa migratorio. Jon Feere, un antiguo analista jurídico del CIS que trabajó en la campaña de Trump, es ahora asesor sénior del ICE; y Ronald Mortensen, investigador del CIS, ha sido elegido para dirigir la oficina del Departamento de Estado que supervisa la ayuda a los refugiados y los apátridas. El Senado no aceptó el nombramiento de Mortensen en la última sesión del Congreso en 2018, así que el Gobierno tuvo que proponerlo de nuevo a principios del año pasado. Además, el laboratorio de ideas cuenta con un poderoso aliado en el Ala Oeste de la Casa Blanca, como confirmó el pasado noviembre el Southern Poverty Law Center (SPLC) en el segundo de una serie de artículos de investigación sobre los emails que escribió Stephen Miller (asesor sénior de políticas de la Casa Blanca) a un antiguo redactor de Breitbart News [portal de noticias de ideología ultraderechista]. Como se puede apreciar en los correos, Miller no solo domina el discurso del nacionalismo blanco y deja caer referencias ocasionales a El desembarco [novela apocalíptica de 1973 en la que una inmigración masiva a Francia y Occidente destruye la civilización occidental] y enlaces hacia las páginas web antiinmigración VDARE.com y American Renaissance, sino que a menudo utiliza las investigaciones pseudocientíficas del CIS para apuntalar sus proclamas ideológicas.

Se cita cada vez con mayor frecuencia a los investigadores del CIS en los medios liberales dominantes, porque ofrecen justificaciones pseudoempíricas, que suenan a científicas, del último giro antinmigratorio del Gobierno

Cuando se mandaron los correos, Miller trabajaba para el senador republicano Jeff Sessions. En los emails se ve cómo Miller presionó a Breitbart para que diera cobertura a varios ‘estudios’ del CIS y para que impulsara la obra de algunos autores del CIS. Entre ellos se encontraba Jason Richwine, un restriccionista migratorio expulsado de la Heritage Foundation en 2013 después de que se descubriera que su tesis argumentaba que las personas latinas tenían un coeficiente intelectual más bajo que las personas blancas. Desde entonces, el CIS ha considerado acertado publicar docenas de informes y artículos de Richwine, que sigue siendo articulista en la National Review. El tutor de la tesis de Richwine, George Borjas, es un antiguo miembro de la junta directiva del CIS. Miller, como se puede comprobar en los correos, es un gran fan de ambos; cita sus investigaciones para influir en la manera en la que la publicación financiada por Robert Mercer debía escribir sobre inmigrantes e inmigración. Así sus peticiones al editor de Breitbart están salpicadas de halagos tácticos: “Las élites no pueden permitir que la gente se dé cuenta de que su condición no es el resultado de unos acontecimientos que escapan a su control, sino el resultado de políticas que les han impuesto”, escribe Miller. “Quieren que la gente se sienta indefensa, que se retire a sus refugios y desconecte. Nuestro trabajo es enseñarle a la gente que todavía puede controlar su destino. El conocimiento es el primer paso”. Más tarde ese mismo día, añade: “Por cierto, Bannon ha vuelto a elogiar tu trabajo sobre esto delante de mí”.

El hallazgo de estos correos supone un problema para el Centro de Estudios Migratorios, que ha demandado al SPLC por señalarles como un “grupo de odio”. En su defensa, alegan que se trata de un intento de destruirlos económicamente (la demanda fue desestimada por un juez federal), ya que su función, dentro de la amplia red de organizaciones nativistas de Estados Unidos, es presentarse como si careciera de ideología, como si fuera riguroso y académico. El CIS “evita realizar duras calificaciones sobre los inmigrantes y su conducta y, en cambio, dirige el foco hacia la protección de las instituciones populares estadounidenses, los servicios públicos y los objetivos nacionales”, escribieron los sociólogos Joshua Woods, Jason Manning y Jacob Matz en un artículo de 2015 sobre las tácticas de “gestión de las apariencias” de la organización. En lugar de participar en la demagogia populista, el CIS “despersonaliza sus afirmaciones contra los inmigrantes al no atribuírselas a personas o ni tan siquiera a analistas, sino a datos científicos” –argumentan estos sociólogos– sugiriendo así que“que los ‘datos’ conducen inevitablemente a sacar conclusiones sobre los efectos negativos de la inmigración”.

