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ESCRITOR HERMÉTICO

Ivo Andrić: un pesimista al servicio de la vida

La reciente publicación de dos escritos suyos sobre Goya sirve de pretexto a este perfil del escritor ‘yugoslavo’, premio Nobel de Literatura en 1961, aún objeto de todo tipo de apropiaciones

Marc Casals 30/05/2020

<p>El premio Nobel de literatura, Ivo Andrić, frente al puente del Drina.</p>

El premio Nobel de literatura, Ivo Andrić, frente al puente del Drina.

© The Ivo Andrić Foundation

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Con motivo del primer centenario de la muerte de Goya, el Museo del Prado organizó en 1928 la mayor exposición dedicada al pintor hasta entonces. En los seis meses que duró la muestra, casi cada fin de semana acudía al museo un diplomático yugoslavo llamado Ivo Andrić que, al cabo de tres décadas, recibiría el Premio Nobel de Literatura. El entusiasmo de Andrić por Goya le llevó a dedicarle dos textos –publicados el pasado mes de diciembre por Acantilado en un volumen conjunto titulado Goya–, en los que se vale de la figura del pintor para enunciar de manera indirecta su concepción del arte y la vida.

Andrić se convirtió en el escritor más prestigioso de Yugoslavia gracias a novelas como Un puente sobre el Drina, ambientadas en la Bosnia otomana, cuyos personajes trascienden la narración histórica para alcanzar un significado universal. Desde el estallido de la guerra de Bosnia, la figura de Andrić resulta controvertida en su tierra por la simplificación que hacen de ella los nacionalismos locales: mientras unos intentan apropiarse de él como autor nacional serbio, otros le tildan de islamófobo.

Andrić describe su personalidad hermética en un apunte de Signos junto al camino: “Nadie sabe de dónde vienen sus ríos. Jamás nadie ha intuido sus fuentes ni verá su desembocadura”. No es casual que, para confesar su retraimiento, Andrić evoque la imagen del río, ya que fue un río el que marcó su infancia y el que despertaría su vocación de escritor. De orígenes humildes, pasó su niñez en la población bosnia de Visegrado, en una casa con huerto junto al río Drina. Para ir a la escuela, situada en el margen opuesto, Andrić cruzaba el Drina por el puente otomano de la ciudad, una grácil construcción de once arcos de mampostería que se eleva sobre el azul de las aguas. Su fascinación infantil por el Drina era tal que su cuidadora Ajka procuraba acompañarle al atravesar el puente por miedo de que, hipnotizado, terminase cayendo al río. Fue en el puente sobre el Drina donde Andrić descubrió el hechizo de la narración, escuchando las historias que contaban los ancianos locales sentados en el pretil.

Tras la debacle del Imperio austrohúngaro, los sueños de Andrić y sus correligionarios se hicieron realidad con la fundación del Estado que se conocería como Yugoslavia

En sus años como estudiante en Sarajevo, Andrić formó parte de los círculos revolucionarios que aspiraban a integrar en un mismo Estado a todos los eslavos del sur, incluidos los bosnios, en aquel tiempo súbditos del Imperio austrohúngaro. Aunque su carácter timorato lo inhabilitaba para la acción, fundó una sociedad secreta de jóvenes paneslavistas que, frente la apatía generalizada, exaltaban la literatura y la violencia: “Toda nuestra sociedad ronca indignamente. Solo están despiertos los poetas y quienes traman atentados”. En 1914, Gavrilo Princip, antiguo miembro de la organización, tiroteó al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo –magnicidio que desencadenó la Primera Guerra Mundial– y Andrić fue encarcelado por las autoridades austrohúngaras. A partir de su puesta en libertad al cabo de seis meses, hasta su muerte, Andrić mantendría una relación ambigua con el poder: “La política es como el fuego: no conviene alejarse demasiado de ella, pero tampoco acercarse del todo”.

Tras la debacle del Imperio austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial, los sueños de Andrić y sus correligionarios se hicieron realidad con la fundación del Estado que se conocería como Yugoslavia. Resuelto a mejorar su posición social y a desarrollar su carrera como literato, Andrić fue ascendiendo en la diplomacia del joven país gracias a su discreción y a su habilidad para no comprometerse ni ofender a nadie. De los destinos en los que recaló durante el periodo de entreguerras, ninguno le causó tanta impresión como España: “La realidad y la apariencia mezclan desordenadamente sus aguas y las cosas más comunes de la vida cotidiana suelen tener el color y la intensidad del sueño”. Fue durante su estancia como diplomático en Madrid cuando a Andrić le deslumbró la exposición de Goya en El Prado y escribió los dos textos que publicó Acantilado en traducción de Miguel Roán.

