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FÚTBOL DE AUSTERIDAD

¿Se juega como se vive?

A partir de un artículo de Rayco González sobre el fenómeno del cholismo propongo continuar el diálogo sobre fútbol, estilo de vida e identidad nacional, evaluando dos maneras de entender el juego en España y Uruguay

Juan Manuel Montoro 6/04/2020

<p>Imagen viral de un partido de divisiones infantiles entre Peñarol y Rampla (Uruguay).</p>

Imagen viral de un partido de divisiones infantiles entre Peñarol y Rampla (Uruguay).

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“Si algún día soy presidente del Uruguay, lo que más desearía para mi gestión sería ganar un Mundial de fútbol”. Esta frase, desde luego, no la pronunció ningún político, sino Carlos Demasi, mi profesor de Historia en el bachillerato. La utilizaba para ilustrar el triunfalismo que rodeaba al presidente Luis Batlle Berres, en cuya administración (1947-1951) se enmarcó el histórico Maracanazo de la selección uruguaya de fútbol en el Mundial de Brasil en 1950. Frente a una Europa aún recuperándose de la Segunda Guerra Mundial, era tal la sensación de superioridad que Batlle Berres –un estadista perteneciente a la principal dinastía política del país– se ofendía cuando decían que Uruguay era la Suiza de América. “Porque en Suiza las mujeres no votan”.

En estas líneas pretendo celebrar y complementar algunas de las reflexiones de Rayco González en su contribución “El fútbol como metrónomo de la vida social”. La lucidez de su escritura evidencia que es inútil preguntarse si la forma de jugar determina la vida social o si la vida social determina el juego: el fútbol es una manifestación cultural como cualquier otra y, por lo tanto, tiene plena capacidad para darnos sentido como sociedad. La forma en que jugamos nos explica, y la forma en que vinculamos identidades colectivas con el estilo de juego conforma estilos y filosofías compartidas entre sociedad y deporte. 

En su artículo, Rayco explica que el fenómeno del cholismo irrumpió en la última década e inundó nuevas esferas de la vida, como la política o el ámbito empresarial, una vez que el modelo se mostró exitoso en el campo de juego. El sacrificio, el despliegue físico, darlo todo, confiar en los compañeros, no rendirse jamás, poner lo colectivo por encima de lo individual son rasgos del cholismo como actitud frente al fútbol y la vida.

La novedad del cholismo está en haber surgido como reacción al agotamiento de un modelo anterior, con valores opuestos, que ya había dado su máximo potencial: el juego de posición

Suenan valores universales, pero la novedad del cholismo está en haber surgido como reacción al agotamiento de un modelo anterior, con valores opuestos, que ya había dado su máximo potencial: el juego de posición –popularmente conocido como tiquitaca– pregonado por el FC Barcelona de Pep Guardiola había ganado cuanto estuvo en su paso entre 2009 y 2011, y su aplicación en La Roja entre 2008 y 2012 (con Luis Aragonés, primero, y con Vicente del Bosque, después) había regalado al fútbol español sus mejores días a nivel nacional. Era lógico que surgiera una respuesta antagónica y no es casual que esta viniera de la mano de un entrenador argentino ya que, como muy bien documenta su artículo, el fútbol de ese país oscila desde hace medio siglo entre dos polos estéticos y filosóficos que tienden a corresponderse con los de Guardiola y Simeone, respectivamente: el de César Luis Menotti (campeón mundial con Argentina en 1978; una apuesta más creativa, individualista y “lírica”) y el de Carlos Salvador Bilardo (campeón mundial en 1986; un modelo que hace primar la acción colectiva, el sacrificio y el pragmatismo).

Si vamos más atrás en el tiempo podemos incluso relacionar estos dos polos con la diferencia que marcó Pier Paolo Pasolini entre los “poéticos” y los “prosistas” del fútbol. Para el polímata italiano, el fútbol era un lenguaje que se manifestaba en estas dos versiones y su máximo exponente fue la final en el Mundial de México 1970 entre el Brasil de Pelé y la Italia del catenaccio.

