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Giro social

Debiera ser un acuerdo ‘común-ista’

No es ejercicio ilusorio, sino necesario ante pretensiones de pacto que se ven boicoteadas desde posiciones políticas de un necropoder que no mira más allá de la reproducción de las condiciones que nos arrojan a la barbarie

José Antonio Pérez Tapias 30/04/2020

<p>Una sociedad mejor</p>

Una sociedad mejor

J.R. Mora

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Un virus recorre el mundo. Y no es un espectro. Es tan microscópicamente densa su realidad que causa toda una pandemia que ha supuesto que el mundo se detenga. Sólo los sistemas sanitarios –cuando así puedan llamarse los recursos institucionales de los diferentes países para afrontar la crisis sanitaria en sus respectivas sociedades–, con su personal fieramente y muchas veces precariamente entregado a sus tareas, permanecen de verdad activos, si bien contando a su alrededor con un comedido despliegue de actividades consideradas “esenciales” para el mantenimiento de la vida de quienes permanecen confinados en sus domicilios para evitar el incremento de los contagios.

Entre el coronavirus y el “coronahambre”

Habiéndose parado el mundo –detención que afecta a nuestros sociales “mundos contemporáneos”, como diría el antropólogo Marc Augé–, resulta inquietante la obviedad de que la Tierra sigue girando, mostrando con ello la indiferente frialdad de una naturaleza que se nos impone recordándonos que la acogedora Gea es también la matriz de donde puede emerger el coronavirus que ponga millones de vidas humanas en riesgo y que lleve a cientos de miles a la muerte. Gobiernos que en sus respectivas sociedades se dedicaban a tratar de encajar las sacudidas del macromercado capitalista configurado en la globalización –y eso cuando no servían directamente a la lógica de dicho mercado sacrificando a sus sociedades–, de golpe se han visto tratando de articular precipitadamente medidas para contener la extensión de una epidemia que se revela como imparable globalización de una arrolladora enfermedad que pilla de improviso a la humanidad del siglo XXI, afectando a esa parte de la humanidad de “países desarrollados” que de ninguna manera esperaba verse ante situaciones que parecían darse solos en “países pobres”. En estos de inmediato se siente que el miedo que la pandemia desata no es sólo a la enfermedad y, en el extremo, a la muerte debido a los estragos de la Covid-19 sobre las vidas de las personas, sino que a ese temor le acompaña, y con más fuerza si cabe, el miedo al hambre y, en el extremo, a verse abocados los individuos a la mortalidad que pueda generarse en un sistema y un modo de vida tan deteriorados que en ellos los mínimos vitales se vean rebajados a niveles literalmente insoportables. No se trata, pues, del falso dilema de vida o economía con el que han querido y quieren jugar las patronales fuertes del mundo empresarial, sino del sobrepujamiento de los miedos entre sí, tal como se viven en los países y sectores sociales más desfavorecidos, que en lenguaje coloquial de la calle se expresa diciendo que se teme más al “coronahambre” que al corona virus.

Lo novedoso de la situación actual es que el miedo al hambre se instala también en muchas de las sociedades de los países que se cuentan entre los 'desarrollados'

Pues bien, lo novedoso de la situación actual, a consecuencia del acontecimiento imprevisto que supone la aparición del coronavirus, es que el miedo al hambre se instala también en muchas de las sociedades de los países que se cuentan entre los “desarrollados”. Es la crisis social de gran envergadura que se ve venir de la mano de la crisis económica en la que ya estamos, toda vez que la vida económica de nuestras sociedades se ha visto seriamente alterada por las mismas medidas que de manera insoslayable había que tomar para frenar la pandemia –queda lejos el objetivo de la erradicación de toda posibilidad de contagio-. Y en éstas se halla también España.

Todos sabemos cuán fuerte está siendo la incidencia del coronavirus en la realidad española –es de enorme dureza la sola cifra de fallecidos, que se aproxima a los 25.000, bastando imaginar cuánto dolor y sufrimiento quedan detrás de tan triste cómputo–. Igualmente somos conscientes tanto de las virtudes “públicas y privadas” puestas en ejercicio al hacer frente a la epidemia, como de los déficits en cuanto a los recursos disponibles, empezando por los propios de un sistema de salud que pensábamos mucho más capaz de hacer frente a lo que se nos vino encima y que ha mostrado carencias evidentes –factura de los recortes aplicados a la sanidad pública en años pasados–, por fortuna suplidas con la calidad del personal sanitario y con las medidas reorganizativas implementadas desde las administraciones públicas–. Con todo, cuando tenemos indicios de que la situación entra en fase de mayor control –siendo de esperar que también salgamos de tanta confusión y caos como se ha visto en el terreno de la comunicación–, es cuando se hace imperioso abordar los efectos de la crisis económica en la que la pandemia nos metió y las consecuencias que ésta arrastra, empezando por un desempleo llegado ya a cotas de crisis social grave en la que los problemas en torno a la vivienda y a la alimentación se presentan más que agudos para muchas familias. Ese contexto, en el que lo que quepa esperar del apoyo financiero que venga de la Unión Europea es cuestión de arduas negociaciones en las que no se disipa la atmósfera neoliberal en la que está envuelta, es el marco en el que el gobierno de España presidido por Pedro Sánchez apela a las demás fuerza políticas, convocándolas a un pacto para la reconstrucción, tras la “resistencia” a la destrucción de vidas y haciendas que el coronavirus ha provocado.