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Andrić fue nombrado embajador yugoslavo en la Alemania nazi. Durante sus años en Berlín, trató en persona con Adolf Hitler, quien según él desprendía “el brillo frío de un hombre que cree más en sus ideas y prejuicios que en sí mismo”. Cuando el Tercer Reich invadió Yugoslavia, Andrić fue expulsado del país junto al resto de diplomáticos y se instaló en la Belgrado ocupada por los nazis. Temía no sobrevivir a la guerra, ya que sus conspiraciones de juventud contra el Imperio austrohúngaro podían ocasionar su arresto por la Gestapo, así que se encerró en un piso del centro para refugiarse en la escritura. De este tiempo de reclusión datan sus tres grandes novelas: Crónica de Travnik, La señorita y, sobre todo, Un puente sobre el Drina, donde el puente de su infancia funciona a la vez como hilo conductor de la narración y símbolo de la perdurabilidad de la existencia humana.

Cuando los partisanos liderados por Tito expulsaron a los nazis de Belgrado, se desató una campaña de fusilamientos extrajudiciales contra los sospechosos de colaboracionismo. Andrić había sido diplomático de la Yugoslavia de entreguerras, considerada burguesa y reaccionaria por los comunistas, pero al naciente régimen le convenía el apoyo de un literato de su estatura. A su vez, el escritor seguía siendo yugoslavista, no había colaborado con los ocupantes y, ante todo, deseaba sobrevivir, por lo que se estableció un pacto tácito entre él y los nuevos gobernantes: Andrić escribiría cuentos de temática social, participaría en los desfiles del 1 de mayo, impartiría conferencias sobre planes quinquenales y dedicaría panegíricos a “nuestro líder popular Tito” y al “generalísimo Stalin” a cambio de que el régimen no interfiriese en su carrera literaria. Aunque este oportunismo le acarreó el desdén de las clases urbanas de Belgrado, cuando se publicaron sus novelas escritas durante la ocupación se consagró como el mayor escritor de Yugoslavia.

Ningún autor ha retratado como Andrić el singular universo bosnio, con su abigarrada mezcla de pueblos y religiones cuya convivencia oscila entre la concordia y la hostilidad

La reputación de Andrić en las letras yugoslavas se cimentó en sus narraciones históricas, ambientadas en los siglos durante los que los Balcanes formaban parte del Imperio otomano. Si bien abundan los personajes y hechos reales, fruto de una afanosa labor de documentación, Andrić trasciende la mera recreación histórica para convertirlos en representativos de la condición humana, conforme a su idea de que el arte empieza “cuando los hechos levitan”. Los protagonistas de sus relatos aparecen desvalidos frente a las arbitrariedades del poder, los vuelcos de la Historia y la irremediable precariedad de la existencia.

En el texto 'Una conversación con Goya', recogido en el ya mencionado volumen de Acantilado, Andrić pone en boca del pintor una defensa de los temas sombríos y pesimistas frente a las escenas idílicas y los personajes despreocupados: “Esas cosas también forman parte de la vida […], pero, por cada una de las expresiones libres de pavor o desconfianza, son necesarias millones de expresiones de ansiedad y furia, para apoyar y proteger la insólita y efímera belleza de las primeras. De lo contrario, la belleza queda sitiada por la oscuridad del destino humano o por el vivo color de la sangre humana”. Como sugiere el propio Andrić en uno de sus apuntes, el suyo es un “pesimismo al servicio de la vida”.

En 1961 la Academia Sueca otorgó a Andrić el Premio Nobel de Literatura “por la fuerza épica con la que da forma a los motivos y destinos de la historia de su tierra”. El escenario predilecto de sus relatos es Bosnia, por la que el escritor sentía verdadera fijación: “Todo lo que considero mis logros en el campo del espíritu son un regalo que me ha dado Bosnia”. Ningún autor ha retratado como Andrić el singular universo bosnio, con su abigarrada mezcla de pueblos y religiones cuya convivencia oscila entre la concordia y la hostilidad: “Me da pena cuando pienso que cada día desaparece un poco más nuestra Bosnia antigua y extraña sin que nadie registre y preserve la belleza oscura de la vida de antes”. Por sus textos desfilan gobernantes otomanos, artesanos musulmanes, comerciantes sefardíes, monjes franciscanos, campesinos serbios, funcionarios austrohúngaros y diplomáticos extranjeros, reunidos en un lugar que, para Andrić, constituye “un manantial inagotable de historias y relatos”.