Brasil e Italia. Creatividad y orden. Individualidad y equipo. Juego ofensivo y juego defensivo. Magia y disciplina. Poesía y prosa. Son múltiples los pares de oposiciones que se pueden diagramar a partir de dos estilos diferentes. Pero el vínculo entre deporte, ideologías y vida social no puede hacerse de manera mecánica y debemos esquivar los reduccionismos. Como nos recuerda Rayco González, Menotti (“individualista” y de izquierdas) fue campeón mundial en dictadura militar y Bilardo (“colectivista” y de ideología conservadora) fue campeón en democracia con la actuación más destacada de un futbolista individual que se recuerde: Diego Armando Maradona en el Estadio Azteca.

El fútbol puede espejar los valores predominantes de una situación social, pero también puede ofrecer resistencia a ellos, actuar como contrapeso y, en algunos casos, hasta como excepción tolerada. Por eso, observando la historia reciente –económica, política y deportiva– de España me interesa hacer notar un curioso paralelismo entre el surgimiento, el ascenso y la legitimación cultural del cholismo como movimiento deportivo y social y el de la austeridad como marco de referencia de los discursos políticos y sociales.

¿Cuál austeridad?

Conozco pocas palabras que, siendo unívocas y claras en su significado, se presten para adaptaciones y sistemas de valores tan opuestos como “austeridad”. No hace falta buscar su significado en la RAE para llegar a una definición común. En abstracto, ser austero es vivir con poco, usar pocos recursos, mantener una disciplina estricta en los egresos. Todos estamos de acuerdo en eso. Pero la discusión aparece cuando esas definiciones se aplican sobre actores concretos, cuándo se ejecutan decisiones para definir qué es poco o se toman decisiones para administrar lo existente y para generar lo nuevo; cuando se fijan límites y se analizan los efectos de tomar esas decisiones.

En estos debates coexisten dos imaginarios en torno a la austeridad radicalmente distintos: uno relacionado a la austeridad como hábito de consumo individual (incluso estilos de vida) y otro que vincula austeridad con políticas públicas.

Tras muchas décadas de añorar –pero ya no ser– la Suiza de América, mi país –Uruguay– volvió al primer plano internacional cuando varios medios descubrieron a José Mujica, el “presidente más pobre del mundo”. Mujica encarna el ideal del político humanista y horizontal, el “soy uno de ustedes” y el “nadie es más que nadie” que brilla en tantos discursos pero desaparece en las biografías de las personas importantes. Es la imagen –quizás hasta caricaturizada– de la austeridad hecha hombre, que contradice su posicionamiento como cabeza de una élite política.

Sin embargo, los principales cuestionamientos a su gestión (2010-2015) están en la falta de planificación y control de las finanzas públicas, en un gasto descontrolado de la maquinaria estatal en épocas de bonanza que habría dejado poco margen para tiempos menos auspiciosos. Mientras muchos uruguayos celebran la administración de Mujica como un período disruptivo y progresista en que se lograron avances significativos en la agenda de derechos (matrimonio igualitario, legalización de la marihuana, despenalización del aborto), la opinión de muchos otros coincide con la de Pablo Mieres, líder del Partido Independiente –una tercera vía devenida cada vez más en oposición y hoy socio minoritario de la nueva colación de gobierno de centro-derechas y derechas– que afirmó que hubiera preferido un presidente menos austero, al mando de un gobierno más austero.

Mujica no es un caso aislado en el mundo. Desde el movimiento slow food hasta la irrupción de Marie Kondo como gurú del orden, pasando por el boom de las filosofías orientales en el mundo occidental, múltiples voces defienden la ralentización de consumo como forma de desintoxicación en un mundo exageradamente ambicioso por acumular y acelerar el ritmo de vida. La austeridad en los hábitos de consumo de figuras públicas como Mujica o el Papa Francisco, que prescinden de lujos pudiendo seguir la corriente, adquiere un valor especial en el sentido estructural del término: marcan una diferencia con los otros miembros del sistema. Ser austero en el estilo de vida individual es algo positivo y admirable, más si la tentación de no serlo es grande.