La propuesta de un pacto para la reconstrucción y la coartada parlamentaria de las derechas para neutralizarlo

Hay tres argumentos de gran peso a favor de la idea de un pacto entre las fuerzas políticas, entre instituciones de diversos niveles del Estado (ayuntamientos y comunidades autónomas), con las fuerzas sociales (sindicatos y organizaciones empresariales)…, para afrontar con criterios compartidos y energías colectivamente encauzadas las crisis en que nos vemos: sanitaria, económica y social, más la crisis no zanjada del Estado en su organización territorial –no  está ahora en primer plano, aunque no deja de condicionar lo que se haga, como se deja ver de nuevo, por ejemplo, en reacciones desde Cataluña y Euskadi al plan  presentado por el Gobierno de España para salir progresivamente del confinamiento al que ha estado sometida la ciudadanía–. El primero de ellos es la dimensión de la tarea que en adelante se presenta, respecto a la cual hacen falta todas las manos, como bien podemos decir recordando versos de Benedetti. Reconocerlo es un acto de inteligencia política, a la vez que de humildad por cuanto no se oculta lo abrumador de tal quehacer. El segundo es la expectativa de la sociedad española respecto a que los partidos lleguen a un pacto de leal cooperación dada la gravedad de la situación –expectativa en relación a la cual esa misma sociedad se muestra escéptica–. El tercero es la necesidad de acometer las difíciles negociaciones en el seno de la UE, con países centrales muy reacios a medidas de mutualización de la deuda y a determinadas formas de transferencia financiera para ayudar a los países más azotados por la pandemia, ante la cual es baza inexcusable presentar las propuestas de España para una Europa solidaria desde la realidad de algún tipo de pacto entre los partidos del país que reclama ese apoyo, por cierto en condiciones muy distintas de aquéllas que fueron propias de la crisis de 2008.

El presidente del Gobierno, insistiendo en los foros europeos en la necesidad de una especie de Plan Marshall para canalizar la ayuda solicitada en aras de la reconstrucción socieconómica necesaria, acogiéndose a esa frecuente tendencia a inspirarse en hechos del pasado esperando que la analogía cubra lo que se pretende en las circunstancias del presente, habló también, en clave interna, de unos nuevos Pactos de la Moncloa, recordando los pactos económico y social que se forjaron en 1977 con amplio apoyo parlamentario, a propuesta del gobierno de Adolfo Suárez, y con aceptación, no sin resistencias, de los sindicatos UGT Y CC.OO.  Aquellos famosos Pactos, tantas veces invocados como en igual medida mitificados, se justificaron como necesarios para afrontar una fuerte crisis económica, también con tremendos efectos sociales, de manera tal que ella no se convirtiera en factor de desestabilización política que hiciera descarrilar la Transición de la dictadura a la democracia.

Sin entrar ahora en la valoración de aquellos Pactos y las realidades a que dieron lugar, lo cierto es que la analogía con ellos no deja de encubrir aspectos que pueden dar lugar a serios malentendidos, si no a frustraciones. En España, como en el resto del mundo, estamos en momento crucial que exige cambios en profundidad, pero no nos hallamos en situación similar a la que suponía salir de la dictadura franquista para entrar en un proceso de instauración de la democracia. Ya no estamos en punto similar, por fortuna, aunque tenemos que abordar cuestiones políticas de la máxima seriedad, en especial las suscitadas por el conflicto en Cataluña, que entonces no eran las que estaban en juego. La convergencia de intereses políticos que entonces pudo darse, para lograr un pacto con fuerzas desde Alianza Popular hasta el PCE, hoy no se percibe como factible en primera instancia. En consecuencia, el poner tales hechos como referencia acaba siendo más un entorpecimiento que una ayuda, lo cual puede decirse también de las referencias a un Plan Marshall que al fin y al cabo fue diseñado y llevado a la práctica en Europa por los EE.UU. como la potencia emergente de la Segunda Guerra Mundial y ante un incipiente conflicto de bloques que daría lugar a décadas de “guerra fría”. Hoy no hay nada de eso y es Europa, desde los mismos europeos, la que tiene que resolver el expediente que tiene delante si quiere salvar su futuro. Si la historia no se repite, pero rima, según dicho atribuido a Mark Twain, el caso es que la rima pretendida puede ser de ripio malsonante que nada aporta.