Hacia el final de su vida, Andrić censuraba el nacionalismo, por entonces aún latente en Yugoslavia: “En cualquier ocasión y lugar en los que me he encontrado con alguien que muestra una preocupación excesiva por la identidad nacional […] tenía una mente limitada, sus capacidades sin desarrollar, el corazón duro y un egoísmo áspero y corto de miras”. Croata nacido en Bosnia que empezó a declararse serbio tras instalarse en Belgrado, el autor jamás otorgó demasiada importancia a sus ambigüedades nacionales porque quedaban subsumidas en la identidad yugoslava. Sin embargo, la polarización nacionalista que conduciría a las guerras de los 90 convirtió a Andrić en caballo de batalla, tal como él mismo había augurado poco antes de su muerte en 1975: “Detrás de tu obra se esconderán […] los fanáticos que no tienen nada que ver con ella y la utilizarán sin escrúpulos en la medida en que les sirva […]. Sin buscar tu consentimiento, te interpretarán de forma arbitraria y, con frecuencia, deliberadamente maliciosa. Por voluntad ajena y en tu detrimento, serás ora güelfo, ora gibelino”.

Con la llegada de la guerra a Visegrado en 1992, el puente se convirtió en el lugar predilecto de los ultranacionalistas serbios para asesinar a los bosniacos locales

Durante los años 80, los nacionalistas musulmanes de Bosnia empezaron a reprocharle a Andrić una supuesta islamofobia y lo cierto es que el escritor les había dado argumentos en su juventud: su tesis doctoral presenta la conquista otomana de Bosnia como una fatalidad que la apartó de la civilización europea y considera la influencia musulmana como “maniatadora y estéril”. Sin embargo, con los años llegó a explicarle al mariscal Tito que la desdicha para los Balcanes no provenía tanto del Imperio otomano como de su decadencia; apoyó la toma de conciencia nacional de los musulmanes bosnios –desde los 90 llamados “bosniacos”–, y ensalzó el legado islámico de Bosnia. Con todo, la evolución de Andrić no impidió que, en plena escalada nacionalista, las juventudes bosniacas se manifestasen en su amado puente sobre el Drina y la emprendiesen a martillazos contra el busto del autor. Uno de los cabecillas arrojó los trozos de la escultura a las aguas al grito de: “Ya has escrito bastante. ¡Ahora a nadar!”.

Con la llegada de la guerra a Visegrado en 1992, el puente se convirtió en el lugar predilecto de los ultranacionalistas serbios para asesinar a los bosniacos locales, a quienes degollaban junto al pretil para luego empujarlos al Drina. En la Visegrado de posguerra, de abrumador predominio serbio, el polémico cineasta Emir Kusturica ha levantado cerca del puente la “Ciudad de Andrić”, un complejo histórico que, sobre el papel, aspira a recrear la localidad tal como la describió el autor. Sin embargo, frente al denuedo de Andrić por mostrar Bosnia en toda su complejidad, este decorado de cartón piedra, presidido por una iglesia ortodoxa, busca establecer una interpretación proserbia de la Historia. Además de monopolizar a Andrić, el objetivo consiste en apuntalar un relato nacional unívoco en virtud del cual la República Srpska –la entidad de mayoría serbia, pródiga financiadora del proyecto– estaría legitimada para la secesión. Todo ello desvirtúa las convicciones integradoras de Andrić: “El chovinismo es en todas partes el mismo y tiene una misma intención: oponerse al arte verdadero y a la auténtica comunidad”.

En “Una conversación con Goya”, el pintor, tal como lo imagina Andrić, hace balance de su vida: “Vi principios y sistemas que parecían más sólidos que el granito desvanecerse como la niebla […]. Y también vi la muerte, las enfermedades y las rebeliones. Y ante todo aquello me preguntaba cuál era el significado de los cambios. […] Lo único que conseguí fue llegar a una conclusión negativa: que nuestras ideas […] no significan demasiado ni sirven de nada, y a otra positiva: que debemos prestar atención a las leyendas, esos vestigios del empeño de la humanidad a lo largo de los siglos, y tratar de extraer de ellas […] el sentido de nuestro destino”. Andrić escribía para acrecentar el caudal de historias del género humano, a las cuales veía confluir en un solo relato que, “como los cuentos de la legendaria Sherezade, intenta demorar al verdugo, aplazar la inevitable perdición que nos espera y prolongar la ilusión de la vida y la perdurabilidad”. Cuando se publicó Un puente sobre el Drina, le regaló a un amigo un ejemplar firmado con dedicatoria: “En cualquier libro que sea una obra de arte se podría escribir: ‘Robado de la vida. De la mía y de la vuestra’”.

Con motivo del primer centenario de la muerte de Goya, el Museo del Prado organizó en 1928 la mayor exposición dedicada al pintor hasta entonces. En los seis meses que duró la muestra, casi cada fin de semana acudía al museo un diplomático yugoslavo llamado Ivo Andrić que, al cabo de tres décadas, recibiría el...

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