Por contrapartida, los políticos que preconizan la austeridad como política económica no suelen llevar vidas austeras, o pertenecen a élites conservadoras, lo que conduce a una contradicción de valores cuando sus políticas se traducen en mandatos cívicos. Exigirle a un ciudadano que acepte de buena manera un recorte o que postergue un deseo por la difícil situación económica no es sostenible si al mismo tiempo los tomadores de decisiones viven de manera acomodada, en el mejor de los casos, o si se destapan tramas de corrupción y enriquecimiento ilícito, en el peor. 

Considerando esta tensión de valores y siguiendo una distinción clásica de Michel de Certeau, podríamos distinguir los dos polos como austeridad estratégica –respaldada a nivel macro por políticas económicas que buscan racionalizar el gasto público– y austeridad táctica –inspirada a nivel micro por filosofías y estilos de vida que proponen racionalizar el gasto individual como resistencia al consumismo–.

Perteneciendo a universos de valores tan distintos y siendo conscientes de que la táctica de un usuario difícilmente se adaptará a la estrategia tal como la autoridad institucional prevé y desea, ¿qué imagen colectiva puede conciliar ambas caras de la austeridad? Mi hipótesis es que el cholismo resulta atractivo a ambas visiones y les dota de un imaginario potente de unión y temple frente a la adversidad que funciona en cualquier nivel.

Con un estilo de juego y un discurso que resalta lo colectivo, el sacrificio y el esfuerzo físico, el Atlético de Madrid del Cholo Simeone se opone no solo al Barcelona del tiquitaca. También se opone a la hegemonía cultural/deportiva anterior: el Real Madrid de los galácticos de la primera década del siglo XXI. Aquel Madrid conformó un equipo que, como su mote indicaba, nucleaba a las principales estrellas deportivas del momento: Luis Figo, Zinedine Zidane, Ronaldo y David Beckham, contratados en sucesivos veranos entre el 2000 y el 2003. El ascenso de Florentino Pérez a la presidencia del Real Madrid transformó un equipo histórico en una maquinaria de marketing que colocó a España como el epicentro de la globalización del fútbol. Acabó siendo una constelación de futbolistas internacionales que serían titulares indiscutidos en cualquier dream team del mundo. La huella de ese equipo ilustra a la perfección una sociedad española pre-crisis en la que la riqueza económica y el consumo actuaban como indicador incuestionable del éxito.

No parece casualidad que la emergencia del cholismo coincida con el período más crudo de la crisis financiera y con la irrupción de políticas económicas de austeridad

Pero ese éxito del Real Madrid fue de más a menos. Llegado un punto, el FC Barcelona del holandés Frank Rijkaard puso fin a la era galáctica en 2006 y el equipo culé llegó a su máximo esplendor con Pep Guardiola. Estos dos entrenadores cosecharon un estilo que se opuso al modelo galáctico de estrellas individuales, pero no renunció a la excedencia como aspiración. La diferencia estuvo en cómo se explotaba ese excedente: mientras los galácticos del Real Madrid reflejaban una supremacía económica pura y dura, en la que un equipo se conformaba desde la acumulación de talento individual, el Barcelona empezó a proponer una excedencia estética y operativa. ¿Qué quiere decir esto?

La primera etapa de esa hegemonía del Barcelona de Rijkaard (2005-2008) con Ronaldinho y Eto’o a la cabeza y un emergente Lionel Messi era un fútbol de celebración. La reacción de los aficionados blancos aplaudiendo de pie en el Santiago Bernabéu la actuación de Ronaldinho en 2005 enfatiza al fútbol como espectáculo artístico, más que competencia. Como la imagen del genio, la celebración espontánea a un rival que te está goleando solo se explica si hubo una experiencia estética tan fuerte como para menguar las pasiones de la rivalidad en juego. Quizá esa primera etapa del Barça haya sido una transición antes del juego de posición de Guardiola (2008-2012) en el que el excedente ya no es una demostración de lo “poético”, sino de la eficiencia en el control de la situación y en la superioridad futbolística. En definitiva, la premisa básica del juego de posición es que si tengo el balón, tengo el control del juego y por lo tanto mis chances aumentan.