Dado los flancos para la crítica ofrecidos por una tal presentación de la intención de pacto, la derecha se aprovecha para poner en cuestión tal propuesta. Es más, sin recato alguno en cuanto a mostrar su táctica de boicotear todo lo que sea posible el avanzar hacia un acuerdo, el PP, habiendo rechazado de plano la propuesta del presidente del Gobierno de un pacto entre partidos políticos, abierto a fuerzas sociales, pone sobre la mesa el llevar cualquier abordaje de pacto al ámbito parlamentario, creando para ello la comisión del Congreso –pidiendo para sí la presidencia de la misma, en alarde abusiva arrogancia– donde habrían de llevarse para su discusión las propuestas de los partidos en ella representados –los del arco parlamentario según regla de proporcionalidad–. Aceptada por el presidente del Gobierno la creación de dicha Comisión, en aras de un acuerdo posible con el PP, y renunciando a la anunciada dinámica de acuerdo entre partidos que quisieran sumarse al mismo, la derecha no oculta su querencia a hacer de ella un espacio de fiscalización de las decisiones y medidas del Ejecutivo durante la crisis del coronavirus, apuntando a la vez a inocular dentro de éste el mayor veneno posible para quebrar el equilibrio entre PSOE y Unidas Podemos en la coalición con que gobiernan. No hacen falta muchos focos para ver con nitidez que la, en principio, encomiable función de una comisión parlamentaria para la reconstrucción social y económica –para la recuperación nacional, gusta decir el PP– se presenta desde su origen contaminada por el descarado juego tacticista del obstruccionismo propio del PP, que cuenta como liebre para su carrera negacionista con el total rechazo a todo pacto por parte del populismo fascista de Vox. Así, pues, la discusión de los términos del pacto supuestamente buscado no se lleva a la Cámara baja por fervor democrático, sino para ser utilizada como coartada parlamentaria para encubrir el acoso a un gobierno al que de manera injustificada no se le reconoce su legitimidad y respecto al cual se pretende su máxima erosión. Es decir, los más sedicentes patriotas sacrifican el bien de España en el altar del más grosero electoralismo.

Los más sedicentes patriotas sacrifican el bien de España en el altar del más grosero electoralismo.

El acuerdo necesario habría de ser válido para afrontar la alternativa “común-ismo o barbarie”

Es obvio que PSOE y Unidas Podemos han de emplearse a fondo en la mencionada Comisión parlamentaria para sacar de ella el máximo provecho, considerando medidas llevadas a dictamen que favorezcan las soluciones beneficiosas para la ciudadanía en los capítulos abiertos para ello: medidas sanitarias para el esfuerzo colectivo frente al coronavirus y para el reforzamiento del sistema de salud, medidas para la reactivación económica y la recomposición del tejido empresarial, y medidas para afrontar la crisis social, con sus lacerantes frentes de paro, precariedad e incluso hambre, a las que se añade lo que se pueda concluir respecto a la acción política en instituciones europeas. A tal tarea deben sumarse también los partidos que, como aliados, permitieron la conformación del Ejecutivo de coalición que está en el gobierno, no sólo para sumar a la hora de sacar acuerdos en positivo, sino para evitar la perversa dinámica obstruccionista de unas derechas que dan sobradas muestras de no querer pacto alguno.

La tarea parlamentaria exige por parte de las izquierdas, y de quienes quieran adherirse a ese quehacer, una estrategia que, desde la lealtad al parlamento implícita en el ejercicio de la representación política, aproveche al máximo lo que la susodicha Comisión pueda dar de sí y que a la vez, también para conseguir ese aprovechamiento, se mueva en la dirección de un acuerdo de largo recorrido con las fuerzas que tengan en su horizonte algo más que una inmediata “nueva normalidad” –ciertamente necesaria–. Es decir, como no se trata del mero restaurar lo que había antes de la crisis de la Covid-19, es necesario acometer lo que supone la alternativa realmente planteada, ésa que Slavoj Žižek ha formulado en los términos de “comunismo o barbarie”. Dado que el mismo filósofo esloveno se empeña en aclarar que cuando habla de comunismo no está pretendiendo restauracionismo alguno de realizaciones al modo soviético, cabe insistir en lo que ofrece gráficamente la humildad de un pequeño guión: se trata de “común-ismo” frente a la barbarie. Ésta, en el tiempo reciente, es la germinada y crecida al calor de las políticas neoliberales al servicio de un capitalismo desaforado, imperantes en las últimas décadas, con lo que han supuesto de democidio, ecocidio, pervivencia de patrones machistas y pautas neocoloniales, así como de destrucción de vínculos sociales y daño a las vidas de millones de individuos. La pandemia no asegura nada en cuanto a superar el desastroso paradigma neoliberal, pero sí ofrece, como acontecimiento que marca época, la ocasión para el giro social y el reencauzamiento de lo político imprescindibles si queremos salir de la barbarie.