Cuando alguien lleva esas conclusiones hasta su extremo lógico y violento, el director ejecutivo del CIS, Mark Krikorian, solo se encoge de hombros: “Si tienes a alguien que está enfadado con la inmigración, tienes a un asesino que ofrece razones para disparar contra inmigrantes, ¿cómo no va a utilizar unas razones que ya han sido articuladas por unas fuentes legítimas?”, le dijo Krikorian al Washington Post después de la masacre de El Paso. “Las preocupaciones sobre inmigración son limitadas”, declaró. “Claro que [esta persona] va a articular motivos que los escépticos sobre inmigración ya han explicado en detalle. No sé cómo se puede evitar eso”. (Krikorian no respondió a mi solicitud para entrevistarlo).

Uno de los proyectos, al margen de la institución, de quienes hicieron posible la creación del CIS fue financiar la reimpresión y distribución de El desembarco, una novela racista francesa

Además, Woods, Manning y Matz descubrieron que el CIS no mencionaba al influyente nativista John Tanton, sin el cual ni siquiera existirían, en ninguno de sus documentos accesibles al público hasta que un informe que publicó el SPLC en 2009 reveló el alcance de los vínculos de Tanton con los nacionalistas blancos, los eugenistas y los antisemitas. En un primer momento, Krikorian y sus socios intentaron desviar las cuestiones que planteaba el SPLC y les acusaron de emprender una campaña de difamación y de violar el derecho a la libre expresión del laboratorio de ideas (un argumento un tanto irónico dados sus recientes esfuerzos legales contra la organización sin ánimo de lucro con sede en Montgomery). Sin embargo, poco tiempo después, un investigador del CIS, Jerry Kammer, terminó publicando un largo y contemplativo artículo sobre la polémica en el que admitía que Tanton era “uno de los diversos individuos que habían contribuido decisivamente a la creación del Centro de Estudios de Inmigración”.

Tanton no solo contribuyó de manera decisiva, sino que fue imprescindible. En 1985, el CIS se separó de la Federación para Reformar la Inmigración Estadounidense, que Tanton había fundado seis años antes, “por una cuestión de independencia frente a la organización lobbista”, como explicó en un memorándum que publicó en 1988. Pero también fue porque su principal donante, Cordelia Scaife May, y su asesor desde hacía tiempo, Gregory Curtis, así lo quisieron. De acuerdo con otra nota, que escribió uno de los asistentes de Tanton, May “preferiría financiar los mismos proyectos repartidos en varias organizaciones, en lugar de entregar grandes cantidades de dinero a un único grupo”. Entre 2005 y 2017, la desaparecida Colcom Foundation, propiedad de May y a la que legó la mayor parte de su patrimonio, le entregó 17,6 millones de dólares al CIS.

Uno de los proyectos de May (y después de Tanton), al margen del CIS, fue financiar la reimpresión y distribución de El desembarco, una novela racista francesa que básicamente es una dramatización de la teoría conspirativa del “gran reemplazo” (o “genocidio blanco”). De forma asombrosa, el comunicado que envió Breitbart News al Southern Poverty Law Center en relación con sus últimas investigaciones abordaba de forma explícita los correos que había enviado Stephen Miller a su plantilla sobre El desembarco, con un lenguaje que recuerda los despistes de Kammer 10 años atrás: “Ninguno de nuestros altos directivos ha leído el libro, pero nos fiamos del comentario del New York Times y creemos que es un relato aleccionador, y también del comentario de la National Review que afirma que el tema central de la novela no es la raza, sino la cultura y los principios políticos”, declaró el portavoz de Breitbart. Comparemos esto con lo que escribió Kammer en 2009:

“Algunos críticos la denominaron una ‘diatriba racista’, una opinión que secundó Heidi Beirich del SPLC, y dijeron que el hecho de que la editorial Social Contract Press de Tanton hubiera patrocinado el libro era una prueba de que es un grupo de odio.

Otras personas pensaron que el libro debería ser discutido y no reprimido. Se enfrentaron a la provocativa visión del futuro que contenía el libro.

El Centro de Estudios Migratorios se presenta como una institución científica, pero su misión es legitimar las políticas racistas de la Administración estadounidense. Sus miembros están muy presentes en los medios, incluidos los progresistas.