A eso se le deben sumar otras imagénes de excedencia operativa: el control del espacio en campo rival, la variedad en las opciones de pase, la diversificación de las chances de gol, la administración del tiempo y la paciencia del rival hasta generar una oportunidad en la que el talento individual desbloquee una opción de gol. Todo habla de un equipo organizado en torno a una superioridad neta que, tarde o temprano, se plasmará en el marcador. Las últimas diez ediciones de La Liga han roto récords –ya sea del Madrid o del Barcelona– de puntos obtenidos, de goleadas propinadas, de goles de los máximos anotadores, de partidos sin perder. Entiendo que frente a ese fútbol de excedencia se rebela, en parte, el Atlético de Madrid del Cholo Simeone, porque es relativamente fácil salir victorioso si se es superior, pero vencer en la adversidad es mucho más romántico.

No parece casualidad que la emergencia del cholismo coincida con el período más crudo de la crisis financiera y con la irrupción de políticas económicas de austeridad. En fin, el cholismo tiene más que ver con un cómo que con un qué. Si bien desde el punto de vista de la organización del juego exige una alta gramaticalidad al ordenar componentes con una férrea disciplina, desde el punto de vista del discurso tiene una ideología muy abierta y que puede apropiársela casi cualquiera que se sienta en inferioridad de condiciones. Frente a una austeridad que, ya sea promovida y defendida o sufrida e impuesta, es compartida por toda la sociedad española, un modelo de juego que reivindica el sacar el máximo jugo posible a lo disponible sirve como puente de unión social. 

Filosofías de juego que plantean visiones más ambiciosas en lo estético como la del Barcelona, incluso que se arropan en identidades corporativas como ser més que un club, presentan menor gramaticalidad en el despliegue físico y promueven un juego más librado al talento individual, pero exigen una alta carga ideológica: el juego de posición tiene su decálogo, los entrenadores se agrupan en escuelas, existen seguidores y detractores. Con el cholismo, en cambio, basta con estar alineado, aunque no importa a qué. 

La austeridad y la identidad nacional: el caso de Uruguay

No podemos analizar la identidad nacional con una mirada esencialista porque el ADN no entiende de pasodobles ni tarantelas. Lo nacional debe contextualizarse en los signos y discursos que lo construyen y reproducen y, sobre todo, entender qué vínculos tienen esos signos con capas más profundas de la cultura. Un enfoque relevante para entender de qué modo lo nacional sigue estructurando lo social es identificar situaciones paralelas que presentan una gran variabilidad entre países.  En ese sentido, si comparamos los discursos en torno al fútbol y la sociedad en España y Uruguay encontraremos dos diferencias notables: (1) los valores del cholismo componen la forma hegemónica de entender el fútbol y la sociedad uruguayas, y (2) la última crisis financiera que azotó el sur de Europa entre 2008 y 2015 coincide, paradójicamente, con un período de gran bonanza económica en los países sudamericanos, por lo que una narrativa de austeridad no calza de la misma manera.

Vamos a lo primero.

Asumirse seguidor de un movimiento es tomar partido y marcar una diferencia pertinente entre las opciones disponibles. Definirse como cholista en España implica afirmarse a un estilo disruptivo y novedoso, pero en Uruguay no tendría ningún sentido porque esa innovación no es tal. Alguien podría decir que el mito del Cholo Simeone no tiene cómo sedimentarse en Uruguay porque la potencia de su imaginario está instalada desde hace al menos medio siglo. 

El equivalente al cholismo en Uruguay se conoce como la “garra charrúa” a pesar de que exterminar a los charrúas fue una de las primeras medidas del Uruguay independiente en la década 1830. En cualquier caso, la analogía entre cholismo y garra charrúa se da en una imagen de la adversidad como motor de la acción coordinada, el sacrificio personal al servicio del colectivo y el oponerse a la resignación. La transformación por la que, según Rayco González, Diego Simeone dotó a las narrativas del Atlético Madrid de aguardar el milagro hasta el último minuto es moneda corriente en las narrativas uruguayas que celebran “ganar en la hora” o contienen la respiración hasta el final afirmando que “si no es sufriendo, no se disfruta”. O frente al imposible repite el axioma “matemáticamente tenemos chance”.