La pandemia no asegura nada en cuanto a superar el desastroso paradigma neoliberal, pero sí ofrece, como acontecimiento que marca época, la ocasión para el giro social

Si hemos redescubierto como sociedad el valor de lo público y el significado de lo que es el “bien común” como referencia para objetivos de justicia, es eso lo que debe hacerse valer en un nuevo “común-ismo” como el polo de la alternativa por el que optar. Si las derechas españolistas no se cansan de hablar, con pretensión acusatoria, de partidos y gobiernos “socialcomunistas”, hagan éstos lo que hagan, todo está aún más a punto para ser “común-istas” de verdad. Después de todo, personas tan comedidas como el austríaco Christian Felber, con su “economía del bien común”, que muchas empresas van adoptando como marco de sus buenas prácticas, o Thomas Piketty, con su insistencia en lo imperioso de erradicar desigualdades –injustas, además de ineficientes para la misma dinámica de una economía razonable–, nos acompañan al terreno de lo “común” como referencia políticamente realzada.

La estrategia hacia un “acuerdo común-ista” no sólo es antineoliberal, sino que en las actuales circunstancias muestra todo su potencial para que la biopolítica ahora enfáticamente ejercida no derive ni hacia modos autoritarios ni, desde éstos, hacia una tanatopolítica como política que, falseando la invocación de la vida, promueve políticas de muerte contrarias a la vida de los individuos, que no puede dejar de incluir su vida digna. A este respecto es pertinente rescatar planteamientos sobre lo “común” como los elaborados por Michael Hardt y Toni Negri desde la herencia de Marx, así como traer a colación las propuestas de Pierre Dardot y Christian Laval sobre lo “común”, eje sobre el que levantar un nuevo paradigma político.

Hay que potenciar la salud pública como bien común, pero no meramente para ser administrado burocráticamente desde el Estado como agente frente a una población no reconocida en su mayoría de edad, sino también responsable y participativa en lo que el cuidar la vida supone. Es necesaria una reactivación de la economía, pero desde nuevos parámetros en los que lo “común”, en cuanto a recursos e incluso en lo que respecta a riqueza producida y redistribuible, marque una dirección que trasciende la ceguera suicida de un capitalismo omnívoro. Son imprescindibles políticas sociales, desde el convencimiento de aquello a lo que obligan los derechos sociales y políticos de nuestras constituciones, pero sin paternalismos, sino desde el protagonismo de quienes ven cubiertos sus derechos siendo tratados como sujetos y no meramente como objetos destinatarios de ayudas. Realzar lo “común” no es ni para aplastar a los individuos ni para hacer crecer desmesuradamente una burocracia estatal. Es lo que se subraya transversalmente para con ello replantear la acción política en una clave radicalmente pluralista y participativa que, en ese sentido, no puede ser sino republicana, activando una renovada dimensión instituyente de lo político. Sin duda, esa transversalidad es la que permite reunir en un amplio programa compartido el hilo de lo “común” que tanto nos vincula en nuestros mundos como nos enraíza en la Tierra.

Sí, pensar un “acuerdo común-ista” es un ejercicio de imaginación política. Pero no es ejercicio ilusorio, sino de todo punto necesario aquí y ahora ante pretensiones de pacto que se ven boicoteadas desde posiciones políticas de un necropoder que no mira más allá de la reproducción de las condiciones que nos arrojan a la barbarie. En medio de la conflictividad que la política lleva consigo, hay que tener buen cuidado en que el antagonista no nos arrastre al abismo a donde empuja. Es consejo que Maquiavelo y Nietzsche nos brindan de consuno para reconstruir más allá de la (anti)política del resentimiento.

Autor >

José Antonio Pérez Tapias

Es catedrático y decano en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada. Es autor de 'Invitación al federalismo. España y las razones para un Estado plurinacional'(Madrid, Trotta, 2013).

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