“Este libro tendrá éxito a la hora de provocar y desafiar la mente contemporánea satisfecha de sí misma”, afirmó el Library Journal.

El London’s Daily Telegraph dijo que el libro retrataba ‘un dilema con el que Europa tendrá que lidiar durante mucho tiempo’.

En un artículo que publicó el Atlantic Monthly cuando se reimprimió el libro en 1995, los académicos Matthew Connelly y Paul Kennedy señalaron que el libro ‘nos ayuda a prestar atención al principal problema mundial de los últimos años del siglo XX: un desequilibrio entre recursos y riqueza, un desequilibrio en las tendencias demográficas y la relación entre ambos’”.

Cuando la extrema derecha elude las críticas señalando que la clase dominante liberal comparte sus opiniones (o al menos considera que merecen un análisis “objetivo” en serio), nos ofrece una forma más clara de entender la política estadounidense

La cuestión aquí no es insistir en la influencia que tuvo este libro en particular, sino extraer la importancia de la respuesta que organizaciones como Breitbart y CIS han dado cuando se les ha presionado: “¿Cómo puede ser racista un libro sobre el que ha escrito The Atlantic? Además, no lo hemos leído”. Cuando la extrema derecha elude las críticas señalando que la clase dominante liberal comparte sus opiniones (o al menos considera que merecen un análisis “objetivo” en serio), no se están inventando cosas; al contrario, nos están ofreciendo una forma más clara de entender la política estadounidense. Al fin y al cabo, mucho antes de que se publicara el artículo de David Frum, Si los liberales no imponen las fronteras, serán los fascistas quienes lo hagan, la revista The Atlantic había publicado en 1994 el ensayo de Robert Kaplan, La anarquía que viene, sobre cómo la desigualdad mundial, un entorno explotado y una inmigración en masa iban a reconfigurar el mundo. El ensayo desencadenó una oleada de miedo y ansiedad entre los legisladores y burócratas, que, como indica Todd Miller en El asalto al muro: cambio climático, migración y seguridad nacional, el Gobierno de Clinton canalizó hacia una mayor securitización tanto del clima como de la política migratoria de Estados Unidos.

Según parece, Tanton también era un fan de la obra de Kaplan: “Los que esperan que las fronteras nacionales se disuelvan deberían hacernos un dibujo de la forma que tendría ese mundo. Mi opinión es muy similar a la de Robert Kaplan, que contempla una desintegración de la sociedad civil”, escribió en The Social Contract, la revista nacionalista blanca que fundó poco después de que se publicara La anarquía que viene. “Sin un Estado-nación que vele por sus intereses, ¿transferiría la gente sus lealtades hacia arriba a una especie de gobierno mundial o hacia abajo a su propio grupo racial, étnico, religioso, lingüístico, tribal u otro? Esto último parece lo más probable si miramos el mundo a nuestro alrededor”.

Que el SPLC siga designando como “grupos de odio” a organizaciones como el CIS proporciona un útil mensaje político, aunque paradójicamente también podría terminar difuminando el solapamiento ideológico que existe entre estos grupos y unas cómodas instituciones liberales como The Atlantic o el New York Times, en las que autoproclamados expertos del CIS pueden ser citados sin contextualizar. Solo hay que ver la cobertura que ha hecho el Times de la filtración de los correos de Miller: publicada seis días después del informe inicial del SPLC y acompañada de un cameo de Mark Krikorian. La prolongada presencia de Stephen Miller en la Casa Blanca y su continua influencia sobre las políticas migratorias (en particular en relación con los refugiados y los solicitantes de asilo) es un problema tanto para el lenguaje como para la política. Cuando nos detenemos para buscar el conjunto de hechos más condenatorio, la disposición de palabras más mordaz, levantamos la mirada y ahí está Miller con su sonrisa burlona: el fascista colándose de nuevo en ese edificio ideológico que los liberales están ayudado a maquillar.

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Brendan O’Connor es un periodista independiente que está trabajando en un libro sobre inmigración, capitalismo y la extrema derecha para la editorial Haymarket Books.

Traducción de Álvaro San José.

Este artículo se publicó en inglés en The Baffler.

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Brendan O’Connor (The Baffler)

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