A nivel de clubes muchas de esas narrativas adquieren sentido propio en la vida cotidiana. El suicidio de Abdón Porte, un futbolista de Nacional que había bajado su nivel en 1918 y veía inminente su retirada del equipo, es celebrado colectivamente hasta hoy como la mayor demostración de fidelidad a una causa, máxime considerando que se trataba de un fútbol no profesional. Si cruzamos a la otra vereda y buscamos antecedentes en el clásico rival, Peñarol, encontraremos el agónico gol de Diego Aguirre en la final de la Copa Libertadores de 1987, jugando ante América de Cali en Santiago de Chile, mientras el relator colombiano marcaba la cuenta regresiva. Esta es una de las imágenes más potentes en la historia de un club que se jacta de ganar “a lo Peñarol”: en la última jugada, producto de arrollar al rival por un ímpetu desordenado y en condiciones más adversas que las normales (remontar el resultado tras ir perdiendo, tras sufrir la expulsión de un jugador, etc.)

El modelo de juego “a lo Peñarol” fue construido a lo largo de la historia del club, pero su máxima expresión se dio cuando el club ganó cinco campeonatos uruguayos seguidos (el Quinquenio de Oro, 1993-1997) bajo la dirección de Gregorio Pérez. Pérez proponía un juego radicalmente vertical basado en un esquema muy simple: defensores que se limitan a despejar con seguridad, buenos rematadores para aprovechar los balones quietos y atacantes corpulentos que sepan definir. Con un excelente juego aéreo, la pelota pasa más tiempo en el aire que en el césped o en los pies de los futbolistas. Por eso, cuando le cuestionaban el modelo de juego el entrenador respondía con un planteo inspirado en la economía: “¿para qué llegar al arco rival con 20 toques si lo puedo hacer con 3?”.

El estilo de juego uruguayo de ceder el balón al rival (una frase común en los clásicos rioplatenses es “ataca Argentina, gol de Uruguay”) compensa esta carencia con una figura típica del cholismo: aumentar la presión psicológica sobre el rival. Por la importancia del juego aéreo y la pelota parada, cada tiro libre o saque de esquina puede ser una ocasión de gol y cada balón dividido es probablemente un balón ganado. Quizás la táctica más radical de la verticalidad del fútbol uruguayo sea el “centro a la olla”: un despeje defensivo sin destino pero que, en virtud de la eficiencia de los atacantes, puede convertirse en una ocasión de gol. 

Todo esto lleva a que el fútbol uruguayo sea visto como un ejemplo del anti-fútbol. El estilo de juego de Gregorio Pérez y otros tantos entrenadores uruguayos como el actual seleccionador nacional Óscar Washington Tabárez es tributario del Profesor José Ricardo De León, entrenador del revolucionario Defensor campeón en 1976. Este equipo fue el primer club menor (ni Nacional ni Peñarol) en ganar el campeonato desde el comienzo del profesionalismo en 1932 y se convirtió en el máximo exponente de un fútbol poco vistoso pero efectivo. Además del estilo de juego, este equipo contaba con una épica de resistencia contra la dictadura: dieron la vuelta olímpica al revés, escuchaban música proscrita en los vestuarios, algunos de sus futbolistas eran militantes de izquierda.

El fútbol de austeridad en Uruguay no es uno de los polos en los estilos de juego sino la forma contemporánea de vincular fútbol y nación

Más allá de la influencia, quienes conocen el estilo de juego de la selección uruguaya saben bien que Tabárez es un entrenador pragmático, que prioriza la construcción de un grupo de trabajo por sobre las individualidades, y que no tiene reparos en admitir que lo suyo no es agasajar el paladar del aficionado.

Tanto para el club menor (Defensor en el Uruguay los 1970s) como para el país pequeño (Uruguay en América del Sur) la narrativa del anti-fútbol se justifica como un repliegue táctico para afrontar la inferioridad de condiciones, como la única vía que tiene David para plantarle cara a Goliat. En esa línea, se ve un paralelismo con la identidad institucional del Atlético Madrid. Sería raro que un fútbol de austeridad como el cholismo surgiera en el equipo más importante de una gran ciudad como Madrid, Barcelona, Bilbao o Valencia. Del mismo modo, es una narrativa que difícilmente podría adoptar España en su relación con América Latina, aunque –quizás sí– frente a otras naciones europeas.

Desde luego que existen críticas y otras formas de entender el fútbol en Uruguay, pero, a diferencia de Argentina o España, fútbol de excedencia y fútbol de austeridad no oscilan como polos en disputa. Los equipos grandes como Nacional y Peñarol que podrían practicar un fútbol de excedencia a nivel local por su clara hegemonía económica y cultural se ven a sí mismos en estilos de austeridad cuando deben competir a nivel internacional. Salvo enamoramientos pasajeros no hay en Uruguay entrenadores exitosos que, como Pep Guardiola, Johan Cruyff o Menotti, desarrollen una gramática en torno a una poética ofensiva. Y en parte eso tiene que ver con que la tensión entre menottistas y bilardistas en Argentina nos informa también sobre las tensiones y contrastes existentes de una sociedad que se ve a sí misma dividida.

Aquí entramos en el segundo punto: el fútbol como metrónomo de la vida social, pero también como metrónomo del carácter nacional y del contexto económico que reinterpreta ese carácter. 

Mientras en países como España o Argentina la austeridad se relaciona con situaciones excepcionales en períodos de escasez, en Uruguay el carácter nacional está discursivamente moldeado en torno al imaginario de la austeridad táctica. En muchas retóricas populistas, la nostalgia apela a una grandeza de la nación que se perdió tras una decadencia reciente. En Uruguay la nostalgia política uruguaya apela al ideal del “pequeño país modelo” que construyó el reformismo progresista de José Batlle y Ordóñez en la primera década del siglo XX. Es decir, el equivalente uruguayo al “Make America Great Again” de Trump, paradójicamente, refuerza la satisfacción con ser un país nuevo, pequeño y que recibe con orgullo y gratitud el influjo de inmigrantes.

El fútbol de austeridad en Uruguay no es uno de los polos en los estilos de juego sino la forma contemporánea de vincular fútbol y nación, porque permite legitimar al país como una periferia dentro de otra periferia que logra, sin embargo, colarse en posiciones de preeminencia mundial. El fútbol brinda a Uruguay un espacio de jerarquía internacional como ningún otro ámbito de la cultura o economía y por eso es normal que las formas de ver el fútbol y la sociedad del país hayan ido históricamente de la mano. 

La novela Conversaciones en la Catedral de Vargas Llosa empieza con una pregunta que se volvió icónica de la cultura latinoamericana toda: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. Mientras cada nación busca su propia respuesta, la existencia misma de la pregunta nos informa de dos datos: uno, la precariedad está instalada en las identidades nacionales latinoamericanas de manera transversal –y no como una circunstancia de la que se puede salir– y, dos, nadie sabe cuándo, pero hubo algún momento en que esa precariedad estuvo precedida por sueños de grandeza.

Uruguay no es la excepción, pero la respuesta está más a la mano por ser un país sin pasado colonial fuerte. En la “época de las vacas gordas” tras la Segunda Guerra Mundial en la que el presidente Batlle Berres rechazaba el mote de la “Suiza de América” y el fútbol uruguayo vivió su apogeo de gloria no había ningún Uruguay jodido. Ni tampoco una tradición deportiva basada en el fútbol de austeridad, como señalan algunos especialistas en los orígenes del fútbol uruguayo como Aldo Mazzuchelli o Juan Carlos Luzuriaga. No es cierto que Uruguay siempre haya practicado un fútbol rudo, físico y sacrificado, ajeno a parámetros de calidad y buen gusto.  Los equipos olímpicos que ganaron la medalla de oro en los juegos en 1924 y 1928 y el primer Mundial celebrado en Montevideo en 1930 desplegaban un juego ofensivo revolucionario como no se había visto jamás en Europa y las crónicas de la época lo alejan de cualquier noción de anti-fútbol. Hasta mediados de los 50 el deporte uruguayo –no solamente el fútbol– vivía la excedencia al mismo ritmo de un país caracterizado por la abundancia.

Si el cholismo en España reaccionó a un modelo agotado que ya había ganado todo, en Uruguay el modelo futbolístico de siempre renovaba una ilusión al compás del mismo juego vertical

Pero las “vacas gordas” fueron al matarife y las terneras nunca engordaron igual. Terminó la guerra de Corea, Europa se recuperó de la que ya había tenido y salió más fortalecida que nunca, por lo que el modelo industrial de sustitución de las importaciones en las economías sudamericanas quedó caduco. ¿Qué quedó en la memoria colectiva? La gesta heroica de Maracaná en 1950 basada en el improbable triunfo al gigante Brasil pesar de la inferioridad de condiciones. Una nueva narrativa de un país en el que la precariedad y la austeridad empezaron a hacerse moneda corriente y las formas de recordar estilos de juego permitieron reintepretar el presente, lo que intelectuales uruguayos como Alberto Fernández Methol empezaron a denominar “el Uruguay como problema”.

En el siglo XXI, tras cincuenta años, una dictadura inédita, la peor crisis financiera de su historia y más o menos los mismos tres millones de habitantes, el Uruguay ya estaba acostumbrado a pensarse como un país sin remedio. Por eso el boom económico y las políticas progresistas de presidentes como Mujica encuentran un país con energía renovada. Si el cholismo en España reaccionó a un modelo agotado que ya había ganado todo, al mismo tiempo en Uruguay el modelo futbolístico “de siempre” renovaba una ilusión al compás del mismo juego vertical. En 2010, el equipo de Tabárez había cosechado un cuarto en Sudáfrica, su mejor participación en Mundiales en cuarenta años, y en 2011 se había alzado con la Copa América en Argentina, convirtiéndose en el país más laureado con 15 títulos. Pocos consideraron que se trataba de un modelo acabado porque, a diferencia de España, el éxito presente no era sino una sombra de aquel éxito mítico que había construido las principales narrativas del país entre 1930 y 1950. Y en vistas de ganar un nuevo Mundial, como podía ocurrir –otra vez– en Brasil en 2014 el déjà vu era inminente. Incluso el bienestar económico que vivía el país actúa como catalizador social.

Luis Suárez celebrando uno de sus dos goles ante Inglaterra en el Mundial de Brasil en 2014

Luis Suárez celebrando uno de sus dos goles ante Inglaterra en el Mundial de Brasil en 2014. Fuente: Wikimedia Commons.

Arena de Sao Paulo, 19 de junio. Natalicio del prócer, José Artigas. Nadie debe faltar a sus trabajos para ver el partido porque, al ser festivo, ya todos están en casa. Saca con fuerza desde portería Fernando Muslera, salta Edinson Cavani que desvía el balón y lo redirecciona en profundidad confundiendo a los zagueros ingleses y lanzando a la carrera a un Luisito Suárez que toma contacto, gana en potencia y define con vehemencia frente a la portería de un impotente Joe Hart. Gana Uruguay a Inglaterra 2 a 1 a falta de cinco minutos. Suárez había sido operado de la rodilla hacía quince días y cinco días después verá una de las sanciones más duras en la historia del deporte por morder a un rival. La imagen de la unión alimentada por el sentimiento de injusticia es más fuerte que la derrota pocos días después con Colombia en octavos de final. El presidente Mujica recibe a Suárez en el aeropuerto y afirma a los medios que “los de la FIFA son unos viejos hijos de puta”. Equipo, sociedad y política se convierten en uno.

Se podría decir que los valores que desde hace una década la sociedad española reivindica como cholismo se vienen practicando en Uruguay como forma naturalizada de pertenecer al país y allí me interesa dejar una pregunta planteada: ¿es el cholismo –o sus equivalentes a nivel pasional y estético– una categoría habitual en los países acostumbrados a verse como “pequeños”, mientras que es una innovación contingente en países más grandes?

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